¡¡Hi!!
Hola n.n
Bueno, llegé al último capítulo gracias a vosotros n.n Aquí se los dejo n.n.
Millones de gracias a las personas que me dejaron sus rw y ojalá que piensen un poco que existimos personas que han pasado por esto n.n
¡Nos vemos abajo:3
Capítulo final:
Cinco años de espera para amar.
"Te pagaré si es necesario..."
"Eres un gigoló¿no?"
"Pórtate como tal".
Un suspiro escapó de sus labios, mientras pasaba sus largos y cuidados dedos por sus verdosos cabellos. La luna golpeaba en su espalda inclinada, mientras que miraba la pantalla de aquel ordenador sin ver nada. A oscuras, tan solo el brillo plateado de el astro inundaba la habitación. Se frotó los dorados ojos con sus dedos pulgares y negó con la cabeza en busca de aire fresco. Mas no fue suficiente.
Dejó que su cuerpo se recostara en el respaldo de la negra silla y entrecerró sus ojos al encontrar la mejor comodidad de esta en su cabeza. El ruido de la bulliciosa ciudad nocturna golpeó contra sus oidos y maldijo al tráfico que tantas veces había roto sus reuniones, sus horas de más de sueño y sus largas compras necesarias. ¿Por qué de todas las cosas que podía haber terminado siendo, eliguió esa?
Sí, una vez más se dejó arrastrar por Momoshiro.
"¿Por qué no, Echizen? Con nuestra inteligencia podemos conseguirlo.
El proyecto será bueno y tendremos todo lo que siempre deseamos.
Con nuestros largos estudios podemos conseguirlo más que nadie.
Trabajar en un bar como gigolos, nos ayudó a comprender a los clientes".
¡Demonios! Si aquel día no hubiera tenido aquella terrible jaqueca tras la borrachera en la noche, seguro que no habría acpetado. Aunque claro, también necesitaba tener su mente enfrascada en otras cosas y de Ryoma Echizen, se esperaba que siempre tuviera la cabeza en una sola cosa, aunque pensara en mil y no la demostrara por fuera.
Pero tenía que reconocer que aquello lo hizo con otras ideas en mente.
Perezosamente llevó la mano hasta el bolsillo de su pantalón, donde el movil sonaba con gran impertinencia en su muslo izquierdo. Lo sacó, llevándolo hasta su oido tras mirar el número oculto.
-Echizen-. Respondió.
-...
Otra llamada más. Desde hacia cinco años tan solo recibia llamadas silenciosas y después, la conversación se cortaba. No le interesaba saber quien era, tampoco dio ánimo a recibir más. Pero precisamente por ser tan codiciado, no podía negarse a responder. Y siempre eran a la misma hora.
Lanzó el aparato, que rodó por encima de la mesa caoba y chocó contra la torreta de el ordenador junto al ratón, el cual hizo conectarse la pantalla, que había quedado negra por completo. Frunció las cejas de nuevo, al ver aquel mensaje en la pantalla.
Petición para: Marie Elishabett.
Solicitud: Un varón. Joven.
Vestimenta eleguida: Policia.
Sexo: Sí.
Selección especial: Momoshiro Takeshi.
Suspiró de nuevo y arqueó su espalda con intenciones de recoger el movil. Quien hubiera cometido la falta de no borrar a Takeshi de las listas de gigolos privados, le iba a escuchar bien. Hacía medio año que Takeshi había optado por una vida más civilizada entre un despacho y dirigiendo las empresas con él, pero, también había dejado el baile en ese entonces, tras casarse con la atractiva y adinerada Ann Tachibana.
Sin embargo, él no. A sus veintiseis años y con su buena forma física, aún continuaba bailando. Y era solicitado. Alternaba ambos trabajos, de mesa y de acción. La única condición que había puesto para él, a la hora de acceder al precio de sexo, era que la mujer fuera virgen. Aún a sus años y continuaba con aquella firme decisión.
La empresa había sido creada justamente, gracias a la herencia de su padre. Y no es que este se hubiera muerto, no. Es que decidió marcharse a un asilo con jóvenes enfermeras y dejarle el dinero, a cambio de una simple paga para él y su madre. Momoshiro también aportó parte de el dinero ahorrado durante su trabajo en el bar, aunque no fue tanta cantidad. Por ello mismo, él tenía el mayor porcentaje de la empresa. Eso sí, ambos trabajaron por igual.
Ese día, había recibido aquel pedido, y ese maldito día, no podía concentrarse. Desvio la vista hasta la ventana, con el móvil firmemente agarrado en su mano y sus ojos quedaron prendados de el cartel robiñado y viejo de la cafetería de enfrente. Su cara no simbolizó nada, pero su corazón se oprimió al recordar. Antes había sido la cafetería más visitada, por hombres de día y por mujeres de noche. Él mismo trabajó en ella, hasta que de improvisto, anunciaron su cierre.
Tan solo unas pocas letras, dinero de más para acallarlos y un despido. Todo el equipo se vió en la calle y por suerte, él y Takeshi los acogieron hasta que decidieran marcharse. Sin embargo, muchos continuaron trabajando con ellos y aún hoy estaban ahí.
Kaoru Kaidoh se había casado con Tomoka. Tras un desliz de una noche, la joven quedó embarazada y para borrar los murmurllos, tuvo que cargar con ella. Sin embargo, al ser un matrimonio de convenencia, Kaoru continuó con su trabajo como gigoló y Tomoka, de vez en cuado se encontraba con el hombre que decía si amar, un joven secretario llamado Satoshi Horio.
Inui se convirtió en su contable personal y no cedió terreno ante las demás empresas que querían arrebatarles más de lo que debían, convirtiéndose en alguien realmente de fiar y jamás equivocado. Estaba tan enfrascado en su trabajo, que pocas relaciones mantenía, aunque últimamente, se le habia visto tontear con su joven ayudante de dieciocho años. Sería el mayor escándalo de el siglo.
Aunque no menos que el de Fuji. Durante una de sus visitas rutinarias a casa, se lió con una joven adinerada, tal y como su trabajo demandó. Sin embargo, volvió a verla, asutándola. Se había enamorado de ella y poco a poco, intentó acercarse, lo peor de todo es que se había equivocado de hermana. Eran gemelas y con la que había trabajado no era la misma de la que se fue enamorando. Y pese a que continuaba trabajando como gigoló, se negó rotundamente a acceder a las peticiones sexuales con otras mujeres.
