Todavía no tenía quince años cuando alguien me atacó. Era una de las pocas veces que recorría de noche el camino desde la Biblioteca más cercana a mi casa a la parada del autobús. No era una zona peligrosa, yo no acostumbraba callejear durante la noche, razón por la cual este suceso, aparte de robarme mi familia, mi humanidad y mi vida, me resultó muy injusto. Recuerdo que pensé inmaduramente en mis compañeras de escuela, que se arriesgaban mucho más que yo, escapándose por las noches para dedicarse a salidas nocturnas increíblemente estúpidas, y a la primera vez que piso una vereda después del atardecer me ataca un vampiro. Tuve varios berrinches en mi soledad, pensando en mi madre, en lo mucho que la quería y lo devotamente que la había cuidado y ayudado, y me la imaginé sola, a ella que era tan frágil, libre e irreflexiva. Mi mamá siempre fue la persona que mas quise; su inocencia y su dulzura me enseñaron muchas cosas… y de repente no la podía ver más. Ni siquiera estaba segura de lo que me pasaba: pero sabía que ya no había vuelta atrás.
No conocí a mi progenitor. Vivian y Manoel calcularon que debía ser un vampiro inexperto, que me había cambiado inintencionadamente. Desperté sola en una zona arbolada muy lejos de mi casa y quienquiera que me hizo no estaba a la vista. Pronto empecé a sentir la sed y comprendí que algo muy raro me pasaba. Vagué durante unos meses, y fueron la experiencia más pesadillesca de mi vida. En cierto modo morí para siempre, pude sentir el dolor de mi humanidad arrebatada en todas sus formas.
Maté a muy pocos humanos pues pronto me encontré con el hecho de que los animales me saciaban y me atraían mucho más que ellos. Pasando por una ciudad, lamentablemente, ataqué a algunas personas. Era nueva, y cuando uno recién nace a esta vida está terriblemente sediento y no puede pensar. Allí aprendí también que la sangre humana me enferma. Luego de atacar con el tercer hombre las arcadas me resultaron tan terriblemente insoportables que el olor de la sangre humana me dejó de atraer.
Todas mis experiencias eran un recordatorio de mi humanidad perdida. Veía el mundo con otros ojos, y si bien podía apreciar cosas que antes se me escapaban, no podía evitar pensar en todas las cosas que no había llegado a ver con mi mirada humana.
Entonces encontré a Vivian y a Manoel. O quizás sería más acertado decir que me encontraron.
Ellos fueron más para mí que nadie hasta entonces. Me aferré a ellos como un náufrago a su salvavidas.
Ellos me dieron las respuestas que necesitaba. Me sentí tan despojada cuando comprendí al fin la dimensión de lo que me había sucedido. Cómo lloré. Excepto, claro está, que no podía técnicamente llorar…
Me di cuenta de que me habían robado lo que me quedaba de juventud. No podría terminar mi escuela como los demás adolescentes. Sentí deseos de hacer cosas que no me habían interesado nunca antes. No sé, pensé me hubiera gustado ir a mi fiesta de graduación, ir a ver conciertos de mis bandas favoritas, tener amigos blandos, tiernos y tibios a los que abrazar, besar, con los que pudiera compartir una vida ordinaria, común y humana… Pensé que hubiera podido crecer para convertirme en mujer, y hubiera podido ser artista, doctora, maestra, amante, madre, esposa, cualquier cosa.
Pero ahora era un vampiro.
Así fue que después de muerta comencé a buscar cada vez más desesperadamente los abrazos de los muchachos de mi edad. Vivian se reía de mí, diciendo que mis hormonas me habían sobrevivido, o que, por lo menos, habían sobrevivido a mi sentido común.
Nunca me había interesado por nadie en particular; si no me había dedicado a ningún tipo de actividad amatoria en vida era porque no había sentido el impulso de hacerlo; pero ahora que estaba muerta y la oportunidad de amar sencillamente estaba fuera de mi alcance no podía evitar añorarla un poco. Además, extrañaba el calor. Me crié en Phoenix, Arizona. Siempre el calor y el sol fueron el sinónimo inmediato de la palabra hogar. Y ahora mi propio cuerpo estaba siempre frío. Tenía el frío calado en el alma.
Por eso me arrebujaba en el calor de los desconocidos; me dejaba aprisionar entre sus brazos y vibraba al son de los latidos de sus corazones. Era una idiotez, algo completamente inocente, pues yo era muy niña en el fondo de mi corazón. Es más, creía que, en cierto modo, mi carácter siempre iba a quedar clavado en mis quince años eternos, en mi pubertad angustiosa e interminable. Me había llevado la crisis de adolescencia conmigo a la inmortalidad. Esta etapa de besos y abrazos mendigados duró unos ocho meses. Aquella noche en Port Angeles, había pasado mucho tiempo desde la última vez que me había sentido así. Pero luego de visitar a los Cullen, me sentí terrible, irremediablemente sola.
