- ¿Cómo piensas hacer eso?- pregunté. La sola idea me producía agotamiento. Es más, estaba por comenzar una escena.

Porque el tema con las brujas es así: una bruja no es una persona que fue mordida por una bruja, ni la hija de una bruja y un brujo, ni una persona que nace con la habilidad de hacer magia. Tampoco son exactamente seres humanos. Ni dejan de serlo. No se parecen a ninguna criatura que haya conocido, y no se parecen para nada entre sí. Nadie puede ofrecer una definición de bruja. No son una especie, como nosotros, en ese caso sería mucho más sencillo encontrarlas porque las distinguiríamos con el olor. Y no tienen un aspecto definido. Parece ser que una bruja es un ser de cualquier especie de sexo femenino que no se sabe muy bien como o por qué, es una bruja. Y uno no sabe muy bien si la persona que uno tiene delante es una bruja o no. Tienen una cualidad enervante, eso sí. Ponen nervioso hasta el mismo diablo.

Lo poco que mi hermano y yo sabemos de brujas lo aprendimos de camino aquí.

Primero se nos apareció una mujer extraña, blanca como un muerto, con los ojos enormes de color celeste tan claro que parecían blancos también. El pelo era de color blanco y sucio, y tenía ropas grises. Nos habló como si nos conociera y Manoel le creyó todo, razón por la que cambiamos el rumbo de nuestro viaje. Lo cual, en mi opinión, es una decisión importante. Desde ese momento, a esa mujer le decimos "la bruja", sin saber muy bien si es o no una bruja. Lo que nos dijo esa mujer fue que nos trasladáramos hacia el oeste, al lugar en que mi corazón me llamara, o algo así, y que buscáramos a "la bruja". En ese momento estábamos llegando a Nueva York.

Como mi hermano tiene un don maravilloso, inmediatamente supo que teníamos que hacerle caso a esa mujer. El hecho es que arrancamos hacia el norte. Y ahí aprendimos nuestra segunda lección en el tema.

Sucedió que llegamos a Chicago. En cuanto pisé esa ciudad sentí que ese lugar tenía reservado algo importante para mí. Como si todo lo bueno que yo pudiera esperar de la vida viniera de ese lugar.

Llovía muchísimo, y rentamos una habitación en el hotel más barato de Chicago, que se llama Travelodge. Ya el nombre no era muy auspicioso que digamos, pero nosotros lo necesitábamos para escondernos el día siguiente que según el pronóstico del tiempo, haría sol. El tema es que podríamos ubicarnos en esa habitación en dos horas por un problema de mantenimiento o algo parecido, por lo cual visitamos el Auditorium Theatre que quedaba a una cuadra y era lo que más me interesaba, y nos dirigimos al parque más cercano. Estábamos sedientos y nos manteníamos en movimiento en su mayor medida para ignorar la sed. Aprovechando la efímera soledad del parque, cazamos dos palomas. Era patético, completamente patético aún para vampiros como nosotros. Manoel me pasó el brazo por sobre los hombros y caminamos a través del parque. Estábamos envueltos en pensamientos oscuros, los dos. Mi hermano estaba atenazado por la sed, y cada paso que daba cerca de un humano la garganta le abrasaba como los fuegos del infierno. Y yo estaba sedienta y desesperada porque no había animales cerca, ni remotamente cerca, y probablemente termináramos atacando a alguien. Estábamos muy débiles. Yo apenas sobrepasaba mi año de no-vida, y la sed aún era insoportable la mayor parte del tiempo; Manoel, por el otro lado, había renunciado a la sangre humana cuando nos conocimos, y todavía no dominaba su autocontrol con mucha pericia. Lo único que lo detenía era su natural compulsión a la bondad.

- Isabel, - murmuró mi hermano. Había parado bruscamente de llover, pero aún estaba nublado.

- ¿Sí?- pregunté yo.

- Tenemos que encontrar a ese desgraciado.