Por su parte, Kunimitsu Tezuka, continuó sus labores como gigoló y fue el más solicitado en tres años. Su máscara de seriedad fija parecía engatusar a las mujeres y todas deseaban romper su coraza. Más ninguna lo había conseguido aún hoy día.
Otro par de solterones y eficientes trabajadores, tanto por duo como separados, eran Oishi y Kikumaru Eiji. Estos, habían levantado turbios rumores de sexualidad contraria, pero no era cierto. Kikumaru justamente era conocido por sus muchos romances a corto plazo y el solterón de oro inalcanzable. Oishi, simplemente era demasaido vergonzoso como para pensar en una mujer más hallá de trabajo.
Y muchas más personas ejercían aquel gran ruedo e trabajo. Kawamura quedó como cocinero profesonial y era el encargado de hacer las comidas y cenas de los empleados, así como los desayunos tan necesarios. Mientras que muchos otros, tan solo ejercían de gigolos. Era difícil mantener algo así, puesto que muchas mujeres eran reacias a que las vieran entrar en esas grandes oficinas para pedir un boy de noche, o un amante nocturno. Por ello, Momoshiro pensó que lo mejor sería crear una web y el tema funcionó realmente bien. Las mujeres preferían la oscuridad, que el día.
Y no las culpaba. Todos tenían necesidades.
Volvió a poner su mirada en la pantalla y la regresó hasta su movil, tecleando una sola vez. El manos libres dejó escuchar el molesto tono de espera y casi gruñó cuando respondieron.
-No me fastidies que aún estás trabajando, Ryoma. Debes de comprarte una vida, pero ya.
-Calla-. Dijo en tono seco y autoritario-. Tienes un pedido por ti.
-¿Por mi? Sabes que ya no bailo.
-Sí-. Afirmó cabezeando-. Pero creo que esta mujer...
-¿Qué nombre?
-Marie Elishabett-. Respondió.
El sonido de un suspiro llegó através de la linea.
-Ann me matará-. Rezongó-. Pero no nos queda otra. Acepta.
-Viene con petición de sexo.
-No me jodas-. Exclamó molesto Takeshi-. ¿No se puede hacer nada?
-Eso hablaló con ella-. Huyó-. Aceptado.
Marie Elishabett era una de las embajadoras estranjeras y fue la única mujer que apoyó la noción de aquel trabajo. Mostró ante todos, jugándose su propio puesto, que las mujeres también sentían deseos y lo único que pedía a cambio por su generosidad, eran noches gratis cada vez que las demandase. Desde el principio, quedó prendada de Momoshiro y siempre lo demandaba.
Era un verdadero problema, puesto que al principio, Takeshi aceptaba sin ninguna atadura, pero ahora era el cabeza de una familia de tres, uno de ellos en camino en el vientre de su mujer, y no podía trabajar de ese modo. Lo encontraba una falta de respeto a su mujer, a la cual adoraba, y además, estaba ansioso por su ver nacer a su primer hijo. Sin embargo, era capaz de sacrificarse de ese modo por la empresa y eso, era algo de elogiar.
Marcó de nuevo en su teléfono y frunció el ceño en espera. Su voz habló tranquila y confianza en su acento ingles. No por nada había nacido en America.
-Hola, llamamos de las empresas gigolos privados.
-Sí, dígame.
-Usted hizo un pedido que agradecemos, pero desgraciadamente, Takeshi Momoshiro se retiró de los bailes hace ya tiempo-. Informó mordiéndose la lengua por tener que ser tan educado y hablador-. Por favor, queremos sastifacer sus necesidades y quisieramos que eliguiera otro profesional.
El silencio se hizo desde la otra linea. La voz de aquella mujer era melosa y sensual, no cabía duda. Pero él había escuchado demasiadas veces sonoros gemidos sensuales y voces realmente atrayentes, como para sentirse embaucado por una más.
-¿Qué otro me propone?-. Se interesó la mujer.
-Veamos, abiertos al sexo, Kunimitsu Tezuka, Oishi, Kikumaru, Miroku, Tsume...
-¿Qué me dice de Ryoma Echizen, señor?-. Preguntó con una sonrisa. El entrecerró los ojos.
-Tan solo acepta vírgenes-. Sentenció-. Nada más.
-Pero baila¿Verdad?
-Sí-. Afirmó.
-Entonces, le quiero a él como bailarin y a Kikumaru como amante-. Aclaró la mujer-. Dos, ya que no puedo tener al que deseo.
-Hecho-. Aceptó.
Tras apuntar la dirección y demás, volvió a llamar a Takeshi, explicándole el cambio. Sabía que Momoshiro estaría molesto por salvarle, pero no le quedó más remedio que aceptar sus cambios. No quería herir a Ann.
"Eres tan hermoso que duele..."
Gruñó, alzándose y caminando con nerviosismo por toda la habitación que era su despacho. Se frotó los cabellos una y otra vez, hasta que finalmente, decidió que lo mejor era irse. No servía de nada estar dando vueltas en un edificio vacio.
La noche de el viernes se encontraba situado en su propio coche, con Kikumaru a su lado, protestando por haber tenido que trabajar tres noches seguidas, pero entusiasmado por dormir en una cama de una joven adinerada. Bueno, joven, para él era. La mujer tenía veinticuatro años, soltera y en espera de un matrimonio concertado. Cuando aparcó el coche en aquellas grandes calles, se maldijo por dentro. Toda aquella gente y su absurda sed de dinero, para después, gastárselo en tonterías y comprar casas que ni habitaban y se negaban a alquilar a un cómodo precio. Y pensar que él continuaba guardando su piso, en el cual, vivía.
-Esta gente cada vez me sorprende más, O'chibi-. Exclamó emocionado Kikumaru-. Yo algún día también compraré una casa así.
-¿Para qué?-. Preguntó presa de su rabia contenida-. No sirven de nada.
-Cuando has estado viviendo en un techo que en cualquier momento podría caerse sobre tu cabeza, deseas vivir en un mundo como este, sin problemas, calefacción y un plato caliente en la mesa y una cama cómoda.
-Hm-. Murmuró molesto. Esas cosas se podían conseguir siempre y sin necesidad de algo tan... llamativo.
Ya habían llegado y el lugar era claramente una fiesta. Ambos sabían perfectamente que se trataría de una despedida de soltera para la mujer. Era extraño que demandara sexo, pero, a saber quien sería su prometido y futuro marido. Eiji revisó sus cosas, asegurándose de llevar protección y su uniforme, mientras que él simplemente echó su bolsa sobre su hombro y cerró el coche. Ya era pura monotomía el bailar para mujeres, dejarse rozar por sus lascivas manos y fingir interés en ellas. Nada nuevo se podía esperar. O eso creía él.
