ENSÉÑAME A QUERERTE

Por Haruko Sakuragi

CAPÍTULO 11

Ese domingo, Haruko Akagi había madrugado: eran las nueve de la mañana y ella ya estaba por llegar a la clínica en la que su novio estaba hospitalizado.

Se sentía un poco triste porque no había hablado con él en varios días, y el trabajo como asistente de Ayako la absorbía tanto que tampoco había tenido tiempo de escribirle una carta.

En realidad, Haruko se sentía muy feliz en esos días. Hanamichi era un muchacho excepcional: atento, amable, tierno, se preocupaba por ella y nunca ocultaba sus pensamientos o sentimientos. Era ingenuo a pesar de su edad. Y ella estaba muy orgullosa de saberse receptora de un cariño tan grande como el que su pelirrojo era capaz de ofrecer. A esas alturas, no entendía por qué ella misma no se dio cuenta antes de los sentimientos que su novio le expresaba desde que se conocieran, y tuvo que esperar más de un año para percatarse de que podía existir algo entre ellos.

Entre sus pensamientos, el tren avanzó hasta la estación en que Haruko debía bajar. Descendió del vagón y caminó directo a la salida. Una vez fuera, ubicó hacia qué dirección estaba la clínica, y caminó a paso rápido. Le emocionaba mucho sentir que su corazón latía más fuerte cada vez que se acercaba a la clínica, y los latidos crecían en intensidad y rapidez conforme más cerca se sentía de un abrazo o un beso de Hanamichi Sakuragi.

Conforme caminaba, Haruko divisaba la clínica a menor distancia de ella. Sonrió sólo para ella y aspiró profundo, cerrando los ojos y sintiendo cosquillas en el estómago: Hanamichi siempre le producía esa sensación.

Cuando llegó a la recepción, una dulce sonrisa se instaló en su rostro: el pelirrojo la esperaba sentado en la sala de espera.

—¡Haruko! —saludó el muchacho con una sonrisa no menos grande que la de su novia.

—Hola, Hanamichi. ¿Qué haces aquí?

—Quería sorprenderte.

La chica lo reconoció: en verdad lo había hecho.

—No aguantaba las ganas de verte y acorté el camino —completó Sakuragi.

—¿Quieres dar un paseo, Hanamichi?

El muchacho asintió mirando a su novia como embobado. Se levantó del asiento que ocupaba y le ofreció el brazo a Haruko. Ella se sujetó y emprendieron la marcha hacia la playa.

Esa mañana el sol estaba en su máximo resplandor, o al menos eso le pareció a la enamorada pareja. Hanamichi se había arreglado mucho para darle la noticia a su novia, y Haruko lucía hermosa como siempre.

Caminaron en silencio hasta un punto que al pelirrojo le pareció perfecto. Él usaba unos vaqueros y una sudadera azul, y encima una chaqueta negra. Haruko lucía muy bella con la falda larga y la blusita sin mangas que había elegido para la ocasión. El pelirrojo iba a sentarse, pero consideró que Haruko tal vez no querría sentarse en la playa con esa vestimenta, y se quitó la chaqueta. Tras extenderla sobre la arena, habló:

—¿Quieres sentarte, Haruko?

Ella se sorprendió ante la cortesía que no le conocía a su novio y se ruborizó. Acomodó su falda y se sentó sobre la chaqueta de Hanamichi.

—Hanamichi…

El pelirrojo la miró mientras le regalaba una hermosa sonrisa. Ella, sin dejar de sonrojarse, continuó:

—¿Por qué hoy luces tan feliz?

El muchacho exhaló un largo suspiro y prosiguió:

—Me darán de alta el miércoles…

Haruko no dio crédito a lo que escuchó. Pero lo único que pudo hacer fue sonreír: se levantó de la posición en la que estaba y, con suma efusividad, se lanzó a los brazos de Hanamichi y lo abrazó, celebrando la excelente noticia que acababa de compartirle.

El pelirrojo se paralizó de momento: Haruko nunca antes le había demostrado su cariño de manera tan sincera. No pudo hacer más que sonreír y abrazarla muy fuerte.

x X x

A las diez de la mañana del sábado, Kaede Rukawa acostumbraba estar entrenando en la misma cancha en que lo hacía de lunes a viernes. Pero justo esa mañana de sábado, estaba saliendo de su enorme casa, sin balón de básquetbol, en ropa de calle y con algunos libros en una bolsa cuya agarradera atravesaba su pecho.

