1995
Cas estuvo a punto de caer cuando llegó a las escaleras del porche.
- Vamos, Cas –dijo Dean, en tono alentador, y le ayudó a recuperar la verticalidad-. Ya casi estamos.
- Mhm.
Cas lo logró, aunque fuera sobre piernas inestables, y se amoldó, maleable, al costado de Dean. Éste lo sujetó con una mano, mientras buscaba la llave con la otra. Él tampoco estaba en las mejores condiciones.
- ¿Dean?
- ¿Sí? –preguntó, al tiempo que conseguía por fin abrir la puerta. Se volvió hacia Castiel y vio que sus ojos azules estaban abiertos y muy, muy cerca.
- ¿Dónde estamos? –preguntó el otro.
- En mi casa. No iba dejarte tirado.
- Ah. Gracias.
- De nada. Ahora camina, anda. No, hacia allí no... las escaleras, venga. Eso es, un pie detrás del otro. Muy bien, ahora vamos a la ducha.
- ¿A la ducha? ¿Por qué?
Dean suspiró y le respondió en voz baja; cuanta menos atención atrajeran, mejor.
- Porque te has vomitado encima, tío. ¿No te acuerdas?
Cas lo pensó.
- No –admitió, y no pareció importarte demasiado. En fin, eso era lo genial del alcohol. Nada parecía importar demasiado.
- Bueno, entra –susurró Dean, empujándole hacia dentro y cerrando la puerta tras de sí.
Castiel se tambaleó peligrosamente de nuevo, y Dean lo hizo sentar en la taza del váter.
- No vas a poder desnudarte solo, ¿verdad? –concluyó tras observarlo fijamente.
Cas se limitó a apoyar la cabeza contra la pared y musitar algo incomprensible.
- Sí, ya veo que no-. Suspiró y se agachó para ayudarle-. En fin, espero que no recuerdes esto mañana.
No parecía probable; el mayor de los dos amigos mantuvo un tarareo inconstante durante los siguientes cinco minutos, permitiendo obedientemente que Dean lo despojara de sus ropas y permaneciendo sentado mientras el otro quedaba desnudo a su vez. Tampoco opuso mayor resistencia a ser arrastrado bajo la ducha, aunque gruñó ante el impacto del agua fría.
- Shhh –dijo Dean, al tiempo que manipulaba el grifo para lograr calor, y Cas pareció conformarse. Tomando el jabón entro sus mano, comenzó a darle un repaso rápido buscando librarse del olor a vómito, y el otro, relajando súbitamente los músculos ante su contacto, pareció derretirse bajo sus manos. Dean tragó saliva y sacudió la cabeza para apartar el pensamiento que trajo consigo la palabra "derretir". Chocolate, negro y dulce chocolate, derritiéndose por el cuerpo de Cas, listo para ser recogido y saboreado por su lengua...
Joder, no. No podía pensar esas cosas. No de su inocente y virginal mejor amigo.
Pero era difícil no pensarlas. Mierda, era cada vez más y más difícil. Al principio le había confundido extraordinariamente aquella atracción (por Dios, era Dean Winchester, su nombre era conocido entre las mujeres en todo el estado de Kansas), pero luego había asumido que una cierta curiosidad era razonable. Al fin y al cabo, ya sabía lo que podía disfrutar del sexo con las chicas, de modo que era lógico plantearse otros horizontes. Sólo por probar.
Y si tenía que probar... pues no era tan raro sentirse atraído por su mejor amigo, que además resultaba ser innegablemente sexy, ¿no?
No. No, no, no. Curso de pensamiento erróneo de nuevo. No podía intentar nada con Cas. No era buena idea, y no creía que éste apreciara su interés.
Justo en aquel momento, Dean alcanzó el pelo de su amigo, que, había admitirlo, no estaba sucio, más allá de una leve sudor, pero que siempre había querido sentir bajo sus dedos. Cas emitió un gemidillo adorable y se restregó contra su mano. Dean tuvo que morderse el labio inferior para contener su propio gemido, y casi se le cortó la respiración cuando Castiel abrió sus increíbles ojos azules y los fijó en los suyos. Sintiendo que si seguía mirándole así cometería una locura, Dean bajó la mirada y casi saltó al comprender su error. Ambos estaban terrible, enormemente excitados.
Subrayaba lo de enorme. Joder con las proporciones de Cas.
El calor, se dijo desesperado. El calor, el agua, la piel de Cas bajo sus dedos, oírlo gemir bajo sus cuidados, lo muy, pero que muy bueno que el hombre ante él estaba...
De pronto, las manos de Castiel le tomaron por las caderas antes de deslizarse lentamente pero si pausa por sus costados. Dean contuvo la respiración y cerró los ojos cuando sintió cómo una de ellas ascendía por su cuello, se demoraba en la mandíbula, y terminaba anidando en su mejilla. No lo mires, se dijo. No lo mires, o...
- Dean –dijo Cas, sin aliento, y el otro hombre levantó la mirada. Castiel lo observaba fijamente, como si lo viera por primera vez, como si no hubiera visto nada similar en su vida. Dean tragó saliva y los ojos del castaño siguieron el movimiento de su garganta; él, a su vez, fijó la mirada en los labios de Cas.
Y luego, no sabía cómo, se estaban besando.
Los labios de Cas se abrieron bajo los suyos, y su lengua salió en busca de la del rubio. Dean la recibió con entusiasmo, retirándola luego para mordisquear el labio inferior de Cas. Éste pareció más que satisfecho con aquel tratamiento, y aferrando los hombros de Dean, lo atrajo hacia sí, reclamando más.