Nada más llamar, la anfitriona, Elishabett, los recibió, dejándolos entrar y mostrándoles una cómoda habitación para que ambos se preparasen a su gusto. Kikumaru volvió a alabar todo, mientras que él, con el ceño fruncido, comenzó a vestirse. Quizás, dentro de tres años, podría terminar su vida como bailarin profesional y centrarse en llevar desde lejos la empresa. Descansar, buscar jóvenes adineradas a las que desvirgar y morir cuando llegara el momento.
Era una idea tan perfecta y horrible, que llegaba a aturdirle. Ya no podía esperar nada más. No deseaba enamorarse. No quería estar ligado a nada ni a nadie. Al menos, eso pensaba cuando caminaba hasta el salón, creado un diminuto escenario en forma de tabla redonda, con las mujeres rodeándola. Eiji se detuvo, reteniéndole de el brazo y obligándole a mirar hacia su derecha.
Creyó que cada uno de sus músculos se tensaron con fuerza, que su corazón dejó de latir y que sus puños y mandíbula se apretaron con fuerza imprevista.
-Ryuzaki-chan-. Terminó por informar el pelirojo.
Como si de un felino furioso se tratara, Sakuno Ryuzaki se acercó hasta ellos, sonriente. Estrechó entre sus largos brazos al ojos azules y le besó sonoramente la mejilla, mientras que lo buscó con la mirada. Sus oidos se entamponaron de golpe al escuchar su nombre.
-Echizen-. Saludó-. Tantos años.
-Así es-. Afirmó-. Tenemos trabajo.
Pero no logró concentrarse. Hacía ya cinco años que no la veía y ni un solo día había olvidado aquella tarde en la habitaición de la castaña. Y de nuevo, la veía. Sin embargo, Sakuno desapareció tras recibir una llamada y no volvió a verla más. Elishabett quedó sastifecha con ambos y a las seis de la mañana, cuando la mujer quedó sastifecha de su noche de pasión con Kikumaru, se marcharon ambos en su coche.
Eiji se frotó la espalda con cuidado y gimió al sentir el contacto de el asiento contra esta.
-Esa mujer...-. Maldijo el neko-. Araña mucho.
-Muchas mujeres lo hacen-. Respondió sin interés.
-Ya...
Kikumaru lo escrutó en la oscuridad y él tosió al verse observado con tanta atención.
-Oye... O'chibi... ¿Por qué has sido tan frio con Ryuzaki¿Es que a ti no te pagó?
-Me pagó igual que a todos-. Respondió cansado.
-¿Entonces?-. Añadió el pelirojo por saber más.
-Entonces nada-. Respondió.
-Pero...
-Llegamos. Buenas noches.
Eiji terminó por darse por vencido y descendió de el coche. Él se quedó un instante con los ojos clavados en el volante, recordando a la joven. A sus veintitres años, Sakuno aún conservaba la frescura y sensualidad de los dieciocho, aunque había roto su gobierno de llevar vestidos exuberantes y realmente poco imaginativos para un hombre. No podía creerse que ella fuera la figura femenina que vestía un largo vestido plateado, ajustado en el pecho y caderas.
Pero seguía siendo diminuta y con aspecto rompible. Al parecer, había conseguido calmar su fiera esterior y esconderla dentro de su coraza domable y tranquila que había adquirido el mismo día que le informó que se casaba con Kintaro. La ternura y miedo que le mostró cuando...
Volteó su cabeza repetidas veces y descendió el cristal de el coche cuando este cruzaba por la autopista. Era mejor olvidarse de el pasado y centrarse en todo lo que esta sucediendo en esos momentos. No por verla una vez iba a significar algo más hallá de el mundo. Sin embargo, al día siguiente, cuando miró de reojo el periódico, comprendió por qué la chica estaba en japón.
"Muere el magnate Ryuzaki a sus cincuenta años de edad.
Su única heredera, Sakuno Ryuzaki, regresará a japón para esparcer las cenizas de su padre.
El hombre, se cree que murió de un ataque al corazón, tras enterarse de asuntos turbios con su hija.
Después de los años de su libertad y prueva de inocencia ante el abuso de su hija,
una sirvienta declaró que era cierto y había estado atemorizada por miedo a el hombre.
Al parecer, tras la muerte de su padre y heredar la herencia legítima, Sakuno, tras abandonar japón, demandó el
divorcio con su primo, Kintaro Tooyama".
-¿Qué opinas de eso?-. Preguntó la voz de Momoshiro.
-No opino nada-. Negó tirando el periódico a su amigo-. Tengo trabajo.
Momoshiro revisó el periódico y una sonrisa maliciosa se pintó en su rostro.
-Pues yo creo que muy pronto recibirás la visita de la chica.
-Hm-. Respondió encogiéndose de hombros.
Ahora que su padre había muerto, que se había comprobado que era cupable, Sakuno no tenía más problemas encima de los que sería su vida en adelante. No tenía porque ir a verle. Que se separara de Kintaro no tenía nada que ver con él. Se dejó caer sobre la silla tras su escritorio y buscó la tecla necesaria para encender el ordenador y revisar lo que tocaba aquel día. Momoshiro le había abandonado tras recibir una llamada de movil y su secretaria, habia ido a por refrescos para la nevera. No podría trabajar sin una lata de ponta bien fria.
Así que cuando la puerta de su despacho se abrió de improvisto, se vió obligado a averiguar de quien se trataba con sus propios ojos. Si no hubiera estado sentado, a saber si sus piernas hubieran soportado su peso. Aquellos ojos serían lo más fácil de reconocer en un baile de máscaras. Arrugó el entrecejo y se alzó, serio.
-¿Qué quiere?-. Preguntó osco-. No teníamos cita reservada.
-Lo sé-. Afirmó la joven-. Pero si no lo hago ahora... no sé cuando lo haré. Lo recuerdas¿Verdad?
-Recordar¿qué?-. Fingió acomodando sus nalgas en el filo de la gran mesa.
-Lo de aquella noche-. Explicó la mujer-. Echizen¿no es así?
Frunció las cejas y clavó sus manos dentro de los bolsillos, mientras que poco a poco, cerraba los ojos. Por una maldita maldición, no lograba olvidarlo. Jamás lo haría. Aquella noche estaba clavada en él, como las palabras que dijo ella.
-Sí-. Dijo finalmente.
-Bien, pues creo que ya va siendo hora de que sepas algo.
