Siempre habíamos creído ser los únicos en luchar contra la sed; Manoel, durante su vida, había sido un joven amable que disfrutaba del contacto con los niños y la creación de amistades. Cuando Vivian lo convirtió para que fuera su compañero, Manoel sufrió horrores; ni él ni Vivian sabían que se podían probar otras formas de alimentación.

Cuando yo llegué a sus vidas, o ellos a la mía, y notaron mi inevitable tendencia a atacar animales, logramos asumir una dieta basada en las pobres bestias. Yo, porque simplemente no tenía opción: el olor de la sangre humana me había enfermado durante mi vida, y cuando entré en la inmortalidad la sangre animal me tentó siempre muchísimo más que la de mis antiguos compañeros de especie. Y Manoel eligió este camino, a través de su esforzada voluntad y de grandes sacrificios, porque su corazón así se lo dictaba.

Vivian había sido transformada por un vampiro excéntrico haría unos sesenta años, cuando ella tenía alrededor de veintitrés. Su progenitor le había enseñado a saciarse de los enfermos terminales y los moribundos. Era un tipo bastante decente para ser un vampiro; trabajaba en un sanatorio psiquiátrico, y él estaba convencido que ayudaba a los enfermos a escapar de las terribles pesadillas de su vida en un mundo previo a los psicofármacos. Su vida, o no vida, mejor dicho, terminó a manos de otro vampiro que quería atacar a una interna de la que se había enamorado.

Influenciada por las ideas de su progenitor, Vivian se veía a sí misma como una especie de ángel de la muerte. Había perdido a toda su familia por causa de la tuberculosis, los había asistido durante su largo padecimiento, y largos años después de la muerte de ellos, había caído enferma; cuando él la encontró y decidió darle la oportunidad de una vida inmortal. De cualquier modo Vivian entendía que el ciclo de la vida y la muerte es algo sagrado, y quizás como fruto de su larga experiencia cuidando a su agonizante familia, su habilidad especial era ver lo que ella llamaba "la marca de la muerte". Podía percibir cuándo una persona estaba a punto de morir, cuándo el destino llamaba a una persona. Había tratado de salvar a los que presentaban la marca, pero se iban de cualquier modo. Vivian trataba de convertir el trámite de la parca en algo cómodo y placentero, y para ella eso era algo tan correcto que nuestras ideas no la atraían en lo más mínimo.

Manoel era un turista catalán en Nueva York. Era joven, dulce y buen mozo. Una noche de invierno, en una calle desierta, un hombre quiso asaltar a una chica y él se interpuso, ligando unos balazos en el pecho. Vivian, que había presenciado esto, lo arrastró velozmente a un callejón y lo mordió antes de que la marca de la muerte se hiciera definitiva en él. Cuando yo llegué Manoel llevaba sólo veinte años en nuestra nueva vida; y la relación que mis protectores tenían era una relación cautelosa, frágil y hermosa. Eran dos personas que se estaban conociendo paulatinamente, sin saber a ciencia cierta que se amaban. Hubieran merecido muchos años para ser felices.

La primera noche, en el autobús, me acurruqué en brazos de Manoel. Estaba aterrada. Él me acariciaba muy suavemente el pelo. Me sentí mal, porque sabía que él estaba sufriendo mucho más que yo.

Era él quien había perdido a Vivian. La había perdido, y ella había desaparecido para siempre. Nunca iba a poder decirle lo que no había tenido tiempo de comprender hasta ahora. Más allá de mi propio desamparo, me daba cuenta del dolor de Manoel. Sabía que tenía el corazón lleno de ternura, y ahora que el objeto de esa ternura estaba fuera de su alcance, se desbordaba dolorosamente.

Vivian no estaba más. Estábamos solos: ya nadie nos explicaría las reglas; ya nadie nos guiaría, ni sería capaz de defendernos de las constantes amenazas de nuestro tétrico mundo. Pensé en su seguridad, su desenvoltura y su cariño casi maternal, en la eterna tristeza de sus ojos, y no pude creer que no fuera a verla nunca más.