Caminó a paso rápido unas cuantas calles. En el trayecto pensó que tal vez habría sido una buena idea llevar la bicicleta, pero también consideró que dejarla fuera de los lugares en los que estaría habría sido peligroso.

Cuando divisó el enorme letrero que rezaba Danny's, exhaló y consultó su reloj de pulso: 10:20. Había quedado con la chica a las 10:30, por lo que le quedaban diez minutos antes de comenzar con la maldita tortura a la que era sometido desde dos semanas atrás…

—¡Hola! —escuchó una voz de mujer. Al dirigir la mirada, descubrió a Akari Müller, su compañera de equipo de Biología, o al menos una chica muy parecida a ella: era alta, delgada, de cabello rojizo y ojos verdes. Pero llevaba el cabello suelto y lucía muy lacio y largo. No usaba maquillaje en el rostro, pero sus ojos resaltaban por la blusita de manga larga verde que llevaba puesta. El pantalón de mezclilla hacía juego con los tenis, azules también, y sus libros estaban guardados en una bolsa que se cruzaba sobre su pecho.

—Hola… —saludó Rukawa en su tono habitual. Le parecía extraño que la chica luciera tan… bien. Y también que lo hubiera saludado con algo de entusiasmo, puesto que, al verla, le parecía estarse viendo a sí mismo, pero mujer y alemana.

—¿Listo para terminar? —preguntó Akari. Ese sábado habían quedado para concluir el trabajo que entregarían el viernes de la semana siguiente.

Por toda respuesta, Rukawa se encogió de hombros con resignación.

—¿Vamos a la biblioteca pública? —volvió a preguntar Akari.

Rukawa volvió a encogerse de hombros. En realidad no le importaba adónde fueran, siempre y cuando terminaran pronto.

Akari interpretó su silencio como una afirmación, y comenzó a caminar. Kaede la siguió y ambos tomaron el camino hacia la estación, puesto que la biblioteca estaba un poco retirada de donde se encontraban.

Cuando llegaron a la entrada, Akari se detuvo antes de llegar a la taquilla y comenzó a buscar monedas en las bolsas de su pantalón. Kaede se impacientó de verla perder el tiempo, así que se aproximó a la taquilla y compró dos boletos.

—Vámonos —dijo neutral, como siempre, ofreciéndole a su compañera el boleto que le correspondía.

—¿Qué? —Akari se sorprendió ante al aparente gesto amable que Rukawa había tenido y tomó el boleto por impulso.

—Deja de perder el tiempo —fue lo único que agregó Kaede. A Akari la respuesta le pareció muy grosera, y se puso seria de inmediato. Las monedas habían aparecido en su bolsa trasera, la última que revisó, pero no iba a explicárselo a su descortés compañero.

Depositaron los boletos en el torniquete y entraron. Esperaron el tren un par de minutos, y cuando la puerta se abrió Kaede cedió el paso a la muchacha. Pero al verla pasar junto a él, la notó con gesto serio, podría jurar que molesto. Comprendió de inmediato lo hosco que había sonado cuando le dio el boleto, y hasta le sorprendió sentirse algo tonto por haber sido grosero. Así que decidió acallar la voz de su conciencia:

—Tú pagas los boletos de regreso.

Akari le dirigió una mirada seria primero. Pero luego su gesto se suavizó y terminó por asentir con una sonrisa.

El viaje hasta la biblioteca duró menos de quince minutos, en los que no hubo mucha conversación entre ambos compañeros.

Al bajar del tren caminaron el tramo que los separaba de la salida de la estación, y luego hasta la biblioteca. Una vez dentro de ella, comenzaron el trabajo que no les tomó más de dos horas, así que antes de las tres de la tarde ya estaban fuera del lugar, estirando los brazos y pensando en lo que harían con sus respectivas tardes.

—Entonces… —comenzó Akari una vez que estuvieron en la entrada de la estación de tren.

Rukawa la miró levantando una ceja.

—¿Vas hacia donde nos encontramos? —la muchacha, sin saber por qué, se sonrojó ligeramente. Rukawa no lo notó.

—Sí. ¿Por qué?

—Pues porque voy a comprar los boletos de regreso, ¿recuerdas?