Alzó sus dorados ojos hacia ella, escrutándola con la mirada. ¿Qué demonios tenía que saber?
-¿Qué tengo que saber, Ryuzaki?
-Esto.
Sakuno había permanecido tiesa sobre los tacones de sus negros zapatos y las manos tras su espalda. Lentamente, se apartó, dejando ver una curiosa figura tras ella. Ryoma se incorporó, sintiendo como su corazón formaba un nudo hasta su vientre y su garganta. El niño frente a él, le miró curioso, pestañeando con inocencia en sus dorados ojos, hasta que comenzó a caminar lentamente hasta su alta figura. Sakuno parecía clavada en el lugar y ni siquiera entreabrió los labios al momento en que él se arrodilló, para sujetar su caida en un acto reflejo.
-¡Daddy!
Abrió los ojos con temor y permitió que el niño tomara sus grandes manos y las movieras rítmicamente, al compás de sus cortos cabellos castaños. Negó con la cabeza, buscando con la mirada el rostro de Sakuno, el cual, impregnado de lágrimas, se escondía tras sus manos.
-Yo... me quedé embarazada ese día... de ti... Kintaro no me tocó ni una sola vez de matrimonio, Ryo... Echizen... ese hijo solo puede ser tuyo.
-Esto es...-. Murmuró alzándose.
Como si estuviera borracho, dando tumbos, regresó hasta el sillón, sentándose. Era la idea más ridícula y probable de el mundo. Aquel niño era idéntico a él y a Sakuno. Parecía tener trocitos de ambos en cada minúscula parte de su rechoncho y frágil cuerpo. Se mordió el labio inferior y estaba apunto de maldecir cuando su secretaria se adentró en el despacho.
-¡Oh, cielo santo!-. Exclamó-. Lo siento, señor. No sabía que hoy...
-Déjalo-. Ordenó gruñón-. Adamantis, borra todas mis visitas de hoy. No podré atenderlas.
-Sí, señor.
Cuando la secretaria abandonó el lugar, Sakuno se acercó a pasos firmes hasta él, apoyándose con las manos en la mesa.
-Ryoma, no miento. Si quieres... si quieres puedes hacerte la prueba de sangre.
Aquello lo alteró aún más, dándole voz, demasiada quizás.
-No necesito una prueba para reconocer a mi hijo-. Gruñó-. Cabía la posibilidad de que ocurriera, maldita sea... No usé...
-Yo no te dejé-. Recordó Ryuzaki-. Quería sentirte entero.
-Eras inexperta, miedo y con sufrimiento. Yo debería de...
-¡Deja de pensar siempre más hallá de lo que sientes!-. Exclamó la joven madre, alterando a su hijo-. Siempre escondes tus sentimientos. ¿Qué solo te acuestas con vírgenes? Dí que solo hieres corazones nuevos y extraños porque no es el tuyo. Siempre huyendo de lo que sientes...
Apretó los puños sobre los brazales de la silla y chirrió los dientes. Presionó el botón de el intercomunicador y en un momento, Adamantis volvió a ofrecerse ante todos.
-Coge al niño y llévalo a la guardería-. Ordenó.
-Sí, señor.
Ambos esperaron en silencio la desaparición de ambos y cuando esta llego, se relajó de nuevo en el sofá, mirándola de reojo.
-¿Qué pasa? Que como ha muerto y no puedes gritarle, tienes que venir a mi.
Los rojizos ojos se abrieron con incredulidad, brillantes en el centro blanquecino. Sakuno cogió lo primero que encontró y en un momento, se lo lanzó, abriéndole una brecha en la sien derecha. Ningún quejido escapó de sus labios, pero sí comenzó a pensar en la mejor forma de devolversela, sorprendiéndose a sí mismo e intentando calmarse cuando descubrió que tan solo se le ocurrían diversas técnicas de cama.
Y aquel no era el momento para nada. Ella le estaba gritando a él, recriminándole su falta por ser padre, pero sabía que no era a él exactamente. Sakuno gritaba a su padre y como siempre, había sido él el único que terminaba escuchándola y acunándola entre sus brazos. Y debido a su calamería con ella, había salido un hijo de ellos dos. De una unión comprada por dinero, en la boda de la chica con otro hombre. Un hombre al que no amaba y del que no había tardado mucho en separarse, para correr hasta él, mordiéndose sus miedos y sacando la gata salvaje que realmente llevaba dentro de ella.
Y él lo aceptaba. Extrañamente, sí. Sabía perfectamente que correría el riesgo de que ella quedara embarazada, que entonces... sí, que entonces Tooyama la repudiaría y correría hasta sus brazos. Pero ella no volvió. No regresó hasta la muerte de su padre y que su hijo tenía ya cinco años de edad. Y lo peor de todo, es que se había dado cuenta.
Ni una sola de las vírgenes que había tomado le había llenado tanto como ella. Ni una sola se había mostrado más vergonzosa, temerosa y torpe que la castaña. Ninguna lloró de angustia y placer, ni cerró los ojos cuando el extais le llegó. Nada. Ni una igual. Porque ella parecía única y ahora, no podía evitar que su cuerpo reaccionara a lo que su mente negaba.
-Déjame contártelo todo-. Rogó ella en súplica.
La observó, con la cabeza gacha, las manos apretadas sobre la brillante madera, los delgados hombros temblando. Y no pudo evitar alzarse, cogerla en brazos y regresar sobre sus pasos, sentándose con ella sobre sus piernas, como si de una niña pequeña se tratara. Ella le miró con sorpresa y hasta se aferró con miedo a caer de su ropa, pero se calmó a medida que su cuerpo quemaba bajo la tela de su ropa, embriagándola.
Sintió como hundía su rostro en su pecho, acariciando la solapa de su chaqueta entre sus dedos.
-Mi padre me dijo... que tenía que casarme con Kintaro... Ryoma, tu no lo sabías, pero mi padre también tenía trucos con la mafia de japón. Si hubiera levantado un dedo, te hubieran matado y no lo quería-. Comentó lentamente-. Decidí casarme con Kintaro, sacarte de mi vida. Sin embargo, cuando quería hacerte más daño, en el día de mi boda, fui yo la que terminó pidi... no. Exiguiendo para que te acostaras conmigo. Te traté como una animal que se vende, no como una persona.
Escondió más el rostro contra él y pegó su mejilla sobre su pecho, sintiendo los latidos de su corazón. Se vió tentando y cayó. Alzó su mano izquierda y la posó lentamente sobre la cabeza cobriza, enterrando sus dedos en los largos y sedosos cabellos, hasta detenerse en su nuca.
