Cuando Miguel se cruzó con Chel aquella tarde en la escalera de la posada, supo de inmediato lo que había pasado. Llevaba días, meses viendo las señales. Normalmente, ponderar todas las variables que podían ir mal y ver venir las catástrofes de lejos era cosa de Tulio, pero Tulio estaba obnubilado, enamorado, tan feliz en la rutina que él y Chel habían construido que no supo, o no quiso ver. Sonrisas más temblorosas, miradas perdidas en el vacío, paseos errantes por el puerto. Miguel, mal que le pesara, había adquirido algo de la intuición de su amigo con el tiempo. No en vano era él, y nadie más, la persona más cercana a Tulio. No importaba que Chel pareciera haberle disputado el puesto, él nunca dudó.
Al verlo, Chel se detuvo, mirándolo fijamente a los ojos. Ella también sabía que él lo sabía, y no se mostró incómoda ni avergonzada; lo único que Miguel percibió fue la honda tristeza de quien ha hecho lo que sabe correcto, aunque no sea lo que deseaba. También vio algo más, un destello de alivio en sus enormes ojos marrones.
-Cuida de él, Miguel –dijo.
- Es lo que llevo haciendo casi toda mi vida –replicó él, tan serio como ella-. Y lo seguiré haciendo hasta que me muera, Dios mediante.
-No lo pongo en duda. Desde luego has hecho mucho más por él de lo que yo hice nunca. Él te merece –y Miguel percibió en la pena con que dijo esas últimas palabras que había un "yo no" implícito. Chel susurró un "adiós, Miguel", y emprendió el camino escaleras abajo.
-¿Lo quisiste al menos? –preguntó bruscamente. Chel se volvió.
-Más que a mi vida. Por eso me voy.
Miguel esperó a que la puerta de la posada se cerrara a espaldas de Chel antes de continuar subiendo por las escaleras.
¿Qué iba a decirle? Se había enfrentado a muchos Tulios en lo que llevaban de andadura: al Tulio histérico, al Tulio aburrido, al Tulio charlatán, al malhumorado, al histriónico y al bromista. Pero nunca había tenido que lidiar con un Tulio con el corazón roto. Ya antes de estar ante él se sentía estúpido. Conocía a Tulio desde que eran dos adolescentes harapientos corriendo descalzos por las calles, el alegre rubito sevillano y el manchego irascible, metiendo la mano en las faltriqueras ajenas y engatusando a los incautos, y Miguel siempre había dado por hecho que entre ellos no hacían falta las palabras. Tulio y él se habían entendido desde el principio sólo con miradas, con gestos, con pequeños movimientos. Sus ojos hablaban por ellos. No era algo que hubiesen aprendido a hacer para favorecer su negocio; era algo que había nacido entre ellos desde el primerísimo día de su amistad. Algo que Chel y Tulio nunca habían tenido, reflexionó Miguel unos instantes antes de abrir la puerta de la habitación. Pero eso no habría estado bien decirlo, y menos ahora. Suspirando, empujó la puerta.
Tulio estaba sentado en la única silla de la pieza, de cara a él, con la espalda encorvada y los antebrazos sobre los muslos. Nunca las ojeras que la vida de pícaro dejaba bajo sus ojos habían sido tan evidentes. Miguel lo miró intensamente, a pesar de que los ojos de Tulio estaban perdidos en la nada, escrutando su propia desgracia.
-Tulio… -llamó, intentando sonreír con simpatía para quitarle hierro al asunto. Tulio no se movió en lo más mínimo, como si estuviera tallado en la misma madera de la silla. Sólo transcurridos un par de latidos parpadeó lentamente, dándole a entender que sabía que estaba allí. Miguel renunció a su estrategia y entró en la habitación.
Las miles de aventuras que él y Tulio habían vivido juntos volaban en su cabeza como un torbellino de imágenes. Los veía huyendo, riendo, huyendo, tramando y huyendo otra vez, siempre codo con codo, siempre como una sola entidad. "Las cosas vuelven a ser como siempre deberían haber sido" pensó, aunque no se atrevió a decirlo. Llevaba dos años reprimiendo esa sensación, egoísta a su entender, de que Chel sobraba, de que no era más que una cuña entre ellos dos. Sabía que era injusto con ella, pues Chel había sido una estupenda compañera de correrías, artera y socarrona, que nunca se quejaba de privaciones ni de accidentes. Así que había callado, callado y callado, fingiendo haber olvidado la ira que lo embargó cuando Tulio y Chel se enredaron allá en El Dorado y él se sintió más traicionado que nunca en su vida. No se consentía a sí mismo esa clase de emociones rastreras. Él era, ante todo, el mejor amigo, el compañero, el socio y la única familia de Tulio, y eso no iba a cambiar por una chica más o menos. Así que sonrió y continuó, con la habilidad de quien está acostumbrado a participar en farsas. Chel no era la única aliviada esa tarde en la escalera.
