Disclaimer: Saint Seiya no es mío T_T. Es de Kurumada TT_TT


Capítulo 2:

Voluntarios.


Aledaña al Templo de Aries, una vieja casucha era iluminada bajo los rayos de la luna llena.

Dentro, seis hombres se hallaban sentados alrededor de una mesa. Todos miraban muy concentrados sus naipes, casi sin respirar. Tanto era su ensimismamiento, que se podía escuchar claramente el chirriar de las patas de un grillo, oculto tras la estufa que hacía años el dueño de la casa no movía para limpiar. De pronto, el bicho interrumpió su serenata por unos minutos, tras los cuales volvió a retomarla, intentando darle alguna vida a esa cocina iluminada por la mortecina luz de una lámpara de petróleo.

—Jaque Mate —dijo de pronto uno de ellos, el más alto de los seis, extendiendo sus naipes en abanico sobre la mesa.

—¡Aggh! —Exclamaron los demás con frustración, unos mesándose los cabellos, otros mirando al techo pidiéndole a Dios paciencia.

—¿Hasta cuándo vas a entender que esto no es ajedrez, Aldebarán? ¡Esto es Póker! ¡PÓKER! —Bufó un joven vestido con una reluciente armadura dorada, apoyando la espalda contra el respaldo de la silla con brusquedad y arrojando sus cartas sobre la mesa, con aire de fastidio.

—Pues disculpa —recalcó la palabra "disculpa" con sarcasmo —que desconozca las reglas de tus juegos vulgares. Lamentablemente yo no frecuento las cantinas en mis ratos libres y por lo tanto no puedo practicarlos.

El aludido entrecerró los ojos, mirando al grandulón amenazante.

—¿Y eso que tiene que ver? —Contraatacó—. Te he explicado las reglas un millón de veces ya… se me ocurre que si no las entiendes no se debe a tu falta de práctica, sino a tu estupidez.

Aldebarán se levantó haciendo un gran estrepito, tirando la silla hacía atrás y mirando sumamente ofendido a su provocador. Este siguió sentado en su sitio, cruzó una pierna y le dedicó una sonrisa socarrona, incitándole sin palabras a que le lanzara un golpe.

—¡Basta los dos! ¿Es que se la van a pasar de pleito toda la noche? —Intervino un jovencito de aspecto frágil y femenino.

Los combatientes chistaron. Aldebarán volvió a tomar asiento, taciturno, apoyando el codo sobre la mesa y el mentón en la barbilla. Milo, el fastidioso (pues de él se trataba), volteó hacia otro lado para no verle la cara.

—¡Qué aburrido! —Se quejó Milo, pasado un rato.

—¿Y por qué no te largas? Mu me dejó el encargo a mí, tú no tienes nada que hacer aquí. Es más… —Aldebarán posó la mirada en Seiya, Shun y Hyoga, a quienes tenía justo enfrente —se supone que ustedes deberían estar haciendo guardia—. Miró a Milo y luego a Aioria, que estaban sentados a su izquierda—. Y ustedes deberían estar en sus respectivas casas, allá arriba, ¿qué no?

—Eh, bueno… nosotros… —comenzaron a replicar los chicos de bronce, pero fueron interrumpidos por Aioria.

—¡Calma tus ánimos, Alde, viejo amigo! Sólo venimos a hacerte compañía, no queríamos dejarte solo con tamaña responsabilidad.

—¡Ay, por Dios! ¡Vinieron de chismosos, qué! —Refutó Aldebarán—. Soy completamente capaz de cuidar de un niño de ocho años. Además tengo a Shiryu ayudándome.

Los demás no supieron qué responder a eso. La verdad es que habían acudido ahí movidos por la curiosidad de saber qué había pasado con Kiki, a quién Shiryu encontró inconsciente y desnudo tirado al borde de un acantilado… bueno, en realidad le había caído justo encima envuelto en una oleada de agua helada, mientras él hacía su rondín.