-Sigue-. Ordenó.
Ella afirmó con la cabeza y desvió sus manos de la solapa hasta el primer botón de la blanca camisa, abriéndolo con cuidado y posando sus labios sobre el cuello que se dejó ver através de esta.
-Entonces, regresé a America. Mi padre se vanagloriaba de haberme vuelto a meter en cintura y se hacía el dueño de mi tiempo, sin embargo, Kintaro y yo no accedíamos a nada. Nos marchamos a una casa lejana a la ciudad, donde él nos siguió. Me amenazó de nuevo con cerrar el bar a cambio de que nada más te pasara. Tenía miedo todavía y por eso lo cerré-. Quitó los siguientes botones y abrió más la camisa, pegando su mejilla a la dura piel caliente-. Entonces, supe que estaba embarazada. ¡Un hijo tuyo, Ryoma!-. Le miró ansiosa, pero apartó la mirada al notar ningún cambio en él, para volver a esconderse dentro de su calor-. Intenté ocultárselo a Kintaro, pero un embarazo no es algo que se pueda esconder tan fácilmente y cuando estaba de cuatro meses, se notaba. Él estaba asustado porque creía que yo podría estar enferma.
Dejó caer una risa divertida y se pegó más a la mano que rozaba su nuca, mientras él no cesaba de acariciarla.
-Entonces-, continuó-. Se lo conté todo. Le dije lo que había pasado, que podía repudiarme y dejar que mi padre me matara. Sin embargo, me acogió en sus brazos. Kin-kun siempre ha sido muy bueno conmigo y me ha querido desde niños. Me soportó en las primeras nauseas tras tanto tiempo. Me dió de comer comidas extrañas y deliciosas para una mujer embarazada y asquerosas para cualquier otro ser humano. Y me acompañó al ginecólogo.
Él arrugó las cejas y Sakuno sonrió, acariciándole el bello que cubría su torso.
-Jamás, ni una sola vez, confesó ser el padre-. Algo dentro de él se alivió, sin embargo, había más que decir-. Pero, mi padre logró enteresarse de mi situación y me atosigó a preguntas sobre quien era el padre y Kintaro, para protegerme, se declaró como tal. Mi padre continuó con la mosa tras la oreja, pero nos dejó en paz... entonces...-. Ryoma la observó por un instante, sabiendo que ya se acercaba al tema de verdad importante. Le apartó un mechón.
-Continua-. Apremió.
Sakuno sintió retumbar aquella voz contra su oido y extrañamente se relajó en sus brazos. Ryoma tuvo que alzar un poco más sus piernas, para que no resbalara por los pantalones sedosos de su traje.
-Marrie, era una de las americanas servidoras de nuestra casa cuando yo era pequeña. Por alguna razón, yo no logré acordarme de ella, pero, cuando apareció en mi casa, vieja, con la cara llena de tristeza y cansancio, la reconocí. Fue ella la que me lavó aquella noche...-. Tragó saliva-. La noche en que mi padre... ¡Oh, dios¡Ella lo sabía desde siempre¡Y lo ocultó! Quise golpearla. De verdad que sí. Pero Kintaro no me dejó. Habló con ella por mi y dijo que declararía. Confesó todo. Y mi padre fue juzgado esta vez. Pero al ser un hombre ya mayor y catalogado con problemas de el corazón, no sirvió de nada. Me escupió, me insultó y maldijo a todo el mundo. Quería que me odiara, como yo le odiaba, así que le confesé quien era el padre de mi hijo. En aquel entonces, Kenji tenía cuatro años recien cumplidos. Este año, mi padre terminó por morir y me separé de Kintaro. Él me concedió con gusto el divorcio, aunque jura amarme.
-Kenji-. Repitió él con voz robótica.
-Sí, Ryoma. Mi... nuestro hijo se llama Kenji. Kenji Echizen.
Ella le tomó ambas mejillas con sus manos, enlazando sus delgados dedos en sus cabellos largos y besó su frente suavemente. Una simple caricia con sus rojizos labios. Y él logró sentir cada dimuta esencia de el caro perfume que continuaba usando. Su gran manaza se apartó de la nuca, siguiendo el ritmo de los largos rizos y acariciando la espalda en su largura. Sakuno, con torpeza, guió su mano diestra hasta sus muslos, con la tela de el vestido champan sobre estos. Dejó que le besara la nariz como si de un niño pequeño se tratara y después, su entreabiertos labios. Apretó los párpados y apartó la mano de los seguramente, suaves muslos, para llevarla hasta sus ojos y frotarlos con sus dedos.
-Maldita sea, no puedes hacerme esto-. Gruñó.
-¿Qué?
-No puedes atarme de esta forma-. Maldijo alzándose con ella y dejándola contra el suelo-. No puedes...
La miró por un momento, sintiendo que su corazón golpeaba con fuerza contra su pecho en cada instante que más la miraba. Sakuno parecía haberse quedado fria ante la falta de su calor y podía jurar que a él le pasaba lo mismo. Sus muslos, su pecho y sus manos sentían la misma falta que sintió cuando la dejó correr por los grandes pasillos de el hotel hacia los brazos de Kintaro, tras tomarla con rapideza.
Sakuno caminó hasta él y dió dos pasos atrás, buscando algún lugar donde descargar su furia, pero seguía siendo incapaz de mostrarse amenazante de una forma tan clara. Prefería acallar a sus enemigos con duras miradas, frases cortas o con una raqueta e tenis y una pelota, no a golpes. No estaba en su naturaleza. Aunque no era un cobarde.
Sakuno había roto la barrera marcada por él. Ya no le interesaba una virgen, era una mujer y era la madre de su hijo, al que apenas conocía. Sintió deseos de ahorcar al maldito viejo que lo engañó y se acercó a Sakuno. Quizás, si hubiera sido más listo, ahora estaría... ¿felizmente casado con una gata indomable¿Seguiría siendo un gigoló? No, por su puesto que no.
Y eso le daba cierto miedo. Ella le ataba, quisiera o no quisiera. No era por su hijo. Existían muchas madres solteras y se sentían orgullosas de ello. Sabía que Sakuno tenía el orgullo capaz de hacerlo, pero tras haber sido liberada de la carga de el pasado, de su violación y de haberse abierto a un único hombre, necesitaba que la proteguieran más que nunca. Y él lo deseaba. Porque la amaba.
