SOLO ME QUEDA DECIRLES QUE AGRADEZCO MUCHO EL TIEMPO QUE LE DEDICARON A LA LECTURA DE ESTE ADAPTAFIC, LES DEJO EL CAPITULO FINAL DE ESTA HISTORIA... QUE LO DISFRUTEN! XD


TITULO: TE LLEVO EN LA SANGRE (ENTRE EL AMOR Y EL DOLOR)

HISTORIA ORIGINAL: LUCY MONROE

1º ADAPTACION YAOI: SOLIN

ADAPTACION FANDOM CANDY CANDY: BLUEMOONBLUE.

CAPITULO XVI


Así que no sabía completamente lo que pasaba entre nosotros. Me sentí aliviada, pero, ¿cómo se había enterado Susana de que Terry ya podía caminar de nuevo? Si yo apenas me había enterado el día anterior.

-Siempre supimos que Terry volvería a caminar de nuevo.

-Si él hubiera creído eso, nunca me habría dejado marchar -dijo secamente.

Según lo que él mismo me había confesado, era cierto que había tenido sus dudas.

-No sé qué podría cambiar eso —hablé, sin saber muy bien qué decir.

-Eres una estúpida, ¿verdad?

Me tensé ante el insulto que me dijo llena de rencor.

-Está claro que tienes algo que decir. Te sugiero que lo hagas y que te marches de mi casa.

-¿Tu casa? ¿Cuánto tiempo más crees que durará? Hasta que le des un hijo a Terry. Él sabía que yo no quería quedar embarazada y estropear mi perfecta figura. Cuando hayas cumplido con tu tarea, él volverá a mí, con la persona que realmente ama.

-¡Terry no hará eso! -tenía mucha integridad como para abandonarme a mí y a su hijo.

Susana sonreía victoriosa.

-En verdad eres una chica tan ingenua, me das pena. Cuando un hombre desea algo, lo sacrifica todo para conseguirlo.

-¿Qué te hace creer que te quiere a ti? Te dejó marchar.

-Pensaba que no podría ser el hombre que yo necesito. Me dejó marchar por mi bien. Ahora las dos sabemos que es distinto.

Apreté los puños ante las verdades que estaba diciendo Susana. El mayor miedo de Terry era no poder volver a hacer el amor, no el no volver a caminar.

-Tú no lo quieres.

La risa de Susana sonó desagradable.

-Cuando tienes una relación sexual como la que teníamos Terruce y yo, las emociones tontas como el amor no son necesarias.

No podía soportar pensar en la imagen de mi marido tocando a Susana del mismo modo que me había tocado a mí.

-¡Es hora de que te vayas!- le pedí desesperada.

-No tan rápido, mujercita de cuarta. Aún hay algo que quiero decirte y después esperaré a Terry para felicitarlo por volver a caminar.

No podía creer la audacia de ésta horrible arpía.

-Si quieres ver a mi marido, pídele una cita a su secretaria. No eres bienvenida en mi casa.

-No me iré de aquí.- me decía con una sonrisa de superioridad en el rostro.

-El personal de seguridad de Terry no lo verá igual que tú, supongo.

-No me echarás a la calle. No tienes agallas -mi amenaza pareció tomarla por sorpresa.

Abrí la boca para responderle cuando escuche la voz de Terry.

-No sabía que estabas acompañada, pequeña.

Me gire hacia él para observar su inexpresiva mirada.

-Ha venido sin avisar.

-Y tu esposa acaba de amenazarme con echarme a la calle -la voz de Susana se había vuelto suave y dolida. Para mi disgusto sus ojos estaban llenos de lágrimas.

-¿De verdad? -dijo Terry con una sonrisa sarcástica.

Susana cruzó la habitación y se agarró de su chaqueta.

-¡Sí! No es suficiente con que se haya casado contigo, sino que quiere apartarme de tu vida por completo.

Terry apartó a Susana y me miró.

-¿Es verdad?

-Sí. Le dije que, si quería verte, le pidiera una cita a tu secretaria. No la quiero en mi casa.

No me preocupaban las apariencias. Susana había mentido en Nueva York, había amenazado nuestro matrimonio y ahora ya conocía su poder de seducción sobre mi esposo. Así que no deseaba incluirla en nuestro círculo de amigos.

-Pero no creo que la cita sea necesaria.- dijo, mientras volteaba a ver a Susana, así que no pudo ver el enorme dolor que cruzó por mi rostro.