Los chicos de bronce justificaban su presencia alegando que el niño era su amigo, pero Milo y Aioria no. Ellos se presentaron así, sin más, cargando con el paquete de cartas. No tenían nada más qué hacer, se morían de aburrimiento. Hacía varios meses que no podían abandonar el Santuario por órdenes del Antiguo Maestro, que a falta de Patriarca suplía las funciones de este desde Los Cinco Picos, en China.

Mu, Aldebarán y Shaka eran los únicos Caballeros Dorados, de los cinco restantes, que no se aburrían. Mu no tenía tiempo; estaba demasiado ocupado haciendo cumplir los mandatos de Dohko, administrando el Santuario, repartiendo misiones entre los subordinados, y atendiendo los caprichos de Atenea, quién se había instalado en sus habitaciones de la Cámara Patriarcal. Aldebarán, en cambio, se entretenía con las cosas más sencillas: podía pasar horas tirado en la hierba, viendo las nubes pasar; o se abstraía contemplando las diferentes formas de los souvenirs que tenía por pasatiempo coleccionar durante sus viajes al extranjero, entre las misiones que le encomendaban. Y Shaka… bueno, aunque al primer vistazo también pareciera que perdía el tiempo sentado sobre su flor de loto, siempre tenía algo trascendental que discutir con Buda sobre las verdades del universo.

Aioria más o menos soportaba la situación. Cuando Marín disponía de algún tiempo, corría con ella y se perdían juntos entre las ruinas abandonadas, para platicar. Pero Milo… Milo la estaba pasando fatal, tanta pasividad iba acabar volviéndolo loco. En otros tiempos, cuando no tenía nada más qué hacer solía pasarla con las chicas… pero entiéndase que no cualquiera, jamás buscaba amazonas o seducía muchachas de las regiones aledañas. Él las buscaba en pueblos donde no lo conocieran. Y es que Milo estaba muy consciente de que siendo Caballero Dorado debía ser el ejemplo a seguir, dejando siempre una imagen impecable ante la gente. Le gustaba que al ir caminando por las calles del Santuario los soldados y los Caballeros de rango inferior lo saludaran con respeto; o que cuando paseaba por las plazas de Rodorio los niños lo señalaran y gritaran con admiración: "¡Ahí va Milo, El Escorpión! ¡Cuando sea grande quiero ser como él!". Milo, orgulloso, alzaba más la barbilla y caminaba con la espalda recta, asegurándose de que pudieran apreciarlo en toda su magnificencia.

Los tres Caballeros Dorados estaban armando un alboroto en la entrada de la casa. Cuando Aldebarán intentó echar a Milo y a Aioria, estos se las ingeniaron para atascarse en la puerta ayudándose de la corpulencia de sus cuerpos, que sus armaduras contribuían a hacerlos todavía más voluminosos. El par se reía de los esfuerzos inútiles de su compañero, que los empujaba levemente para desatorarlos; sabían muy bien que Aldebarán no usaba métodos más drásticos contra ellos —como usar un Gran Cuerno, por ejemplo —porque tenía miedo de echar la casa abajo, pues los muros de esta estaban carcomidos y debilitados por el salitre, desde el nivel del suelo hasta poco más arriba de sus rodillas (las de Aldebarán, se entiende).

—¡Ja, ja, ja! ¡Nunca lo creí de ti, Aldebarán; tienes brazos de señorita!

Aldebarán bufó molesto por el comentario. A todo esto, el trío de bronce se había sentado de nueva cuenta y ahora jugaba veintiuno con la baraja, muy quitado de la pena.

—¡Hey, ustedes! ¡Se me van saliendo ahorita, bola de gorrones! —Les gruñó el taurino.

—¿Y por dónde quieres que salgamos? Milo y Aioria ocupan la puerta —señaló Hyoga sin perturbarse ni quitar la vista de su juego.

—¡Pues por la ventana!

Milo y Aioria estallaron en carcajadas. Tales incoherencias no se oían de los labios de Aldebarán todos los días.

—¡AY, QUÉ ESCÁNDALO! ¡YA CÁLLENSE! —Vociferó una voz modorra desde uno de los cuartos.

