PENSAMIENTOS DE HERMANOS, CAP. 3
La puerta de la habitación se abrió de repente y Temari se volvió para ver quien era, se había quedado distraída mirando por la ventana. Kankuro entró y miró a su alrededor.
- Temari, ¿has visto a Gaara?
- Está ahí abajo entrenando... con su nuevo "regalo" – indicó Temari mirando de nuevo hacia la ventana, su mirada indicaba calma y una absoluta satisfacción.
Kankuro se aproximó a ella y observó. Efectivamente, Gaara se encontraba en el patio principal, moviéndose con su katana nueva como si de un experto samurai se tratase. Con gran soltura manejaba la espada a la vez que creaba clones de arena para destruirlos con ella. Algunos niños, alumnos de la escuela, comenzaron a congregarse a su alrededor. Sus miradas desprendían una absoluta devoción hacia el Kazekage y comenzaron a animarle para que les enseñase alguna técnica.
- ¡¡Tsugoi!! – dijo uno de los niños alzando el puño – Gaara-sama, ¿nos enseñarás a hacer eso? ¿lo harás verdad?
- No, me lo enseñará a mi primero, ¡tú eres muy pequeño todavía para manejar una katana! ¡baka! – dijo otra niña un poco más alta anteponiéndose.
- ¡No me enseñará a mi!
- ¡No a mi!
El Kazekage no hacía caso a la discusión de los niños aunque no pudo evitar mirarles de reojo mientras continuaba atravesando clones de arena con su espada.
- Mira... – dijo Temari sin apartar la vista de la ventana. – Esos niños le adoran... –
- Sí, ahora nuestro hermano podrá sentirse orgulloso, ha trabajado duro, y no me refiero solo al entrenamiento – indicó Kankuro.
- Lo sé. Ahora es él el que nos quita a los alumnos – dijo Temari sonriente.
Continuaron un rato observándole, viendo como los niños gritaban a su alrededor animándole. Y al cabo de poco Temari habló de nuevo.
- La echa de menos...
- ¿De qué hablas? ¿A quién? – preguntó extrañado Kankuro.
- Oh, vamos... ¿no lo recuerdas? Cuando comenzamos con la escuela. Muchas cosas han cambiado desde entonces...
- Aaaaah! Vaya Temari, ¿y por qué sabes que la echa de menos?
- Se le nota – y dicho esto Temari dejó de mirar por la ventana y se marchó de la habitación, dejando a un extrañado Kankuro el cual volvió a fijarse en su hermano.
- (¿Qué se le nota?) – pensó con ironía.
Aquel mismo día, pasadas unas horas. Kankuro iba corriendo hacia una reunión del consejo, llegaba tarde. Pero al girar bruscamente en un pasillo se tropezó con alguien.
Una chica cayó al suelo quejándose de dolor, inmediatamente Kankuro la tendió la mano disculpándose, nervioso.
- Oh, ¡vaya! Lo siento tenía prisa y no te vi... ¡anda! Pero si eres tú.
La chica se levantó aún con los ojos cerrados y llevándose una mano al costado. Tenía la bandana de la arena alrededor de su cuello, el pelo castaño no muy largo que también caía sobre su cara y ropa que más bien la hacía parecer un chico. También llevaba su inseparable arma, un Jouyhou.
- Ah, Kankuro... no te preocupes, si llegué aquí hace un rato. Vaya como has cambiado. – dijo mientras se levantaba ayudada por Kankuro.
- Tú si que has cambiado – indicó Kankuro mirándola de arriba abajo – Bueno luego nos vemos, llego tarde y... ¡hasta luego!
Era verdad, la kunoichi había cambiado bastante, desde luego ya no era una niña. Se sonrojó un poco y vio como Kankuro salía disparado de nuevo.
- ¡Espera! ¿Sabes donde puedo encontrar a Gaara? – se apresuró a preguntar.
- Err... en el piso de arriba, ¡tercera puerta a la izquierda! – gritó ya en la distancia.
La chica se sacudió un poco la ropa y vio como Kankuro se iba a toda mecha, perpleja. Menudas prisas, pensó. Entonces se dirigió hacía donde había indicado Kankuro. Se encontraba un poco nerviosa. Ver de nuevo a su profesor, después de tanto tiempo... ¿habrá cambiado en algo? se preguntó. Subió las escaleras y comenzó a contar las puertas de la izquierda, finalmente se quedó delante de la tercera puerta y apoyó la mano con decisión en el pomo.
Al mismo tiempo, en otro lugar del edificio, Kankuro hizo lo mismo para abrir la puerta de la habitación donde seguramente le estaban esperando.
- (Mierda...) – pensó – (¿dije a la izquierda o a la derecha? en fin, ya no importa)
La kunoichi pensó un momento y quitó la mano del pomo, dando primero unos golpecitos a la puerta, pero no hubo respuesta. Oía algo pero no distinguía qué era. Apoyó de nuevo la mano en el pomo para hacerlo girar.
Gaara cerró el grifo de la ducha, abrió la mampara para dejar escapar el vapor y se quedó un rato pensativo, apoyó una mano en la pared de enfrente y vio su reflejo en los azulejos. Luego oyó un chasquido y la puerta del baño se abrió.
Lo que vino a continuación fue obvio, aunque Gaara no se inmutó en absoluto.
- ¡¡Ga... Gaara-sensei!!