Ella era quien nos había cuidado y protegido; nos había enseñado todo lo que sabíamos. Nosotros nos apoyábamos en su conocimiento y su experiencia; la consultábamos continuamente y teníamos en cuenta su opinión para realizar cualquier proyecto o actividad. Siempre confiábamos en la presencia y el sostén que Vivian nos proveía. Siempre contábamos con que ella vendría a solucionar los problemas, a corregir los errores, a aportar un consejo esclarecedor que nos haría reconsiderar todo. Ahora se había ido.

Estaba huérfana, más huérfana que nunca. Me habían arrancado del hogar de mi madre, y nunca podría volver a verla; y mi madre sustituta ahora también me había sido arrebatada. Ambas, junto con mi padre, estaban lejos, donde no podría nunca hablarles ni estrecharlos contra mí.

Temblé en los brazos de mi amigo, mi hermano, sintiendo ardor en mis ojos incapaces de llorar, y me dolió estar regodeándome en un dolor al que no me sentía con derecho.

El autobús que nos llevaba hacia Nueva York atravesaba los caminos en medio de la lluvia. El atardecer coloreaba el cielo gris tiñéndolo de lúgubres tonos morados. Pensé en sangre coagulada, en enfermedad. Nada podía levantar mi ánimo.

Lágrimas de vampiro.- dijo una susurrante voz cerca nuestro.

Mi hermano y yo miramos al asiento de enfrente, y una mujer, vuelta hacia nosotros, nos miraba por encima del respaldo con una sonrisita sardónica.

Sí, les estoy hablando a ustedes.- dijo descaradamente. Manoel y yo la ignoramos. Era una mujer blanca, de saltones ojos claros y pelo de un rubio sucio. Tenía una expresión aturdidora en la mirada y un vestido gris.

Seguimos abocados al propósito de ignorarla. No teníamos idea de que hacer en esa situación, y acabábamos de ver morir a la única persona que podría habernos ayudado. Me aferré a mi hermano, que ahora la miraba con atención.

No pueden vencerlos; son más y más experimentados, y no son pacíficos como ustedes. Además, van en la dirección equivocada. No es al sur sino al oeste: donde te lleve el corazón, Isabella, busca a la bruja...

Nos incorporamos, pero la mujer misteriosa no estaba. Yo entré en una pequeña crisis de histeria, pero me calmé en brazos de Manoel que me palmeaba los hombros casi frenéticamente.

Luego de una larga hora, conseguí preguntar con voz ahogada qué pensaba de lo que nos acababa de ocurrir. Y Manoel me respondió:

No sé, pero nos dijo la verdad.

A mí no me quedaba nadie en quien confiar, y aferrándome histéricamente a los brazos de Manoel, casi hasta hacerle daño, le pregunté:

¿Qué?

Que nos dijo la verdad.

¿¿Cómo puedes saberlo??- rugí.

Discreción, Isabel.- repuso tranquilamente, y me obligó a acomodarme en el asiento. Por suerte el piso bajo del autobús, donde nosotros estábamos ubicados, tenía pocos asientos, ocupados solamente por un grupo de viejas que roncaban sonoramente desde el momento en que se sentaron.- Sabes que lo puedo sentir.

Temblando aún, me reacomodé en el asiento. Me costaba mucho confiar en nada últimamente. Haber visto a Vivian morir, que era la más vieja, la más antigua, la más experimentada y la más buena de cuantos había conocido me llenaba de dudas. Había adquirido dimensión de la capacidad de nuestros enemigos; a mí mis dos protectores siempre me habían parecido viejos e indestructibles, pero la verdad era que éramos como pulgas en comparación a otros de nuestra especie. Éramos jóvenes, inexpertos y poco adeptos a la crueldad. Estábamos indeciblemente desprotegidos ante estos cazadores, y esa rara mujer acababa de confirmar y repetir algo que yo ya pensaba. Estaba confundida y tenía un vendaval de frenesí y terror en la cabeza.

Mi hermano me abrazó con sus largos brazos aceitunados. Me acarició como se acaricia a un niño.

Te amo, Bella. Eres mi hermanita menor, y voy a cuidarte con toda mi alma.-dijo en voz baja, usando por única vez el nombre que yo prefería.- Si te quieren hacer daño van a tener que matarme primero.