- Sí.- le respondí. Era lo más que habíamos hablado del tema desde la muerte de Vivian, y yo no podía evitar revivir todo lo que había pasado.

- Pero no va a ser fácil. No sin ayuda de ella.- dijo una voz grave.

Nos paramos en seco. A cinco metros de distancia, adelante nuestro, había una mujer de color muy gorda sentada en el suelo.

Era imposible que no la hubiéramos visto. Somos vampiros, y es imposible que no veamos algo que está dentro de nuestro campo visual. Era imposible que no la hubiéramos olido, que no la hubiéramos oído, y aún peor, era imposible que ella nos hubiera oído hablar, a la distancia que estaba, y siendo que hablábamos a un volumen y a una velocidad que los oídos humanos no podían percibir.

Era tal cual como la situación del viaje a Nueva York, pero esta mujer no tenía absolutamente nada que ver con la otra. La primera mujer era pálida, flaca y blonda, su piel y su cabello tenían una cualidad extraña; parecían grisáceos, como si estuvieran sucios o gastados. Tenía los labios muy finos y blancos, y los ojos vidriosos, de ese color celeste blancuzco y perturbador. Era como si fuera etérea, como si fuera algo transparente que se había hecho carne. Y en contraste con su aspecto enfermizo y desaliñado, tenía un vestido de seda gris soberbio.

Esta mujer era negra, regordeta y hermosa. Sus mejillas tenían un tono sonrosado sobre el bronce de su piel. El cabello era corto, negro, sedoso, brillante y ondulado, en contraposición al pelo sucio, largo y lacio de la otra mujer. Tenía una cara bellísima, labios rellenos y dispuestos a la sonrisa, la cara redonda y los ojos arábigos, negros y grandes adornados con tupidas pestañas oscuras. Y en contraposición con su piel luminosa y su aspecto saludable y alegre, tenía puesto un sobretodo negro y raído y un vestido viejo color azul marino. Era tan gorda y grande como la otra había sido flaca y esmirriada.

Nos miraba con simpatía y una expresión pícara. Los latidos de su corazón hacían temblar el follaje alrededor. Su respiración queda sonaba tan juvenil y exhilarante como si en lugar de respirar estuviera cantando. Y olía como un enorme recién nacido.

Era prácticamente imposible que no hubiéramos notado su presencia. Lo único que podía pensar era que se había materializado ahí, porque nosotros habíamos sentido que no había ningún humano en el parque, y menos tan cerca… Era imposible no sentirla. Esta mujer estaba tan viva como diez humanos juntos. Toda ella era un canto a la vida.

La miré a la cara. Su mirada transmitía muchas ideas y sensaciones. O bien parecía la de una madre, o la de una niña traviesa, o de una joven seductora, o una sabia anciana. El contraste de la realidad de esta mujer, tan viva, que encarnaba todas las facetas de la feminidad, con mi cuerpo blanco, muerto, y estancado en la pubertad para siempre me golpeó como un piedrazo en la cabeza.

- No te preocupes niña.- dijo su voz grave y profunda. – Has de descubrir que hay más formas de ser que la que perdiste. Si dejas de buscar lo que has perdido encontrarás lo que te espera.

Temblé histéricamente en brazos de Manoel. No sólo se había materializado sin que nosotros la viéramos, oyéramos u oliéramos, o similar. También sabía lo que yo sentía en medio de mi alma. Esto me estaba empezando a poner los pelos de punta. Pero mi hermano estaba mirándola atento, prestando suma atención a todos sus actos y mirándolo con la expresión terca y fascinada que yo conocía tan bien.

- Ustedes tienen que seguir rumbo al oeste, como hasta ahora. Yo voy a ayudarlos. Los tres que los buscan han viajado al Sur buscándolos, ustedes irán al oeste y llegarán al lugar donde está la bruja en la décima de marzo.

- No sabemos cómo encontrarla…-dijo Manoel,- señora.