-Podemos hablar ahora, ¿verdad?- le dijo con una leve sonrisa.

-Sí, Terry querido. Por favor. Sólo quería decirte lo feliz que estoy de verte caminar de nuevo -dijo, casi ronroneando como una estúpida gata en celo.

Terry se alejó de ella y se sirvió un whisky.

-¿Cómo lo supiste?

-Me encontré con la esposa de tu fisioterapeuta accidentalmente mientras estaba de compras. Empezamos una amistad, y no puedes culparme por querer seguirte la pista. Sobre todo después de lo que hemos compartido.

Sus palabras y la obvia falsedad de esa mujer hacían que me sintiera enferma. Terry tal vez no hubiera soportado que hubiera corrido a su ex prometida de la casa, pero eso no significaba que yo tuviera que quedarme a presenciar cómo esa mujerzuela utilizaba todas sus artimañas con mi esposo.

Así que rápidamente salí de la habitación.

Escuché como Terry me llamaba, pero lo ignore al igual que lo hice con la voz de Susana diciéndole que me dejara marchar.

Subí las escaleras en una nube de dolor. ¿Por qué había permitido Terry que Susana se quedara?

Me detuve frente a la puerta del dormitorio, consciente de que no podía entrar y enfrentarme a los recuerdos, sería demasiado doloroso. Me di la vuelta y bajé las escaleras.

Me dirigí a la cochera y me senté al volante del primer coche que encontré con las llaves puestas. Era un Mercedez, un vehículo grande al que no estaba acostumbrada, pero no me importaba. Tenía que marcharme de allí, solo pensaba en huir de este dolor.

El guardia de seguridad me hizo una señal para que me detuviera tras abrir la reja. Terry y su padre habían insistido en que Eleonor y yo no saliéramos de casa sin es colta, pero en este momento no quería compañía. De ningún tipo.

Conduje por la ciudad hasta que me encontré en la entrada del Real Colegio San Pablo, aquella vieja edificación donde de niños, Terry y yo pasábamos veranos en compañía de nuestras familias. El recuerdo de la vez que Terry me llevó a una colina a la que bauticé como Colina de Pony, me hizo parar y me dirigí a ella.

Ya no era una niña, pero estaba dolida y aquel enorme lugar me resultó tan reconfortante como cuando era pequeña. Necesitaba la paz que siempre me transmitía ese lugar. Mis pasos me llevaron inconscientemente hasta la cima de la pequeña montaña rodeada de hermosos árboles, el lugar al que me llevó Terry aquel día para decirme que siempre podía hablar con mi madre, y que aunque ella estuviera en el cielo, podría escucharme.

¿Fue ese el día que empecé a amar a Terry?

No lo entendí como amor sexual hasta los quince años, pero él siempre había sido el punto central en mi vida. El único hombre al que había deseado entregarme, con el que había deseado casarme. Pero él no se había fijado en mí sino hasta el momento del accidente, cuando su egoísta prometida lo dejó cuando más apoyo necesitaba.

Me recosté sobre el tronco de un árbol, dejándome empapar por la paz que ese hermoso lugar me trasmitía. Terry era mío, pero ¿por cuánto tiempo?

Tras pasar casi veinticuatro horas en la cama con él, me negaba a pensar en otra cosa que no fuera lo que él me había de mostrado: que era una deseable mujer a sus ojos. Eso no quería decir que me amara, pero tampoco indicaba la falta de cariño.

Pero había dejado que Susana se quedara.

El día anterior él me había dicho que se había sentido seguro probando su virilidad conmigo, porque lo amaba. ¿Significaba eso que me había utilizado para saber si podría volver con Susana como un hombre completo? Sólo imaginarlo hizo que me fallaran las piernas.

Pero Terry no era así, y lo sabía. ¿Entonces, por qué imaginaba todo aquello?


-Sabía que te encontraría en este lugar, tesoro.

-¿Qué estás haciendo aquí?

Su expresión era sombría.

-Buscar a mi esposa, el cual huyó de casa.

-No huí -dije, recostándome sobre la columna.

-No hiciste que te acompañara un guardaespaldas. Saliste en coche sola, fuera de la casa, a pesar de que los guardias de seguridad intentaron detenerte.

-Quería estar sola -eso no era un pecado.

Él sacudió la cabeza.

-Eso no está bien.

-No puedes dirigir todos mis movimientos.

-Ni lo pretendo.

-Entonces, ¿por qué estás aquí?

-Porque tú estás aquí.

-Dejaste que Susana se quedara en la casa –lo acusé.