La volvió a observar, clavando su mirada en el vestido. Pese a que era recatado, seguía mostrando sus formas y que le colgaran si existía residuos de su embarazo. La tomó con fuerza de la mano y a grandes pasos, salió de el despacho. La secretaría seguramente, al ver el cielo abierto con el niño, se había perdido con el pequeño. Dejó una nota sobre la mesa vacia y casi corrió hasta el aparcamiento, montándola en silencio en el asiento de el copiloto. Sakuno le miró extrañada, pero cuando se encontró frente a la puerta de su apartamente, tragó saliva con fuerza, siguiéndole totalmente mansa hasta su dormitorio.
Jadeante, con la coleta alta desenredada y caida lateralmente, mechones cubriéndole su lado derecho de el rostro, el pecho hinchándose en necesidad de aire, las piernas medio dobladas, sus manos aferradas a la falda y una mirada de duda y miedo. Se cruzó de brazos, colocándose sobre la puerta que había cerrado él mismo con el pie.
-No irás a...
-Sí-. Afirmó seco.
-Pero... no me desnudarás en...
-Sí-. Repitió en un gruñido-. Te desnudaré entera.
Sakuno gimió dentro de ella, mordiéndose el labio inferior, mientras que él la observó con curosiosidad e intriga. ¿Qué demonios quería ocultarle?
-Yo... estoy horrible-. Susurró casi inaudiblemente-. Tras tener a Kenji...
-Eso, lo juzgaré yo-. Bramó en molestia.
Se acercó a grandes zancadas hasta ella y sin darle tiempo de responder si quiera, arrancó el vestido con sus manos. Ella suspiró al momento e instintivamente se aferró con sus brazos pudorosamente, apartando su mirada, con las mejillas rojas bajo esta. Se lamió los labios y con lentitud, quitó los brazos. Sabía que ella todavía tendría miedo, y pese a que ya le había conocido, seguiría estando retenida al miedo y vergüenza.
La miró atentamente. La ropa interior femenina parecía haber sido puesta a juego con el color de el vestido y detonada como para hacer arder hasta el más puro de los hombres. Dos oscuros pezones descansaban bajo la tela de el sujetador, sobre dos deliciosas cumbres.
-¿Le diste de mamar?
-Si... claro-. Afirmó extrañada.
-Humm...-. Murmuró sonriendo.
Uno de sus grandes dedos trazó un camino desde el valle de estos, hasta su delgado vientre. Una diminuta cicatriz se hacía notar en la morena piel, pero no era gran cosa. Centró sus caricias en el redondel de el ombligó, adentrándose y saliendo, hasta que finalmente llegó hasta la cintura de las braguitas. Diminutas y algo provocativas, dejando clara visibilidad de ambas ingles y el comienzo de ambos labios. Ella tembló entonces.
Levantó la mirada de aquel punto, para clavarla en los rojizos ojos. Sakuno temblaba y cuando su mano izquierda sujetó con fuerza su mentón, atrayéndole, los labios temblorosos quedaron bajo los suyos, hambrientos, dominantes e inquietos. La apresó contra él, obligándola a gemir. Con total conciencia, adentró una de sus piernas dobladas entre las femeninas y la ajustó a su cadera, creando así más unión entre ellos y Sakuno gimió de nuevo en su boca, al sentir el abultamiento de su sexo.
Y cuando, extasiada, ella se rozó contra él, gimió. Tomó ambas manos femeninas y la llevó hasta su camisa, aun a medio desabrochar. Sakuno tragó saliva e instintivamente, comenzó a abrirla, a la vez que sus nudillos rozaban la tersa piel, hasta que finalmente, la dejó caer. Quedó con el torso desnudo y no se sorprendió cuando ella se acercó besarlo, atraida por su color, su tacto, su aroma... Si realmente Kintaro no la habia tocado, ella también tenía deseos.
La permitió todo, que le tocara, que le besara, hasta que mordiera y lamiera de forma torpe su piel, erizándola en cada movimiento y sintiendo como lentamente, cada sangre que circulaba por su interior, se intensificaba en sus ingles. Se tensó, al sentir una torpe y tímida caricia sobre el bulto entre sus piernas y la retuvo.
-Espera.
-Quiero... verlo...-. Rogó-. La última vez...
-Y me verás. Espera-. Ordenó.
Clavó sus labios sobre el pequeño cuello, tan frágil, tan rompible. Lo besó con ternura estraña en él y delineo su curvatura con la punta de su lengua, obligándola a estremecerse y agarrarse a su piel. La última vez, con miedo al ser descubiertos, le hizo el amor tan deprisa, que creyó que esa no había sido forma de tratar a una mujer tan herida, sin embargo, ella le guardó el dinero dentro de sus calzoncillos y huyó. Esta vez, se aseguraría de que no fuera así. No por nada había encontrado cávida a sus sentimientos guardados bajo llave.
Continuó con sus besos hasta sus hombros, delineandolos también. Estendió su brazo izquierdo y ahora, lo besó, desde los hombros, hasta detenerse en sus muñecas, las cuales, besó de nuevo, lamiéndolas delicadamente. Sakuno se estremeció, justo en el momento en que su boca golpeó un punto realmente excitante para ella. Sonrió sobre su piel, al crear el mismo gesto con su otro brazo, para terminar de nuevo en su boca.
Sujetándola de los hombros, la empujó, dejando que cayera sobre el colchón, con él entre sus piernas y sus bocas unidas a la perfección. La abandonó, observándola por meros instantes. Alargó su mano diestra hasta el cierre frontal de el sujetador y con precisión, lo quitó. Ambas cumbres se movieron sobre sí mismas, para regresar hasta el mismo lugar, aplastadas por su propio peso.
Se saboreó los labios y sin dudarlo, llevó sus pulgares hasta ambas aureolas, rozándolas con la debida presión y al instante, endurecieron. Jugueteó con ellas un rato, hasta que sintió que ella se retorcía y su boca ocupo el lugar de una de sus manos. Generosos y de un sabor exquisito, parecían deretirse entre sus dientes, su lengua los saboreaba como un dulce helado y sus labios dejaban besos cortos de placer. Sakuno gimió y enredó sus manos en sus cortos cabellos, apremiándolo a más y más placer.
Escondió su rostro entre ellos, lamiendo el valle y deslizándose hasta el ombligo. Sakuno se apartó levemente, sorprendida.
-Ry... Ech... eso...
-Ryoma-. Ordenó osco al recordar su apellido en su boca-. ¿Qué pasa?
-¿Qué vas a hacer...?-. Preguntó jadeante y con miedo-. Ahí... la otra vez no te acercaste...
