N.A: Este capítulo se me fue de las manos. Me salió mucho más largo de lo que tenía pensado (es más extenso que todos los otros capítulos... JUNTOS). Es que me emocioné con el flashback. ¡Ah! Advertencia... este capítulo es NC-17. Me estoy entusiasmando con este fic que creí no sobrepasaría las 5000 palabras, pero ya ven.
Capítulo 4
- ¿Pero, Grissom¿Qué sucede¿Aló¿Grissom?
- ¿Te cortó? – le preguntó Nick incrédulo.
- Algo no está bien – Warrick miraba la mesa de evidencias fijamente, pero estaba pensando.
- ¿Por qué no vas a verlo?
- No sé donde está – miró a Nick preocupado.
Después de un momento, él propuso
- ¿Y si vuelves a llamarlo?
Warrick apretó "Send" dos veces y se llevó el celular al oído – No sé porqué tengo la certeza de que no contestará.
Esperó un buen rato hasta que contestó el buzón de voz. Cortó. Nick sugirió nuevamente
- ¿Y si le pides a Archie que rastree su llamada?
- Levantaríamos demasiadas sospechas e involucraríamos a otra persona más. No estoy muy seguro de que esté dispuesto a arriesgar su puesto por Grissom.
- Tendremos que esperar a que llame – dijo Nick sin más ideas.
Warrick exhaló – A veces lo más difícil de hacer, es no hacer nada.
Nick sonrió con amargura. Sabía que ésa era una de las frases de Grissom.
Grissom y el hombre sujetaban el arma firmemente. El silencioso duelo culminó cuando el hombre se desplomó a sus pies. Grissom dejó el arma y se arrodilló a su lado.
- ¡No puede morir! – le recriminó con desesperación – ¡Dígame dónde está Sara!
Se sorprendió de sus palabras. Era una vida la que estaba a punto de extinguirse frente a él y no le importaba en lo más mínimo. El hombre le miró con los ojos inyectados de pánico. Respiraba entrecortadamente y se miraba con terror la mano ensangrentada con la que inútilmente trataba de detener la hemorragia que brotaba a borbotones de su estómago.
- ¡Dónde la dejó, bastardo¡Dónde está ella! – lo remeció angustiosamente.
El hombre no parecía escucharle. Grissom se llevó ambas manos a la cara. Le dolía mucho la cabeza. Mucho. Sentía como las sienes le palpitaban. Tomó una gran bocanada de aire, obligándose a sí mismo a controlarse. Apenas lo logró. Con la voz un poco más calmada y en tono de súplica le pidió
- Por favor. Haga algo bueno en esta vida antes de marcharse y dígame dónde encontrarla.
El hombre, con los ojos desenfocados ya por la gran pérdida de sangre, susurró
- Riolita
- ¿Qué?
- Rio… - no alcanzó a terminar de pronunciar la palabra porque se le llenó la garganta de sangre. La tosió y escupió manchando su camisa y salpicando pequeñas gotas sobre el rostro de Grissom. A él no le podía importar menos.
- ¿Dónde está Sara? – le preguntó con la voz y el alma destrozados.
Pero el hombre ya estaba inconsciente. Lo más probable es que jamás despertara. Grissom se quedó unos segundos allí. Estaba mareado. Todo le daba vueltas. Nunca le había sucedido algo así. Nunca había tenido que matar a nadie… hasta ahora. No estaba acostumbrado a perder el control, pero claramente esta situación se le había escapado de las manos. Ya no había vuelta atrás. Se levantó, con cuidado de no caerse. Estaba realmente mareado. Salió del lugar y la lluvia le golpeó violentamente, devolviéndolo a la realidad. Escuchó algo que lo hizo voltearse.
- ¡Warrick! – volvió a la bodega sin mirar al hombre y recogió su celular que estaba sonando. No alcanzó a contestar.
Mientras se dirigía a la SUV, llamó de vuelta.
- ¡Grissom! – le contestó una voz al otro lado de la línea - ¿estás bien?
- No – dijo con la voz debilitada, pero resuelta – he matado a un hombre
- ¡¿Qué?!
- Está en la bodega del departamento de policía. Por favor, llama al 911.
- ¿Qué sucedió?
- El cómplice de Natalie también trabajaba para nosotros. Y lo he arruinado todo - hablaba más para sí mismo que para Warrick. Él notó el extraño tono de voz y acotó con ansiedad:
- Grissom, quédate allí. Voy para allá. – cortó.