- Claro que no.- respondió al mujer con una sonrisa radiante.- A las brujas no se las encuentra, y a ésta, menos, porque no parece una bruja. Lo importante es que no se detengan más aquí y partan hacia el oeste, con mi bendición.

- ¿Hacia que parte del oeste?- preguntó mi hermano.

- Hacia donde la lleve el corazón.-contestó la bruja señalándome con un movimiento de su cabeza. Rió suavemente.- Ella no será como las demás. Aunque de cualquier modo, ninguna bruja se parece a otra.

Y de repente, no estaba. Ya no estaba allí. El Dearborn Park estaba absolutamente desierto, y los estruendosos latidos del corazón de la mujer no estaban, y su aroma dulce y penetrante no se sentía en el aire. Era como si nunca hubiese estado allí.

Así que cuando Manoel me dijo dulcemente que iríamos a cazar brujas, yo recordé estos dos episodios, y recordé que la hermosa mujer había dicho, muy claramente, que a las brujas no se las encuentra. Parecía sugerir que las brujas debían encontrarlo a uno. Por otro lado, ella nos había hablado del oeste, el lugar que mi corazón me indicaba, que era obviamente Forks, con mi padre, y de llegar allí en la décima de marzo. Estábamos convencidos que el lugar era éste, y habíamos llegado el diez de marzo. El día trece nos habíamos encontrado con los Cullen, lo cual hubiera dicho era un mal augurio de ser supersticiosa, y de no estar convencida de que la buena suerte de mi hermano debía estar contrarrestando mi mala suerte.

Yo era un imán para los problemas. Para ser más clara, Vivian y Manoel vivieron en paz durante décadas hasta que llegué yo. Cuando yo llegué se empezó a desmoronar todo. Rechazando ese pensamiento, me concentré en el problema actual.

Era el día 14 de marzo y no teníamos idea de dónde estaría la bruja. Sólo sabíamos que no iba a parecerse a las dos "brujas" que ya conocíamos, que era imprescindible encontrarla si no queríamos que James, Laurent y Victoria nos hicieran trizas, y que estaba en alguna parte, frustrantemente cerca pero inaccesible.

Así que la pregunta que le había formulado al vampiro triste y moreno que me abrazaba quedó rebotando en el silencio durante unos segundos.

- No tengo idea.-me respondió.

Le gruñí ásperamente.

- No podemos quedarnos aquí esperando.- repuso, mirándome seriamente y algo fastidiado.- Hay una librería que es una verdadera basura. Tienen libros de autoayuda y porquerías new age. Pero hay una serie de libros viejos y usados que quizás nos den alguna información sobre el tema. Después Alice Cullen me va a llamar, quiere reunirse con nosotros.

Me quedé congelada.

- ¿A dónde te va a llamar?

- A mi celular.-soltó casualmente.

- A… tu… que.. ¿¡Desde cúando…!?

- Menos averigua Dios y perdona.

- ¿Cuándo conseguiste un teléfono? Y… espera... ¿ cómo tiene tu teléfono…? Y … ¡argh!-me sentí tan frustrada. Detesto que no me cuenten las cosas.

- El Doctor Cullen me ofreció su ayuda y me dio su teléfono. Me dijo que lo llamara a una hora determinada. Resulta que esa hora fue la que elegiste para visitar a tu padre. Guardaron mi teléfono cuando llamé. Son detalles sin importancia.

Yo no respondí.

- Me molesta no saber lo que pasa.-dije, finalmente, entre dientes.