De inmediato, todos la identificaron como la de Kiki. Los seis se dejaron ir al cuarto y al entrar encontraron a un soñoliento y malhumorado niño sentado en la cama y medio cubierto por unas mantas, restregándose los ojos. Shiryu, sentado frente a un escritorio, prendía una lámpara de aceite con dedos torpes, pues hasta hace unos minutos él también había estado dormido.

—¿Qué? ¿Sigue vivo? —Preguntó Milo con tono indiferente.

—Pues es obvio, ¿no? —Respondió Kiki mirándolo con enfado.

—A mí no me rezongues, tarado —espetó el escorpión, contrariado y molesto por el hecho de que ese mocoso no le mostrara pleitesía alguna—. Esta vez la hiciste buena, estás en un grave aprieto.

Kiki se volvió hacia Shiryu, esperando que le explicara a lo que se refería Milo, pero fue Aioria el que habló.

—El lugar al que te metiste está prohibido ¿Que no viste el letrero? Por lo visto todo te vale —dijo adoptando el tono de reprimenda que usaría un hermano mayor. Aldebarán rodó los ojos ¿A qué se debía tan repentina seriedad? —Espero que aprendas de tu temeridad —continuó Aioria—, tuviste suerte de haber salido con vida.

—No, pues quién sabe de que estés hablando, güey —respondió Kiki, usando el mismo tono irreverente que había utilizado con Milo.

Aioria, haciendo alarde de su poca paciencia, le dio un zape tan fuerte que lo proyectó de frente contra el colchón, haciendo que revotara. Kiki se incorporó pegando un chillido y llevándose las manos a la nuca adolorida. Milo sonreía con crueldad, regodeándose de que alguien le diera su merecido a ese majadero.

—¡Hey! ¡Heeey! —Gritó enfadado Aldebarán, sentándose a un lado del niño, rodeando su cuerpo protectoramente con ambos brazos y sobándole la nuca con una mano —¿Qué te pasa, Aioria, no ves que está convaleciente?

—¡Pues es que me saca de quicio! —Se defendió Aioria.

—Pues contrólate, ya estás grandecito, ¿no? —Aldebarán lo miraba reprobadoramente, haciendo que Aioria enrojeciera hasta las orejas—. Verás, Kiki —siguió Aldebarán, imprimiéndole a su voz un tono condescendiente, —desde que el Santuario es Santuario ese lugar al que te metiste está prohibido. El lago en su interior está consagrado a un dios insignificante del que nadie recuerda su nombre, por eso mismo se pone furioso si alguien allana sus aguas y no le rinde el culto que él exige. Como anteriormente había muchas víctimas, Atenea mandó construir ese templo y lo selló para evitar futuros incidentes.

—¡Oh! —Exclamó Kiki con entendimiento. Enseguida, esbozó una gran sonrisa y ensanchó el pecho, orgulloso —. Pues parece que yo salí bien librado, ¿no?

—Yo no estaría tan seguro.

Mu se abrió paso entre Seiya y Hyoga, estacionados frente a la puerta, y entró en la habitación. Se acercó a Shiryu y dejó sobre la mesa un pergamino enrollado. Sin voltear a ver a su alumno, le indicó con voz cansina:

—Kiki, será mejor que mires tu pecho.

Kiki se levantó el camisón para verse el pecho y descubrió que parte de su piel estaba traslucida y viscosa.

—¡AGH! ¿Qué es esto? —Profirió el chiquillo, horrorizado.

Todos soltaron una exclamación, a excepción de Mu, Shiryu y Aldebarán, que por ser quienes se habían ocupado del niño hasta el momento, eran los únicos enterados de lo que acontecía con su cuerpo.

—¡Eew, pero qué asco!

—¿Qué rayos es eso?

—¿Te duele?

—¡No lo toques, puede ser contagioso!

