Edward Cullen. En ese momento no quería pensar en Edward Cullen.
De hecho, me irritaba de sobremanera que apareciera con esa sonrisita de colegial justo ahora, y me irritaba que Alice hubiera hecho ese planteo insensible mientras yo pasaba por todo esto. Me irritaba de una manera que no podía explicar.
¿Cómo se atrevía Alice a venir con ese comentario ahora, tan fresca? ¿Cómo podría pensar en tonterías románticas cuando Manoel me necesitaba más que nunca? Debe tener un concepto muy bajo de mí si cree que puedo enredarme en líos de casamenteras en una situación de vida o muerte, pensé, destilando hiel. ¿Cómo podría yo sonreírle a Edward Cullen cuando nuestra presencia aquí había arruinado una vida?
Todos los Cullen habían venido vernos. Era un gesto conmovedor, pensé, mientras me preguntaba en cuántos autos habrían venido y cómo no había sentido el ronroneo del volvo. Me sentí molesta al notar que era capaz de identificar el ruido de su auto.
No me quedé mucho tiempo quieta. Nerviosa, evité los ojos amarillos de Edward y el gesto malévolo de Alice mientras saludaba cortésmente a todos, desde la retraída pero soberbia Rosalie hasta Esme y Carlisle con su aspecto de matrimonio joven y accesible. Me volví a Brian, que tenía el aspecto de un venado perseguido, ofreciéndole una sonrisa tranquilizadora. A mi lado sentí la presencia de Manoel, quien le comentó muy suavemente quiénes eran los Cullen.
- Éstos son los Cullen. Son uno de las familias más numerosas de nuestra especie.- dijo con su voz de arrullo. Tuve que reprimir una sonrisa malévola al ver la cara de miedo de nuestra nueva adquisición. – Son nuestros amigos.- aclaró.
El chico parecía dividido entre su miedo y su necesidad de mostrarse firme. Simplemente asintió y se quedó callado. Observó concienzudamente a todos mientras apretaba las manos de los muchachos y saludaba queda y respetuosamente a las señoras con un leve asentimiento.
Mientras lo miraba pensé en lo joven que parecía. Recordé su aspecto desenfadado pero aún infantil, cuando hace unos días nos había explicado quién era; cómo dijo simplemente "entonces le prendí fuego el establo", con la decisión de un hombre pero con la sencillez de un niño. Me pregunté si algún día veríamos la otra cara de Brian, que no dudaba en incendiar edificios para defenderse. Algo me dijo que si cualquiera de nosotros le hiciera daño, o amenazara lo que ama, no dudaría en prender fuego nuestro establo tampoco.
Esto, que es un pensamiento muy sombrío, no me pareció peligroso ni me asustó. No nos venía nada mal un aliado sin escrúpulos; de eso tenemos mucho y de nada nos sirven. Manoel y yo no somos amigos de las batallas, por eso huimos y nos aferramos a esperanzas vanas; esperamos que las brujas del cuento nos salven, para no pelear de nuevo. No nos venía mal Brian, pensé, y quizás esto respondiera a algún designio del destino.
Manoel, y los Cullen se acomodaron en nuestro pequeñísimo living. Emmett miraba a Brian con simpatía e interés; su esposa no parecía fascinada por la situación, y se mantenía más alejada del resto; de pie como una serena estatua de mármol. Jasper estaba calmado, seguramente responsable de la extraña sensación de tranquilidad que fluía por la habitación. Empujé a Brian al silloncito, en el que se dejó caer, incómodo, mientras trataba de acomodar su anchura en el diminuto mueble. El living tenía un aspecto ominoso; la luz blanca entraba por la ventana, mortecina. El cielo, afuera, era gris en la claridad de la luz. Era la luz tenue de Forks, que saturaba todos los colores a esta hora del día. Debería haber sido una vista preciosa, como una casa de una película independiente europea. Pero había diez vampiros en esta habitación, y ninguna casa puede verse bonita con vampiros dentro. No culpé, entonces, a Brian, por tener esa cara de espanto.
Habíamos hablado de esto con Manoel. Los Cullen podrían responder mejor que nosotros a las dudas de Brian. Podrían completar los huecos de nuestras explicaciones y parecían estar muy interesados en hacerlo. Era lógico. Estábamos en su territorio, después de todo. Más vale que querían asegurarse de que el error de Manoel no hubiera traído al mundo a un vampiro estúpido y desbocado.
Cuando Carlisle comenzó a explicar de la naturaleza del vampiro en términos médicos no pude soportarlo más. Antes de refugiarme en la cocina le di a los hombres de Brian un momentáneo apretón cariñoso, para expresar mi apoyo. Creo que lo sorprendió bastante. Los sorprendió a todos, en realidad. A Manoel no, por supuesto.
Me metí en la cocina, aún pudiendo oír la voz de Carlisle, por supuesto. Le estaba explicando qué era exactamente lo que había sucedido con su cuerpo durante la transformación; cómo la ponzoña era un líquido híperconcentrado que al entrar en contacto con la sangre se desperdigaba y extendía a través del aparato circulatorio y generaba un proceso veloz de transformación celular en todo el cuerpo. No quise oír más y cerré los ojos, mientras la voz de Carlisle se iba volviendo más y más lejana. Me concentré en el silbido de la brisa entre los árboles. Pensé en lo bellos que eran los árboles que rodeaban mi casa e integraban ese bosque aciago.