Sonrió maliciosamente y la empujó de nuevo bajo su cuerpo, lamiendo su oido lentamente y suspirando en este ante el contacto de sus pelvis. Se mordió la lengua al pensar en qué dirían los demás al escucharle, pero¿qué más daba? Estaba excitado y con la mujer que amaba.
-Darte placer-. Confesó.
-Pero...
Suspiró y maldijo en sus adentros. Le acarició el rostro con ternura y recordó que Sakuno, no era una de las mujeres que sienten miedo ante una primera vez de algo, es que a ella le habían roto todos sus sueños primerizos.
-Confia en mi-. Dijo ronco.
La besó de nuevo en la boca, calmando sus nervios, y volvió a comenzar: Sus senos, el valle de estos, su vientre y su ombligo. La miró atento, mientras que ella cerraba sus ojos y se encorvaba un poco hacia él, al sentir deslizarse sus dedos por encima de su rizado bello. No tardó demasiado en notificar que estaba excitada y húmeda. Pero aún era temprano para tomarla. Aunque su entrepierna no dijera lo mismo. Lentamente, su dedo índice se adentró entre la leve linea que separaba su muslos, creando una clara corriente eléctrica en ella, que arqueó sus caderas en demanda de más, avergonzándose.
Sonrió y esta vez, con lentitud, usó su lengua, insistiendo más, adentrándose en ella, fingiendo la penetración. Con pausadas y deliciosas caricias, adentró uno de sus grandes dedos, obligándola a estremecerse y gemir levemente. Acarició su interior con este y mientras su boca continuaba intensificando sus carcias, logró adentrar otro más. Sabía que en cada movimiento de cadera de la joven madre, se acercaba a la cumbre de el orgasmo primerizo, pero no la dejaba llegar, embriagándola, enseñándola a desear más.
Finalmente, su boca abandonó el lugar, recibiendo un gemido de protesta por su parte y sonrió sastifecho al verla, con la boca entre abierta, los ojos semicerrados, con una pequeña telaraña de lágrimas de placer, de ansiar más. Movió lentamente, en círculos sus dedos y su pulgar ocupó el lugar de su lengua y labios, presionando el botón oculto entre sus piernas más placentero. Creó movimientos, circulares, presionantes y más ligeros, alternándolos, mientras con sus dedos los imitaba en su interior. Finalmente, estos se humedecieron, quedando apresados dentro de ella y el cuerpo femenino se alzó, encogiéndose en la verguenza de haber gritado levemente.
-¿Por qué?-. Preguntó jadeante.
-¿Por qué, qué?-. Preguntó irónico.
-¿Por qué no me has...? Quiero decir...
Sakuno desvió una fugaz mirada hasta su abultada entrepierna y él sonrió, de nuevo, altenero, orgulloso de que le deseara, de que no le sintiera terror, miedo, o arcadas como ya ocurrió tiempo atrás, el día que se bajó los pantalones ante un juego de preguntas. Se quitó lentamente sus pantalones, bajo su mirada y aún con los boxers, se inclinó sobre ella, clavando sus codos a cada lado de sus brazos sobre el colchón. Pegó sus caderas a las femeninas, ahora tan solo separadas por sus boxers y creó fricción con ellas.
Aplastó los pequeños pechos contra el suyo, sintiéndolos erectos y punzantes sobre su blanca piel y un escalofrio le recorrió el cuerpo por entero. La besó divertido, acariciando ahora ambos muslos y acercándose cada vez más con sus manos hasta las caderas, a la que de vez en cuando, propinaba un empuje con la suya propia. Apresó en su boca uno de los labios entre abiertos y lo succionó a gusto, torturándola con su lengua en ellos, huyendo de la de ella.
Sintió la calideza humeda atravesar sus pantalones y sonrió de nuevo, besándola. Se alzó, arrastrándola con él. Jadeante y con la sangre totalmente corriendo por sus venas, Sakuno pestañeaba en confusión tras volver a estar totalmente excitada. Él sujetó sus manos y con lentos círculos con sus palmas extendidas sobre su piel, la guió hasta la cinturilla de sus boxers. Sakuno se tensó.
-No tengas miedo-. Aconsejó con voz ronca-. Yo no te haré daño como él. Lo sabes ya.
-Pero...
Besó su frente húmeda en sudor y sonrió, esta vez, afirmando con la cabeza. Guió la temblorosa mano, obligándola a adentrarla dentro de sus boxers. Sintio como los delgados y temblorosos dedos se enredaban en su bello y continuaba con ligereza hasta llegar a su sexo. Ella se tensó. Pero él la soltó, dejándola sola en su escrutamiento. Sakuno farfulló algunas palabras en ingles, con terror, pero él negó y la apremió a continuar.
-¿Y si te hago daño?
-No me lo harás.
La joven afirmó, cerrando sus ojos, tragando saliva y abriéndolos de nuevo, ahora, con más seriedad. Ryoma rió por ello, pero la animó a continuar. Sentir lás cálidas manos, rozando con miedo y lentitud su sexo, lo estaban matando. Con el pulgar y el índice, Sakuno creo un suave camino hasta el glande, notando las diminutas venitas bajo su piel, la calideza y la humedad de la cabeza. Se estremeció al escucharle gemir y en reflejo, lo apresó con un poco más de fuerza, regresando hasta el principio.
Sin esperar, se descendió los boxers y Sakuno se sonrojó notablemente, mirando con desconcierto su mano, diciéndose a sí misma que no era ella quien mantenía la erección sujeta y la acariciaba, que tampoco, se sintió curiosa y rozó los testículos y menos, que hasta pellizcó levemente la punta, obligándole de nuevo a gemir.
-Lo... siento-. Se disculpó apartándose.
-No-. Negó él apresándo su mano-. No duele, no te hace daño. Puede darte mucho placer. No. Nos puede dar mucho placer. Esto me da placer. Me gusta. Es igual que yo a ti. ¿Acaso no te ha gustado?
-S-- sí-. Confesó forzosamente-. Me... gustó. Pero...
-Da placer, Sakuno. Te lo dió aquel día y éste tambien te lo dará.
La tenia arrodillada, ante él, con perfectos muslos doblados, separados y húmedos. Los senos erectos y doloridos de placer. Apresó su cadera tras decir esas palabras y arrodillándose por igual, encogiéndose a su altura, la pegó a él. Aplastando sus senos contra su pecho y adentrándose su dura erección entre sus piernas, rozando el húmedo sexo femenino con su pene, sin llegar a penetrarla. Sakuno se estremeció, agarrándose con urgencia a él y tensándose al sentir como creaba placenteros movimientos para ambos, hasta que lentamente, se adentró en ella.
