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#03 - Muérdago


Ya era Diciembre, y por una razón que todavía no contemplaba, Madame Red asistía a muchas fiestas… bueno, más de lo normal

Sólo llegaba de trabajar y enseguida se metía al baño, de ahí pasaba a su cuarto, y al final, salía muy bien vestida, maquillada y glamorosa. Tomaba su abrigo y diciendo un "Ciel, pórtate bien y cuida la casa" se iba a-quien-sabía-donde con quien-sabía-quién

Era una mujer alegre, muy parlanchina y pícara, por eso tenía amigos varios y pretendientes decididos. Aún si habían pasado años desde que su marido murió –según escuchó -, no lucía interesada en casarse o presumir una pareja estable

Con ello, casi nunca traía desconocidos a casa, a menos que fuese Lizzy y a ese tal Lau con Ran-Mao; a veces la visitaba un sujeto perturbador apodado Undertaker, ¡y claro! Nunca faltaba su gran… amigo- ¿o amiga?- llamado Grell con su ¿novio? William… pero de ahí en fuera, nadie había tenido el placer de conocer el espacioso departamento

Claro, hasta esa noche

No encontraba problema alguno en que quisiera salir y no volver hasta bien entrada la madrugada… no obstante, ¿por qué ahora tuvo tal acto de sociabilización? ¿Quién querría hacer una fiesta en su casa cuando todos los conocidos eran una panda de delincuentes? –suponía-

Ya se le había hecho extraño que estuviera tan contenta y comprando más cosas de lo normal, arreglando y preparando detalles que ni sabía que existían

Debió verlo venir cuando se apareció frente a él luciendo un coqueto y atrevido vestido rojo mientras decía "¿Cómo me veo, Ciel? ¿Crees que impresionaré a unos cuantos?"

La señal obvia fue la presencia del gato vecino, quien comentando un "¿Quiere que lo ayude a vestir? ¿O lo hará Madame Red?", también estaba arreglado muy bien a pesar de tener una dueña que gustaba de conjuntos raros y cursis

No portaba nada ostentoso, en realidad sólo un saquillo negro y una corbata del mismo color con una pequeña rosa de adorno en el bolsillo del pecho

Eso debió ser una mala señal… y por eso estaba ahí, rodeado de personas que no conocía y que hacían demasiado ruido, que comía y bebía cosas extrañas, sin olvidar que se movían al ritmo de la música con mal gusto

No iba a armar un escándalo, sin embargo

Sabía comportarse, y lo haría mejor cuando sabía que de diferentes formas estaba siendo observado y evaluado. Era una cuestión de orgullo y vanidad al no ser un cachorro cualquiera

Miró de reojo a Sebastián, quien hablaba con Finnian, Bard y Maylene: ellos también portaban adornos particulares… ninguno se veía mal, aunque no entendía qué les había dado a sus humanos para disfrazarlos

Bueno, él no se salvaba precisamente: eso le decía el sombrero de copa azul rey que Madame le puso antes de que llegaran los invitados

-Luce como un verdadero Conde- se le acercó el felino

-Y tú como un verdadero mayordomo –suspiró -¿Quién te hizo el traje?

-Elizabeth - ¿por qué no le sorprendía? – Al igual que su sombrero

Se horrorizó por un segundo, fue inevitable ante la idea de formar parte de sus bizarras creaciones

-No se angustie –animó como adivinando su pensamiento – Ella es una respetable modista: las cosas que confecciona se ven hermosas, por ejemplo… -señaló al trío de perros invitados – Lo que usan también lo hizo ella, y les queda a la perfección – era cierto – Más aún: lo que usted usa le sienta de maravilla

-Supongo- dejó pasar ese halago, no era momento de distraerse con palpitaciones inesperadas- ¿Pero por qué?

-¿Hm?

-Sí, ¿por qué quiso hacerlo esta vez? Si el punto era vestirnos, podría ser cualquier día

-Es que es Noche Buena –sonrió con amabilidad- Es un día especial

¿Por eso era la fiesta y tantas personas acumuladas? Los humanos sí que encontraban pretextos para perder el tiempo

-También habrá intercambio de obsequios – se acercó al deslumbrante árbol ricamente decorado y rodeado de cajas de colores –Es como una sustitución de Santa Claus: él ya no le trae regalos a las personas mayores

Qué bueno, porque no podría controlar su instinto de morder un rojo trasero

Se avergonzó de sí mismo

-Pero eso será hasta pasada la media noche – con ese traje y esa pose, se le figuró un mayordomo instruyendo a su… Joven Amo – Mientras tanto, cenarán un enorme pavo, cantarán y bailarán, entre otras cosas típicas de la época

-¿Suelen hacerlo? – como era su "segunda navidad" no tenía una idea desde cuando venían respetándose esas… tradiciones

-Así es - agitó su cola de una forma serpenteante –No es tan aburrido como lo piensa

-…

-Confíe en mí: algunas cosas son muy interesantes

-¿Ejemplo?

-No querrá que se lo arruine ¿o sí?