-Tenía cosas que decirle -lo miré de lado sin decir nada-. ¿No quieres saber lo que le dije?

-No -no quería saber si aún sentía algo por su ex prometida.

-¡¿Cómo puedes dudar de mí después de lo de ayer?! -preguntó él en tono cada vez más irritado.

Lo miré con cara acusadora.

-Compartimos nuestros cuerpos. Según Susana eso no es nuevo para ti.

-Compartimos nuestras almas, y eso, mi hermosa mujer, es algo que nunca había hecho con ninguna otra persona.

Deseaba creerlo con todas mis fuerzas. Las lágrimas me quemaban los ojos y me dolía la garganta.

-¿Sí?

-Sí.

No pude contener las lágrimas y me di la vuelta para que no me viera, pero no encontré la paz que buscaba. El dolor me embargaba y los sollozos no se hicieron esperar.

Él me tomó por los hombros.

-No te hagas esto a ti misma. No podemos cambiar el pasado.

Me giré, apartándole las manos. Me sentía como un animal herido, deseosa de huir.

-No me toques.

-¿No se supone que con el amor llega el perdón?

¿Perdón? ¿Por qué? ¿Esperaba que lo perdonara por no amarme? No era una cuestión de perdonar, sino de aceptar.

-No sé si pueda -dije, casi hablando para mí misma.

-No te dejaré ir, eres mi esposa. Eres solo mía, me perteneces.

-Nunca he deseado pertenecer a nadie más.

-¿Y por qué me dices que no te toque?

-Estoy dolida.

-Apartarte de mí no mejorará las cosas.

Sentí sobrevenir otro sollozo y él me tomó en brazos.

-Ven, pequeña. Vamos a casa para poder hablar con tranquilidad.

-¿Dónde está mi casa? -dije, pensando en la cara de satisfacción de Susana cuando salí de la sala.

-Donde yo esté -su voz vibró y su boca buscó la mía para besarme casi dolorosamente, mientras me cargaba entre sus fuertes brazos.

Respondí con la pasión nacida de la angustia y el miedo a perderlo, sin tener en cuenta el lugar donde estaba hasta que escuchamos a un niño preguntarle a una religiosa qué estaban haciendo ese hombre y su novia.

-¡Terry, bájame! -dije, pensando en las personas que nos miraban.

-¡No! -dijo, lleno de rabia.

¿Por qué estaba tan enfadado?

-Piensa en tus piernas... es demasiado pronto -podía hacerse daño.

-¿Te preocupas por mí? -dijo, y su ira pareció calmarse.

-Sí.

-¿No estás intentando apartarme de ti de nuevo?

Suspire, abrazándolo del cuello.

-No puedo.

Él asintió, sin rastro ya de enfado. Divertido y orgulloso, se giró y le dijo al niño:

-No es mi novia, es mi esposa.

Mientras la religiosa enrojecía, el niño le respondió despreocupado:

-Ya.

Terry le guiñó un ojo y se dirigió a la salida. Aún conmigo en brazos.

-Terry...

-Te he dicho que no te iba a bajar. Si sólo cuando te tengo entre mis brazos puedo mantenerte conmigo, ¡prepárate para pasar los sesenta años siguientes en mi compañía! -las palabras que debían sonar como una broma parecían más una amenaza muy real.

No dije nada mientras me llevaba hasta la limusina que nos esperaba. El chófer abrió la puerta y Terry me bajó para que subiera al coche. Una vez dentro, me sentó en sus piernas.

-¿Y el coche? -no podíamos dejarlo allí.

-Dile a Logan donde lo dejaste y él lo recogerá.

Le dije al guardaespaldas dónde estaba y le entregue las llaves, sin que el posesivo Terry me soltara ni un instante.

Lo mire a los ojos y vi en su azulina mirada emociones que me aterraba nombrar.

-¿Por qué no echaste a Susana?

La mano que tenía colocada sobre mi muslo se movió buscando provocarme con su caricia.

-Lo hice.

-Pero...

-Vino a nuestra casa y se atrevió a molestarte, pequeña. Pude verlo en tus preciosos ojos verdes y en la rigidez de tu cuerpo.

-Pero... -seguía sin entenderlo- ¿por qué dejaste que se quedara?

-Tenía que hacerle saber que no toleraría que se inmiscuyera en mi vida ni en la de mi familia, que, si volvía a hacerte daño, tendría que responder ante mí. Ya me conoce. Nos dejará tranquilos.