La sentó sobre sus piernas, dejándola caer sobre estas y profundizando así la penetración. Sakuno gimió y hasta lloró en su hombro por más e instintivamente, movió sus caderas. Besó su cuello y moviéndola en cada movimiento, la empujó con su cuerpo una y otra vez, forzándose en crear aquel movimiento, llenándola de él. Su espalda sintió los arañazos de las fuertes uñas femeninas y lo que muchas veces antes le había dado rabia, ahora le daba placer. Gimió contra ella y se dejó absorver lentamente, intensificándose el placer.
La apartó de él, apresando uno de sus senos, alzados en el vaiven, contra su grandiosa mano y agradecía tenerla lo suficiente grande como para acoger el seno entero. Su boca creó maravillas en la boca femenina y apremió para que todos sus gemidos se perdieran juntos. Ella enredó sus brazos en su cuello, irguiéndose sobre él, arqueando su espalda ante la sacudida de placer proviniente.
-Ryoma-. Llamó entre jadeos-. Yo... ¡Oh, dios!
En rápido impulso la dejó sobre la cama, apremiando a más sus movimientos, hasta que la sintió temblar debajo de él, gemir y necesitar con urgencia aire en sus pulmones, mientras su sexo quedaba sastifactoriamente apresado dentro de su orgasmo, inundándose de ella y acompañándola en necesidad. Quedó sobre ella, intentando encontrar el aliento a sus pulmones y decidió apartarse ante su peso. Pero ella lo apremió a quedarse con sus piernas.
-No, por favor... no salgas-. Rogó abrazándole.
-Te aplastaré-. Advirtió-. Espera.
Se reclinó a su derecha, volviéndola hacia él y acomodándose en la cama. Sakuno accedió a esa posición y lentamente, se encogió entre sus fuertes brazos.
-Gracias...-. Susurró ella.
-¿Por qué?
-Por ser tan paciente conmigo... por explicarme tanto cuando no te gusta hablar... Por perdonarme...
-No te perdono-. Rectificó él-. Esto lo recordaré toda mi vida.
Ella le miró aterrorizada.
-¿Qué castigo... piensas darme?-. Derepente el miedo pareció inundarla-. Oh, por favor... no me quites a Kenji...
Esta vez, fue él el horrorizado. ¿Hasta dónde llegaban los miedos de esa chica¿Tan cruel le creía como para hacer eso? Sonrió. Al parecer ella no le había entendido bien. Rodó sobre ella, presionándola bajo su cuerpo y cediendo más sus caderas, adentrándose todavía más en su cuerpo, y obligándola a estremecerse, sintiendo de nuevo su sexo arder en su interior.
-Eres rara-. Gruñó-. Estando bajo mi cuerpo, excitada y tan solo piensas que puedo castigarte con Kenji.
-¿Qué... ?-. Jadeó obligándole a moverse-. Tus castigos...-. La rojez subió hasta sus mejillas, pero se mordió el labio inferior y le golpeó una nalga con su mano-. ¡Tu forma de pedirme que viva contigo es un poco extraña!
-Es lo que hay.
Ella rió, abrazándolo y dejando que la tomara de nuevo, deleitándose entre ellos. Sakuno le tomó de el rostro y de nuevo, como en el pasado, sonrió, mirándole presa de el placer y susurró:
-Eres tan hermoso que duele... Porque ahora... tendré que compartite con más mujeres... es tu oficio. Empezastes así conmigo y terminarás así¿Verdad?...
-No-. Negó-. No seré más un gigoló fuera de casa-. Rió maliciosamente y la besó con furia-. Además, tengo que enseñarle a mi hijo.
-¿¡No irás a enseñarle a tomar tan solo vírgenes!?
-Um... sería interesante.
-¡Mouuu¡Echizen!
De nuevo, el caracter gerrillero de Sakuno salió a la luz y con un chichón en la cabeza, fueron a buscar a su hijo. Kenji había terminado dormido entre los brazos de la secretaria y cuando Sakuno lo vio, no tardó en declararles palo y astilla. Cuando descendieron hasta el parking, Sakuno se detuvo ante lo que anteriormente fue su bar, aferrando entre sus brazos a su hijo, arropado por la chaqueta de su padre. Ryoma la miró curioso y sonrió, acercándose hasta ella, con las manos dentro de sus pantalones.
-¿Quieres hacer algo ahí?
-¿Qué? Ya no es mio. Hace tres años lo vendí.
-Lo sé.
Ryoma suspiró, mientras que ella se quedó pensativa, hasta que reaccionó cuando el hombre se había acomodado en el asiento de el conductor.
-¡Lo compraste tu!
-Bingo-, canturreó-. Así que, haz lo que quieras con él.
Sakuno le besó y estaba seguro de que si su hijo no se hubiera despertado, no habrían tan solo besos en aquel coche. Tras cinco años separados, tras tantos dolores de cabeza, peleas y encuentros altamente excitantes entre ellos, se rindió la descarada joven madre de su hijo. Porque sí, la amaba.
-Por cierto¿Dónde viviremos?-. Preguntó Kenji dándo saltos, ryoma lo miró incrédulo.
-¿Habla también?
-Claro, es mi hijo-. Se alavó Sakuno-. Yo también quiero saber eso. ¿Iremos a mi casa o...?
-Ni hablar, odio a los ricos...
Otro chichón más, y una larga vida por delante...
Fin.
Notas autora:
Bueno, pues hasta aquí llegó este fic n-n.
Espero que les gustara, ya que soy malísima para los finales u.u.
Sé que cambié la compostura de Ryoma durante el sexo y tal a como yo suelo hacerlo.
(o eso creo)
Pero también sé que las personas violadas, si consiguen remontar, en esos momentos, necesitan comprensión a su miedos.
He querido hacerlo fijándome en eso,más que en el OOC ese raro de los personajes.
De todas maneras, este fic ya estaba avisado de que era en OOC, por ello, a la persona que me lo recordó, perdió el tiempo.
En fin... Nos vemos pronto en otro de mis fics n.n
Creo que tocará:
Tu, yo y el apellido Echizen.
Chia-Uchiha o pervert-chan.
23-enero-08.
Dedicado a todas las personas que pasamos por esto.
Y a las que me han seguido hasta el final con sus rw de animo.
Aunque me haya sentido desemparada n.n.
A mi Riku con cariño.
Entre las dos superaremos nuestro pasado :3