Cruzando las calles, abrigada con un piloto de lluvia beige, me sumergí en intensas meditaciones.
Pensaba en mi papá. Lo había ido a visitar a su casa en Forks. Lo había espiado desde todos los ángulos posibles. Estaba cavilando sobre los riesgos de dejarme ver después de mi transformación ¿Podría él reconocerme ahora? Con un cierto peso en el corazón, sabía que era probable que pasara por una desconocida… Si se produjera un encuentro, tenía muy claro que él no me podía reconocer.
Me detuve frente a la tienda de hamburguesas. Había un puesto de diarios y revistas en el que compré la revista Rolling Stone. Me metí en la tienda de hamburguesas, pagué una botella de gaseosa y me senté en la barra.
Retomando el hilo de mis pensamientos, creía apenas conservar un vago rastro de mi aspecto anterior. En realidad, ahora creo que mi padre podría haberme reconocido de no ser porque a estas alturas era un hecho asumido que yo había muerto…
Mi padre nunca me volvió a ver y no pude poner esta teoría a prueba. Mi mayor preocupación era que me viera algún viejo conocido; pero yo no visitaba el pueblo desde los 10 años. Un detalle en el que depositaba una excesiva fe era en que yo aparentaba quince prístinos años, con un rostro más bello y ligeras diferencias, no los diecisiete poco agraciados que debería tener de esta viva. La verdad es que creía algo ingenuamente que mi estado de no vida y mi nuevo corte de pelo me permitían vagar libremente por la ciudad sin ser reconocida... Quería convencerme de esto porque quería quedarme cerca de Charlie. Sabía que Phoenix con su terrible sol y con mi madre, siempre tan perceptiva y desprejuiciada, era mucho más riesgoso. Aparte, al oeste estaba la bruja, no al sur.
Me tranquilicé pensando estas cosas y no reparé que sobre la barra se sentaban también tres jóvenes adolescentes engulliendo a toda velocidad una montaña de hamburguesas de manera impresionante.
Los miré con cierta ternura. Debían tener unos quince o dieciséis años. Ellos me miraron, a su vez.
Eran tres chicos morenos, con una hermosa piel cobriza y brillante cabello negro. Eran altos para su edad, pero por las facciones se notaba que rondaban los quince.
Los miré con simpatía durante un rato más.
¿Tienen hambre?- pregunté con mi mejor sonrisa.
Sí.- contestaron casi a coro dos de ellos, lo que los hizo reír. Uno era más alto y tenía el pelo atado en una cola de caballo, el otro era más bajo y musculoso. El más alto me miró detenidamente. Yo temblé para mis adentros porque pensé que me había reconocido. Pero pareció desechar la idea, y me miró con expresión más relajada. El otro chico era evidentemente más tímido porque se limitaba a mirar de reojo y sonreír con la cabeza gacha y la vista fija en la hamburguesa.
Comencé a ojear la Rolling Stone y sentí una profunda desazón. No sabía qué estaba esperando, ni a quién estaba engañando. Estaba corriendo un riesgo estúpido e innecesario sentada allí y era simplemente para ver si alguien me podía dar un par de palmadas y asegurarme que todo iba a andar bien. Era patético.
Me levanté y luego de sonreírles a los chicos, me marché. Caminé muy lentamente bajo la lluvia, pensando, pensando y pensando en todo lo que había perdido. Se me estrujó el corazón. Quise estar llorando contra el pecho de mi mamá, con mi papá abrazándonos a las dos, con mi abuelita muerta y hasta con el novio de mi mamá, que ni siquiera sabía si sería aún novio de mi mamá. Iba pensando en eso cuando un viejo monovolumen de la década del '50 aproximadamente se detuvo a mi lado.
Eran los chicos de la hamburguesería.
Disculpe señorita, ¿Quiere que la alcancemos a algún lado?- preguntó el que conducía.
Me sonreí. Ya en el baile, bailemos, pensé.
No estaría mal. – respondí. Uno de los chicos saltó a la parte de atrás; era el chico delgado que yo había identificado como el más tímido. Me dejaron subir.
Yo soy Jacob Black…-dijo el chico que manejaba.
Yo soy Quil Ateara, y nuestro amigo Embry se fue al asiento trasero.- interrumpió el otro chico.- ¿Tú como te llamas?
Sunday Keats- mentí rápidamente. Era el nombre de una compañera de la escuela primaria que ahora vive en Bélgica.
