Disclaimer: Nada es mío, aunque para mi cumpleaños… ya saben qué regalarme.
N.A.: Espero que les haya gustado.
Capítulo 6 (y final)
Bajó de la SUV y colocó una mano rodeando su boca, para encauzar su atormentado grito.
- ¡Sara!... – miraba hacia todas partes alumbrando con la linterna.
- … ¡Sara! ...- no se veía nada y sus pies se enterraban en el barro.
Transcurriría por lo menos una hora antes de que el equipo SAR – qué irónico- arribara a Riolita. Estaba solo. Tal y como lo estaba ella. Si es que estaba viva… ¡Dios, no¡TENÍA que estar viva!
Pasó por delante de las esculturas fantasmagóricas, que a la luz del automóvil parecían como si tuvieran vida propia o le siguieran con la mirada. Representaban la Última Cena – las ironías no se detenían allí- lo que le confería un aire aún más irreal. Terrorífico. Era una pesadilla. Estaba viviendo sus peores sueños. La diferencia era que de éste no despertaría jamás.
Su mente estaba tan concentrada en encontrarla que ignoraba cualquier otro estímulo, incluso el punzante miedo que ahora llenaba su pecho. Por primera vez en su carrera –y en su vida- , no quería pensar. Sabía que las probabilidades estaban todas en contra pero prefería mantenerse en el limbo de la inconsciencia.
Cada vez que pisaba, los pies se le hundían hasta las pantorrillas en barro. Andaba sin botas, sólo con zapatos, por lo que ahora sentía el leve cosquilleo de la tierra mojada entre los dedos de sus pies. Ignoró eso también.
- ¡Saraaaa!... – gritaba ahora casi sin voz. Había exclamado su nombre en vano por más de diez minutos y sus cuerdas vocales comenzaban a resentirse. No le importaba para nada. Sólo anhelaba encontrarla. Tenía la certeza de que estaba allí. Podía sentirla. Sabía que aquello no tenía lógica, pero la lógica ya lo había abandonado hacía tiempo.
Caminó otros diez minutos. Febriles minutos que se le hicieron infinitos, hasta que llegó al borde de una quebrada. Apuntó la linterna al fondo y algunos metros más abajo… la vio. Era como estar mirando la miniatura una vez más. Un nudo gigantesco se agolpó en su garganta.
- ¡Sara! – gritó para llamar su atención mientras descendía sin mucha cautela por el precipicio. Terminó deslizándose hacia abajo entre un montón de barro viscoso que se desprendió y lo arrastró hasta el fondo del desfiladero.
Se levantó rápidamente y corrió a su lado. Su corazón se detuvo ¿Estaba… ?
Se arrodilló a su lado y le tomó el pulso. Era débil pero existía. No pudo dejar escapar una risa de alivio. Despacio, pero insistentemente, la sacudió. No quería causarle dolor.
- Sara, por favor, despierta. Sara.
Ella no abrió los ojos, pero habló con voz tenue.
- ¿G.. Griss¿Eres tú?
- Sí, cariño, soy yo. Ya estoy aquí – le tomó la mano suavemente, para confirmarle su presencia, pero también para sentir que era real, que no la había perdido para siempre.
- Mi pierna está atascada. No puedo… – las palabras salían de su boca con mucho esfuerzo y como un susurro. Gil miró el auto y comprendió que no podría liberarla sin ayuda.
- Pronto vendrán a sacarte. Ya verás que todo irá bien. Sólo resiste un poco más.
Grissom sentía como su corazón se encogía. Por qué ella y no él. Ella se merecía mucho más vivir, después de todo lo que había batallado durante su existencia. Si esto era una venganza porqué no era él quien estaba bajo ese auto. Era todo muy injusto ¿Sara estaba a punto de morir sólo porque le amaba?
De pronto sintió cómo la poca firmeza con la que ella tomaba su mano, se desvanecía.
- Sara, quédate conmigo ¡Quédate! - la remeció un poco más enérgico.
Sara recobró la conciencia. Pero no podía pensar con claridad.
- Tengo miedo de perderte – le dijo él, confesando una vez más su temor más profundo. Ahora sospechaba que la posibilidad era más tangible que nunca.
- ¿Rezas? – preguntó ella lánguidamente.
- ¿Qué? – Grissom estaba confundido.
- Una vez dijiste… el rosario… ¿rezas, Griss?
Él seguía sin entender por qué le preguntaba aquello, pero le respondió de todas formas, ya que cualquier interacción era mejor que nada. Necesitaba mantenerla despierta hasta que llegaran los paramédicos.
- No de la manera convencional. Pero si te refieres a si me comunico con Dios… podrías decir que sí, sólo que no le hablo. Es una comunión más personal ¿Por qué me lo preguntas, Sara?
- No lo sé… ¿Rezarás… por mí cuando muera?
- No morirás, Sara – dijo él hondamente consternado.