Rukawa no contestó porque su compañera de inmediato se dirigió a la taquilla. La miró de espaldas comprando los pasajes, y, sin querer, sonrió.

—Aquí tienes —dijo Akari con una sonrisa cordial, y le entregó el boleto al moreno.

Ambos pasaron por los torniquetes y se dirigieron al andén. El tren no tardó mucho en llegar y ellos lo abordaron. Habían muchos asientos vacíos, pero ellos no se sentaron porque no viajarían muchas estaciones.

—Rukawa… —llamó Akari. Ya era suficiente: Rukawa le agradaba, no porque le gustara sino porque era muy callado y no se metía en su vida. Y verlo tan solo, en cierto modo, le daba curiosidad.

—¿Qué?

—¿Qué harás esta tarde?

Rukawa la miró de reojo ocultando la sorpresa que le produjo la pregunta hecha. De hecho nadie nunca le preguntaba a qué dedicaba sus tardes o el resto de su tiempo.

—Nada.

Al escuchar las actividades de su compañero, Akari no supo qué preguntar. Pensaba hacerle plática cuando le dijera lo que planeaba hacer, pero al escuchar la respuesta no pensó en algo más qué decir.

El tren avanzó. Y en poco tiempo faltaba solo un par de estaciones para que tuvieran que descender y separarse. Ninguno de los dos parecía interesado en conversar y se veían muy concentrados en sus propios pensamientos.

Cuando llegaron a la estación en donde debían bajar, descendieron uno al lado del otro y caminaron en silencio y sin mirarse ni de reojo. Akari tenía una pregunta que hacerle pero no se atrevía. No quería que su intención fuera malinterpretada ni que el muchacho pensara que ella era otra de sus tantas admiradoras, porque no era así. A la muchacha se le había metido en la cabeza la idea de que Kaede Rukawa necesitaba un amigo o amiga en quien pudiera confiar, que le hiciera compañía y que lo hiciera reír. Y ella, honestamente, nunca había sido buena a la hora de relacionarse con otras chicas de su edad, porque en poco tiempo se daba cuenta de que tenía gustos e intereses diferentes a los de sus contemporáneas. Y, después de trabajar con él en esas semanas y de esbozar esos intentos de conversaciones, le daba la impresión de que, si hallaba el modo de dejar que Rukawa la conociera, aceptaría que fueran amigos.

—Nos vemos en clases —dijo Rukawa de pronto, al ver que Akari se detenía antes de atravesar los torniquetes. Tal vez tendría algo más que hacer.

—Espera, Rukawa —llamó Akari antes después de que Kaede hubiera dado media vuelta.

El muchacho se detuvo, la miró y alzó una ceja.

—Yo me preguntaba si querrías acompañarme..

—¿Acompañarte?

Akari asintió con un movimiento de cabeza. Luego continuó:

—Debo hacer algunas compras y todavía no conozco bien la ciudad.

La chica concluyó su explicación con una sonrisa del todo sincera que a Rukawa así le pareció.

El muchacho hizo un balance de sus actividades: entrenar era lo único que hacía después de la escuela, y empezaba a sospechar que necesitaba realizar algunas otras actividades.

—De acuerdo.

Ambos se encaminaron al andén de nueva cuenta: sería una tarde larga.

x X x

Contempló el reloj de pared de la estancia y leyó las manecillas: las cinco en punto. Su hermana había salido desde temprano y aún no volvía. Sólo él y su madre estaban en casa, y por supuesto que ese sábado estaba de lo más aburrido.

Escuchó unos pasos que caminaban desde la cocina hasta la sala de estar, y luego el rostro de su madre se apareció frente a él, tapando la visión del televisor.

—¡Mamá! —Daisuke dio un respingo, puesto que no esperaba que su madre fuera tan sigilosa de repente— ¡Me asustaste!

—¡Oh! Lo siento hijo —la mujer sonrió—. Creí que estabas dormido e iba a apagar la televisión.

—¿Y por eso tenías que ser tan silenciosa? Casi me dio un infarto.

—No quería despertarte.

Daisuke ya no respondió: su madre daba muy buenos argumentos.

—Voy a visitar a Mahoko. ¿Quieres acompañarme?

—No, mamá. Y menos en sábado: Megumi debe estar en casa.

—No sé por qué no invitas a salir a esa niña, hijo. Es muy estudiosa y su madre y yo somos muy buenas amigas.

