1973-2002
Era un amor complicado, pero los de leyenda siempre lo son. O, al menos, eso fue lo que se repitieron a sí mismos durante treinta años. La verdad es que nunca supieron cuándo la leyenda había degenerado en farsa.
Algunas parejas se ven separadas por la muerte. Otras, por convencionalismos sociales. En algunos casos, el destino parece conspirar en su contra: sentimientos ajenos, accidentes, guerras. Las hay que se ven afectadas por contrariedades; las hay que se separan por disparidad de caracteres; las más espectaculares caen por ambición, lujuria, ira o traición. Algunas, las más heroicas y afortunadas, sobreviven a los pañales, las facturas, los cumpleaños de los suegros, la crisis de los cuarenta, el mal humor matinal, las canas y las rupturas de cadera, y viven felices hasta que uno de ellos empieza a contar los días que le separarán del otro más allá de la vida.
El caso de John y Mary no se correspondía con ninguno de estos.
Lo tenían todo. Los baches económicos nunca fueron graves. La guerra terminó antes de que comenzaran a salir. Nunca estuvieron enfermos. Criaron hijos sanos y felices que harían que cualquier padre se sintiera orgulloso. Nadie se interpuso entre ellos jamás. Tenían gustos similares, siempre se respetaron el uno al otro, carecían de ambición, y las únicas dos ocasiones en que fueron infieles tuvieron tan espectaculares y desastrosos resultados que no pueden ser consideradas sino como los detonantes de la ruptura, y no como las causas.
Pero algo fallaba. Años más tarde Bobby Singer, borracho y abrazado a su segunda mujer, murmuró somnoliento en la oreja de ésta que era la comunicación: los Winchester nacían con un ladrillo en la boca en el lugar en que debería hallarse la lengua. Fuera o no correcta su teoría, lo cierto es que algo se fue pudriendo lentamente entre John y Mary.
Malentendidos. Críticas. Miradas gélidas. Gritos. Portazos. Dientes apretados. Ausencias. Reproches silenciosos. Sexo de reconciliación. Y vuelta a empezar.
Treinta años. Treinta años, hasta que admitieron finalmente su derrota: por más que quisieran al otro, no eran capaces de procurarle la felicidad. La verdad es que, tal y como se produjo, el divorcio fue sin duda un escándalo, pero en modo alguno una sorpresa.
