De niña, cuando no tenía nada más que hacer para distraer el hambre, Chel solía observar a los pájaros. Envidiaba desde el fondo de su alma su capacidad de volar. Los peces nadaban siempre en su charca, y las personas caminaban de aquí para allá sobre sus dos pies, siguiendo caminos previamente trazados. Pero los pájaros no tenían esas limitaciones. Para un ave no existían senderos, ni límites; el aire no tenía paredes, ni dueño. Si un ave se sentía hambrienta, amenazada, o tal vez incluso triste, simplemente tenía que desplegar las alas y alzar el vuelo, y pronto tendría bajo sus garras las charcas, los senderos, las montañas, un mundo infinitamente más grande del de personas y bestias. Y Chel las observaba fascinada y celosa, admirando esos plumajes que coronaban a príncipes y sacerdotes, identificando los cantos de cada uno: águilas, sastrecillos, sinsontes, azulejos. Quetzales. Los pájaros podían despegar y marcharse si su vida no les placía. Chel, no.

Apenas recordaba a sus padres, ni la epidemia que se los llevó junto con los hermanos que seguramente tenía, dejándola confusa ante su propia supervivencia y sin un solo valedor sobre la faz de la tierra. No había futuro para una huérfana como ella; servidumbre, prostitución, pocas opciones más le deparaba la vida, y ninguna era halagüeña. Ni siquiera en El Dorado las cosas pintaban bien para una mujer sola. Pero Chel no poseía como único capital el pelo reluciente, los ojos profundos y las curvas vertiginosas que su cuerpo tendría a bien regalarle años más tarde; su dote más valiosa, eso lo supo bien pronto, era su astucia. Se las arregló para sobrevivir con pequeñas raterías, y aprendió a intercambiar favores por alimento y protección. Los habitantes de la ciudad la miraban con desprecio, pero aceptaban sus servicios como mensajera, porteadora o incluso ladrona, si la ocasión lo requería. Cuando creció y descubrió que el bamboleo de sus caderas generosas hipnotizaba por igual a hombres y mujeres, pensó que por qué no sacar provecho de ellas también; se paseaba por la ciudad vestida de un modo que ninguna mujer honrada en su sano juicio habría exhibido, con un cuchillo pequeño remetido en el taparrabos. Vendía y regalaba según necesidad y gusto, pero no se dejaba robar.

Para cuando Miguel y Tulio aparecieron en El Dorado, el día de su fallido intento de fuga, toda la ciudad la conocía, algunos de manera más bíblica que otros. En cuanto descubrió el engaño de aquellos dos atractivos pillastres, supo que ellos eran la respuesta a los anhelos de la niña que aún vivía en su interior, una niña que no había cesado de observar a los pájaros, ansiando algo mejor. En El Dorado estaba atrapada por su posición social y su (ausencia de) reputación; en la ciudad de oro era difícil entrar, y aun más difícil salir. Pero aquellos dos jóvenes extraños jugando a ser dioses, supo Chel enseguida, eran su largamente esperado viaje de salida. Había en ellos la misma astucia que Chel tenía a gala en sí misma, pero aderezada con diferentes talantes: estaba el flemático, neurótico y eficiente Tulio, y el soñador y artístico Miguel. Habría mentido de decir que no se enamoró un poco de los dos al conocerlos. Ellos simbolizaban todo lo que ella deseaba: pícaros, estafadores, amantes de la vida y las aventuras. Y, ahora que los tenía a su alcance, Chel sabía cómo conseguirlo ella también. Sólo tenía que arrimarse al árbol que mejor sombra daba, y halagarlo un poco, como había hecho siempre. Era tan fácil que daba risa.

Luego, claro, vinieron los contratiempos inesperados. Las tensiones entre el poder religioso y el poder civil, encarnados en el sumo sacerdote y el jefe. El ataque de Tzekel-Kan y su gigantesco jaguar de piedra comandado por magia maligna, por ejemplo. Aunque Chel sabía que lo más inesperado de todo había sido Tulio. Ese español estirado, que se las daba de frío, y que había caído rendido en sus brazos a la primera de cambio, enamorado como un adolescente, inocente como si fuera su primer amor. Tal vez lo fuera. Tal vez no. Para Chel, lo fue.

Trató de repetirse a sí misma que eso era lo último que debía hacer; inútiles todas las veces que se reconvino a sí misma "¡sólo es un negocio!". Ella también se había enamorado, y sentía que el mundo, la mítica España, la libertad, ya no importaban tanto. Sólo quería hacer feliz a Tulio, el resto era secundario. Cuando finalmente emprendieron el camino hacia un futuro incierto, tres pillos y un caballo, el corazón de Chel latía como un tambor, como los cascos de Altivo hollando el camino hacia su porvenir, como late el corazón de una muchacha enamorada.

Ahora, frente a Tulio, pronunciando unas palabras que lo herirían para siempre las dijera como las dijera, su corazón latía como las alas de un quetzal enjaulado, desesperado por escapar de su prisión. No podía seguir. Había amado a ese hombre, que muriese ahí mismo si mentía, pero ya había saboreado su ración de felicidad a su lado, y sentía que era hora de continuar. Tulio había sido un dulce y hermoso alto en su camino, pero no podía quedarse en él para siempre, viendo marchitarse su vida y sus posibilidades. No había peleado con uñas y dientes un lugar en los bajos fondos de El Dorado, vendiendo hasta el alma, robando, intrigando y soñando con ser dueña de su propio destino, para acabar convirtiéndose en esposa y dueña de casa. Y menos en España, donde su piel cobriza y su acento atraían miradas de extrañeza, cuando no de asco, donde la ropa era tan pesada y oprimente como los prejuicios, donde sólo era la mujer india de un estafador.

No. Siempre había tenido grandes planes, y esos planes sólo la incluían a ella. Ni marido, ni hijos, ni siquiera un amigo tan fiel y cariñoso como Miguel había revelado ser. No podía quedarse junto a Tulio, renunciar a sus sueños por él y dejar que el amor que le tuvo se fuera resecando hasta decantar en rencor y odio. Él no se merecía eso. Por eso fue concisa y directa, por eso se marchó lo más deprisa posible, deseando que él fuera lo suficientemente fuerte como para olvidarla. Una parte de ella siempre lo amaría, y se dolía de haberlo herido. Pero el resto… el resto era un quetzal joven y airoso, esponjando las plumas en el aire marítimo de Cádiz, listo para volar.

Su vida la estaba esperando.


¡Muchas gracias por leer! Llegamos al ecuador de la historia. Espero que os haya gustado, o por lo menos interesado, la visión de la ruptura desde la perspectiva de Chel. La verdad es que siempre me pareció un personaje tristemente infraexplotado; ejerce sólo de chica sexy y de interés romántico, pero nunca sabemos nada de su historia, ni de sus motivaciones para dejar El Dorado (no sé si en el misterioso primer montaje de Will Finn sobre el que corren tantas historias sería diferente), así que aquí intento acercarme un poco más a ella y darle una trama propia.
Agradeceré eternamente cualquier comentario ^^