- Todos mueren, Grissom… todos… tarde o temprano… pero yo ya tuve todo…
- Sara –quiso interrumpir él, con un dolor indescriptible en el alma, pero ella continuó
- Tuve un trabajo fantástico y te tuve a ti ¿Qué más se puede pedir?
- No morirás. No ahora. Sara no puedo… por favor, quédate conmigo unos minutos más. Sólo unos minutos más.
- Por lo menos supiste… supiste qué hacer con respecto a… "esto"… antes… antes de que fuera demasiado tarde – una tenue sonrisa apareció efímera en su rostro pálido. Se estaba desangrando – y yo… tuve tiempo para despedirme… de la única persona a quien amé de verdad… por favor… sigue adelante… sé feliz… - su voz se iba apagando
- ¡No, Sara, no¡Por favor!
Ahora Grissom la sostenía entre sus brazos como podía, dada la posición en la que se encontraba.
- ¡Resiste!
- Gil… tienes que ser feliz… por mí. Prométemelo.
- No puedo… - ahora él lloraba en silencio
- Prométe…
A Grissom se le quebró la voz
- ¡No puedo, Sar, no puedo…! - el hombre estaba desesperado. Presentía que el fin estaba cerca.
Quiso decirle que la amaba una última vez. Abrió la boca para derramar su alma en aquellas dos palabras tan significativas y difíciles para él de pronunciar, pero ella no alcanzó a oírlas. Había muerto.
- Te amo – le dijo al aire helado de la noche.
Cuando terminó de decirlo, estallaron fuegos artificiales. El cielo se encendió de colores, rojo, verde, naranja. Chispas y destellos iluminaban intermitentemente el cuerpo inerte de Sara en sus brazos.
El 4 de Julio. El día más feliz para las familias en Las Vegas y el país entero. El día más triste en la vida de Gilbert Grissom.
Greg, sentado en el asiento del copiloto, sobrevolaba la ciudad fantasma en helicóptero. La luz del intenso foco caía directo sobre el terreno, pero no veía más que casas abandonadas.
De improviso, el cielo completo brilló como si se hubiese desatado una tormenta eléctrica… pero de colores. Había olvidado que era el Día de la Independencia. En este momento no le podía importar menos. Sara era su prioridad… y de pronto, gracias a los destellos, pudo verlo: el Mustang rojo.
- ¡Allí! – le gritó al piloto indicándole un punto cerca de la quebrada.
Él alumbró y de inmediato vio a Sara… y Grissom. Había llegado antes que ellos, pero se notaba que no pudo ayudarla solo, ya que ella permanecía bajo el vehículo. Él estaba de rodillas en el barro y ni siquiera les hizo señas desde abajo. Greg no quería pensar lo peor.
Apenas aterrizaron, descendió y se acercó a Grissom corriendo. Lentamente, el supervisor levantó la cabeza a su pupilo y por un breve instante su vista se inyectó dolorosamente en la de él. Luego volvió a mirar al suelo y negó desganado con la cabeza.
Greg sintió cómo sus latidos y el tiempo se detenían. Por alguna extraña razón tenía la esperanza , hasta el último momento, de que todo saldría bien, como cuando Nick fue secuestrado. Pero la vida no es como en las películas. El dolor fue doble cuando se dio cuenta de que Grissom lloraba. Mudo y quieto, pero un par de lágrimas rodaban por sus mejillas. Eran sólo dos pero Greg pensó que el desconsuelo y la angustia que encerraban correspondían a años de negación y represión, concentrados en sólo dos pequeñas gotas. Nunca lo había visto llorar… ¡Maldición¡Nunca lo había visto sentir algo!
Grissom estaba tan extraviado en su desdicha que, a pesar de que había visto a Greg, no acusaba recibo de su presencia: se quedó allí sin hacer nada. Porque… ¿qué podía a hacer ahora?
Greg entendió que tendría que ser él quien tomara cartas en el asunto. Junto a los paramédicos, engancharon el automóvil a un garfio de metal que estaba unido a una cuerda de acero. Por el otro extremo, se unía al helicóptero que ahora comenzaba su despegue para poder levantar al Mustang. Si no completamente, lo suficiente para sacar el cuerpo de Sara de allí.
Grissom observaba todo esto desde la misma posición. Se sentía abatido, derrotado, apático. Le advirtieron que se apartara del lugar, que era peligroso, pero él sólo permaneció de rodillas en el suelo, con el mentón apoyado sobre el pecho. Estaba rezando.
Grissom siguió al cuerpo de Sara en silencio, como un espectro, desde que la acostaron en la camilla y la subieron al helicóptero, hasta que la llevaron a la morgue. No se separó de ella en ningún momento y nadie se atrevió a disuadirlo tampoco. El mundo exterior había desaparecido. No escuchaba a nadie ni a nada, como si no lo hubiesen operado nunca de su problema auditivo. Catherine y el Dr. Robbins, visiblemente afligidos, intentaron razonar con él, pero era inútil, ni siquiera se daba cuenta de que estaban allí.
