CAPITULO II
-¡Empiecen de nuevo!- su voz era fuerte, incluso lo suficientemente fuerte para que, si guardaban silencio por unos segundos, los campesinos arando los campos cercanos escucharan el tenue eco de ella resonando entre sus surcos y agradecieran no estar frente a frente con la maestra tierra. Dentro del dojo esa voz inspiraba respeto, obediencia y respeto… y mucho miedo
-¡Uno, dos!- El coro de voces respondió. Desde su flojo inicio hasta la docena de muchachos y muchachas, la mayoría más grande que ella, Toph había forjado un compacto y disciplinado grupo de estudiantes. La ironía nunca se perdía cuando veía a sus discípulos que ella, la que había roto posiblemente más que unas cuantas reglas en diversas naciones y ciudades, una fugitiva que causaba estragos, había formado. Y sonreía cada vez que lo recordaba. Tenías que ser fuerte para hacer las reglas, pero más fuerte para romperlas, sin embargo algo que aprendió es que el orden era necesario y que un grupo de gente motivado y disciplinado era más mortal que cualquier ejército. Guerra de guerrillas, así lo había llamado Iroh. Desestabilizar un gobierno, quebrar sus bases inflexibles para que se tambaleara y cayera. Iroh pasaba gran parte del año en Ba Sing Sei administrando su negocio y ella, que sentía una profunda amistad por el retirado genio militar amante del té, procuraba visitar y platicar al anciano que resultaba ser el general más talentoso de su generación.
-¡Vamos, más fuerte!-
-¡UNO, DOS!-
-¡Parecen maestros agua!-
-¡UNO, DOS!-
- ¡Como roca!- dijo golpeando el suelo con su pie desnudo y haciendo que el piso se moviera debajo
A la indicación de su maestra, todos los estudiantes permanecieron quietos, algunos tambaleándose y otros cayendo a tierra. Negando con la cabeza Toph se volvió a dirigir a su grupo.
-¡Ya saben que hacer señoritas!-
Una afirmación colectiva respondió y cada grupo de estudiantes se dedicó a entrenar de la manera en que su maestra les había indicado. Un reducido grupo se vendo los ojos y empezó a manipular monedas y otros pedazos de metal, otro mas, sin los ojos vendados, estaban practicando mover monedas y el último grupo y el mas numeroso, realizaba ejercicios básicos de formas.
-¡Necesitan concentrar su energía en el estómago, la tierra es un elemento terco, tiene substancia y voluntad!-
-¡Hua!-
Sonriendo Toph agrego –Es por eso que ustedes necesitan dejar de ser unos blandengues-
El sexto sentido de Toph detecto unas pisadas que se acercaban a su dojo, lentas y tambaleantes. ¿Un nuevo alumno? Pensó distraídamente. Generalmente los alumnos venían con pisadas decididas, habiendo abandonado otras escuelas o simplemente queriendo aprender de la maestra, su paso era firme porque se necesitaban agallas para llegar a su escuela para aprender, sin embargo existían unas cuantas excepciones y eran esas excepciones las que tenían más promesa de convertirse en grandes maestros. Una vez el dueño de esas pisadas estuvo casi a las puertas del dojo Toph reparo en que tenía algo entre las manos, quizás otra carta de un noble que enviaba a su mimado y débil hijo a aprender; ella rompía las cartas en cuanto se las entregaban, a veces venían con dinero que no necesitaba y otras con recomendaciones que ella no podía leer personalmente y que sinceramente no le importaban. Los nobles nunca tomaban bien estar ante una presencia más intimidante que ellos y solo uno que otro aceptaba la autoridad de Toph dentro del dojo, generalmente la nobleza baja que estaba dispuesta a trabajar para ganar su lugar y sus tres comidas al día. Podía contar los nobles que habían sobrevivido bajo su tutela más de tres meses con una mano y le sobraban dedos. Los líderes de pequeñas aldeas eran otro asunto. Aunque a veces dudaban y parecían débiles, ellos tenían más pasta, aguantaban más el trabajo duro y tenían un objetivo en mente; conocer a su gente, a quienes debían de guiar y proteger les daba una motivación que Toph podía entender. El extraño dudo en su puerta, el sonido de su corazón latiendo en su pecho parecía un tambor frenético; si eso seguía asi Toph explotaría y terminaría callando ese molesto ruido. Con paso decidido se acercó a la puerta y la abrió de golpe, haciendo un ligero movimiento con su pie derecho mientras se movia a un lado. El aterrorizado mensajero se vio dentro del dojo después de que una roca que surgio del suelo golpeo su trasero y lo hiso saltar.