Grissom abrió la puerta de la SUV, se sentó con desgano y se encerró. Suspiró con fuerza.
- Lo arruiné todo. – echó la cabeza hacia atrás. Cerró los ojos, apretándolos tan intensamente que cuando los abrió veía puntos de colores.
La lluvia amainó y sintió nuevamente la voz de Sara en su cabeza: Te amo…
- Lo siento, Sara. Lo arruiné. Lo siento mucho. Debería haber previsto todo esto. Es mi culpa. Es MI culpa que estés bajo ese auto. La asesina de miniaturas estuvo todo el tiempo en el laboratorio y no pude identificarla. Por incompetente, por el maldito sabático que jamás debí haber tomado. Tantas cosas que quise decirte y que nunca oirás. Sólo una vez te dije "te amo". Sólo una. Debería habértelo dicho más seguido. Sobre todo por tus sonrisas. Debería habértelo dicho. Te amo, Sara… Sidle.
Su voz se quebró: estaba llorando en silencio. Se llevó una mano al rostro, se cubrió los ojos y agachó la cabeza. Tomó aire y siguió llorando. Sentía como el pecho se le apretaba y como el corazón se le hacía trizas. Ésta era justamente la razón de porqué se había demorado tanto en reconocer sus sentimientos por ella. No quería sufrir. No quería perderla. Y ahora ¿qué iba a hacer sin Sara? Su cuerpo se sacudió y no pudo evitar un sollozo. Se sentía perdido. Nunca antes había sentido nada y ahora, de pronto, se sentía vacío. Y le dolía.
Sara percibía que en cualquier momento se le acabarían las energías y se derrumbaría. Si morir bajo un auto iba a ser su fin… lo encontraba de pésimo gusto. Ni siquiera en una novelita policial de las más baratas se le daba un final tan indigno a los protagonistas. A menos que ella no fuese la protagonista, claro.
Ya había dejado de luchar y estaba resignada. No sentía dolor. Es más, tenía el cuerpo casi completamente adormecido. Sólo esperaba, pero ya no se sentía angustiada. Al contrario: estaba en paz. Quizás la muerte no era tan mala después de todo. Como si la hubiesen escuchado, en aquel mismo instante la lluvia se volvió más tenue.
Se le ocurrió que si moría, quizás Grissom perdería la fe. Ella sabía que él guardaba un rosario de su madre en la oficina, pero no creía que lo ocupara para rezar ¿Grissom rezaba? Tantos misterios que ignoraba siendo que ya vivían juntos.
- Si salgo de ésta – pensó- le preguntaré si reza.
No le gustaba la idea de que él perdiera la esperanza. Ya no le preocupaba tanto su muerte como las consecuencias que ésta pudiera tener sobre sus seres más queridos. Especialmente Grissom. Sabía que él se culparía aunque no fuese el responsable. Y cargar con esa cruz no es fácil para nadie.
Quería verle antes de morir y decirle que continuara su vida si es que ella no sobrevivía. Que fuera feliz. Le mentiría quizás, diciéndole que se reencontrarían en la otra vida. Porque Dios era una invención humana para culpar a alguien de los errores. Prefería pensar así, porque si en verdad Dios existía… le tenía saña. Por todo lo que le había ocurrido incluso desde pequeña, por dejarla bajo un auto y por haberle arrebatado su vida justo cuando más la estaba disfrutando junto al hombre que amaba. Definitivamente si Dios existía, era un sádico.
Escuchó algo. Una voz. Pero en su mente. Muy lejana. Hablando sin cesar. Divagando. Sólo distinguió la última frase. Y de quién provenía: Te amo Sara… Sidle.
Nunca había escuchado la voz de Grissom así. Triste. Desolada. Si iba a irse de este mundo para siempre quería hacerlo con un pensamiento bonito, no con aflicción.
Un recuerdo agridulce se le vino a la cabeza: la primera vez que ella y Grissom hicieron el amor después de San Francisco. La primera vez que realmente se entregaron el uno al otro.
Sara despertó con un poco de dolor de cuello y bastante sorprendida. No veía mucho, ya que estaba oscuro. Sólo alcanzaba a distinguir las siluetas de los objetos. Aún así, el asombro provenía, no de lo que veía, sino de lo que no podía ver. Sabía que no estaba en su dormitorio. Entonces ¿dónde estaba?