- Sí…- balbuceó mi hermano.- el teléfono es robado y reactivado ilegalmente.- confesó.- No me gusta… Mira Bella, antes que todo esto empezara… tu apareciste y yo… y…- se cortó.- No quiero equivocarme de nuevo, ¿sabes? Tú eres una persona hermosa. Cuando te conoci…mos… tú eras… tan… pura, y lo eres todavía, y yo no quiero ser el que te… lo que intento decir es que eres como… una hija, o algo así… como mi ahijada, y eres... tan inocente aún que no quiero contarte cada cosa mala que hago. No quiero colaborar con tu corrupción. Aunque… creo que hagas lo que hagas tu alma siempre va a ser como lo que es hoy… aún así me cuesta no sobreprotegerte. No quiero… que sufras más, después de…

Se detuvo. Ni él ni yo hablábamos mucho de nuestros sentimientos. Manoel no era la clase de hombre que hablaba de lo que sentía. Demostraba su cariño y su desdén, su interés y su simpatía con gestos y acciones pero poner en palabras sus emociones era algo que no solía hacer.

Vivian tampoco era muy propensa a hablar. Los tres teníamos ese defecto, pero los tres, también, éramos muy suspicaces para comunicarnos por otras vías. Nos expresábamos de otras formas, y poníamos quizás demasiada confianza en la capacidad del otro para interpretar nuestras frases inacabadas o nuestros silencios.

Y Manoel estaba tratando de poner en práctica lo que dolorosamente había aprendido; que hay cosas que hay que decir con claridad, y que nunca está de mas repetir. Ahora que Vivian estaba muerta, no podía perdonarse los silencios.

Estábamos hablando de un tema doloroso y asentí para facilitarle las cosas y que no se sintiera obligado a hablar más si no lo quería. Pero mi hermano tomó aire y continuó.

- Y no quiero que te pase nada sin que sepas que eres lo más importante que tengo. Eres mi hermanita. No quiero que pase otra vez.

Si hubiéramos podido llorar hubiéramos llorado. Asentí de nuevo y lo abracé fuertemente, queriendo prolongar este momento. Él me devolvió el abrazo. Me separé ligeramente de él luego de un rato.

- Bueno, ¿Cuándo quieres que salgamos?- pregunté.

- En cuanto estés lista.- repuso suavemente.- La tienda abre por la tarde.

Le sonreí. Él siempre se ponía mejor cuando veía a la gente sonriendo. Pareció más animado y me devolvió la sonrisa, aunque no era la sonrisa radiante de siempre.

No necesitaba estar lista. Me di una ducha rápida mientras Manoel ordenaba la mochila. No tardamos más de dos minutos en salir.

Sinceramente, de haber estado viva hubiera odiado este lugar. Parecía que no había un maldito día de sol. Siempre llovía o había una espesa capa de nubes, pero no podía quejarme; justamente este clima horrendo era lo que nos permitía salir a explorar con total libertad, sin tener que escondernos.

Corrimos más veloces que lo que puede seguir el ojo humano y llegamos a la librería.

Realmente, la descripción de mi hermano se quedaba corta. No podía saber si ese negocio era una tienda de artesanías, o de artículos religiosos, de ropa hindú o de sahumerios. Había libros, sí, pero… creo que no llegaban a ser veinte. Y la mujer que atendía la tienda parecía mi difunta abuela, si hubiera sido fanática de Janis Joplin o hubiera ido a Woodstock.

Entramos al negocio, y apenas abrimos la puerta, el olor a sahumerio nos golpeó como una cachetada.

- Hola- saludó con excesiva alegría la vieja.-

- Hola.-saludó cortésmente Manoel.

- ¿Buscan algo en especial?- preguntó la anciana.

- Vamos a mirar los libros.- respondió él sedosamente, y ella asintió la cabeza y nos dejó tranquilos.

Manoel repasó todos los títulos tres veces. Separó uno muy viejo, de tapas negras sin ninguna inscripción.

- Ayer había un libro aquí.- comentó, mirando a la anciana.- Se llamaba algo así como Historias de Hechicería, ¿puede ser?

- Oh, sí. Tengo ese libro pero ya lo han reservado.- dijo la vieja.

- Ah, ¿sí? Lástima. No creo que lo consigamos en otro lugar.- comentó Manoel, mirándola con expresión triste.- ¿Cuánto costaba?

- Veinte dólares.- repuso la vieja.

