Disclaimer: El universo de Harry Potter pertenece a J. K. Rowling y a la Warner (Bros). La trama es mía, no robes, no publiques en ningún otr sitio sin mi permiso expreso, ya seabajo mi nombre o, aún peor, el tuyo. No escribo con ánimo de lucro.

N/A: Una chorrada DE LAS GRANDES, es esto, señores. Pero da igual, lo empecé algo achispada y lo he acabado ahora para el dekasem (un reto en el que escribes 10.000 palabras en una semana, YAY por mi).

INFIERNO

El mundo es de colores y Remus levanta la mano para tocarse la nariz. En realidad tiene que reconocer que si que es tan grande como le recuerda Sirius constantemente. Ah, Sirius. Se pregunta dónde debe de estar, ahora mismo. Hay muchos colores rodeándole para distinguir algo tan negro.

Se ríe (espasmódicamente, con una risa que le sube desde el estómago hasta la boca) de un estúpido juego de palabras que al instante ya ni recuerda. Se ríe por inercia, por el placer de hacerlo, de sentir la energia recorrerle como una corriente cálida y, al final, abandonarle al mezclarse con el aire cargado de la habitación.

Decide levantarse. Porque le apetece, porque toca. Porque le cosquillean los pies de estar tanto rato quieto. Los levanta mucho, los pies, lentamente para que los colores no se entrometan y acabe tropezando. Los levanta mucho más cuando ve a James en el suelo con unos ojos enormes, llenos de colores, también. En un ramalazo de buena intención -jura no saber de dónde ha salido- piensa en ayudarle a llegar hasta la cama, pero tales pensamientos desaparecen de un plumazo cuando oye la voz ronca de Sirius a lo lejos. Como a través de una tormenta, le oye. Una tormenta llena de rayos y truenos -como los ronquidos de Peter, quién si ha conseguido meterse bajo las mantas sin ni siquiera quitarse los zapatos.

Atravesando la tormenta, luchando contra el viento -de colores- que le impide caminar más rápido, como un sufrido héroe de guerra, acaba llegando a su destino. Pega la oreja a la pared. Bueno, a la puerta que hace de pared -porque está cerrada, así que de puerta no hace- y oye a Sirius de nuevo. Esta vez le nota más cerca y... ¡atiza, si parece que esté cantando!

Llama.

Como caperucita llamó a la puerta de la casa de su abuela, sin saber que era el lobo quién le respondía. Aunque Remus está tranquilo, él sí sabe dónde está el lobo -vuelve a reír, de nuevo, mirando a la puerta que es pared entre carcajada y carcajada-, y también sabe que la bestia no está en el lavabo, sino dentro de esa maravillosa combinación de cerebro, nervios y corazón que es él mismo.

Y Sirius responde, al cabo de un rato. Un largo rato, pues Remus ha tenido que sentarse contra la puerta -que sigue siendo pared porque aún no se abre- para ir llamando desmayadamente. Toc, toc. Toc, toc, toctoc. Tocotoctoctoc.

-¿Qué quieres? -saca la cabeza y con ella, justo detrás del pelo negro despeinado, sale una vaharada caliente, con más colores que nunca-. ¡Corre, entra, que se va todo! -parece apurado, así que Remus se arrastra detrás suyo para entrar al lavabo con él, no sin antes despedirse de las baldosas con un suave hasta luego.

Cuando entra, el aire está aún más cargado que en la habitación. Incluso le cuesta un poco distinguir las figuras, de la maraña de humo que hay en el aire. La de la ducha, la del grifo, la de los botes de champú... Aún así la de Sirius no le cuesta nada, pues está tan cerca que puede ver perfectamente -aunque a veces se le desenfoque un poquito la mirada- los rasgos salvajes de su compañero. El pelo negro y algo largo -quiere dejarse una melena como la de su prima-, la nariz recta, los ojos grises y las cejas más arqueadas de lo habitual. Los labios curvados en una sonrisa perezosa y descontrolada. Un porro (otro porro) en la mano que deja escapar cada vez más de ese humo acre para que se mezcle con lo que ya hay en la habitación.

Sirius ha cerrado la pequeña ventana y el humo se condensa, calada a calada, en el reducido espacio en que se encuentran.

-¿Quieres? -le acerca los dedos, el pequeño engendro desestabilizado entre ellos, como una máquina de vapor demasiado gruesa por una de las puntas.

Lo coge intentando que no se le caiga, intentando no quemarse (y aún así se quema el pulgar), y aspira profundamente. El humo se le cuela en los pulmones y es fuerte, arde. Ya no tose, no como al principio, pero como Sirius sigue liando porros, al cabo de un rato ya no importa porque con la práctica se hace el maestro, y él tiene mucho tiempo y muchos porros para seguir practicando.

Sirius dice algo de un submarino, pero claro, no hay que hacerle mucho caso. Al fin y al cabo, va drogado.

Remus, en cambio, lo recuerda todo. Sabe que están celebrando algo, que al principio iban a bajar a las cocinas y comer hasta rebentar, pero Sirius se ha agachado, ha metido las manos en el baúl y ha acabado sacando esa cajita llena de hierba que olía tan bien.

Marihuana.

Y ahora sólo quedan ellos dos, la caperucita y el Lobo, fumando un porro detrás de otro.

Y piensa que, siguiendo el hilo arugmental, él debería comerse a la caperucita ahora. Y se lo cuenta Sirius, porque claro, para estas cosas tienen que estar ambos de común acuerdo. Que, al fin y al cabo, están en una democracia.

Pero como Sirius se niega, porque ser comido por un Lobo no es un final digno para alguien como yo, tío, decide que se cambien los turnos.

-Sirius, el Lobo te comunica que está cansado, que si alguno de nosotros tiene que comerse a alguien, ese eres tú -se lo cuenta con voz somnolienta, mientras se despereza. Fijaos qué mal que va, que no recuerda que, encontrarle un doble sentido a esta frase, es pan comido para ese alguien llamado Sirius Black.

-¿Y qué quieres que te coma, Remus? -le pregunta, con tono jocoso.

Y aquí, él debería sonrojarse como una colegiala, pero por algo es el Lobo del cuento. El malo. Así que abre un poquitito los ojos, le mira por entre las pestañas, una mirada líquida, lo sabe. Y le responde.

-Lo que quieras, Black, lo que quieras.

Sirius boquea unos instantes hasta que, después de matar el porro dándole una última calada -laaarga, laaarga-, se acerca a a él con una sonrisa en los labios.

Y sí, sé que todos queremos quedarnos en la escena-incluído Remus-, saber qué ocurre luego, si Sirius responde o se queda dormido contra la pared, si Remus estará a la altura de las circunstancias y la fama de Black , pero creo que ya va siendo hora de que corramos un túpido velo, el del alcohol, el sueño y la marihuana, y dejemos que cada uno se arregle con su vida y los Sirius Blacks que le hayan tocado en ella.