Me fui calmando paulatinamente. Cuando ese viaje terminó, descansamos una noche en Nueva York. Manoel se quedó leyendo, y yo estuve recorriendo bares lacónicamente. Volví a la fría habitación de hotel al poco rato, pues el terror no me permitía alejarme mucho de Manoel.

El resto de la noche lo pasamos en silencio, mirando el techo tendidos en una cama sucia y contando las manchas de humedad en la mampostería. Fue largo y agónico, pero llegó el amanecer, y todavía teníamos que esperar. Los ruidos de la gente al pasar marcaron el paso del tiempo hasta que atardeció. Manoel había tomado nuestras pocas pertenencias y armado dos mochilas. No pude diluir más la espera, y, sin saber muy bien qué hacer corrimos al poniente.

Cuando volvimos de la casa de la familia Cullen sentí una sensación muy familiar, parecida a la de ese breve viaje en el que se nos apareció la bruja.

Resultó que la familia Cullen tenía una suntuosa mansión. Los siete integrantes se definían como vampiros vegetarianos.

El Doctor Carlisle Cullen estaba casado con Esme. Ella era la mujer suave que me recordaba a mi madre. Los dos eran sumamente corteses, amables y parecían más genuinamente buenos que nadie que hubiera visto en mucho tiempo. Ellos oficiaban el rol de padres de los demás; en todos los actos de Esme se evidenciaba un enorme cariño maternal.

Los otros, que parecían más jóvenes, eran sus hijos. Se habían ido integrando a la familia en distintas fechas, y no compartían el mismo origen, por lo que me pareció cotejar (escuché una mención al pasar a "la llegada de Alice" en una conversación).

Los "hijos" eran Emmet, Rosalie, Edward, Jasper y Alice. Emmet era el muchachote enorme de pelo negro que parecía un oso. Era muy afable y simpático, y al sentarnos en el living me soltó un par de bromas y guiñó un ojo como si me conociera de toda la vida. Su esposa, Rosalie, era rubia, altísima y esbelta. Tenía en rostro más bello que hubiera visto en mi vida, y una expresión impasible.

Manoel intuyó que el más viejo de los hijos era Jasper. Era un joven alto, leonino, con el pelo rubio muy claro. Tenía un trato muy cauto y amable, parecía poseer don de gentes. Más tarde mi hermano me confirmó que tenía la habilidad de manipular las emociones a su alrededor, lo cual me inspiraba una mezcla de interés y desconfianza.

Jasper estaba casado con Alice, que era la muchacha morena y pequeña que jugaba de catcher. Era una persona dinámica y alegre que me cayó bien en cuanto tuve la oportunidad de escucharla hablar.

Y Edward. Edward era el chico de ojos arrobadores. Tenía el pelo de color rubio cobrizo y parecía ser el más joven. Aparentaba unos diecisiete años. Me seguía mirando con una expresión de lo más extraña, y me estaba poniendo muy nerviosa.

- ¿Entonces? ¿Hasta cuándo se piensan quedar?- preguntó Alice, volviéndose hacia mí con desenvoltura. Yo me obligué a desprenderme de mi nerviosismo.

- No lo sé a ciencia cierta.- respondí en voz baja. – No demasiado, creo. Un par de semanas como mucho.

-¿Tan poco? -comentó ella, aunque no parecía sorprendida por mi respuesta. Manoel estaba hablando con Carlisle en alguna otra parte de la casa- Quizás les convendría pasar un tiempo más con nosotros.- añadió misteriosamente.

Pero no pude ahondar más en la conversación. Durante toda la visita todos se comportaron maravillosamente y nos trataron mucho mejor que a lo que estábamos acostumbrados. Nos fuimos deshaciéndonos en agradecimientos, y nuestros nuevos amigos nos reiteraron sus intenciones de volver a vernos pronto. Rehusamos quedarnos en la casa, aunque parecían sinceramente dispuestos a hacernos un espacio, y volvimos al hotel.