Tales eran los comentarios entre los cinco Caballeros restantes, acompañando sus palabras de las más diversas muecas y gestos que no hacían más que avivar la mortificación del niño, que a cada minuto su padecimiento le parecía a ojos vista mil veces peor de lo que era en realidad.

—¡Maestro, estoy seguro de que esta mañana no lo tenía! —Lo miró espantado y agregó con tono de ruego: —¿Qué es esta cosa? ¿Tiene cura, verdad?

Mu suspiró. No se sentía capaz de mirar al pequeño a la cara. Sus ojos se habían vuelto esquivos, buscando clavarse en cualquier parte de la habitación que no fuera su alumno.

—Kiki, ese dios te maldijo —dijo finalmente—, a lo mucho te quedan algunos días de vida.

—¿QUÉ?

Kiki miraba a Mu con ojos enormes, estupefacto ante la noticia.

—He pasado todo el día consultando los archivos de la biblioteca—. Mu desplegó el viejo pergamino que sostenía ante sí. Tenía unas cuantas líneas y estaban escritas en griego antiguo, de modo que más de uno se quedó en la ignorancia—. Este es el documento más detallado que encontré—, hizo una mueca, mezcla de resignación e impotencia—. Según esto, las personas que entraban en esa caverna y se sumergían en el afluente que yace en su centro, eran víctimas de una extraña enfermedad, presentando síntomas parecidos al tuyo al principio de la misma; luego, estos evolucionaban a una infección que se agravaba hasta abarcar todo el cuerpo, mermando las fuerzas del enfermo y haciéndolo postrarse en cama a causa de tremendas fiebres; y entonces…

—¡Un momento, Mu! —Interrumpió Seiya, señalando un punto del pergamino —¿Qué dice ahí? "…Los cuerpos de los enfermos empezaban a destilar un irrespirable tufo a putrefacción —empezó a traducir innecesariamente, provocando en todos los presentes un escalofrío —de modo que nadie podía acercárseles a menos que tuviese una gran fuerza de voluntad y… y… —Seiya titubeó antes de seguir —…y entonces, las más de las veces acompañado sólo de sus propios jadeos y gemidos de sufrimiento, el paciente… moría".

Al final, la voz del castaño se había vuelto un siseo casi inaudible, pero todos pudieron leer claramente la palabra "moría" de sus labios. Seiya, agachando su cabeza avergonzado por su imprudente entusiasmo al traducir lo que nadie le había pedido, tuvo la sensatez de ocultarse tras el cuerpo de Hyoga.

—¡Qué manera tan horrible de morir! —Concluyó de repente Aioria, mirando a Kiki con lástima.

Kiki reaccionó con pánico: se levantó de la cama y se abrazó de Mu con brusquedad, hundiendo la cara en su túnica, mientras lloraba estridentemente.

—¡No! ¡Aún soy muy joven! —Berreaba con toda la potencia de sus pulmones, moqueando la ropa de su maestro —¡No quiero morir! ¡BUUUU!

—Ten dignidad, Kiki —exhortó Mu, haciendo esfuerzos por no perder su propia templanza—. Lo único que puedo hacer por ti ahora es ayudarte a morir tranquilo, con el mínimo de dolor posible.

—¡AAAAY, NOOOO! ¡MAESTRO, POR FAVOOOR!

—Debe haber algo que se pueda hacer, Mu —intervino Shiryu, con la voz quebrada.

—No, imposible. Si hubiera, Atenea no hubiese tenido la necesidad de sellar el Templo.

Shiryu sintió que le daban una patada en el estomago. La verdad es que se sentía culpable por lo que le pasaba a su amigo.

En la mañana, una aprendiz de amazona le había dado el chivatazo de que había visto a un grupo de compañeros dirigirse hacia las ruinas prohibidas. Shiryu decidió supervisar la zona y de inmediato dio con los infractores: varios de los chicos que había atisbado en el Coliseo el día anterior, animando la pelea clandestina entre Kiki y el tal Demóstenes. Como la vez pasada, estos echaron a correr en cuanto lo vieron, dispersándose por todas partes. Shiryu logró echarle el guante a uno y de inmediato este le había confesado con lujo de detalles el motivo que los había llevado ahí. Shiryu, alarmado, corrió hacía el acantilado que le había señalado el aprendiz, buscando a los transgresores, y minutos después, Kiki le caía encima, desmallado.

