Capítulo IV: La raíz del problema

Empezó como un murmullo en el aire, pero poco a poco fue creciendo hasta alcanzar la escala de temblor. La tierra se movía y las casas parecía que fueran a caerse. Aún no era más de medianoche cuando todo se puso a temblar, como si algo estuviera desestabilizando la propia estructura del subsuelo. Y en cierto modo, era así.
-¡Ne... Neuro!
Yako Katsuragi buscó a su ayudante desesperada. Un segundo antes estaba junto a ella y, de pronto, había desaparecido. No era nada extraño, pero le daba mala espina quedarse sola en mitad de ese extraño fenómeno tectónico. De haber sido un terremoto normal no hubiera habido problema, pero estaba ese murmullo... Ese siniestro murmullo que recordaba al sisear de una serpiente.
Afortunadamente, todo cesó de forma inesperada, y el murmullo dejó de oírse. La rubia avanzó calle arriba guiada por el sonido de gente gritando cosas ininteligibles. Todo el pueblo debía de haberse congregado en ese lugar, pues acababa de pasar algo increíble... ¡Una raíz gigante!
Había salido del suelo junto a la posada del pueblo y había empezado a enroscarse y a crecer como una especie de serpiente gigantesca. Ahora estaba quieta, pero seguía dando miedo. Yako creyó distinguir algo en la punta de la raíz, que se elevaba hacia el cielo de forma amenazante. La raíz estaba enrollada en torno a un... ¡coche!
-¡Mi coche! -lloraba Godai, que acababa de salir de la posada con un cepillo de dientes metido en la boca y unas zapatillas de estar en casa en los pies-. ¡Otra vez no!
El coche ya no tenía remedio, estaba destrozado por la presión que la raíz había hecho sobre él. Yako quiso ir a consolar a su amigo, pero alguien le puso una mano sobre la cabeza y la arrastró por entre la gente en dirección a la raíz.
-¡No se alarmen! -dijo Neuro, con un tono de voz hipócritamente inocente-. ¡Aquí está la Famosa Colegiala Detective Yako Katsuragi, que se va a encargar de resolver este extraño fenómeno con sus asombrosas dotes deductivas!
Los ancianos que conformaban la multitud se hicieron a un lado, aunque no sin dejar de quejarse y soltar comentarios difíciles de interpretar. De un salto, Neuro se subió sobre la base de la raíz, con Yako aún cogida por la cabeza.
-¡Todo está bajo control! -anunció el demonio-. ¡No se preocupen!
Y sin embargo, al mirar hacia lo alto de la raíz, justo donde estaba el coche de Godai, su sonrisa se desvaneció y puso una cara muy seria. Una cara demoníacamente seria.

-¿Qué esa cosa, por Dios? -gritó Haru, que tras su siesta estaba recuperada y lista para sorprenderse sobremanera por la raz gigante.
-¡Toma ya! -Ryohei salió corriendo hacia la raíz-. ¡Es la Madre Naturaleza otra vez, demostrando que el fuego de la vida es implacable!
El grupo habia sido sorprendio por el terremoto justo cuando llegaron a la puerta de la posada, a tiempo para ver como la raíz crecía y se elevaba hacia el cielo, retorciendo en su camino lo que parecía ser un coche feísimo.
-Parece que ahora no nos van a atender... -rió Yamamoto.
-¿Pero tú estás tonto o qué? -dijo Gokudera, soltando a Lambo y estornudando como si le fuera la vida en ello-. ¡Acaba de pasar una cosa rarísima, claro que no nos va a hacer ni caso!
Ajenos a calquier preocupación, Lambo e I-Pin salieron corriendo tras Ryohei, dipuestos a mirar más de cerca la raíz esa.
-¡Quiero pegarle un moco! -gritaba Lambo-. ¡Y quiero hacerle pipí encima!
Gokudera murmuró algo parecido a "qué asco de niño" y volvió a sonarse la nariz.
-Es como la que vimos en el bosque hace unas horas -dijo Kyôko que, al igual que Haru, estaba boquiabierta-. ¡Pero esta es aún más grande!
-¡Y acaba de crecer delante de nuestras narices! -gritó Gokudera, cada vez más escamado por su alergia-. ¿Es que nadie va a decir nada? Las plantas no crecen tan rápido ¡por Dios!
-Ah, yo nunca había visto crecer una planta, si te soy sincero -dijo Yamamoto soltando una carcajada-. Supuse que lo hacían cuando nadie las miraba.
-Este tío es... ¡atchús! -volvió a sacarse el pañuelo-. ¡Pero si yo nunca he sido alérgico!
-Vamos a verla más de cerca -propuso Haru-. Además, no me fío de esa multitud, tenemos que estar al lado de Lambo e I-Pin por si les pasa algo.
-¡Sí, vamos! -sonrió Kyôko.
Yamamoto le puso la mano en el hombro a un enfurruñado Gokudera.
-Siempre se aprende algo nuevo.
-Cómo odio el campo... Maldita sea.