No tenía deseos de evadirme de la realidad en este momento, y sabía que no me convenía, Vivian me lo había dicho ya. Peor verdaderamente no me sentía con la presencia de ánimo suficiente para afrontar esta situación.
Demasiadas cosas me estaban pasando. Desde que me convertí me sucedieron muchas cosas que jamás me hubiera creído capaz de soportar. Y a pesar de mi resolución de lidiar con mis problemas, a pesar de mi inmortalidad y mis capacidades sobrehumanas, no soy más que una chica. Tenía quince años cuando me mordieron y cuando llegó Brian tenía diecisiete. Era demasiado para mí.
Así que abrí los ojos con lentitud para ver un paisaje idílico, un bosque coloreado con la brillante luz del sol. No necesitaba ser un genio para saber que la fastuosa gama de colores que observaba no existían en la vida real. Caminé suavemente por el pasto tibio y me senté abrazando mis rodillas, observando el sol que no producía ningún reflejo sobre mi piel humana. Tenía puesto un pantalón marrón que me gustaba mucho y que quedó varado para siempre en casa de mi madre, mi casa. Me senté a disfrutar el calor del sol sobre mi piel.
No sé a ciencia cierta cuanto tiempo estuve así. En algún momento comencé a percibir unas voces lejanas. No podía identificarlas, pero en medio de mi sopor, sentí que las conocía.
¿Esto sucede habitualmente? – preguntó alguien con tono de preocupación.
No, pero ya pasó una vez, después de que mató a Victoria. De repente despertó y me dijo que había estado soñando.- respondió una voz aterciopelada.
Hubo una pausa, y me reacomodé en el pasto, al sol. No me importaba mucho lo que decían las voces. No las entendía.
Es bastante afortunada, de poder dormir.- comentó una voz masculina, con un tinte de sorpresa.
Sí, más de uno de nosotros quisiera poder dormir.
La segunda voz, ligeramente ofendida, pero que conservaba su tinte grave y suave, intervino.
Realmente se merece un descanso.- a esto nadie respondió.- Isabel. Isabel.- Llamó la voz.
Sin quererlo, estaba prestándole más atención a las voces, y a medida que lo hacía, el bosque y mis alrededores comenzaban a transparentarse como si estuvieran pintados sobre una hoja de calcar. Sin dejar de ver el bosque, pude ver la cocina y a manoel parado a mi lado, ofreciéndome la mano con gesto amable, a Edward y Carlisle Cullen mirándome con curiosidad, y a Alice y Emmet espiando desde la puerta.
¿Qué pasa, Manoel?- pregunté, en un susurro, y me sorprendió oír mi propia voz.
Nada, en realidad. Mejor ve a tu cuarto. Después te llamo, ¿sí?- preguntó, con tono paternalista.
Sí.- respondí, pero no me moví del lugar. El bosque comenzó a ocupar el lugar de la cocina, otra vez.
Yo me senté en el bosque irreflexivamente, y me puse a jugar con una ramita, haciendo huecos en la tierra.
Te dije que no te quedaras mucho tiempo…- dijo Vivian, que se acercaba a mí.
No me estoy quedando mucho tiempo.- repuse, un poco ofuscada.
Como quieras.- respondió Vivian, jugando con su espesa cabellera y sonriendo socarronamente. – Simplemente vine a decirte que hace unas horas que estás durmiendo en tu habitación.
¿Y a mí qué me importa?
Debería importarte, ya que me prometiste que cuidarías de Manoel…- dijo Vivian, apelando a mi aguda sensibilidad para el remordimiento. Yo me mordí el labio.- De cualquier modo no estoy aquí para hacerte reproches, mi niña. Bastante bien estás capeando el temporal. Pero quizás te interese saber que tienes un invitado.
La miré directamente a la cara por primera vez. Le brillaban los ojos con un tinte de picardía.
¿Un invitado?- pregunté.- ¿Qué quieres decir, un invitado?
Ah. No te lo voy a decir. Tú misma vas a tener que averiguarlo…
El bosque se diluyó en mi habitación, y era noche avanzada. Y para mi gran sorpresa, en la ventana, subido a un enorme roble que rozaba la casa con sus ramas, pude ver a Edward Cullen que se escabullía, como un niño al que han pillado haciendo una travesura.
Estimadas lectoras/os: Les pido infinitas disculpas por la enorme demora. Lo que me sucedió básicamente es que empezaron las clases en la facultad y estuve haciendo un esfuerzo bastante grande por rendir bien. Estuve bastante concentrada con eso y apenas pisé el Internet durante estos últimos meses. O sea que no pude acomodar el tiempo para escribir, y por otro lado sentía que me faltaba algo para continuar la historia. De cualquier modo, hoy entregué y aprobé un trabajo y estoy un poco más relajada. Decidí que recién mañana me voy a dedicar a estudiar para los parciales de este mes, y como me quedaban un par de horas me dediqué a terminar este pequeño capítulo que estaba solito en mi carpeta.
Los próximos capítulos no creo que estén escritos muy pronto… al menos no hasta después del 30 de junio que termino con los primeros parciales.
Les pido muchas disculpas por hacerlos esperar y les quiero agradecer a todos los que leyeron, particularmente a los que mandaron mensajes y reviews en este tiempo, por ejemplo ady-maniquis que me mandó varios mensajitos preguntándome qué me pasaba y que nunca hice tiempo a responder. Gracias!