-M-Maestra Toph- se introdujo con una torpe reverencia. No hubo burlas ni risas contenidas; los alumnos solamente desviaron su atención al nervioso mensajero cuya presencia no habían sentido hasta que su maestra la hiso evidente. Todos sabían lo que era enfrentarse por primera vez a la maestra tierra.
"No es un alumno" pensó Toph mientras levantaba una ceja expectante.
-T-Traigo una carta de "Dragon"- una mano temblorosa extendió el sobre.
-¿Y como crees que voy a leerla?- Respondió con las cejas fruncidas en enojo. Para este momento cada alumno compadecía al pobre hombre. Quien no estaba acostumbrado al humor negro de su Sifu no siempre tenía la mas placentera de las experiencias al conocer a la dura maestra. Hacer evidente su ceguera siempre ponía más nerviosos a las personas que traían las cartas y eso divertía a la maestra tierra. Toph no entendía el concepto de odiar el mensaje y no al mensajero.
-Yo…este…no se, disculpe…-
Una sonrisa confundió aun mas al mensajero y después casi pierde la cordura cuando con unas amistosas (sino es que un poco fuertes) palmaditas en su espalda le indicaban que todo estaba bien. Ahora, pare este momento, todos los presentes exceptuando al mensajero, esperaban que la carta acabara en pedazos como muchas otras; todos se sorprendieron cuando no hiso ningún comentario sobre sus ojos y abrió el sobre sacando el papel.
-Puedes irte- las palabras que salían de sus labios sonaban más a una orden que a un gesto amable y el mensajero, al parecer entrenado militarmente, tomo posición firme, saludo por instinto y se retiró sin decir ninguna otra palabra. Esa fue la señal de que todos deberían volver a trabajar. Toph cerró la puerta de su dojo y sonrió. Cuando se separaron hace ya casi dos años el asunto de mantenerse en contacto fue tocado más de una vez, el principal problema: Toph no podía leer ni escribir. Fue el intelecto genial, caótico y un tanto loco de Sokka quien encontró la solución hace poco más de un año; crear un sistema en el que por medio de una tinta mas espesa y un papel mas grueso Toph pudiera leer las palabras al pasar sus dedos sobre las mismas. Fue la paranoia de Zuko la que finalmente armo una clave para que el contenido pasara desapercibido. Finalmente fue ella la encargada de asignar los nombres clave… a los cuales accedieron poco tiempo después. Pasando sus dedos por el papel las palabras empezaron a tomar forma en su cabeza.
"Toph:
Va a haber una celebración en la nación del fuego dentro de dos semanas. Necesitamos que todos estén aquí, ya sabes, política. Sé que no te gustan los nuevos zepelings asi que habrá un barco esperándote en el puerto de Hanzo para traerte.
Espero que estés bien y por favor no maltrates mucho al mensajero.
P.D. Nunca accedi al nombre de Chispitas."
Toph sonrio. Un descanso de su pesada tarea como maestra tierra y enseñarle al mundo que seguía viva definitivamente era un beneficio. Ella nunca había sido de la clase de personas que disfrutaba codearse con la crema y nata de la sociedad en eventos públicos y mucho menos cuando podía ver claramente a través de todas las mentiras y dobles morales de las personas con incuestionable claridad. Desde pequeña había sido obligada a asistir, aunque fuera como una muy discreta observadora de todo lo que pasaba en esas situaciones; Toph había odiado cada segundo de esos muy raros eventos en los que sus padres la dejaban interactuar con la sociedad. Nada era lo que parecía, las sutilezas, dobles sentidos de las palabras y el descaro con el que los nobles mentían la enfurecían. Pero sobre todo la lastima y el sentimiento de superioridad que todos a su alrededor parecían irradiar. No era un secreto ni mucho menos una sorpresa porque odiaba tanto esas "celebraciones". Pero si soportar con eso significaba poder ver de nuevo a sus amigos y de paso le hacía un favor a chispitas, bueno, había sobrevivido a la mayor guerra de su época, a incontables batallas y a la docencia. Soportar un ambiente político tenso no parecía un reto que no pudiera superar.