- ¿Dean?
Mierda. Oh, mierda, mierda, mierda. Ésa era la voz de su madre.
El aludido se separó bruscamente de su compañero y le plantó con firmeza una mano sobre los labios, que ya se abrían para protestar por la falta de contacto. Luego, abriendo sólo el pedazo de cortina que consideró necesario para que se le viera la cara, trató de aparentar la mayor inocencia posible.
- Hola, mamá –saludó con una sonrisa-. ¿Qué haces levantada tan tarde?
Ella sacudió la cabeza.
- Estaba dormida, pero te he oído ducharte-. Se fijó en la cantidad de ropa que había en el suelo-. ¿Quién está contigo?
- Cas –replicó su hijo, tensándose-. No os importa que se quede a dormir, ¿verdad? Está algo enfermo, y como al volver nos hemos caído en el jardín y manchado de barro, pensamos que una ducha...
- ¿Os habéis caído? –preguntó Mary, alarmada-. Dean, por favor, dime que no habéis tomado drogas.
- ¡Claro que no! –replicó éste firmemente-. Sólo un poco de cerveza, eso es todo.
Bueno, y vodka, y tequila, y alguna cosilla más, pero todo era alcohol.
Mary bufó.
- Ya sabía yo que no había que permitir que tu padre te comprara una cerveza cuando cumpliste quince.
Dean estuvo apunto de poner los ojos en blanca; como si hubiera sido su primera cerveza. Sus padres regentaban un bar, por Dios.
- Bueno, mamá, no te preocupes, estamos bien. Vuelve a la cama.
Ella suspiró.
- De acuerdo, cariño, pero llama si necesitas algo.
- Descuida.
Cuando Mary salió e la habitación, su hijo suspiró, aliviado, y se volvió de nuevo hacia Cas. Éste, por su parte, tenía la cabeza inclinada sobre un hombro, y parecía haber reanudado su siesta.
Dean no pudo evitar que se le escapara una sonrisa al ver lo dulce que parecía cuando estaba dormido. Era una pena, sin embargo, que no tuviera cuerpo para un poco más de acción; después de aquel beso, al rubio le hubiera gustado repetir la experiencia, la verdad.
Encogiéndose de hombros, apagó el agua y sacudió el brazo de su amigo.
- Cas –lo llamó-. Vamos, Cas, despierta.
- Mhm –murmuró éste, abriendo renuente los ojos-. ¿Qué sucede?
- Tienes que secarte –afirmó Dean, poniéndole en la mano una toalla, y comenzó a aplicar otra sobre su propio cuerpo-. Vamos, tú también.
Por un instante, Castiel contempló la toalla como si se tratara de un objeto de función misteriosa y compleja. Afortunadamente, aún parecía conservar algo de instinto, y pudo comenzar a frotarse con cierta torpeza, pero con bastante eficiencia.
- Eso es –lo animó Dean-. Mira, voy a ir a mi habitación para buscar ropa, ¿de acuerdo? Cuando termines de secarte, sal de aquí y busca la primera puerta de la derecha.
- Primera puerta de la derecha –repitió Castiel, con feroz concentración.
- Exacto-. Dean estuvo a punto de reír. Normalmente, Cas era capaz de recitar de memoria la Declaración de Independencia.
Dado que su amigo parecía ser capaz de coordinar sus movimientos, Dean pasó a su habitación y rebuscó hasta encontrar unos calzoncillos nuevos y una camisata vieja que le pudiera prestar. Mantuvo la puerta entornada y el oído atento, por acaso (en el estado en que se hallaba Cas bien podía confundir derecha con izquierda y terminar aterrizando desnudo y medio mojado entre John y Mary), pero Castiel fue capaz de acertar con la puerta correcta. Suspirando de alivio, Dean le pasó los calzoncillos, que alcanzó a ponerse sin ayuda. El intervalo necesario para que el rubio se girara para alcanzar la camiseta, sin embargo, fue demasiado para el pobre, y el dueño de la cama lo encontró roncando sonoramente sobre ella.
Encogiéndose de hombros, devolvió la camiseta al armario y se puso sus propios calzoncillos, manejando el cuerpo dormido de Cas hasta que ambos reposaron en la cama, cubiertos con la sábana. Dean suspiró, cansado pero satisfecho, y decidió no apagar todavía la luz. No sabía si al día siguiente Castiel recordaría el beso, y caso de que lo recordara, si se lo iba a tomar bien. Al menos podía observarlo y soñar.
Atento como estaba, no se perdió el repentino aleteo de las pestañas de Cas, ni su voz confundida al murmurar:
- ¿Dean?
- ¿Sí, Cas? –preguntó inclinándose sobre él.
Su amigo levantó ligeramente la cabeza y entreabrió los ojos, claramente inseguro.
- ¿Nos hemos besado antes? –preguntó, con el valor de los borrachos.
Dean se pasó la lengua por los labios y dudó un instante, pero decidió ser sincero.
- Sí, Cas, nos hemos besado.
Una sonrisa somnolienta se extendió por la cara del otro, que dejó caer de nuevo la cabeza sobre la almohada.
- Oh, qué bien –murmuró, todavía sonriendo, antes de volver a quedarse dormido; y al oírlo, Dean sonrió todavía más.
Y más que vamos a sonreír nosotros cuando pasen de los besos ^^. Pronto, señores, pronto. No será el siguiente, pero llegará pronto ;).