Odiaba cuando se hacía el misterioso

A diferencia del resto de los cachorros –y probablemente de su especia-, no le gustaban las sorpresas, ni siquiera si le traían beneficios

Era mejor saber todo y prepararse, que improvisar de manera patética… aún dentro de esto, siempre estaría Michaelis para recibir lo peor y después volver a su lado. Era el trabajo de un mayordomo

Sin embargo…

Hubo un movimiento en el lugar

Todos dejaron sus entretenimientos y a la señal de la anfitriona, la multitud caminó hacia otro cuarto

Si era un mayordomo, ¿a cambio de qué estaba trabajando? No se lo planteó antes

-Parece que ya van al comedor –lo escoltó con elegancia -¿Vamos?

Nadie hacía las cosas sólo porque sí

Todo tenía un precio, incluso la lealtad

En el tiempo que llevaba conociéndolo… poco más de tres cuartos de su vida, el felino de ojos rojos permanecía a su lado con calma y cuidado, instruyéndolo y protegiéndolo –aun recordaba cuando lo defendió de esos perros italianos-. Entendió aquello, a su tiempo, como algo natural puesto que así fue desde el inicio… pero ahora… ¿qué quería de él?

Lo observó junto a la columna quieto, apacible como una estatuilla de la decoración

Nadie hacía las cosas sólo porque sí, ni siquiera Sebastián Michaelis, un gato tan astuto y perfecto que obtenía por medios inimaginables lo que deseaba

Le sonrió cuando notó que lo miraba. Afiló más sus azulinas pupilas

Si aún no le pedía algo, pronto lo haría. Estaba seguro

El punto era, ¿estaría dispuesto a darle lo que solicitara? ¿Necesitaba a ese animal al grado de ceder algo, como si se tratase de un contrato?

No lo sabía

La cena transcurrió con el ánimo propio de los humanos

No prestó atención puesto que nadie le pedía opinión y el pedazo de carne que le dio la pelirroja era de mayor importancia

De todos modos, no podría estar tranquilo sólo con eso. La cuestión antes planteada era básica

En vista de ello, sólo quedaba enfrentarlo

No había opción ni por su propia forma de ser, ni por la de Michaelis, quien a juzgar por su actitud y curvatura de labios, ya debía saber lo que planeaba

Así era ese felino: parecía saberlo todo

Y ahí estaba él, un simple perrito que realmente no sabía cómo manejar a alguien así

Detestaba sentirse inferior

Terminados los alimentos, volvieron a la sala

La anfitriona sacó algunas botellas de apariencia extraña y unas cosas raras adornaban lugares específicos del techo

Lucían como… piñas… ramas… algo con florecillas

-Son muérdagos –llegó de pronto su vecino – Dice que son portadoras de buena suerte

Otra cosa tonta que inventaban los humanos

-También es considerada una planta mágica que protege de las enfermedades y un símbolo de paz, además de un potente amuleto

-¿Por qué me dices esto?

-Pensé que sería adecuado que lo supiera

-No me refería a eso – le observó con severidad- ¿Qué pretendes precisamente, Sebastián?

No se notó confundido, aunque tampoco dijo algo

Él mismo todavía no sabía qué conseguiría si se quedaba por siempre a su lado… pero sería natural, ¿no? Sólo debía ponerle términos y condiciones a un contrato establecido en silencio

Esperó

-Usted… - dijo despacio - ¿Sabes cuál es el detalle más interesante de los muérdagos?

¿Eh?

Se ubicó justo debajo de esa rama seca, y por la forma en que lo invitó, acudió junto a él con la confusión bien disimulada

Lo miró con profundidad, demandando una respuesta

-¿Qué quieres a cambio, Sebastián?

-Tiene razón – inició –Los humanos siempre encuentran el modo de perder el tiempo

-…

-Nosotros somos así, en cierto sentido –sonrió apenas- Tú y yo… -era la primera vez que se dirigía sin respeto –… en particular entendemos eso… -bajó un poco la vista -En particular, nos entendemos tú y yo

-Los humanos se besan debajo de muérdago

Se quedó quieto al notar cómo se aproximaba lentamente a él

No reaccionó al percatarse de la poca distancia que ya los separaba

Miró paralizado sus rojas pupilas inusualmente brillantes, amenazantes, unas que le demostraron que estaba a su merced

Quizá siempre había sido así…

Pero también era cierto que encontraba la exitosa manera de resistirse, y eso a Michaelis le gustaba

Le gustaba

Recibió su objeción el contacto seguro que sus labios tuvieron

Se permitió cerrar los ojos, en busca de grabar para sí el recuerdo de esa presión que no había conocido antes

Fue consciente de que con eso se sellaba el contrato, porque ambos establecieron con ello las condiciones:

Él quería que ese gato estuviera siempre a su lado, protegiéndolo y obedeciéndolo, guiándolo y recibiendo la crueldad que sus futuras acciones pudieran derivar

Sebastián lo quería a él con todo lo que representaba: sus incomprensiones, sus debilidades, el frío corazón y el alma que se mantenía pura a pesar de conocer desde el inicio la oscuridad

Sebastián quería su alma

Se separaron en silencio

Ambos sonrieron cínicamente al mirarse: el mensaje había sido recibido y las condiciones aceptadas

En tal caso, no quedaba más por hacer

-Joven Amo –extendió más la curvatura - ¿Sabe? Aún seguimos debajo del muérdago

Suspiró, pero lo comprendió y procedió

Volvió a besarlo

Si esto llegaría a pasar cada Diciembre… bueno, quizá ya no estaría tan fastidiado

Sebastián tendría que estar ahí

Era el deber de su gato mayordomo