Cuando entramos en la habitación me deslicé al suelo temblando. Manoel se sentó en la cama, mirándome. Ya no estaba aterrada, pero los nervios que me habían acompañado toda la tarde y que había tratado dolorosamente de disimular estaban haciendo de las suyas en mí.

No estaba acostumbrada a esta clase de hospitalidad. Los únicos vampiros con los que yo me había cruzado habían matado a mi protectora, y de repente, a pesar de la fe que yo tenía en mi amigo y su increíble don, verme rodeada de esos vampiros, más sofisticados, más hermosos y antiguos que los que yo conocía me había puesto los pelos de punta. Tenían muchas cualidades admirables en demasía; sólo podía imaginar que, de haberlo querido, hubieran podido sobrepasarnos en una pelea como en todo lo demás. Eso, sin mencionar que nos superaban en número y que estaban cómodamente ubicados en un sitio determinado, ocultando y dominando su verdadera naturaleza al punto de que Carlisle Cullen era el mejor médico del hospital de Forks, y los cinco "hijos" asistían regularmente a la secundaria local.

Estuve acovachada en el piso, al lado de la puerta, durante un rato largo. Manoel trató de tranquilizarme y se resignó cuando percibió que mi situación duraría un rato.

Me quedé pensando en los Cullen. Eran antiguos, hábiles y poderosos. Me daba cuenta de que poseían bastante dinero, mucho más que nosotros, y eso les permitía moverse con discreción y celeridad, pagar silencios y obtener permisos que a nosotros se nos hacían imposibles. Manoel y yo no teníamos más opción que conseguir un trabajo, ya. Nuestro dinero no iba a durar para siempre. Mnoel ya había hablado con una serie de personas. Necesitábamos trabajar durante la noche, pues si bien los Cullen nos habían comentado que la mayor parte de los días la nubosidad les permitía salir, nosotros no podíamos imaginarnos inventando excusas todos los días de sol. Eso se nos antojaba muy sospechoso, a mí en particular me pareció milagroso que nadie hubiera comenzado a atar cabos sobre ellos ya. Entonces recordé que el mito que había oído durante toda mi vida era que los vampiros no podían salir al aire libre después del amanecer porque el más mínimo contacto con la luz solar los convertía en cenizas. Me sentía mentalmente muy agotada para pensar.

Me puse de pie y le di un sentido abrazo a mi hermano.

Te quiero mucho, Manoel.-le dije, dándole muchos besos en la mejilla.- Gracias por cuidarme.

¿Estás mejor?-me preguntó, mirándome cuidadosamente a los ojos.

Sí.- respondí, en voz baja.- Estoy mucho mejor… pero me siento bastante nerviosa todavía. Siento miedo de lo que pueda ocurrir.

Son buenos. Quieren ayudarnos… no todos todavía, pero sé que esto va a salir bien.

Ojalá. Dios te oiga…- musité.- Voy a salir a dar una vuelta.

Está bien…- respondió después de un segundo. Hundió su cabeza morena contra mi cuello.- Ten cuidado.

Está bien.- respondí suavemente, y le revolví el pelo.

Me alejé unos pasos aferrada a su mano y la solté muy a desgana.

No maltrates a los muchachos.- escuché la voz suave de Manoel, y me pareció oír su sonrisa socarrona.

No, para nada.

Salí de la habitación de hotel, bajé por las escaleras y crucé el Hall hacia la calle central de Port Angeles. Caminando pude ver el Cine, un bar que no podía ser otra cosa que un tugurio infame y que seguramente visitaría pronto, una tienda de hamburguesería…

Era una ciudad pequeña. No había muchas opciones de esparcimiento. No era muy tarde, a pesar de que las horas se me habían antojado eternas desde que llegamos al claro y vimos a esos bellos seres que podrían matarnos, pero no como ya habíamos muerto. Si no como a Vivian, que no volvería más, como sólo un vampiro podía matar a otro, como habían matado a la única mujer que Manoel era capaz de amar y a la única persona que yo sentía hubiera podido protegerme.

Miré el cielo purpúreo de la noche, lleno de nubarrones oscuros… seguro llovería de nuevo mañana. Me adentré en la noche, dejando paso a la adorable sensación del frío curtiéndome el cuerpo.