Se colocó delante de Tulio, un poco ladeado, y puso una mano en su hombro. Tulio tardó un rato en reaccionar, pero finalmente movió un poco la cabeza en su dirección, mostrando que le prestaba atención.
-Todo irá bien –dijo Miguel suavemente.
-Miguel, las cosas NUNCA van bien –gruñó Tulio-. Y menos ahora.
¿Qué podía decir, qué más, qué demonios podía decir? se preguntó Miguel desesperado, ansiando un remedio mágico para el dolor de su amigo, que parecía penetrar en él desde la mano con que lo tocaba, hasta empaparlo por dentro. Había tantas cosas que quería decirle. Que sí que todo iría bien. Que las cosas siempre habían ido bien, a pesar de las dificultades, porque lo tenía a su lado. Que saldrían adelante, juntos, como siempre habían hecho. Que él saltaría de tejado en tejado, se batiría en duelo con toda la guardia urbana, se bajaría los calzones delante del mismísimo Carlos I con tal de verlo sonreír de nuevo. Que él estaría ahí siempre; que él nunca lo abandonaría. Todas aquellas palabras eran un torrente casi incontenible dentro de él. Cosas que ansiaba decir, y aun más, cosas nunca dichas, cosas que él ni siquiera había osado enunciar con el pensamiento. Si tan sólo… si tan sólo Tulio lo mirara y comprendiese, librándolo de tener que decirlo…
-Irán bien, ya verás –dijo con sencillez, y la mano puesta en el hombro de Tulio resbaló hasta su barbilla, desde donde lo obligó a levantar la mirada. Tulio se encontró con una exhibición de las mejores muecas-de-hacer-reír de Miguel.
-No me pongas caras –espetó, incapaz de reírse en un momento semejante. Pero Miguel vio algo, la sombra, la semilla de una risa futura jugueteando en las comisuras de sus labios. Sus ojos se habían encontrado, y habían hablado. "Te cuidaré" decía esa mirada. "Estaré siempre a tu lado. Acataré tus malditos planes. Te reiré los chistes. Te seguiré a donde sea. Te… te…"
Asustado de repente, Miguel rompió el contacto y rodeó la silla, colocándose a la espalda de Tulio, muy, muy cerca. El corazón se le había desbocado. No, aún no, se repetía. Silencioso, se inclinó hasta rodear los hombros de Tulio con sus brazos, escondiendo la cara en su cuello, y se imbricaron como dos piezas de marquetería hechas la una para la otra. Era fascinante cómo sus cuerpos, al igual que sus mentes, siempre encontraban la manera de acoplarse, como si fuera la cosa más natural del mundo. Aunque ninguno de los dos lo admitía a plena luz del día, muchas noches frías habían dormido así, dándose calor mutuamente; así era como Tulio había abrazado a Miguel el día en que sus padres murieron, hacía casi veinte años.
Permanecieron así largo tiempo, Tulio quieto, Miguel abrazándolo, respirando quedamente el olor inconfundible de su piel, sin moverse más de lo necesario. No hacía falta. Hoy no. Finalmente, después de lo que podrían haber sido horas, Tulio levantó un brazo y puso la mano sobre las manos de Miguel, estrechándolas con firmeza, y su sien buscó la frente del otro. Hoy no, se dijo Miguel, pero tal vez algún día. Tal vez algún día, inesperadamente.
Y ante esa esperanza sintió que su corazón se henchía rojo de luz y alado, como el pecho granate de un quetzal justo antes de alzar el vuelo.
Y así acabamos! No pude resistirme al slash. Soy un caso perdido ^^U. Pero admitámoslo, estos dos hacen una pareja estupenda.
Ya sabéis, si os ha gustado, os ha resultado interesante u os parece directamente una basura... comentario! Ah, y quien encuentre la alusión a la banda sonora de la película que he colado en la trama gana un gallifante ^^
Besos,
Belsan/.