Se incorporó para sentarse y al tocar la textura del mueble, se dio cuenta inmediatamente de su ubicación. Era el sofá de su sala de estar. Muy extraño, dado que no recordaba cómo había llegado hasta allí. Iba a levantarse, cuando sintió que algo le cubría los pies. Lo tocó. Deslizó sus manos por el objeto hasta que dio con lo que era. Una chaqueta.
Se la puso, pero al instante notó que no era de su talla. Las mangas le sobraban ampliamente sobre las manos. Sólo frunció el ceño en la penumbra.
Decidió esperar a que sus ojos se acostumbraran un poco más antes de pararse y tropezar con todos los muebles de la casa.
Había algo sobre la mesa de café. Lo tocó. Estaba frío. Era un objeto relativamente pequeño ya que pudo asirlo con la mano completa. Era un vaso. De improviso notó que estaba increíblemente sedienta. Recordó algo sobre un "vaso de agua" y no dudó en llevárselo a los labios y beber un sorbo. Era justo lo que necesitaba. Iba a levantarse, cuando lo escuchó.
- ¡Sara! – dijo él en un quejido de preocupación.
Ella se quedó helada. Grissom estaba en su casa. En el sillón. ¿Qué hacía allí?
- ¡Sara¡No! – gritó él más fuerte - ¡No la mates¡Por favor¡No¡Nooo!
Sara recordó todo. Recordó la noche anterior y cayó en la cuenta de que Grissom estaba teniendo una pesadilla. Se paró rápidamente y se acercó a él. Le tomó por los hombros y lo movió suavemente.
- Grissom. Despierta. Estás soñando.
Él abrió los ojos pero todavía estaba desorientado. Ella se había arrodillado a su lado y le miraba de frente, levemente divertida por la expresión de su cara, que incluso en la semi-oscuridad era graciosa.
- ¿Sara¡Estás viva! – la abrazó con vehemencia.
Ella no se lo esperaba para nada. Se rió, entre asombrada, extrañada y contenta de sentirse por un momento en sus brazos. Con el mentón apoyado en su hombro le dijo.
- Grissom, estabas teniendo una pesadilla. Estoy viva y, que yo sepa, lo he estado desde que nací. Puedes soltarme.
Él retiró los brazos avergonzado. Cambiando el tema le preguntó con ansiedad
- ¿Te sientes mejor?
- Sí, gracias. Gracias por todo.
- No me agradezcas. Fue mi culpa. Te dejé sola en aquel lugar. No debería haberlo hecho, Sara, sabiendo lo peligroso e incómodo que era para ti entrar a una institución mental. Debí haber asignado a otra persona. Nick quizás o …
- Fue mi decisión, Grissom – Sara estaba un poco molesta. Se levantó y le dio la espalda. Cruzó los brazos – necesitaba saber que podía lidiar con ellos. Con mi pasado.
Él se levantó también, pero no se movió de donde estaba.
- Pero yo soy tu supervisor. Yo decido por ti y el equipo. Y lo mejor para ti no era ese lugar en ese momento.
- ¿Y así, de repente, sabes lo que es mejor para mí?
Grissom no quería tener esta discusión en la oscuridad. En realidad, no quería tener esta discusión en absoluto.
- Sara… - como siempre las palabras le eran esquivas ¿por qué se le hacía tan difícil expresarle lo que pensaba¿Lo que sentía?
Ella ignoró completamente su deplorable intento de excusa. Se giró para enfrentársele.
- Entonces dígame, Dr. Grissom, en su calidad de supervisor¿qué es lo mejor para mí? – Grissom podía sentir la mirada fuego a través de las sombras. Se sentía tan inútil cuando ella se enojaba y es que siempre tenía razón. Él se las daba. Era un inepto para discutir, sobre todo con aquella mujer.
- Sara… - él esperó a que ella le volviese a interrumpir, pero no lo hizo. No sabía como continuar – … no quiero discutir – terminó por decir abatido luego de unos segundos.
Se hizo un pesado silencio. Los dos estaban cansados. Había sido un día muy largo. Ya no estaban en condiciones de reñir. Sara sintió que había sido muy dura con él.
- Grissom, no fue tu culpa. – dijo ella con voz triste – le podría haber pasado a cualquiera. Incluso podría haber sido al revés. Yo estando del otro lado del vidrio sin poder abrir la puerta.