- Matsuri... – susurró Gaara, el cual no hizo nada por taparse.
- ¡Oh dios mio! ¡oh dios mio! Lo siento mucho, yo... me dijeron que... que tú estabas... ¡lo siento mucho! – comenzó a decir Matsuri muy nerviosa mientras se daba la vuelta y se tapaba la cara con las manos. – No he visto nada, lo juro.
Pero de repente notó en su hombro una mano mojada que la hizo darse la vuelta. Y luego otra mano mojada que la hizo apartar sus propias manos de la cara. Entonces Matsuri, que estaba más colorada que un tomate, miró fijamente a su sensei, el cual había crecido unos cuantos centímetros, siendo ahora un poco más alto que ella. Los ojos verdes de Gaara mostraban una absoluta serenidad.
- No te preocupes Matsuri, no es culpa tuya, debí haber echado el cerrojo. Espera, no te vayas, cogeré una toalla.
- Va... vale... – dijo la kunoichi procurando no desmayarse. Pero no pudo evitar mirarle cuando este se dio la vuelta. El agua aún caía por la pálida piel del Kazekage y el pelo rojizo totalmente húmedo le llegaba por los hombros. Desde luego todas sus dudas quedaron aclaradas con respecto a si Gaara había cambiado, al menos, físicamente sí. Siempre había sentido, al principio curiosidad, esa curiosidad pasó a ser devoción, esa devoción ahora se estaba convirtiendo en amor. Su corazón golpeaba tan fuerte en su pecho que creía que Gaara podría oírlo. Vio como el Kazekage se ponía una toalla en la cintura y cogía otra para secarse el pelo. Era una situación extraña, Matsuri allí plantada, no se atrevía a mover un músculo, pero él la había dicho que no se marchara, y encima estaba viendo lo que muy poca gente veía de él.
- ¿Cómo haces para ducharte? Por... por la arena lo digo. – se atrevió a preguntar Matsuri.
- Soy una persona, puedo ducharme como todo el mundo – dijo seriamente Gaara mientras se frotaba el pelo con la toalla. Por alguna extraña razón, evitaba todo el tiempo mirar a Matsuri a los ojos.
De repente, Matsuri se sintió mal, había hecho una pregunta completamente estúpida y absurda, pero ya no tenía remedio. Pero justo cuando Gaara se encontraba frente al espejo y dejó la toalla que estaba usando, miró hacia la pila apoyando las manos sobre esta y casi habló en un susurro.
- Te he echado de menos... Matsuri.
A Matsuri se le cayó su arma de repente al suelo y se llevó un susto.
- Aún lo llevas contigo – indicó Gaara señalando el Jouhyou que ya estaba recogiendo Matsuri del suelo.
- Sí, yo... he entrenado mucho, durante todo este tiempo, y también te he echado de menos. – respondió tragando saliva.
- ¿Me das ese peine que tienes ahí a tu lado por favor?
- Sí claro.
Matsuri tendió el peine a Gaara y sus dedos se rozaron. Este comenzó a peinarse, aunque era tiempo perdido, el pelo de Gaara no se dominaba nunca.
- Te queda mejor así, el pelo más largo.
Una mueca de sonrisa se dibujó en el rostro del Kazekage, pero seguía sin mirarla directamente. Pasaron unos minutos hasta que Gaara se rindió a su intento de peinar su pelo. Matsuri seguía incómoda por la situación y tomó una decisión.
- Yo... será mejor que me vaya, no quiero molestarte de verdad, haz lo que tengas que hacer y te espero fuera si quieres o nos vemos luego o... – Matsuri creía que Gaara aún podría estar resentido porque ella se hubiese marchado hace tanto tiempo de la aldea.
- No Matsuri, espera. – esta vez la miró directamente y se acercó a ella. – No me dejes solo.
En ese momento todos los sentimientos que fluían por el cuerpo de la kunoichi se agolpaban dentro de su pecho y parecían a punto de reventar. Gaara la tenía cogida por los hombros y estaba terriblemente serio.
- No es que quiera evitarte, ni tengo ningún resentimiento porque te hubieses marchado – Gaara parecía haber adivinado todo lo que pasaba por la mente de su alumna. Su gesto cambió de repente, sus ojos ahora eran tristes – Pero... como te mire más, voy a tener ganas de besarte... y yo nunca... – no supo como continuar.
Pero antes de que pudiese explicarse más, Matsuri se aferró a él en un abrazo, sin poder contenerse. Sus lágrimas se desbordaron. En un primer momento Gaara se quedó perplejo, pero luego la rodeó con su brazo y puso la otra mano sobre la cabeza de Matsuri, la cual lloraba desconsoladamente. Ella no quería haber reaccionado de esa forma o sino el Kazekage pensaría que era muy débil. Pero a Gaara pareció no importarle, nunca antes había recibido un abrazo de otra persona que no fueran sus hermanos.
- Yo creía... que ya te ibas a olvidar de mi – dijo Gaara mientras de forma inconsciente acariciaba el pelo de Matsuri.
Esta se separó un poco y se secó las lágrimas con la propia manga.
- ¿Cómo iba a olvidarme de ti? Tú me has enseñado mucho, gracias a ti he llegado a ser chunnin, además me salvaste la vida. Perdona yo... me he dejado llevar y no sabía que tú también sentías... lo mismo.
- No lo sientas – dijo Gaara justo antes de besarla en los labios.