- Bueno, si le ofreciéramos treinta…

- No, no puedo hacer eso, ya le prometí a una clienta.

- Oh.

- Pero puedo averiguar si encuentro otro ejemplar.

- No importa, llevamos este.

- Claro, son catorce con cincuenta.

Salimos de la tienda, y una chica de pelo castaño casi se choca con nosotros para entrar. La chica se disculpó tímidamente, sonrojada, pero le sonreímos apurados y nos alejamos caminando raudamente.

- Qué mala suerte.

- Y que lo digas,-me respondió mi hermano. Pude oír cómo le vibraba el celular en el bolsillo de la cazadora.

- Alice Cullen.-murmuré, mientras él asentía, sacando el teléfono y atendiendo.

- Hola.-murmuró.

- Hola, ¿Manoel?- pude escuchar la voz cantarina que le respondía.

- Sí, ¿Alice?

- Sí, soy yo ¿Cómo estás?

- Muy bien, Alice, muchas gracias por llamar ¿Cómo estás tú?

- Muy bien, gracias ¿Isabel?

- Está aquí conmigo, también está bien. ¿La familia?

- Perfectamente. Mira, te llamaba para ir a verlos, si no les importa.

- No, para nada, nos encantaría que vinieras. Estamos en Port Angeles. ¿Dónde quieres que nos encontremos?

- Bueno, cerca del lugar en el que ustedes paran hay un restaurant llamado Bella Italia. Si quieres nos encontramos ahí. Si no, podemos encontrarnos en el Webster Park.

Manoel me miró y yo asentí.

- Estaría mejor el Webster Park.

- Perfecto voy hacia allá. Espérenme, ¿sí?

- Por supuesto, Alice. Muchas gracias.

Fuimos caminando no muy rápido hasta el parque, para darle a Alice tiempo a llegar. Manoel me pasó el brazo sobre los hombros al caminar, y dejó que yo guiara el camino mientras el ojeaba el libro. Llegamos a Webster Park y nos sentamos bajo unos árboles. Manoel me pasó el libro. Miré las desvencijadas tapas de color negro, y lo abrí, para ver que el título era Cuentos y Leyendas del Mississippi.

Iba a decir algo, a suspirar exacerbada o a frustrarme de nuevo, pero no iba a tener una actitud fatalista todo el tiempo. Mi pobre hermano estaba tan perdido como yo, pero se desvivía por aportar algo bueno a la situación. Y no contribuía que yo me pusiera de los nervios cada dos minutos. No era propio de mí.

Así que seguí ojeando el libro. Me llamó la atención una frase:

"Era morena y rolliza como una madre. Sonrió benévola, y la pequeña Daisy preguntó.

- ¿Quién eres? ¿Eres mi hada madrina?

La Bella mujer rió, con una voz grave y hermosa

- Seguro, niña, puedes llamarme así. Soy un poco madre, un poco bruja, un poco adivina. Puedo ser tu bruja madrina. Ahora bien, he de decirte algo. No te preocupes por tu padre, nena.

Y la pequeña Daisy se sintió asombrada. ¿Cómo había sabido esta mujer que ella temía lo que pudiera hacer su padre?"

Busqué el título del cuento, un par de páginas atrás, se llamaba "La Curandera de Biloxi".

- ¿Has leído esto?- pregunté, temblando.

- ¿A ver? – preguntó Manoel, abrazándome y tomando el libro de mis manos.- Sí, es por esto que lo compré. Lo vi ayer y me recordó muchísimo a la secuencia de Chicago. Lo que no me cierra mucho es que la mujer de esta historia está en el estado de Mississippi y lo que nos pasó fue en Illinois. Es una distancia considerable.

- ¿Puede leer las mentes y predecir el futuro y no va poder viajar?

- Sí, es cierto. Pero es raro…

- Por supuesto que sí.-musité.- Somos vampiros y estamos buscando a una bruja porque unas misteriosas apariciones nos lo indicaron. Es raro.

Nos quedamos callados, esperando a Alice.