- Pero no fue así.
Sara recordó una frase
- ¿Crees que todo ocurre por algo¿Que las cosas malas suceden para darnos una lección?
Otra vez el silencio se adueñó de la estancia. Sara no veía su rostro, pero sabía que él tenía la boca abierta como queriendo decir algo. También sabía que nunca lo diría, por lo que continuó.
- Eso me preguntó Adam Trent antes de atacarme. ¿Crees que sea cierto?
- Lo importante no es lo que nos hace el destino, sino lo que nosotros hacemos de él.
- Florence Nightingale
- Sí.
- También pensaba eso. Hasta el día en que explotó el laboratorio.
Se tocó la cicatriz de la mano. Continuó
- Siempre pensé que moriría ya mayor, de alguna enfermedad asociada a la vejez. Hasta que me di cuenta, ese mismo día, que cada minuto cuenta. Cada segundo. Y no hay que darlo por sentado.
Grissom esbozó una mueca de dolor que Sara no pudo ver en la oscuridad. Ella no sabía cuánto se arrepentía él de haberse negado a salir a comer juntos. Recién hoy había comprendido la cantidad de tiempo que ya había desperdiciado.
- Sara, con respecto a ese día… - ella le interrumpió.
- Está bien, Grissom. Ya no importa. Ya sucedió. Quedó atrás. Sin resentimientos.
Sara no tuvo que esbozar una sonrisa falsa. No hacía falta en la penumbra de la sala.
Grissom inspiró. Quería decirle que no estaba bien, que todo este tiempo él había sido un idiota, que ella se merecía una explicación. Pero no pudo y exhaló con frustración. Pensó que estaba preparado para hablar, pero ni siquiera fue capaz de aprovechar las instancias que Sara le había dado para expresarse. Era un completo imbécil. Lo mejor era que se marchase.
- Bueno, Sara. Debo irme. Me alegro que ya estés mejor.
Se acercó a la puerta. Tomó el pomo y lo giró. Sin voltearse le dijo adiós. Ella no respondió. Cerró la puerta tras él y se alejó con las manos en los bolsillos y la cabeza baja.
Sara se sentó en el sillón. Aún estaba tibio. Apoyó los pies en la mesa de café y descansó la frente sobre sus rodillas, abrazándolas. Quería llorar pero ya no le brotaban lágrimas. Se sentía cansada. Muy cansada. De pronto, escuchó unos golpes en la puerta. Se levantó con apatía y abrió. Era él nuevamente. ¿Qué quería ahora?
- Sara – le apuntó con el índice – mi chaqueta. La he olvidado.
Cuando terminó de decir esto, se sintió aún más tonto. ¡Ella la llevaba puesta y él se la iba a quitar! Si ella se sentía mal… ¡Qué le costaba esperar hasta mañana¡Era obvio que ella se la traería al laboratorio¡Qué inconsciente¡Qué egoísta!
- ¡Ah¡Lo siento! – dijo ella sacándosela.
- Mejor quédatela. Mañana me…
- Está bien, Grissom. Aquí está – estiró la mano para entregársela. Él no la tomó. Se quedó allí estático un momento.
- No, no está bien – le dijo con voz seria. Levantó la cabeza – Nada de esto está bien, Sara. Me he comportado como un estúpido contigo. Yo…
- Grissom. No quiero tener esta conversación. No hoy. Adiós – cerró la puerta, pero él puso un pie entre ésta y el umbral, lo que hizo que en el semblante de Sara se pintara una expresión de sorpresa y enfado.
- ¿Qué demonios…
- ¡Sara, escúchame! Siempre te vas antes de que pueda responderte. Déjame decirte lo que pienso.
Sara le abrió la puerta, pero seguía indignada. El entró, pero como ella no le ofreció sentarse, prefirió decirle lo que tenía que decirle allí, de pie en el recibidor.
- Nunca debí haberte pedido que vinieras a Las Vegas.
No salió como se lo esperaba. No era eso lo que quería decir exactamente. Demasiado tarde.
Sara había tenido suficiente.
- ¡¿Era eso lo que querías decirme¡Toma! – le extendió bruscamente la chaqueta - ¡Lárgate de aquí, Gilbert Grissom!
- ¡No me iré¡Quiero que sepas por qué!
- ¡No me interesa¡Vete!
- ¡Escúchame, por favor!