—Está horrenda.

—Bueno. Volveré antes de la cena. Avísale a tu hermana cuando llegue, ¿si?

—Sí, mamá.

Daisuke volvió a poner toda su atención en el televisor. Continuó con su interminable tarea de cambiar los canales sin ton ni son, con la única intención de ver cualquier cosa. Recordó a Megumi, la hija adolescente de Mahoko Shindo, amiga de su madre desde que llegaran de Alemania. Megumi había mostrado interés en él desde la primera vez que se vieron, pero a Daisuke no le simpatizó ni un poco: no era estudiosa, sino nerd, y siempre lucía horrenda. Los lentes de fondo de botella no le favorecían, y el tratamiento dental en proceso jamás le permitía mostrar la sonrisa que su madre le había heredado.

—Ay, madre… —murmuró Daisuke sintiendo calosfríos ante el recuerdo de Megumi— Qué bueno que Akari no está —pronunció satisfecho, puesto que su hermana, si recordaba que su madre siempre sugería que Daisuke debía tratar a Megumi, pasaba, cuando menos, una semana haciendo referencia a eso mismo.

Daisuke continuó cambiando los canales unos minutos más. Estaba aburrido. Cuando vivía en Alemania todos los sábados salía al cine o a reuniones con sus amigos de la escuela. Pero en Japón no le había resultado tan fácil hacerse de nuevas amistades. Y al pensar en aquello se dio cuenta de que la única persona a quien se había acercado desde que llegó a Kanagawa era Haruko Akagi. Ni siquiera con sus compañeros de clases o del equipo de básquetbol había entablado algún tipo de relación. Sólo Haruko…

Harto de no hacer nada, apagó el televisor y lanzó el control remoto hacia el sofá más grande y se levantó del sillón en el que estaba acomodado desde una hora atrás. Subió la escalera y se dirigió a su habitación. Una vez dentro se encerró y se tiró boca abajo sobre la cama, con los brazos extendidos y muy aburrido.

—Ay, Haruko —murmuró, y se echó la almohada sobre la nuca.

El ruido de su teléfono celular, que descansaba sobre la mesita de noche, atrapó su atención: era un mensaje de texto.

Hola niño. ¿Estás ocupado? Me acordé de ti y pensé en saludarte.

Daisuke sintió que su corazón iba a saltarle del pecho cuando leyó el nombre del remitente:

—¡Haruko!

Una enorme sonrisa adornó su rostro y se apresuró a responder:

Jamás estaría ocupado para ti. Me alegra que pienses en mí, Haruko. Gracias por el saludo.

Envió el mensaje y mantuvo el teléfono entre sus manos, él hincado sobre su colchón. Lo que le sucedía con Haruko era muy raro. Le parecía la muchacha más bonita de toda la escuela: su cabello olía delicioso, su sonrisa era encantadora y sus ojos preciosos y expresivos. Era inocente e inteligente, nunca dejaba de ser amable y su carácter dulce lo intimidaba. Parecía que el único defecto que Haruko podía tener era… Hanamichi Sakuragi.

El timbre de un nuevo mensaje de nueva cuenta atrajo la atención de Daisuke.

Estoy muy feliz: mi novio será dado de alta de la clínica y volverá a la escuela en poco tiempo. Ya quiero que lo conozcas, creo que se llevarán muy bien.

Ahí estaba el meollo de todo el asunto: para Haruko él era sólo un amigo. No había distinción entre Daisuke y cualquier otro muchacho de la escuela o del equipo ante los ojos de la hermosa Haruko Akagi. El único que podía ser receptor de su cariño era ese muchacho que ni siquiera asistía a clases…

Daisuke se sintió triste de repente. Ni siquiera quiso responder el mensaje de Haruko, ya después le inventaría que se le acabó el saldo al celular.

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Fujii y Matsui caminaban por el centro de Kanagawa. Eran las cinco de la tarde y recién habían salido del cine. Por lo general Haruko era parte del grupo, pero desde que empezara a ser la novia de Hanamichi Sakuragi se había despegado un poco de sus amigas.

—Todavía no dan las cinco y media —comentó Matsui mirando su reloj de pulso—. ¿Vamos por un helado?

—Claro —respondió Fujii.

