-¿Ya se han acomodado en la casa nueva?- preguntó Alice Cullen despreocupadamente, recorriendo el diminuto living room como una bailarina e ignorando a Brian, quien se había parado de un salto, en guardia, y a mí, que había interpuesto entre ellos dos. – Oh, y aquí está nuestro nuevo amigo. Me encanta conocer gente nueva. ¿Cómo estás Brian? Yo soy Alice.
Era una casa pequeña. No se me ocurre un mejor adjetivo para ella, aparte de preciosa. Era preciosa y pequeña, y no podía imaginarme de dónde había sacado Manoel el dinero. Tenía entendido que teníamos algo de dinero aún en la cuenta de Vivian, pero no creía que fuera suficiente para una casa, incluso una como ésta. Esto era un evento extraordinario y excelente que me ponía de buen humor. Habían pasado sólo dos días desde que el nuevo miembro de la familia había despertado. A pesar de las complicaciones, teníamos un nuevo escondrijo cómodo y alejado del poblado.
Dentro de todo, me parecía una hermosa casa. Era el tipo de lugar donde nos gustaba vivir. Su principal ventaja era que estaba en las inmediaciones del bosque. Solía ser la caseta del guardaparques.
Tenía las paredes de ladrillos rojos, y una enredadera la abrazaba desde los cimientos del porche de madera. La puerta era de madera negra, con una puerta de alambre para dejarla abierta en verano sin que penetraran los insectos. Me pregunté que clase de idiota podría abrir una puerta en verano en Washington. El techo caía a dos aguas; por dentro las paredes estaban revestidas en madera de fresno, con apenas una pátina gris que a mí me parecía antigua y romántica. El piso era de madera y estaba barnizado de un color muy oscuro. Tenía una cocina y una sala de estar en el piso de abajo, y una escalera llevaba a las dos habitaciones y al baño en el piso de arriba. La cocina y el baño carecían del revestimiento de madera; la cocina tenía azulejos blancos y baldosas azules formando un mosaico en el piso; una guarda marrón con flores azules cortaba la blanca pared de azulejos. Un enorme aparador de madera de roble se erguía en la cocina, a su lado había un viejo anafe y una salamandra de hierro, negra, con su puerta de brillante mica como un cuadrado ojo de insecto y sus patitas cortas abulonadas al piso. Una alacena de madera oscura y una pileta de acero inoxidable con una vieja canilla que parecía un cisne completaban la cocina. Al entrar en esta habitación, todo este mobiliario estaba en la pared enfrentada a la puerta. En las paredes de los costados había ventanas herrumbradas con cortinas blancas y delgadas que temblaban al viento como el vestido de una doncella. Las habitaciones eran dos piecitas con ventanas enormes; el baño tenía sanitarios antiguos con patas talladas y espejos manchados de plateado. En resumen, era hermosa y poética. Tenía historia, no como las casas nuevas. Dado que no soy muy vieja y aún soy un poco inconciente de mi inmortalidad, lo antiguo me sigue infundiendo respeto; como esta casa manchada de humedad y cubierta de enredaderas.
Alice miraba a su alrededor con cierta desaprobación, aparentemente descontenta con nuestra elección, haciendo caso omiso de la expresión alarmada de Brian y mi expresión de fastidio. Suspiré.
-Brian, esta es Alice, una amiga.
-Sí, ahora me acuerdo. Me asusté un poco cuando entró corriendo. – balbuceó, mirando al piso, y supuse que se enrojecería si fuera humano.
-¿Cómo la recuerdas?- pregunté, sorprendida. Alice parecía encantada, y le brillaban los ojos del entusiasmo, a pesar de la expresión incómoda y asustad de Brian.
-Estuvo conmigo cuando… estábamos en la fábrica.- dijo, mirándola confundido. La memoria de este chico me fascinaba. Se había aferrado a la conciencia con dientes y uñas durante su transformación. Creo que no conozco a nadie que recuerde tantos detalles.
-Increíble.- comentó Alice, aunque era evidente que no estaba sorprendida en absoluto. Se volvió a mí. – Bella, veo que te has conseguido una nueva pocilga. Está mejor que la anterior.
-Esta casa es perfecta. – respondí, secamente. Alice se rió entre dientes.- Ponte algo azul.- me indicó. La miré indignada.
-¿Qué?
-Ay, Bella.- suspiró con frustración, mientras sentíamos el auto de Carlisle acercándose por la lejana ruta.- Quiero lo mejor para ti. Ponte algo azul.
La miré como si me hablara en chino. Miré a Brian, quien portaba un semblante atónito como el mío.
-¿Por qué? Además no tengo nada azul.
-Ya lo sé. – sonrió Alice, y esa sonrisa triunfal no me gustó nada.- repentinamente tenía una camisa azul sencilla y una falda azul de seda en la mano. La sacó de su morral en un milisegundo. – Te traje esto.