- ¡No hay nada que escuchar¡Toma tu chaqueta y sal de aquí! – le insistió con un movimiento de la mano. Él se sentía impotente y desesperado. Le dio un manotazo a la chaqueta, con tanta fuerza que se soltó del puño de Sara, chocó contra la pared y cayó al suelo. Tomó violentamente a Sara por los hombros y le gritó
- ¡Me vas a escuchar, te guste o no lo que voy a decirte. No te escaparás esta vez. Me lo debes… - pero se calló al instante. Sara le había dado una enorme cachetada que había hecho que girara el rostro hacia un costado. Lentamente volvió a mirarle a los ojos. Se lo merecía. No por lo que había hecho sino por lo que estaba a punto de hacer. Vio la furia en sus ojos, pero no le importó. Y la besó.
Ella se resistió, aún airada, pero él la empujó contra la pared y el contacto de sus cuerpos hizo que Sara perdiera toda determinación. Ya no estaba pensando y se dejó llevar por el momento.
Era un beso desconcertantemente agresivo. Ella siempre pensó que, después de todo este tiempo, si es que llegaba a besar a Grissom, sería algo romántico. Algo lento y tierno. No estaba preparada para este animal que se le había abalanzado encima y que ahora la aplastaba rabiosamente contra la fría muralla del recibidor. Quiso empujarlo lejos de ella y hacerlos volver a la realidad, pero en vez de eso elevó una pierna que él sujetó y levantó hasta su cintura. Ella ya no respondía por sus actos.
Grissom hundió los dedos en su muslo y los deslizó, casi enterrándolos en su carne, hasta su culo. Lo agarró firmemente mientras con la lengua invadía belicosamente su boca, sondeando cada centímetro en su interior. ¡Dios, se sentía tan bien!
De pronto y en una hábil maniobra, él tomó su otra pierna y la levantó, todo esto sin dejar de besarla. Ahora ella se encontraba abrazando a Grissom con sus piernas, los tobillos entrelazados tras su espalda.
Sara llevó sus manos al cuello de él para afirmarse, pero apenas puso sus dedos sobre su nuca, él le tomó por las muñecas y la inmovilizó contra la pared. Era "Pin me down" todo de nuevo con un giro inesperado. Él dejó de besarla y le miró con los mismos ojos azules llenos de deseo que le habían mirado aquella vez, salvo que ahora no era sólo fantasía. Había algo predatorio en su expresión que hacía que se sintiera casi como una mariposa de su colección, prendida contra la pared con los brazos abiertos y las muñecas firmemente atrapadas en sus puños.
El contacto visual fue corto, ya que Grissom ahora le lamía el cuello con muy poca delicadeza, deleitándose con el sabor salado de las lágrimas secas. La respiración de ambos se volvió más rápida y cuando él le mordió el lóbulo, Sara dejó escapar un placentero gemido. Mientras él respiraba sobre su cuello, comenzaron a moverse con un ritmo lento, que hacía que ella frotara su ahora innegable erección, arrancándole gruñidos de renovado goce. La ropa ya empezaba a ser un estorbo.
- ¿Qué te parece si llevamos esto a un lugar más adecuado? – le dijo Sara indicándole con la vista hacia el dormitorio.
Por un segundo, pudo ver aún el brillo libidinoso en sus ojos, pero luego se cubrieron con un velo de cansancio. Él soltó sus brazos y con un suspiro le ayudó a pararse nuevamente. Antes de que Sara preguntara qué rayos estaba sucediendo, él habló.
- Esto está mal, Sara – le dijo con la vista fija en el suelo – Estás vulnerable. No es el mejor momento. Yo… yo no quiero hacerte daño. No quiero herirte más.
- Pero lo estás haciendo – le dijo ella aguantando las lágrimas – en este preciso instante.
Grissom levantó la cabeza y la miró sorprendido.
- ¿Cómo no lo entiendes? – continuó Sara subiendo el tono de voz – a veces lo más lógico no es lo más apropiado. Y ciertamente, decidir por mí, en mi propia casa y después de haberte comportado como un cabrón… no es ni apropiado ni lógico.
- No, no lo es – desvió la vista al suelo, nuevamente.
Al ver que no persistiría, Sara le preguntó exasperada
- ¿Es ésa tu única defensa?
Grissom tragó saliva y apretó los dientes fuertemente, lo que hizo que los músculos de su mandíbula se contrajeran.