Bueno Sunday, qué bonito nombre,- comentó Jacob, el chico que conducía.- ¿Hasta dónde quiere que la lleve?
Hasta el Hotel del Puerto estaría bien, gracias.- dije, sonriéndole. Él me devolvió una sonrisa tan cálida como un atardecer de verano. Este chico me agradaba. Irradiaba algo muy agradable, parecido a un día de sol, o algo así. Era justo el tipo de persona que me venía bien para paliar un poco la soledad.
Bueno, hasta el Hotel entonces. ¿Eres nueva? Nunca te habíamos visto por aquí.
Sí, no soy de aquí. Estoy de paso, viajando con mi hermano.
Ah.- se ve que el hermano les parecía un problema, porque fruncieron levemente el ceño, los dos.
Me preguntaron si pensaba quedarme mucho tiempo y me dieron sus números de teléfono. Pobres chicos. Me dio un poco de pena. Pero yo me sentía sola y el vampirismo lo pone a uno egoísta. Quería pedirles prestadas unas cuantas horas de calor, nada más.
Volví a la habitación y me duché mientras Manoel seguía leyendo unos mapas. Me tiré en la cama a mirar los avisos clasificados del diario; después leí la Rolling Stone entera, y empecé a releer Orgullo y prejuicio, pero no me pude concentrar. Miré al techo, pensando en nuestra inseguridad, en Vivian, en mis padres, mi soledad, y la soledad me deprimió de nuevo, por lo cual tomé Sentido y sensibilidad en las manos, y comencé a leer al historia de Edward y… me acordé de Edward Cullen. Ese pensamiento me asaltó tan bruscamente que no pude comprender de dónde había salido.
Había notado que su familia era una especie de revuelto de matrimonios, y él era el único soltero. Me había dado cuenta de que parecía más hosco y hostil que los demás y no podía culparlo.
Sin embargo, recordé su mirada indescifrable cuando me miraba.
Hey, ¿Manoel?
¿Sí?
Me… estaba pensando en los Cullens…
Sí…-respondió precavidamente Manoel, seguramente preguntándose si me agarraría otra crisis de nervios.- ¿qué hay con ellos?
Eh, como yo estaba bastante alterada no me terminaste de explicar lo que percibiste de ellos.
Bueno- comenzó mi hermano,- Llegué a comentarte el don de Jasper, creo, solamente. La esposa de él, ¿Alice, recuerdas? Esa chica morena tan alegre, tiene el don de la predicción. Parece muy especial. Bueno, de Rosalie percibí una gran tenacidad, pero también una ausencia de algo…
Se detuvo, pensando en las palabras adecuadas para definir lo que había logrado observar.
- Los padres, Carlisle y Esme no parecen tener ninguna habilidad en particular… Pude sentir de Carlisle mucha compasión, como un río. Y Esme era como un río de amor. El chico grandote es fuerte, ese es como su rasgo definitorio. Todos son buenos.
- ¿Y Edward?- pregunté, esforzándome en disimular mi ansiedad.
Manoel hizo una leve pausa. Pensé que no me quería responder pero se había colgado con el libro que estaba leyendo.
Edward lee las mentes ¿no te lo dije?- preguntó, entonces, como volviendo a la realidad.
No.- respondí.
Manoel siguió leyendo, sin dar un ápice de importancia a lo que conversábamos.
Edward me miraba con cara de odio.- dije, luego de un rato. Manoel tardó en responder.
Te habrá parecido.
No, la verdad es que me miraba fijo y muy raro.
¿Desde cuándo te molesta que te miren fijo?- respondió Manoel, todavía absorto en la lectura.
Es en serio.- repuse.- Me da miedo.
No va a pasar nada. No con ellos.
Gruñí. No me estaba prestando atención.
Lee las mentes… eso es raro.
Isabel, si lee las mentes se habrá dado cuenta de que nuestras intenciones son buenas, y de que queremos conocerlos. O al menos de que yo quiero conocerlos y que tú estás asustada como un ratoncito de laboratorio.
Si nos puede leer la mente y es amigo de James, por ejemplo, puede enterarse de todo y vender nos.
No nos va a vender.
¿Cómo sabes?-pregunté, ya casi histérica de nuevo.- ¿Qué viste?
Bondad. Mucha bondad y tristeza. Es un buen vampiro. Todos lo son. Y voy a decirte algo… cuando los vi, cuando los oí jugar y te contagié mi entusiasmo, la sensación fue igual que cuando… con… cuando te encontramos.- terminó con un hilo de voz.
Me quedé quieta. Se me pasó la histeria ante la velada alusión a Vivian. Caminé lentamente hasta su silla y lo abracé.