Las dos muchachas se encaminaron a una heladería que estaba un poco después del parque central, en donde vendían un sundae con jarabes de frutas que atraía mucho la atención. Una vez dentro del establecimiento, Fujii y Matsui pidieron el helado que las había llevado hasta ahí. Con Haruko solían pedir sabores diferentes para luego compartirlos, y también lo hicieron esta vez.

Cuando salieron de la heladería, caminaron saboreando sus helados. Eran las cinco y media y solían terminar el día a las seis, así que optaron por sentarse en una banquita del parque hasta que sus respectivos postres se terminaran.

—A pesar de que Sakuragi aún está internado, Haruko pasa más tiempo con él que con nosotras —dijo Matsui dirigiendo una mirada a su amiga.

—Sí —convino Fujii—. Pero supongo que si tienes novio prefieres estar con él que con tus amigas.

—Pues eso no me va a pasar a mí —declaró Matsui—. Yo no seré de esas chicas que le dedican todo el tiempo a su novio.

Fujii rió con discreción: Matsui no había tenido novio jamás, y el único hombre por el que había mostrado interés era el profesor. No se había enamorado nunca, por eso no entendía a Haruko.

—¡Hola chicas! —un efusivo grito sobresaltó a las dos muchachas.

—¿Qué demonios haces aquí? —respondió Matsui de inmediato. Desde que le robara su almuerzo, Takamiya no era su persona favorita.

—Uy, qué recibimiento —se quejó el muchacho.

—¿Pues qué esperabas, gordo? Te robaste mi almuerzo, y cada vez que nos encontramos te la pasas fastidiándome.

—Es que Takamiya así demuestra su cariño —se burló Ookusu.

—Takamiya… ¿Estás enamorado de la amiga de Haruko?

A Matsui le incomodó el comentario hecho por Noma.

Fujii se reía divertida. Ya había visto que Youhei también estaba ahí, pero no quería acercarse a él después de saber que estaba interesado en otra chica.

—Hola Fujii —no se dio cuenta de cómo el pelinegro se había situado junto a ella y ahora la saludaba con cordialidad.

—Hola, Youhei —Fujii maldijo internamente el carmín que aparecía en sus mejillas cada vez que ese chico estaba cerca de ella.

Matsui seguía discutiendo con Takamiya en tanto Ookusu y Noma se burlaban de ambos. Fujii decidió alejarse un poco, y Youhei la siguió.

—¿Salieron solas? —preguntó el muchacho.

—Sí. Haruko pasa mucho tiempo con Sakuragi. Tal vez mañana sí la veamos.

Youhei asintió con un movimiento de cabeza. Luego cambió el tema:

—¿Sabes Fujii? Luces muy diferente con ropa de calle.

La aludida se ruborizó más.

—No lo sabía… Esta es mi ropa más cómoda.

—Te hace ver muy bien.

Youhei decoró el elogio con una sonrisa que, de nuevo, prendó a Fujii. ¿Por qué demonios tenía que ser lindo con ella? Eso no facilitaba su situación.

—Gracias.

Se quedaron en silencio, sólo escuchando la discusión del resto de los muchachos. Pero de inmediato Matsui la dio por terminada.

—¡Eres insoportable! —gritó la muchacha— Vámonos, Fujii.

La aludida asintió y, tras ver avanzar a su amiga, se despidió de Youhei.

—Nos vemos en la escuela.

—Adiós.

Las dos muchachas se alejaron del los chicos.

Matsui iba refunfuñando, en tanto Fujii pensaba en la linda sonrisa de Youhei Mito.

Ookusu y Noma se burlaban de Takamiya, en tanto Youhei recordaba que los ojos de Fujii brillaban cada vez que él le sonreía.

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Notas de la autora:

Paso a responder los reviews del capítulo anterior.

Mai Maxwell: Iba a actualizar la primera semana de enero, y vengo haciéndolo la segunda de agosto… No tengo perdón pero sí muchas explicaciones que sería cansado dar. Espero que te guste el capítulo y sigas leyendo. Besos.

Elena: ¿Cómo voy? No dejes de escribirme tus comentarios. Saludos.

Miguel: Como siempre, ojalá que leas el capítulo y me dejes tu comentario, que es muy valioso para mí. Cuídate mucho.

ISIS KAIBA: Ojalá que no te haya desesperado el tiempo que pasé lejos de este fic, y que, al leer el nuevo capítulo, sigas siendo seguidora del mismo. Te mando saludillos.