Bien, ahora sí que no entendía nada. Miré a Alice y a la blusa, y me sentí enrojecer, lo que por supuesto no estaba pasando. Este pequeño acto se me antojaba una limosna, y no me agradaba. Primero le decía pocilga a mi hermosa casita, y ahora me regalaba ropa.
Debo haberla mirado muy mal. Pero no se inmutó.
-A Edward le gusta el azul. – soltó descaradamente.
-¿Y a mí que me importa?- rugí. Brian tembló y se alejó unos metros de nosotras, mirándonos alarmado. Quiero decir que rugí, literalmente, como el león de la Metro. Probablemente se escuchó en un par de millas a la redonda.
-¿No?- preguntó Alice, visiblemente decepcionada. Me miró como una niña a la que le sacaron un juguete.- Pensé que sí.- musitó, con un puchero.
Esto me terminó de confundir, pero no tuve mucho tiempo para responder porque el auto de Carlisle había estacionado al final del camino, a unos cuarenta metros de aquí. Sus ocupantes estarían salvando esa distancia en segundos. Por lo tanto tomé aire, y me dirigí a Alice.
-Siento haberte gritado, Alice.- le dije, puntualmente.- Realmente me caes bien, pero no me gusta que me regalen cosas. Particularmente tú, que has hecho bastante por nosotros. Tendré que esforzarme mucho para saldar nuestra deuda, y no tengo interés en que se agrande ¿Entiendes lo que te digo?
Alice sonrió, y de nuevo me confundió su sonrisa.
-¿Te importa lo que piense mi hermano o no?- preguntó. Me exasperó.
-¡Eso no es asunto tuyo!- chillé, entre dientes.
-¡Sí te importa, sí te importa!- exclamó excitadamente Alice, saltando en el lugar levemente. Me miró entusiasmada.- ¡No te preocupes Bella, tu secreto está a salvo conmigo!
-¿Qué secreto?- pregunté, completamente desconcertada. Pero en ese momento entró Manoel, y no quise seguir discutiendo con Alice, quien , evidentemente, además de ser un encanto estaba loca. Brian me miraba con una expresión de incredulidad y confusión que seguramente se reflejaba en mi rostro. Negué frustradamente con la cabeza y me dedicó una débil sonrisa de simpatía. Esa sonrisa me recordó que mis frustraciones no importaban ahora. Tenía que consolar a Manoel, seguramente no estaba del todo bien aún. Tenía que ayudar a Brian a amoldarse. Los primeros años son terribles. Además, estaba anidando un plan en mi interior, un plan que no quería compartir con nadie hasta que no estuviera bien formado. Quería buscar una manera de reunir a Brian con su novia.
Esto responde a que lo primero que hicimos, luego de nuestra primera sesión de caza, fue sentarnos a hablar con Brian (en realidad, Manoel habló la mayor parte del tiempo). El pobre chico aún estaba muy confundido, y decidimos poner las cartas sobre la mesa. Manoel le dijo que éramos dos vampiros perseguidos; no estábamos solos ni indefensos, pero estar con nosotros representaría riesgos. No quisimos explicarle toda la historia de James, Laurent y Victoria, ni de por qué estábamos aquí, no queríamos abrumarlo con información, pero él se dio cuenta de que había cosas que no le estábamos contando y nos hizo prometer que le contaríamos todo muy pronto, cuando él nos lo pidiera. Sí le explicamos que había otros vampiros "vegetarianos" cerca, y que si no se sentía a gusto con nosotros, o si no podía perdonar a Manoel por lo que había hecho, podía ver si ellos lo aceptaban, e incluso podía decidir ser una criatura de la noche y huir a beber sangre humana. Le dijimos que no le impediríamos seguir ese camino, pero que no lo protegeríamos de ser así.
Él, como siempre, se tomó mucho tiempo para pensar y nos dijo que nos avisaría cuando tomara una decisión. Nos quedamos largo rato en el bosque, y en medio de un silencio apacible, Brian soltó, como quien no quiere la cosa, que no estaba muy enojado, no estaba tan enojado como debería. Como no le respondimos, continuó, diciendo que no entendía por qué era así, pero que nos creía y sentía que éramos buenas personas (dudó un poco antes de decir "personas"), y que en realidad, lo que más le importaba era volver con su mujer.
Brian había nacido el mismo año que yo, por lo tanto tenía diecisiete años cumplidos. Era muy raro oírlo hablar gravemente de su mujer, pero yo suponía que había vivido mucho a pesar de su corta edad. Aún no le había dicho a Manoel lo que Jasper me había relatado; por eso le pregunté a Brian cómo había sido su vida hasta ese momento. Él acomodó la espalda contra el tronco de un árbol. Como parecía no saber por dónde empezar, le dije que si quería empezara contándonos algo de su familia. Le dejé en claro que todo esto era necesario para saber cómo podríamos ayudarlo a dominar su nueva naturaleza.