-Señoritas, me voy de vacaciones- anuncio a su grupo, logrando que todos detuvieran lo que fuera que estuvieran haciendo.
-¿Ahora?- pregunto un alumno
Toph pensó por un momento, una sonrisa creciendo en su rostro. ¿Por qué no?
-Si- respondió simplemente, caminando hacia una puerta en el otro extremo de la habitación –Pero eso no quiere decir que ustedes gusanos tengan vacaciones. Si para cuando yo vuelvo no han mejorado su metal-control tendrán que acostumbrarse a no usar su trasero-
-¿Por qué?- pregunto otro ingenuo
-Porque se los pateare tan fuerte que les dolerá el resto de su vida-
Con esas palabras dichas la prodigiosa maestra tierra abrió la puerta y desapareció tras de ella mientras escuchaba como sus alumnos se dispersaban, lamentándose todo el tiempo. Toph continuo su camino ignorando los suspiros y quejidos que su dojo parecía emanar, como si una docena de almas en pena habitara dentro. A veces esos blandengues podían ser demasiado flojos. El trabajo duro y la fuerza de voluntad podía derribar todos los obstáculos. Soltando un suspiro propio Toph giro la perilla del pequeño cobertizo detrás de su escuela. Para cualquier transeúnte esa construcción no podía ser más que un almacén para materiales pero para ella esa era el hogar dulce hogar. Toph, a pesar de su crianza de noble estirpe, no creía en los lujos y después de viajar por el mundo sin tener un lugar al que llamar hogar se decidió establecer en donde se sintiera mas comoda; su dojo, sin embargo después de un incidente con una bala perdida… de quinientos kilos, había sido necesario moverse a una distancia prudente de la zona roja. A pesar de aquel aspecto de "negligencia" como la gente solia decirle, a Toph no le importaba vivir ahí. La razón mas importante era que le venia igual como se viera el lugar (por obvias razones), la otra razón de relevancia es que ahora que gozaba de libertad, de viajar a donde y cuando quisiera y que podía darse esos pequeños lujos, bueno, ella no pasaba mucho tiempo en casa.
Una sonrisa se plasmó en su rostro mientras metía desordenadamente su ropa en un saco. Quería ver a sus amigos. Hace más de un año que no veía a nadie, ni siquiera a Aang y a Katara que viajaban mucho a causa de las responsabilidades del joven avatar. Queria saber si Sokka había madurado un poco para evitar volver loca a Suki, si chispitas había aprendido a relajarse y si Aang y Katara por fin habían entendido que comportarse tan… "cariñosos" en público no lograba más que poner a todos incomodos. Extrañaba a ese grupo de gente con la que viajo un año de su vida; un año que la hiso crecer en fuerza y espíritu y que probablemente definiría el resto de su vida.
Volvería a su dojo, a su tierra, a su nación. A su hogar. Pero que tu elemento fuera la tierra no quería decir que eras una persona sedentaria que vivía una vida de rutina en rutina. A Toph le encantaba la aventura y desde el momento en que identifico el remitente de la carta, sabía que una estaba tocando a su puerta.
-Bueno, no hay que hacer esperar a chispitas- dijo para si mientras salía de su casa y cerraba con llave (no es que hubiera algo que robar… o alguien tan estúpido para robarle a ella)
Y con ese pensamiento manipulo la tierra bajo sus pies creando un montículo de tierra que se movía con su voluntad y la propulsaba a increíbles velocidades. Pero esta vez si tuvo el reparo de no dañar los campos de los granjeros; la última vez casi la linchan, héroe de guerra o no.
