Lawrence, 1995.

Cuando el Impala se detuvo a su lado, Castiel estuvo a punto de arrodillarse y rezar dando gracias.

No es que le importara caminar; de hecho, lo consideraba una actividad sumamente saludable. Pero una cosa era caminar, y otra recorrer varios kilómetros cargado con una mochila a punto de reventar, mientras a su alrededor crecía la noche y las nubes amenazaban tormenta.

Lo cual era, hablando en un lenguaje que Castiel usualmente no se permitía a sí mismo, una auténtica mierda.

Pero aquel coche negro se estaba parando, de modo que el conductor debía haber sentido compasión por él. Naturalmente, Castiel sabía que hacer autostop era, además de ilegal, peligroso, pero caminar a oscuras bajo una tormenta tampoco parecía particularmente sensato. Además, el chaval que conducía el coche no daba la impresión de ser ningún criminal. Definitivamente tenía aspecto de ser uno de esos adolescentes que se meten en problemas, pero no de ser peligroso.

O eso esperaba. Porque iba a subir a ese coche.

Hola –saludó el conductor, acercándose a la ventanilla del copiloto y sonriendo a Castiel-. ¿Hacia dónde vas?

Lawrence.

Genial, yo también voy allí-. Le abrió la puerta y extendió la mano cuando Castiel se sentó junto a él-. Dean –se presentó.

Castiel –replicó éste estrechando la mano que se le ofrecía.

Encantado-. Dean puso en marcha el coche y le dirigió una media sonrisa amigable-. Bueno, Castiel, ¿qué hacías caminando por la carretera a estas horas?

El aludido torció el gesto.

En teoría, deberían haber venido a recogerme, pero mi hermano Zachariah ha retenido al chofer, y la hora era demasiado avanzada como para coger un autobús.

Mhm. ¿Eres del Saint Eustace?

En efecto. ¿Has reconocido el uniforme? –adivinó.

Ajá. He vivido toda la vida en Lawrence, así que no era difícil. Al fin y al cabo, sólo está vuestro colegio y nuestro instituto.

Castiel se calló lo que decían siempre sus compañeros de clase de los chicos del instituto. Dean estaba siendo muy amable.

Oye, ¿puedo hacerte una pregunta? –dijo súbitamente el conductor.

Por supuesto.

Dean lo miró de reojo.

¿Cómo es estar en un colegio en el que no hay chicas? Tiene que ser rarísimo.

Castiel se encogió de hombros.

No he conocido otra cosa, de modo que no me siento capaz de responder.

Claro. Pero no sé, tío, me sigue pareciendo raro. Quiero decir, ¿cómo os liáis con ellas, pues?

Castiel carraspeó, incómodo. Consideró mentir, pero sabía que no estaba bien. Además, nunca había tenido gran habilidad haciéndolo.

En realidad no... no te sé decir...

Dean lo miró con asombro.

Oh, vamos. Eres un tipo atractivo, Castiel Y debes de tener mi edad, ¿no? ¿Dieciséis?

Diecisiete –admitió el otro, sonrojándose ligeramente.

Pues mejor me lo pones-. Dean sacudió la cabeza-. Ya sé que en ese colegio os lavan la cabeza, pero, ¿no serás de los que no piensan acercarse a una mujer hasta el matrimonio, verdad? Porque, permíteme decírtelo, lo vais a hacer mal. Es una cuestión de práctica.

Castiel se removió, incómodo.

Simplemente no he tenido ocasión, ¿de acuerdo?

Ya-. Dean aún parecía escéptico-. Bueno, entiendo que lo de ser sólo tíos en clase dificulta las cosas, pero no es irremediable. Siempre puedes probar con chicas que conozcas en fiestas. O con las de la parroquia-. Le lanzó una sonrisa torcida y sucia-. Te garantizo por experiencia que las chicas de la parroquia están deseando cometer toda clase de pecados.

El otro se aclaró la garganta y trató de no poner cara a aquellas chicas; las conocía desde la infancia.

No voy a muchas fiestas –admitió en cambio-. Bueno, si he de ser sincero, simplemente no voy a fiestas.

Dean chasqueó la lengua.

Ésa es la clave del problema, está claro-. Estaban llegando al pueblo, de modo que el tema cambió súbitamente al preguntarle-: ¿Dónde te dejo?

Ah-. Castiel se encogió de hombros-. Me basta con llegar a la estación de autobús. Mi casa no está lejos.

De acuerdo.

Lawrence era una ciudad pequeña, de modo que el camino hasta la estación no fue largo. Dean y Castiel no volvieron a hablar durante el viaje, pero el silencio que siguió a la conversación no fue en absoluto incómodo, a pesar de todo. De hecho, Castiel se sorprendió pensando que se sentía más a gusto junto a Dean que junto a muchos de sus compañeros.

Hemos llegado –anunció Dean, un tanto innecesariamente, mientras aparcaba el coche.

Sí-. Castiel cogió su mochila y se liberó del cinturón de seguridad-. Esto... te estoy muy agradecido por...

Dean le quitó importancia con un gesto de la mano.

No ha sido nada, hombre. Espero que no te mojes en el camino a casa.

No creo que me sea posible mantenerme seco –replicó Castiel mirando al cielo, pero abrió la puerta y salió de coche de todos modos-. En cualquier caso, me gustaría darte de nuevo las gracias, Dean-. Concluyó cerrando la puerta.

Apenas había avanzado unos metros cuando oyó que el otro adolescente le llamaba.

¡Ey!¡Cas!

Se volvió hacia él, un tanto extrañado por la abreviatura.

¿Sí?

Sonriendo, Dean le tendió un pedazo de papel con algo escrito.

Escucha, el viernes voy a ir a una fiesta con algunos amigos. Si quieres unirte a nosotros, llámame-. Le guiñó un ojo-. No creo que sea una gran fiesta, pero al menos habrá chicas.