-Bueno.-dijo Brian, con su resuelto acento tejano, mientras jugaba con los cordones de las zapatillas anaranjadas. - No sé que decir de mi familia. No es muy interesante en verdad. Tengo cinco hermanas mayores. Mi madre es ama de casa. Mi padre es policía.- dijo la palabra como si fuera un insulto, lo que me chocó, ya que mi papá también es policía.– Pero también tiene un rancho. Nuestra familia podría decirse que es adinerada y el viejo fue ascendiendo hasta llegar a trabajar en política. Yo nunca le gusté. Creo que nunca le gustó nada, ni nadie, aparte del licor.
-Lo que más le gustaba era volver tarde, borracho y le pegarle a mi madre y a mis hermanas. Mis hermanas volaron de casa una a una; todas son mucho mayores que yo. Supongo que no debería culparlas, pero todas se casaron lo más pronto posible y jamás volvieron a preguntar por mamá ni por mí.
-Mamá era cada vez más infeliz y yo estaba cada vez más adolescente. Así que me harté y le planté cara al viejo. Lo amenacé con un rifle. – concluyó, con la naturalidad impávida con la que hablaba siempre, como si apuntar un arma contra su padre fuera algo normal. No se ponía triste, contaba estas cosas como si estuviera hablando del clima, y a veces hasta sonreía irónicamente.
-Pero el viejo, entonces, me mandó a un reformatorio. Mamá lloró, y salí un año después. El viejo debe haber creído que el reformatorio me "reformaría"- hizo comillas con los dedos.- No fue así, y le prendí fuego el establo. Le dije a mamá que huyéramos, pero estaba asustada. De nuevo fui al reformatorio y otra vez salí luego de un año. Entonces le descubrieron el vicio a mi viejo; él se postulaba para ser concejal, y un periodista publicó un artículo en el que se detallaban las compras de alcohol que hacía con su tarjeta de crédito, y él me inculpó a mí. Hizo creer a todo el mundo que yo era el borracho y me mandó a entrar en un plan para alcohólicos y adictos.- se rió estruendosamente. – Fue lo mejor que hizo por mí, el viejo, por que ahí conocí a Melody.- su voz se volvió lastimera, y su expresión se ablandó.
-¿Melody es tu mujer?- pregunté, pues supuse que Manoel no se animaría a preguntar.
-Sí, es mi mujercita. Cuando la conocí, ella estaba a punto de mudarse con su familia a Tacoma, y yo simplemente huí y la seguí. Conseguí un empleo muy humilde y trabajé todos los días para estar cerca de ella. Tuve que fingir ser mayor. Ella terminó el secundario el año pasado y trabaja en una guardería. Es una persona dulce, le agradan los niños…- murmuró con voz ronca.
En ese momento surgió mi resolución de encontrar una solución para Brian. En mi caso había sido imposible regresar, pero ¿si Brian consiguiera refrenar su sed en un año o dos, o tres, y volviera a casa? Para que eso sucediera, era necesario que su desaparición no fuera reportada, pensé. Eso era lo que me impedía volver a mí; mi caso había sido sumamente publicitado; mi cara aparecía en cartones de leche en Arizona y Tejas. Si volvía con mi madre tenía que tener una historia para explicar miles de cosas; tendría que declarar ante la justicia, entre otras cosas… Y estaba el detalle que luego de pocos años tendría que volver a desaparecer.
Pero a Brian todavía su mujer no lo esperaba; había salido de la ciudad, nos decía, por unas semanas, para trabajar en una construcción cerca de nuestra nueva casa… Si tan sólo pudiera crear una excusa para justificar su ausencia por un año, inventar algo para la mujer mientras trabajábamos en el control de Brian, tal vez podría volver con ella. Claro que tendría que elaborar montones de excusas; tendría que desaparecer cada pocas semanas para alimentarse, tendría que explicarle por qué no comía, ni dormía…
Decidí dejar el asunto para más adelante, pero se formó esa resolución en mí.
Así, que momentáneamente, este chico nos había torcido todos los planes. De repente había un vampiro nuevo y salvaje con nosotros, aún no teníamos noticias nuevas de James y Laurent, lo cual era bastante preocupante; y no habíamos encontrado a la bruja. Y estábamos en deuda de gratitud con una despreocupada y excéntrica familia de vampiros que se tomaba libertades en comprarnos ropa y criticar la decoración de nuestra casa…. Todo era muy raro, pensé. Por eso, era mejor no detenerse en detalles.
Recapitulando, cuando me perdí en estas consideraciones nuestra pequeña sala de estar estaba siendo invadida; detrás del calmo y ligeramente triste semblante de mi hermano mayor aparecía el doctor Carlisle Cullen con su esposa Esme, y todos sus hijos.
Fue un poco shockeante. Eran más gente de la que mi pobre casita podía albergar. No quise pensar más en esa vanidad; a pesar de estar aún confundida por el comentario de la alocada Alice. No quise mirar a Edward, que me miró y sonrió tímidamente.
Finite, por hoy !