Estaba sentado junto al cadáver de Sara y la miraba como si sus ojos pudiesen infundirle nuevamente la vida. Había dejado de llorar hacía rato, pero toda chispa de vitalidad se había apagado dentro suyo. Estaba devastado, con el alma vacía.
Cath y Al se miraron y, en silencio, acordaron mutuamente que lo mejor sería irse y dejar al desconsolado hombre solo unos momentos.
Grissom comenzó a desvestir a Sara. Con mucho cuidado le desabotonó la camisa y la deslizó bajo sus hombros. Luego le desabrochó el pantalón, le bajó el cierre y levantando cada pierna alternadamente, le quitó la prenda. Finalmente la despojó de su ropa interior y la dejó completamente desnuda sobre la fría mesa de metal.
A continuación, y con extrema delicadeza, comenzó a lavar su cuerpo. Suavemente retiraba las costras de barro y sangre que se habían adherido a su piel. Recorrió cada centímetro de su figura.
Sus pies tenían las uñas pintadas, pero él ya lo sabía. Ayer estaban ambos en el baño de su casa, él afeitándose y ella sentada sobre la tapa del inodoro, aplicándose el esmalte con mucho esmero, ambos discutiendo sobre a quién le tocaba preparar el desayuno del día siguiente.
En su pantorrilla había un pequeño hematoma ya de color verdoso, porque hace una semana, jugando con Bruno, se había golpeado con la mesa de café. Grissom lo recordaba, porque nunca había escuchado a Sara lanzar un improperio de tal calibre.
Sus hermosos muslos, tan pálidos, los había besado sólo anteayer. Evocaba hasta el sabor… una mezcla entre sudor y flores, específicamente azahar, ya que sus jabones favoritos eran los cítricos.
En su vientre podía dormir horas y horas mientras ella leía algo "para quedarse dormida".
Sus pechos pequeños pero suaves se amoldaban de manera perfecta y exacta a su mano, como si hubiesen estado esperándole. Y cada vez que se amaban, él sabía que así era.
Sus brazos tan delgados… le daba terror que se quebraran bajo su peso. Sin embargo, Sara era fuerte. Adoraba esa combinación de aparente vulnerabilidad con su inmensa fortaleza femenina.
En su cuello, se sorprendió, tenía una marca rosada… ¿Tan fuerte la había besado¿O mordido¿Quizás era su incipiente barba del fin de semana la que, mientras rozaba su cuello con sus labios, le había provocado aquella irritación? No se lo había dicho, pero ahora entendió porqué no quería sacarse la bufanda.
Y su rostro… si parecía que estuviese sólo durmiendo sobre la mesa de autopsias. Por un instante le cruzó un pensamiento intranquilizador.
- ¿Y si tiene frío?
Pero al segundo recordó que los muertos no sienten… nada. Estaba desolado.
Perdería su trabajo cuando se enteraran de que había matado a aquel hombre… y tampoco la tendría a ella. El futuro no era negro; simplemente se había desvanecido.
En contraste, Sara se veía tan tranquila, apacible, como si toda la carga emocional a lo largo de su atribulada vida se hubiese esfumado. Ya casi la advertía sonriendo.
- Quizás la muerte no es tan mala después de todo.
Terminó de lavarla y la cubrió con una sábana, pero sólo hasta el cuello. Como deseándole las buenas noches le besó la frente y le susurró al oído
- Eres la única persona a la que he amado… y amaré.
Seguidamente se dirigió a un estante el cual estaba lleno de frascos con medicamentos diversos. Leyó las etiquetas y se decidió por uno. Abrió la llave de agua del lavamanos y, una por una, tragó todas y cada una de las pastillas. Sabía que le tomaría varios minutos en hacer efecto, por lo que aún tenía tiempo.
Deslizó la camilla de Sara dentro de la cámara de congelamiento, pero no cerró la puerta.
Con mucha tranquilidad, se desvistió. Dejó toda su ropa doblada sobre la silla y ya un poco mareado, se acostó junto a Sara en el nicho. Cerró la puerta y se durmió para no despertar jamás.
Toda los criminalistas y detectives de Las Vegas, estaban a un costado de la lápida, sin poder recobrarse todavía de la pena y la incredulidad. Acababan de asistir al funeral más triste de sus vidas.
- Ni siquiera sabía que estaban casados – dijo Catherine mirando la tumba. En ella se veía el apellido Grissom y los nombres de Sara y Gilbert.
- Yo lo supe cuando vi el certificado de defunción – dijo Albert – Sara Grissom. Quién lo hubiese pensado.
Natalie, en su celda, escribía sobre un papel. Cuando terminó de anotar, sonrió enajenada. En ese instante llegaron los guardias y se la llevaron de la comisaría a la cárcel. Brass vio la hoja y la tomó. Leyó el contenido y no pudo evitar una oleada de sorpresa, rabia, dolor … y una enfermiza admiración por Natalie.
Había seis letras escritas hacia abajo: B-L-E-A-C-H. Y hacia el lado decía lo siguiente:
Blunt force trauma, Liquid nicotine, Electrocution, Asphyxiation, Car accident y … Heartbreak.