- Tengo miedo de perderte
La confesión le caló hondo, pero no podía dejar que una simple frase echara por la borda diez años de amarguras.
- ¿Y eso te da el derecho a jugar con mis sentimientos?
Una nube de confusión se condensó en los ojos de Grissom
- No… ¡nunca fue ésa mi intención!
- Entonces ¿qué pretendías cuando me pediste entrar a mi casa hoy?
- La verdad… sólo quiero aclarar lo nuestro.
Esto hizo que Sara perdiese la paciencia y le gritara iracunda
- No hay "nuestro", Grissom ¡No hay nada!
Ahora fue él quien sintió una punzada helada en lo más profundo de su ser. Sara lo notó y se arrepintió apenas lo dijo, pero ya era demasiado tarde. Quiso morderse la lengua y en vez de callarse, el resto de rabia que quedaba hizo que un último comentario sarcástico escapara de sus labios.
- ¡Deberías alegrarte! Por lo menos así, no puedes perderme – esbozó una sonrisa irónica, con los ojos empañados de desdicha.
Él exhaló un suspiro de evidente tristeza. Muy tarde en su vida comprendió que el miedo provoca más daño que el dolor mismo. Que se sufre más por la imaginación que por la realidad.
Ningún sonido fue emitido por minutos que parecieron eternos. Ambos miraban el suelo. Estaban hartos de herirse mutuamente y los dos sabían que cualquier palabra que pronunciaran sólo añadiría más sufrimiento.
Sara se sorprendió al oír la voz de él nuevamente.
- ¿Recuerdas San Francisco? – dijo con un tono que Sara no supo distinguir si era sarcasmo o aflicción.
Ella no respondió, pero asintió lentamente con la cabeza.
- El día en que te pedí venir a Las Vegas supe que había estropeado todo. Mezclé mi deseo personal de verte, con algo estrictamente profesional. Quizás al principio fuese conveniente para ambos, pero a largo plazo, sólo ha servido para hacer tu vida miserable. Lo siento, Sara.
- Grissom, primero que todo, fue MI decisión. YO quise mudarme a Las Vegas. No negaré que había más que razones profesionales de por medio, pero al cabo de un tiempo, el trabajo me parecía bastante estimulante. Y, para tu información, mi vida no ha sido miserable.
- Todo parecía tan simple entonces – dijo él como si no la hubiese escuchado – Hubiera sido tan fácil dejarlo todo. Pero no sabía que sería así. Nunca pensé… - tomó aire como para decir algo trascendental- … ¿Sara?
- Qué – dijo ella desanimada
- ¿Me darías otra oportunidad¿Podemos empezar esto desde cero?
Por primera vez vio un asomo de humanidad en los ojos de Grissom. Estaba genuinamente conmocionado. Hubiese jurado que contenía las lágrimas. Él se acercó y le tomó las manos entre las suyas.
- ¿Por favor?
No había cosa en el mundo que ella deseara más. Pero ya había tenido su cuota de desengaños y decir que sí significaría exponerse nuevamente a ser decepcionada. Sara le miró a los ojos. Tomó sus palmas para depositarlas sobre su propia cintura y lo abrazó. Se sostuvieron cariñosamente el uno al otro con los ojos cerrados. Él llevó una mano a la cabeza de ella y acariciándole el cabello, depositó con sutileza un beso en su frente. Ella tocó su mejilla y luego de compartir una mirada afectuosa, se besaron. Suave y largamente.
Sara apretó un poco el abrazo e hizo que Grissom le siguiera. Ella caminaba para atrás hacia el dormitorio. Él se dejaba llevar, después de todo… era SU decisión.
Hicieron el amor como si no hubiese pasado nada desde aquella vez en San Francisco. Él fue muy tierno y atento. No había olvidado sus puntos débiles. Ella tampoco y tuvo mucho cuidado de llevarlo al orgasmo justo al mismo tiempo que ella. Se amaron lenta e íntimamente.
Cuando cayeron rendidos y abrazados, ya dispuestos a dormir, Sara soltó de la nada
- Te amo, Gil.
Él sonrió pero no respondió. Ella pensó que era lo más justo dado que ella tampoco había respondido a su pregunta. De todas formas, ambos estaban felices y lo más importante estaban en calma. Se durmieron así, abrazados y desnudos en cuerpo y alma.
TBC
