Lawrence, 1995
Comenzó con un sueño.
Sinceramente, apenas podía recordar en qué había consistido. Pero cuando Castiel se despertó, jadeando y con una mano cubriendo su erección, supo que en sus sueños la mano era de Dean.
Mierda. De verdad le estaba sucediendo.
Naturalmente que había notado lo que estaba pasando; Castiel admitía, incluso ante sí mismo, ser un tanto ingenuo, pero en absoluto era tonto. El modo en que apenas podía despegar sus ojos de Dean, el hecho de que oír su voz le hiciera estremecer, el vuelco que daba su corazón cada vez que el otro le tocaba. Castiel reprimía, por pura necesidad, su lujuria, pero estaba familiarizada con ella. Deseaba a Dean.
Hasta el punto de soñar con él, al parecer.
Castiel suspiró e introdujo la mano bajo sus calzoncillos. El problema, reflexionó mientras se acariciaba perezosamente, era que Dean no era un ser anónimo, ni mucho menos. Era, con diferencia, la persona a la que más cercano se sentía; estaban sus hermanos, por supuesto, pero su relación ellos era... particular, y no demasiado cálida, exceptuando tal vez a Balthazar y Anna, que en cualquier caso estaban lejos. Tampoco ninguno de sus compañeros de clase tenía con él una relación comparable al lazo que había formado con Dean en apenas unos meses.
Parte de la diferencia se debía a que Dean era tan... distinto. Castiel había sido criado en el estricto cumplimiento de las normas que su padre había diseñado para sus hijos, un credo asfixiante y hasta inhumano, a veces. Que padre desapareciera siete años atrás no significaba nada a los ojos de sus hermanos mayores, al parecer. Su plan y sus reglas continuaban siendo el camino por el que las vidas de Castiel y los otros discurrían.
No es que sus hermanos no se hubiera rebelado; exceptuando a Michael, Raphael y Zachariah, cada uno había hallado su manera de desafiar las enseñanzas recibidas en casa. Uriel encontraba auténtico deleite en los hallazgos científicos que se contradecían con el texto bíblico. Gabriel había participado en películas porno. Balthazar celebraba fiestas míticas que parecía inspiradas en Gomorra o en la Roma imperial. Anna practicaba el budismo. Rachel estaba saliendo con un hippie revolucionario llamado Inias. Lucifer... ni siquiera iba a entrar ahí.
Castiel era bisexual.
En realidad nunca había sabido si era rebeldía, una respuesta a la privación sexual en que vivía o algo que tomara raíces en lo más hondo de su ser. No estaba seguro, pero lo tenía muy claro. Le gustaban las mujeres, y los hombres también. Fácil.
Había sido fácil, al menos, hasta que el hombre que había abierto sus ojos a un mundo nuevo y le provocaba una lujuria impropia resultaba ser, por desgracia, estricta y exuberantemente heterosexual.
Cas suspiró y comenzó a mover la mano. Dean era... bueno, era como un pecado caminante, sonriente y amigable. Le animaba a hacer novillos; no lo había conseguido, pero la verdad era que su ritmo de estudio estaba decreciendo de un modo alarmante. Le provocaba para que bebiera o fumara, y Castiel, curioso, no sabía resistirse. Le buscaba chicas con las que pudiera tener algo, y... en fin, eso todavía no había ido demasiado bien. No era que Cas no quisiera, pero estaba un tanto falto de práctica. Dean siempre sacudía la cabeza, se metía amigablemente con él y le daba unos golpecitos en la espalda declarando que no pasaba nada, que ya lo conseguiría la próxima vez.
En algún momento, Castiel comenzó a desear que la mano de Dean no se apartara de su espalda.
Dean. Sus ojos verdes. Cada vez que Cas cerraba los ojos podía verlos; las miradas que compartían lo electrizaban. Su pelo, que parecía tan increíblemente suave que tenía que hacer auténticos esfuerzos para no ceder a la tentación de acariciárselo. Sus manos, fuertes y hábiles. La corta barba que quería sentir contra su piel. La boca, esa boca que Castiel casi podía sentir en sus labios, en su pecho, en...
Terminó.
Cas quedó tendido en la cama, todavía con la mano en los calzoncillos y tratando de recuperar el aliento. Dean. Dean era últimamente todo lo en que podía pensar, despierto y dormido. Y ahora, al parecer, también mientras se masturbaba.
Tenía un problema. Tenía un maldito problema.
Porque nunca le iba a corresponder.
