Capítulo III: Asuntos importantes

-Hemos llegado -anunció el bebé con gesto serio, aún con su disfraz de arbusto.
La pandilla entera estaba agotada (salvo Ryohei y Yamamoto, que parecían superar el límite de lo humanamente aceptable). Tsuna se había visto obligado a llevar en brazos a Lambo, mientras Ryohei se ocupaba de su hermana y Yamamoto de Haru. A I-Pin no hizo falta llevarla, y menos mal, porque Gokudera había sufrido un empeoramiento realmente preocupante de su alergia y ahora estaba casi tan cansado como el propio Tsuna.
-¿Por qué hemos acabado aquí? -sollozó el chico-. ¡Estamos aún más lejos de casa!
Tsuna no sólo estaba disgustado por haber tenido que pegarse semejante caminata con Lambo en brazos, sino porque le hubiera gustado ser él el que llevara a cuestas a Kyôko... Aunque sabía bien que sólo con Lambo ya había quedado más que agotado por el paseíto; cargar con una chica de sus mismas proporciones hubiera supuesto un suicidio.
-Pasaremos la noche aquí, será parte de la caminata ¿capisci? -sentenció el niño, de forma tan tajante que Tsuna supo que protestar no serviría de nada.
Habían llegado a un pueblecito diminuto, la clase de lugar ante el cual la gente pasaría de largo aunque tuviera que repostar con urgencia. Estaba en ninguna parte y no tenía nada de interés. Y los habitantes, desde luego, no parecían muy amistosos.
-Reborn... No sé si vamos a ser bien recibidos aquí.
-Parece un sitio pintoresco, Tsuna -sonrió Yamamoto.
De haber estado despiertas, las chicas hubieran tenido la misma opinión... El lugar era pintoresco, pero nada atractivo, eso sí.
-No sé si encontraremos algún sitio en donde quedarnos...
Tsuna miró nervioso a un par de abueletes sentados en un banco a la entrada del pueblo. No tenían un aspecto muy amigable, y contemplaban al grupo como si hicera bastante tiempo desde la última vez que vieron a alguien menor de cincuenta años.
-Yo me encargo -dijo un confiado Yamamoto-. Veraneo todos los años en el pueblo de mis abuelos y sé a quién hay que preguntar en un caso como este.
-Estás hecho un hombre de mundo -se alivió Tsuna-. Entonces vayamos todos a...
-Tsuna -ordeno Reborn-, tú y yo iremos a mirar una cosa. Así que dale la Vacaburra a Gokudera y sígueme.
-¿Pero... pero por qué?
Aunque aliviado por haberse quitado de encima a Lambo, Tsuna no pudo evitar sospechar que su tutor le preparaba una desagradable sorpresa ahí, en mitad de ningún sitio. No estuvo más tranquilo cuando el bebé lo condujo a una apartada callejuela lejos de las miradas de cualquier otro ser vivo.
-He estado hablando con el Noveno -dijo al fin Reborn.
-¡Si nos obligaste a venir sin teléfonos!
-Era parte del entrenamiento, pero ahora veo que hice mal -el niño se cruzó de brazos-. Ha pasado algo de una magnitud considerable.
-A ver, espera... ¡Rebobina! Dices que has hablado con el Noveno ¿no? Pero tú mismo acabas de admitir que no tenemos teléfonos... ¿Cómo...?
-Tengo mis métodos, no preguntes más por ello.
Tsuna asintió sin más. No le sacaría más información a su tutor.
-Le he informado sobre la extraña raíz que vimos por el camino y le he hablado acerca de mis sospechas. Sí es lo que creo que es, podemos estar enfrentándonos a algo muy grande.
-Esa raíz... ¿tiene relación con la cosa esa de la que no paran de hablar en las noticias? Mi madre dice que es una patraña...
-Yo también lo creía. Pero creo que después de esto, podemos estar seguros de que es real. Ahora hay un cuerpo especial de especialistas de la Famiglia Vongola trabajando en el asunto.
-¡Pero esa cosa vino del espacio! -Tsuna ya estaba perdido-. ¿Cómo van a conseguir información si ellos están en Italia y la planta esa está a miles de kilómetros?
Reborn se puso muy serio. Tanto que resulto extraño oírlo hablar con su vocecita de niño pequeño.
-Esa cosa ya vino antes, hace mucho tiempo. Por eso hay archivos antediluvianos sobre ella. Cuando tenga más información, el Noveno dará órdenes.
Tsuna tragó saliva, por la expresión del niño supo que no se trataba de un asunto que pudiera ser pasado por alto.
-Gecolis Casiopea.
Eso fue lo único que añadió el bebé, luego, volvieron a buscar a los demás.

-Señores -dijo el Presidente del Comité de Erradicación de Amenazas en Potencia al resto de Presidentes de Comités de Medidas Delicadas-, no deben preocuparse por esa planta. ¿Que crece? Pues frenamos su crecimiento. ¿Y cuál es la mejor forma, a ver?
Los demás se miraron entre ellos sin saber qué responder. Eran simples funcionarios electos sin ningún tipo de experiencia práctica, ahora que se daban cuenta. En cambio, el Presidente del Comité de Erradicación de Amenazas en Potencia llevaba en el cargo más de cuarenta años, tiempo suficiente como para que hubiera aprendido a pensar por sí mismo. Además, tenía fama de ser un auténtico hijo de mala madre, requisito indispensable para su profesión.
-Eh... esto... ¿podríamos... podríamos usar planticidas o algo parecido? -preguntó el Presidente del Comité de Decisiones Molestas y Difíciles de Tomar.
El Presidente del Comité de Erradicación de Amenazas en Potencia sonrió con malicia.
-Ha dado en el clavo, viejo amigo. ¡Pero creo que peca de defecto!
-Explíquese, querido compañero -gruñó el Presidente de Comité de Asuntos a Prorrogar-, algunos queremos que esta reunión acabe ya para irnos a casa a dormir de una vez.
-Claro, claro. Seré breve.
El hombre se puso en pie y señaló con un puntero en un enorme mapa el lugar exacto en el que estaba la famosa isla del impacto.
-Vamos a usar napalm. Toneladas de napalm que caeran justo en este punto geográfico. Si eso no destruye a la planta, entonces habrá que empezar a preocuparse.
Los Presidentes de Comités aplaudieron con entusiasmo.
-Pero -preguntó uno de ellos-, ¿para cuando llevaremos a cabo el ataque?
-Nuestros hombres ya están en posición -sonrió el Presidente del Comité de Erradicación de Amenazas en Potencia-. Al alba, desencadenaremos un infierno sobre esa miserable isla.