Si tan sólo no lo hubiera menospreciado el día anterior, muy seguramente Kiki no hubiese sentido la necesidad de medirse las chanclas nuevamente con las de Demóstenes, y se habrían ahorrado todo ese problema. Shiryu se volvió desesperado buscando con la mirada la ayuda de los demás. Pero sus compañeros se limitaron a observar a Kiki con gesto solemne y triste, como si este ya fuera cadáver. Shun incluso ya derramaba lágrimas de pesar, llorando en silencio en su rincón a oscuras.

—Posiblemente haya una solución —dijo una voz suave y serena, inédita en la conversación hasta entonces.

Todos voltearon hacia la ventana; la silueta de Shaka, vestido con su armadura, se perfilaba por ella. Aunque la luz no era muy buena, se podía adivinar que tenía los brazos apoyados en el alfeizar, en la típica pose confortable que adopta alguien que carece de problemas.

—Puedes acudir con aquellas personas —sugirió tranquilamente el rubio ¿mirando? a Shiryu—. Después de todo, las maldiciones son algunas de las artes que deberían dominar. Mu…—Shaka hizo un movimiento: dirigía su rostro al de su compañero —¿Por qué no le cuentas? ¿No es tu gente quien conoce a esas personas mejor que nadie?

De la garganta de Mu surgió algo parecido a un gemido. Nadie lo notó, pero sus labios temblaban y se había puesto pálido. Mentalmente maldecía a Shaka por soltar tamaña negligencia. ¿Por qué siempre tenía que ser tan metiche?

—¿De qué está hablando Shaka, Mu? —Interrogó Shiryu. A esas alturas todos miraban al lemuriano, presionándolo sin vocalizar para que completara la información.

—De hechiceros —respondió enigmáticamente, en voz baja—. Pero créanmelo: acudir con ellos es pésima idea; son personas terribles con las que nadie debería hacer tratos. Olvídenlos.

Kiki berró más fuerte si cabe.

—¡No importa que tan terribles sean si pueden ofrecer una esperanza! —Replicó Shiryu con vehemencia —¿Acaso piensas dejar morir a Kiki sin hacer nada? ¿Tan poco te importa?

Mu miró a sus compañeros, detuvo su vista en Kiki (que seguía colgado de él llorándole en la panza) y finalmente posó sus ojos en Shiryu.

—Claro que me importa.

—¿Y entonces?

—Es que... —Mu titubeó a causa de los nervios; tenía la frente bañada de sudor. Aún así, se obligó a seguir hablando, aunque esto le suponía un gran esfuerzo—. E-está bien. Sepan que la gente que se dedica a la magia nace con un don especial, que les permite comprender el cosmos de una manera mucho más fácil de la que hemos tenido nosotros, los Caballeros. Por ello, los conocimientos que acumulan a lo largo de su vida son casi infinitos.

—Pero —continuó Mu —su saber no es algo que compartan tan fácilmente. Cada bruja o hechicero lo guarda como a un tesoro. Lo consideran tan valioso que siempre están ávidos de más, parecen pozos sin fondo. He escuchado, incluso, que viven peleando constantemente entre ellos, pues tienen la firme certeza de que el conocimiento de su enemigo pasará a ser parte de su ser si consiguen derrotarlo y matarle.

Mu miró a cada uno de sus compañeros, deteniendo la mirada por más tiempo en Shaka y luego en Shiryu. Y finalmente agregó a manera de conclusión:

—¿Y bien? ¿Aún creen que una persona así va a acceder a cooperar tan fácil?

—Bueno, pues considero que tu relato no tiene nada de temible —alegó Aioria—. Además nosotros no somos brujos, dudo mucho que quieran despedazarnos para ver qué obtienen.

Milo rió.

