Kuroshitsuji y sus personajes no me pertenecen. Son de Yana Toboso.

En dedicación a Rin Taisho, disfrútalo ^^


Debí saberlo, nunca me quisiste en realidad. No era más que tu aperitivo, un trofeo por el que luchabas ¿No es así? De cierto modo sigo siendo el mismo masoquista de siempre, dado que aun te quiero.

No te amo, ya no podría hacerlo después de tanto tiempo, pero aun te quiero aunque no lo merezcas.

Siempre recordaré, con más cariño que mismo desdén, todas las experiencias que me permitiste pasar a tu lado. Ciertamente esto es más culpa mía que tuya, culpa mía por pensar que un demonio como tú podría amar plenamente... Supongo que lo intestaste, con eso es más que suficiente, o almenos para mi yo racional, porque mi corazón no ha tenido suficiente. Sigue anhelándote como siempre.

Mis ojos azules veían un apoyo, tus ojos rojos veían una presa indefenza. Eres como los árboles en la noche, esperando a atrapar algún inocente de paso, y vaya ironía, he sido yo el inocente.

Yo el frío, sin escrúpulos y sangre fría cayó bajo el viejo truco. Debería haber aprendido más de tí en vida que solo usarte como mi aliado y amante. Tus técnicas me hubieran sido bastante útiles. Tienes una belleza hipnotizande y una naturaleza manipuladora. Manipulador manipulado.

Tienes mi permiso para reirte, aunque ni siquiera te importe el hecho de que te has llevado todo lo que te dí, y todo lo que yo tenía. Estás esperando el dulce momento en que me des ese último beso y te apoderes de mi alma. No te daré ese gusto, querido mio.

No te permitiré rozar mis labios una última vez y permitirte que consumir mi alma sea algo satisfactorio. Eres mi mayordomo y lo serás hasta el momento en el que mi cuerpo caiga frío e inerte al suelo. Por ende, te ordeno que me hagas sufrir lo más posible mientras consumes mi alma.

¿Que no puedes hacerlo? Entonces aún me quieres... Que pena por tí, pero esa será mi orden final. Quiero que sufras en el proceso, que mis gritos inhumanos retumben silenciosamente en tus oídos, que sueñes con mis lágrimas y el desespero de mi mirada al verte, la desesperanza de mi fe. Quiero que llores mientras consumes mi alma, para que entiendas como me hiciste sentir.

Soy cruel, soy malvado y vengativo, es verdad. Pero esto es así porque tú así lo quisiste. Eras el único con quien me abría, y dejaba ver mi yo vulnerable, pero te aprovechaste de ello.

Todo en esta vida tiene un precio, pero por lo visto a pesar de que has tenido tantas vidas, nunca habías tenido que pagar un precio. Tengo el honor de ser el primero en cobrarte. Tus ojos ruegan por un "No lo hagas, Ciel" " No quiero que sufras más", pero es tarde ya. Yo quiero ese sufrimiento, anhelo ese dolor, anhelo el pánico de tu mirada.

Sebastian se quedó helado en su sitio, mientras Ciel se desvestía y se sentaba en su cama. No tenía más que un camisón de seda blanca y transparente.

Podía ver el sudor bajar por la garganta de su mayordomo, mientras su cara se enrojecía por la sofocación, y la insinuación del deseo se asomaba por sus pupilas, que se tornaban de un tono escarlata. Al verlo de esa forma, el peliazul sonrió y se quitó el parche.

-Sebastian.

-¿S-Si?

-Ven aquí por favor.

Con mucha parsimonia, e incluso miedo, el mayordomo se acercó a su amo.

-Acuéstate.

Cuando Sebastian terminó de acostarse, Ciel se sentó encima suyo y comenzó a jugar con su cabello, al tiempo que lo miraba a los ojos y sonreía.

-C-Ciel...

Tomó su rostro y le plantó un beso, que el pelinegro devolvió con lujuria, deseo y desesperación. Cuando el beso estuvo por llegar a su punto más placentero, Ciel lo detuvo abruptamente. Comenzó a desabrochar los botones de la camisa de su mayordomo y se dispuso a jugar con su abdomen.

-No sigas, te lo ruego.

-No puedes darme órdenes, eres tú el que las recibe- Besos en el cuello, montones de ellos que hacian a Sebastian entremecerse. Aunque era una tortura, de cierto modo lo estaba disfrutando. Fue entonces cuando Ciel procedió con su pantalón.

-N-no...

Desabrochó los botones, y bajó su pantalón.

-Henos aquí, reviviendo una aventura de amantes pero con masoquismo aunado, proveniente de ambas partes.

-Deja de bromear, Ciel.

-Hazlo ya, debora mi alma.

-¿Qué?

-Lo que he dicho, haz mi alma tuya.

Es verdad que Sebastian debía acatar órdenes, má sin embargo, no lo haría esta vez. Estaba decidido en que no consumiría a Ciel. Lo tomó de la barbilla, y sonrió como antes.

-Haré lo que ordenas, pero no será precisamente tu alma lo que haga mío.

Sorpresa en los ojos del peliazul. Sebastian lo cargó hasta la enorme bañera del baño privado.

-¿Qué crees que estás haciendo?

-Desobedecer, ¿Qué no es obvio?

-De todo este tiempo, tenías que escoger este instante para rebelarte ¿Por qué no terminas con todo esto de una vez?

-Porque estoy arrepentido. Porque no quiero devorarte, quiero ver tus ojos por más tiempo- decía el pelinegro mientras se adentraba en la bañera y acariciaba las piernas de su amo.

-N-no... ¡Detente en este mismo instante!

-No puedo, ni quiero- respondió este plantándole un beso a su amo, que no devolvió.

-Basta Sebastian. No quiero nada contigo.

-Yo se qué es lo que quieres.

Afortunadamente, Meyrin, Bar, Finny y Tanaka estaban en la casa vacacional de Ciel, por lo tanto no pudieron escuchar los gritos y las risas de placer emanados de aquel baño privado, el baño del peliazul.

Esa misma noche, Sebastian se acostó a su lado.

-Eres un bastardo.

-Pero me amas, tanto como yo a tí.

-Esto no ha terminado- dijo Ciel sacando una daga que estaba bajo su almohada y clavándocela a sí mismo.

-Ciel ¿¡Qué haces!?

-Dejarte sin opción- respondió con una sonrisa triste -Lo siento Sebastian, tendrás que deborarme o me perderás para siempre.

Indescriptibles sensaciones las que tuvo Sebastian. Sintió que su corazón se detenía, se arrugaba y se volvía piedra. Las lágrimas empezaron a salir de sus ojos incontroladamente mientras sentía un raro vacío en su estómago. Su pecho ardía y sus piernas flaqueaban.

Sin más opción, besó a Ciel y se adueño de su alma.

Estuvo toda la noche llorando, abrazando el inerte cuerpo de su amo. Lloró y gritó de impotencia, estaba en un ataque de pánico, dolor, y mucha ira. Destruyó todo lo que encontró a su paso. Todo este tiempo creyó que era el alma de Ciel lo que quería, y sin darse cuenta hirió a lo que realmente quiso: él. Se dio cuenta muy tarde que todas esas noches de amor, sexo y pasión eran reales y no un engaño. Había perdido todo lo que quedaba y era por su propia culpa.

Esa noche dejó el broche de mayordomo sobre el salón principal, y volvió al mundo de los demonios, donde enterraría el cuerpo de su amado peliazul.