V

Tan solo una pequeña luz se filtraba por entre las cortinas del dormitorio. Bajo un revuelto de sábanas y cobijas, se escondía un cuerpo inmóvil. Cuando el sol matutino se desplazó lo suficiente, la rendija luminosa alcanzó al hombre en la cara. La barba crecida y unos círculos oscuros alrededor de los ojos delataban la resaca en incubación. En un acto reflejo, House giró la cara hacia otro lado y se cubrió la cabeza. Era tan solo otro día, monótono como todos los últimos, y solitario como nunca antes. Hoy, decidió mentalmente, no iría al hospital. El dolor del muslo estaba casi insoportable y solo tratar de estirarse incrementaba la molestia hacia niveles insoportables. Recordó donde había dejado el frasco de vicodin y recordó también que la noche anterior se había tomado la última pastilla. Durante las últimas dos semanas, había consumido el total de la prescripción de Wilson, y había recurrido también, a otros medios no muy legales de controlar su dolor. Meditó una vez más: solo por Wilson y su prescripción de vicodin, iría al hospital.


Hecho un manojo de nervios, con el suave cabello castaño en desorden y retorciéndose las manos, James Wilson paseaba impaciente de un lado a otro en frente de la oficina de House, mientras en la suya propia esperaba un equipaje, atiborrado sin orden y con afán, y en su cabeza, bullían, igualmente apretujadas, cien ideas locas sobre lo que iba a pasar en la siguiente semana.

- No ha llegado aún? – La voz de Cuddy lo sorprendió a su espalda.

- No, pero con todo lo que bebió ayer, no me extrañaría.

- Estabas con él?

- Si, lo invité a cenar. Iba a contarle lo del viaje..

- Wilson, por favor! Ni que fuese tu novia para que debas contarle todo. Dejemos que éste experimento siga su curso. – Cuddy puso los brazos en jarras, desafiante.

- Hablas de "el experimento", como si estuviésemos creando un Frankestein. Y además la que siempre se ablanda primero eres tú. – convino Wilson.

- Ante todo, House ya era un monstruo egoísta antes de llegar aquí, y no pretendemos empeorarlo, sino tan solo darle una lección. Y sí, yo siempre cedo, pero para evitarnos ese problema, simplemente nos vamos. No te preocupes, todo saldrá bien. – El tono conciliador en la persona de la directora del Hospital sonaba disonante, raro.

- Eso espero.- Dijo por lo bajo Wilson. Miró su reloj y se dio cuenta que ya no había marcha atrás. En menos de media hora, un taxi los esperaría para llevarlos al aeropuerto.


Si bien la camisa rosada estaba limpia, en ella no cabía una arruga más. Con una mano trató infructuosamente de alisar el cuello, y se abotonó lentamente. Se miró en el espejo del baño y luego controló mentalmente los detalles importantes. Cara y cabello limpios? Si. Peinado? No. Pantalón? Si. Calcetines sin agujeros? Si. Afeitado? No y definitivamente no. Sentía la garganta seca, así que cojeó hasta la cocina y trató de tomar la taza de café humeante que le esperaba sobre el mesón. Si bien la mano fue hacia donde él creía que estaba, el movimiento fue fallido. Extrañado se miró la mano y vió no una, sino dos manos. Sacudió la cabeza y parpadeó varias veces seguidas, sin embargo la visión doble no mejoró, su cocina era dos veces la misma y al tiempo sintió un mareo súbito, por lo que se trató de apoyar en lo que estuviese más cercano. El antebrazo derecho chocó con la taza de café, que esparció todo su contenido sobre la manga de la camisa, para luego salir volando por los aires y estrellarse en el suelo. Sintió el ardor de la quemadura en el antebrazo, dio un paso vacilante hacia atrás y su pierna derecha falló y resbaló. En la cocina resonó un golpe seco, cuando su cabeza dio contra el suelo de linóleo blanco.