-¿La echaste?

-Sí. Apenas había tenido tiempo de decirle lo que quería cuando el personal de seguridad vino a decirme que mi esposa acababa de huir.

-No huí -dije, sintiéndome culpable.

-Sí lo hiciste.

No me moleste en explicarle que lo que quería era estar sola y pensar.

-¿Adónde vamos?

-A casa, pequeña. Tal vez a la cama y continuar lo que dejamos pendiente esta mañana...

Estuve a punto de caer en la tentación de su voz, pero deseaba algo más que saciar su deseo físico.

-No me refiero a eso.

Él suspiró.

-No puedo obligarte a quedarte si quieres marcharte -su fuerte abrazo no corroboraba sus palabras.

-¿Y si no quiero marcharme?

-Seré el hombre más feliz del mundo.

-No me querías cuando nos casamos.

-Estabas conmigo cuando salí del coma.

Aquello no venía al caso, pensé.

-Sí.

-Fueron tus palabras, tu voz, la que me devolvió a la vida.

Me mordí un labio nervioso. ¿Había sido así?

-No lo sé. Tal vez fuera el momento.

-No, tesoro. No fue eso. ¿Sabes cómo lo sé?

Sacudí la cabeza con duda.

-Recuerdo lo que me dijiste. Me dijiste que me amabas.

Podía haberlo adivinado.

-Aunque no me creas, es verdad. Te oí y me desperté.

-No podía soportar la idea de un mundo sin ti –dije, colocándole mi mano sobre su corazón, aunque ahora no necesitaba una confirmación de su vitalidad.

-Supe desde que me desperté que me amabas, y eso me dio vida cuando había muy poca dentro de mí.

-Pero tú no me amas. Sólo dijiste que te importaba -incluso pronunciar esas palabras era doloroso.

-¿Y cuándo te importa alguien no lo amas?

-¿Qué quieres decir? -la esperanza estaba empezando a abrirse en mi corazón como una flor al sol.

-¿Cómo podrías traerme de vuelta de una muerte en vida si no hubiera amor en mi corazón para corresponderte?

Sacudí la cabeza, aterrada de creerle.

-Al principio no me di cuenta y quise seguir como antes... por seguridad.

-¿Susana?

-Sí. A ella sólo le importaba mi dinero.

-Y tu cuerpo.

-Sin amor sólo es eso. Un cuerpo. Pero para ti sólo existo yo, ¿verdad?

-Sí.

-¿Nunca te preguntaste por qué quise casarme antes de salir de Nueva York?

Claro que sí, pero toda su boda había sido un despropósito.

-No entendí nada de aquello. Ni que te quisieras casar conmigo, ni que todo fuera tan rápido.

-No quería arriesgarme a perderte y sabía que te comprometerías seriamente. Te deseaba, pero no estaba dispuesto a admitir que te amaba. Habría recibido mi merecido si hubieras preferido a Albert, como temía.

-¿Pensabas que quería a tu hermano? -¿acaso estaba ciego? Siempre había pensado que el enfado de Terry por el tiempo que pasaba con su hermano respondía a un orgullo posesivo, no a un miedo real-. Pero si nunca coqueteé con él...

-Pero él sí contigo -al recordarlo pareció que no pudo evitar una oleada de rabia.

-Pero me dijiste que no me querías —recordé, aún incapaz de creerle.

-Rompí con Susana en Nueva York.

-¿Qué?

-Le dije que no me quería casar con ella porque una pequeña mona pecas de ojos verdes me visitaba en sueños, y se enfrentaba a mí de un modo que ninguna otra persona osaría.

-¿Rompiste con ella por mí? -yo pensaba que había sido por no poder caminar- Ella dijo...

-Ella se convenció a sí misma de que lo hacía por ella y que, cuando volviera a caminar, la querría a mi lado. Pero no la quería ni la quiero. Sólo te quiero a ti, mi pequeña Candy.

Al mirarlo, vi que tenía la expresión más seria que había visto nunca.

-Te amo.

-¡No puede ser! -dije, llorando otra vez.

-Claro que sí, tesoro. Te amo. Eres mi corazón, mi vida y sin ti nada me importa. No te lo dije porque tenía miedo, miedo de no volver a caminar y de no volver a ser un hombre de verdad...

-Incluso paralizado de cuello para abajo el resto de tu vida, siempre serás todo lo que un hombre debe ser para mí —lo interrumpí.

Sus ojos se cerraron y tembló. Después, me besó suavemente.

