Y por fin, señoras, por fin, el capítulo de algo-más-que-besos ;).

-Hola, Castiel.

Sobresaltado, el aludido casi saltó de la silla.

-¿Dean? –preguntó asombrado. Luego miró a su alrededor, nervioso; aquel sector de la biblioteca parecía desierto, pero bajó la voz, por si acaso-. ¿Qué estás haciendo aquí?

El rubio se encogió de hombros.

-He venido a verte, por supuesto –replicó, dejando la mochila sobre la mesa y tomando asiento al lado de su amigo.

Éste parpadeó.

-Pero, ¿cómo has logrado que te permitieran entrar en mi colegio?

-Ah, eso-. Dean se rascó la mandíbula-. Salté la valla.

Cas alzó una ceja.

-Así que supongo que para entrar en la biblioteca...

-Me he colado por la ventana, naturalmente –replicó el otro con una amplia sonrisa.

Castiel puso los ojos en blanco.

-A veces me inquieta que tengas este tipo de habilidades tan desarrolladas.

-No te preocupes –replicó Dean riendo en voz baja, al tiempo que le palmeaba la rodilla-. Sólo las uso con buenos fines.

-Y, ¿de qué fines se trataría en este caso?

Dean lo observó un momento, y luego pareció decidirse. Cas observó, fascinado (siempre era fascinante) la transformación de su amigo en peligrosa y elegante ave de presa sexual. Antes de que pudiera parpadear siquiera, la mano de Dean había abandonado su rodilla para trepar, sutil e insinuante, por el muslo de Castiel.

-Ya te lo he dicho. He venido a verte.

-¡Dean!-. Castiel se retorció, alarmado, y volvió a echar una ojeada a la habitación para asegurarse de que continuaban solos-. ¡Podría entrar alguien!

-No lo creo –replicó el rubio, inclinándose hacia él hasta rozarle el cuello con la nariz-. Estamos casi solos en el edificio.

Castiel respiró profundamente. Como no funcionó, respiró de nuevo, y buscó hasta el último resquicio de su fuerza de voluntad.

-Tengo que estudiar, Dean –dijo con firmeza-. Si más tarde me llevas a casa en el coche, podremos tener algo de tiempo para nosotros, pero ahora no puedo complacerte.

El otro chasqueó la lengua y suspiró, pero se separó de él.

.En serio, Cas, eres un empollón –afirmó con más resignación que resentimiento.

-Sabes que quiero ir a Harvard–replicó el otro.

-¿Y qué? Eres rico. No necesitas unas notazas.

-Pero deseo tenerlas-. Castiel empujó la mochila de Dean hacia su propietario-. ¿Por qué no pruebas a estudiar un poco tú también?

El rubio suspiró.

-Eres una mala influencia, ¿sabes? –dijo con reproche.

-Hay un fallo estructural en esa afirmación –opinó Cas con una media sonrisa.

-Lo que tú digas-. Dean lo miró de reojo y abrió su libro-. En fin, tienes suerte de ser un empollón sexy.

-Trabaja y deja trabajar.

-Sí, señor.

Por supuesto, y Castiel debería haberlo sabido, no era propio de Dean rendirse con elegancia: prefería, y con mucho, el juego sucio. Y, puesto que la seducción se le daba bastante mejor (y le gustaba bastante más) que lo fuera que estaba estudiando, no fue sorprendente que pronto volviera a la carga.

De un modo sutil, eso hay que admitirlo. Si al tomar prestado un bolígrafo del estuche de Castiel rozaba la mano de éste, ¿quién se lo podía reprochar? Y, por supuesto, que al abrir las piernas para ponerse cómodo tocara con la rodilla el muslo de Cas podía deberse a la casualidad. Dibujar un CasxDean en el margen de su libreta ya podría ser considerado más provocador, pero fue cuando comenzó a chupar y lamer rítmica y sonoramente el bolígrafo que Castiel le había prestado cuando éste último se rindió. Con un suspiro, dejó caer la cabeza sobre el libro que se hallaba ante él y gimió, frustrado.

-No voy a poder volver a mirar ese bolígrafo sin dejar volar la imaginación.

Dean rió y le acarició cariñosamente el pelo.

-Déjala volar. Es sano.

Cas gruñó.

-Te odio.

-Lo puedo arreglar –afirmó Dean con voz insinuante, al tiempo que se arrimaba de nuevo a su amigo-. Cinco minutos en mis manos y me dirás algo bien distinto.

El castaño alzó un párpado y lo fijó en él, tratando con muy poco éxito de ocultar su interés.

-¿Y qué, exactamente, ofreces hacerme con esas manos?

Castiel descubrió lo que Dean tenía en mente unos treinta segundos más tarde, cuando la puerta del cuarto de baño de la biblioteca se cerró a sus espaldas y la mano del rubio se abrió paso entre capas de ropa hasta quedar enterrada bajo sus calzoncillos.

-¡Dean!

-Shhh-. Le sonrió, travieso-. No querrás que nos oigan, ¿verdad?

Cas sacudió la cabeza y se mordió el labio inferior.

-Podríamos hacer esto en tu coche –murmuró.

-No quiero esperar hasta llegar al coche –replicó Dean con la voz ligeramente entrecortada-. Y si te vieras con ese uniforme de niño pijo tú tampoco querrías esperar. Dios, Cas, me pones a mil.