—Sí, tienes razón —le dijo a Aioria —. Las brujas esas deben de tener un precio además. De algún lado deben de sacar dinero para sus pócimas y sus menjunjes, ¿qué no? A ver —y Milo volteó con Mu —¿Cómo cuánto crees que cobren?

—¡Lo que cobren! —Se volvió a meter Aioria—. Podemos pagarlo. A lo que yo sé el Santuario está forrado de billetes. Y, Mu, tu administras aquí, ¿no? No debería haber problema si desvías alguno que otro fondo por ahí y se los das a Shiryu para que vaya a curar a tu discípulo. Aquí nadie dirá nada, ¿verdad, muchachos? —Les guiñó un ojo con complicidad—. Es por una buena causa.

Mu suspiró y negó con la cabeza lentamente, mirando a sus compañeros.

—Parece que ustedes no oyeron nada de lo que les dije. A ellos no les interesa el dinero —replicó con tono de fastidio.

—¿Entonces qué? Todos tienen un precio —contraatacó Milo —¿Dijiste que les gustaba estudiar? —Mu abrió la boca para responder, pero Milo no lo dejó—. En ese caso yo tengo muchos libros que ya no quiero. De Guillaume Apollinare… —los iba contando con los dedos —De Sade… El mentado Decamerón, cuyo autor no recuerdo…

—Yo tengo "El principito"—agregó rápidamente Aioria con entusiasmo.

—Yo tengo algunos manuales de construcción y de mecánica ¿Servirán?

—¿Tú también, Aldebarán? —Se admiró Mu, mirando ojiplático a su amigo. El tono de regañina que le dio a su voz disuadió a los demás de ofrecer más donaciones. Mu se sobó las sienes—. Miren, mejor olvídense de eso; será mejor que…

—No, olvídalo tú, Mu; no voy a dejar que Kiki muera —refutó Shiryu y se levantó de su asiento —. Iré con esos tipos y les pediré ayuda. Estoy seguro de que puedo pagar su precio, sino con dinero o libros, con trabajo o a ver qué—. Posó su mano en el hombro de Kiki—. Andando, Kiki.

—G-gracias, Shiryu —sollozó este separándose de Mu. Tenía los ojos rojos de tanto que había llorado.

—¡Yo también voy! —Dijo Shun al fondo del cuarto, dando un paso al frente.

Seiya asomó la cara desde la espalda de Hyoga.

—Cuenten conmigo también. Si esas brujas cobran mucho, es mejor si vamos más. El trabajo será mucho menos pesado.

Hyoga sonrió con suficiencia y se llevó las manos a las caderas. Era su forma de decir que él también se apuntaba.

—Muchachos…

Kiki tragó saliva con dificultad. Buscaba palabras para agradecer tamaña muestra de generosidad entre sus amigos, pero estaba tan conmovido que estas se agolpaban en su garganta y ninguna alcanzaba la superficie.

—¿Qué te parece, Mu? —Shaka sonreía, cambiando su peso al otro pie—. Te han dejado sin opciones, ya no puedes replicar. Sólo diles dónde localizar a esos hechiceros.

Mu apretó los labios. Tanta temeridad junta, a pesar de sus advertencias, le molestaba; pero no podía negar que la entrega incondicional de esos muchachos siempre acababa emocionándole.

—Está bien —su voz era áspera—. Los enviaré con aquellas hermanas. Creo que son las más confiables.

—¿Los teletransportarás? —Preguntó Aioria —¡Espera, deja que se lleven los libros!

—Está bien, pero apúrense.

Aioria, Milo… y Aldebarán corrieron a sus casas a velocidad luz y volvieron con los libros. En total habían logrado llenar cinco cajas manzaneras. Las dos que cargaba Aioria estaban a rebozar, amenazando con desbordarse en cualquier instante. Aldebarán le lanzó un vistazo, muerto de curiosidad por ver qué tanto había echado.

—¿Batman? —Preguntó incrédulo, alzando las cejas.

—Death Mask ya no las ocupa ahí donde fue a parar.


Continuará...