-Cualquier hombre daría su vida por tener este amor, pequeña. Es tan bello y real, que pensé que no estaría a la altura. Ayer por la mañana me di cuenta de que estabas sufriendo y que no volvería a permitir que sufrieras así.

Consideré que no era el momento de recordarle que traer un hijo al mundo no era exactamente indoloro. Tuve la sensación de que él hubiera preferido adoptar y yo quería tener mis propios hijos.

Me tomó la cara con las manos y sus ojos brillaron sospechosamente.

-Te quiero con toda mi alma, tesoro. Eres mi alma gemela y agradezco a Dios que apareciera ese ladrón y que ese coche me atropellara. Si no, te habría perdido, al único tesoro real de mi vida.

Mi corazón casi se detuvo al escuchar esas palabras.

-No puedes decirlo en serio.

-Sí, y ahora entiendo lo que decía mi madre. Ella sabía que hubiera sido totalmente desgraciado si me hubiera casado con Susana y que mi vida solo sería feliz contigo a mi lado. ¿Qué supone un poco de dolor y trabajo cuando lo que se obtiene es el regalo de tu amor?

Yo no hablaría tan a la ligera de lo que le había pasado.

-Podrías haber tenido todo mi amor sin todo eso.

-Tú me lo habrías dado, sí. Pero yo no estaba listo para recibirlo. No comprendía lo importante que eras para mí.

Aunque no estaba de acuerdo con su madre ni con él en que el accidente había sido bueno, no podía negar que me sentía feliz al escucharle decir esas palabras.

-Te amo.

-Sí. Nunca me cansaré de oírtelo decir, mi hermosa niña pecosa.

Me siguió besando apasionadamente hasta que llegamos a casa, y allí siguió diciéndome y demostrándome cuanto me amaba durante toda la noche.


La bendición de nuestro matrimonio era todo lo que una madre podía desear. Eleonor Backer no ahorró esfuerzos para que nuestra boda siguiera todos los mandatos de la tradición, incluyendo el hermoso vestido blanco hecho con la hermosa seda que me había mostrado, el cual en verdad me hacía sentir hermosa, en cuanto a Terry, lució imponente con su elegante smoking negro. Mis suegros no repararon en gastos para nuestra boda, la cual se efectuó en el enorme jardín de la residencia de la familia, todo era maravilloso desde los arreglos hasta la deliciosa comida, aunque no dejaron de apenarme los cumplidos que tanto Eleonor como Richard hacían sobre mi frente a sus amigos, además de comentar lo felices que estaban al ver al fin cumplido el sueño que siempre habían tenido, y era que Terry y yo nos casáramos, el cual nunca nos habían dicho por miedo a presionarnos, pero del que siempre estuvieron seguros se realizaría.

La ceremonia le dio tanta autenticidad a la ocasión que Terry insistió en llevarme de luna de miel. Cuando llegamos al hotel de lujo en Suiza y estuvimos detrás de la puerta, le demostré mi amor por él del modo más íntimo posible.

Recordando lo mucho que le gustaba mi pelo, lo había dejado crecer y ahora me llegaba un poco más abajo de la cintura y esa noche cuando recorría todo su cuerpo con suaves besos mi rizado cabello lo acariciaba como una suave cortina de seda, llevándolo hasta el borde de la pasión y el deseo. Después mientras descansábamos, me abrazaba y susurraba frases de amor.

-Mi bebé está ahí dentro, puedo sentirlo -dijo mi esposo, colocando su mano sobre mi vientre. Mientras yo solo sonreía misteriosamente ya que antes de hacer el viaje, había ido al médico y me confirmó que ya estaba embarazada.

-Yo también lo siento.

-Te quiero, mi hermosa pequeña.

-No más que yo a ti, querido.

Ocho meses después, quedó claro que no se habían equivocado y di a luz a mellizos los cuales, para mi felicidad eran dos pequeñas copias de mi esposo. Terry estaba tan convencido de su potencia sexual que pensaba que tanto la inseminación artificial como el acto sexual ha bían dado fruto. ¿Por qué iba a dudar de él?

Mi amor lo había sacado de una muerte en vida, ¿por qué no podía el amor de él fructificar? no una vez sino dos, ya que ambos el amor lo llevamos en la sangre…


FIN…

MUCHISIMAS GRACIAS POR TODO HA SIDO UN ENORME PLACER COMPARTIR ESTE ADAPTAFIC CON USTEDES... NOS LEEMOS EN EL SIGUIENTE!