Castiel contuvo un gemido y se movió contra la mano de Dean, que hacía maravillas entre sus piernas. El rubio rió y se inclinó para darle un beso, un beso sucio y lleno de lengua, saliva y promesas de pecar.

-Más –jadeó Castiel, respirando entrecortadamente.

Dean esbozó una de sus sonrisas torcidas e insinuantes.

-Te haces el estrecho, Cas, pero luego...

-Más –gruñó, tirando de la camisa de Dean para atraerlo hacia sí, y esta vez fue él el que lo hizo callar con un beso.

-Eh, no te engañes –replicó Dean, entre lametones a su cuello-. Me encanta que tengas esa apariencia de niño bueno, y luego seas una fiera para el sexo-. Se separó sólo unos centímetros para mirarlo de arriba abajo, pero Cas protestó por la falta de contacto y lo atrajo de nuevo hacia sí-. Como ahora –. La voz de Dean había enronquecido; Cas lo miró a los ojos y se perdió en sus pupilas dilatadas-. La camisa a medio desabrochar, la corbata suelta, mi mano en tus pantalones. Y si hago así con la mano... –Cas se retorció ante el cambio de ángulo, como el otro esperaba. A esta alturas ya sabía qué volvía loco a su compañero-. Apuesto a que ahora mismo no te importaría ni que entrara aquí mismo el director del colegio-. Le chupó suavemente el lóbulo de la oreja, y luego le susurró al oído-: Joder, Cas, de veras que me encantas.

El castaño soltó un gemido y mordió el cuello del rubio con fuerza.

-No hables tanto –suplicó, jadeando, y tiró de la de su camiseta de su compañero hasta sacársela por la cabeza. Cuando lo logró, se retorció al ver la expresión de Dean. Era una expresión que decía... decía... "vas a pajearte tres semanas seguidas con lo que viene a continuación". O similar.

Como si lo que acababa de suceder en los últimos minutos no hubiera ido directo al cajón mental que Castiel privadamente titulaba "libido desaforada".

Primero lo distrajo con un beso rápido, pero provocador: todo labios, mordisquitos suaves y apenas algo de saliva para ayudar; un beso que lo dejó hambriento de más, y entonces lo sorprendió de nuevo dejándose caer de rodillas.

-Dean, ¿qué...?

-Shhh-. El rubio le soltó el botón del pantalón y le guiñó el ojo-. No quieres que hable tanto, ¿no? Usaré la boca para algo que te guste más.

En descargo de Cas, hay que decir que la mayoría de sangre de su cuerpo no viajaba precisamente hacia sus neuronas, (eso era una realidad biológica), de modo que no es de extrañar que para cuando entendió lo que iba a suceder ya tuviera el pantalón del uniforme por las rodillas.

-Espera, espera –dijo, sin aliento-. ¿De verdad vas a...?

-Ajá-. Dean no le miró a los ojos al responder; parecía tener la mirada y las manos ocupadas en una sola zona. Como si le estuviera tomando medidas, por así decir. Castiel contuvo un escalofrío al darse cuenta de por qué-. No eres tan listo para ser un empollón, ¿no?-. Le sonrió, con aquella sonrisa que podía derretir helados, acero de tanques, y hasta el corazón de Cruela de Vil, si se lo proponía-. Pero supongo que sigues siendo mono.

Castiel tenía una respuesta para eso, en el fondo de su alma sabía que tenía una respuesta. Pero lo que fuera que quería haber dicho quedó perdido a continuación: durante un período de tiempo indefinido sólo existió Dean, los labios de Dean, los dientes de Dean, arriba y abajo, calor, saliva. Ah, Dios, estaba casi, y probablemente aquello no era más que una mamada inexperta y chapucera desde el punto de vista técnico, pero tenía diecisiete años, era la primera de su vida, la persona que más quería en este mundo estaba allí, con él, haciéndole aquello, queriéndole con su alma y su cuerpo y su lengua, su lengua ahí, y, ay, Dios...

-Dean –dijo con urgencia-. Dean, ya.

El rubio se puso en pie, pero no se detuvo. Hundió una mano en el pelo de Cas, al tiempo que la otra seguía trabajando entre sus piernas, y comenzó a murmurarle algo al oído, Castiel no sabía bien qué. De golpe todo era blanco, y flotaba; sus rodillas se habían derretido hasta hacer que tuviera que apoyarse en la pared del baño para no caer.

Permaneció así un momento, respirando hondo y tratando de comprender lo que acababa de suceder. Porque, desde luego, fuera lo que fuera que esperaba al salir de casa aquella mañana no era recibir sexo oral por primera vez en su existencia.

De pronto se dio cuenta de que el rubio seguía apoyado en su costado, totalmente inmóvil.

-¿Dean? –preguntó, preocupado-. ¿Estás bien?

El aludido murmuró algo incomprensible contra el hombro de Castiel.

-¿Cómo dices?

Dean suspiró.

-Digo que me he corrido en los pantalones sólo de oírte, Cas. Pero si te ríes, te juro que esta mamada será la única de tu vida, porque te la corto.

Castiel no se rió. Le dolían las costillas, le dolía la cara, y su cuerpo emitió una especie de vibración a causa de la hilaridad contenida. Pero no se rió.

En cambio, acarició el labio inferior de Dean con el pulgar despacio, con ternura.

-Espero que no sea la única –admitió-. Pero la próxima vez me gustaría ser yo el que te la hiciera.