Estoy en el frente mi casa, alimentando a las palomas, las únicas que me acompañan en mi soledad. Es la hora del crepúsculo y sólo atino a pensar en cúanto han cambiado las cosas de 1915 hasta hoy, 17 de diciembre de 1989. Los niños corren en sus bicicletas, se oye a lo lejos el ruido de un televisor y me pongo a pensar en cuantos nietos pudimos haber tenido y que tal vez ahora tú estarías al lado mío, en lugar de estas aves. Han pasado 74 años desde aquella noche en la entrada del hospital Santa Juana y aún la recuerdo como si hubiera sido ayer.

-Candy, te amo… sé feliz… algún día nos volveremos a ver, te lo prometo, y ahora que te he visto por última vez, puedo irme en paz…-

-Terry… ¡no!... ¡ NO!, ¡no te lo permitiré!, ¡no puedes abandonarme aquí!, ¡te amo! ¡te lo suplico, no me dejes, por favor!-

-No llores más, pues a donde quiera que tu vallas, yo iré contigo, que jamás se te olvide, ni por un segundo cuanto te amo, recuérdalo en mi ausencia siempre, recuérdalo… Te amo-

-¡Terry! ¡Terry! ¡No me abandones! ¡¿por qué?!, ¡te amo!… ¿porqué me dejas así? ¿cómo podré ser feliz si tu no estás aquí, conmigo?, ¡Terry! ¡¿CÓMO?!, ¡CÓMO…!-

Cada día que pasa pienso: "un día menos para volver a estar juntos, mi querido Terry". Nadie jamás entendió el porqué de mi soledad, ni Albert, cuando me pidió que fuera su esposa y yo lo rechacé, ni ningún otro hombre que a lo largo de mi juventud me hizo la misma pregunta. Tampoco mis amigos lo entienden, Annie trató de presentarme muchos chicos, pero ninguno como tú. Los hijos de ella, que siempre me llamaron tía, tampoco lo entendían y me preguntaban siempre: "tía, ¿por qué estás tan sola?" y yo respondía, pensando en tu promesa: "mi vida, yo no estoy sola, pues él siempre me acompaña, como lo prometió hace tanto tiempo"

He aprendido a seguir viviendo, como tú me dijiste alguna vez bajo el destellante sol de Escocia:

"Candy, abre los ojos, tienes que mirar hacia delante, siempre hacia delante. Anthony está muerto, pero ocurre que nosotros estamos vivos y tenemos que seguir viviendo como los árboles y el pasto. Arroja el peso de tu corazón Candy"

Y sin embargo, la muerte de él no me provocó ni la mínima parte del dolor que sentí al presenciar la tuya. He aprendido a no exteriorizar mi dolor y ahora lo único que me hace feliz es saber que falta muy poco. Hasta hoy me he reprochado el haberte dejado en New York, pensando que era lo mejor para ambos y de haber sabido que pasaría, jamás te hubiera dejado, mi amor. Lágrimas resbalan por mis arrugadas mejillas y caen en mi regazo.

Oscurece, una niebla que sale de quién sabe donde inunda el paisaje y recuerdo aquel día en el Mauritania, cuando te ví por primera vez. Tu llorabas, como estoy haciendo yo ahora. Eras tan bueno, tan divertido, caballeroso, noble… que muerte tan triste la tuya… no merecías morir así, en la miseria, sin un centavo y sin embargo moriste con una sonrisa en los labios. De pronto aparece una luz frente a mí.

-¿Quién anda ahí?- pregunto tontamente. Mi corazón se acelera y por alguna razón no estoy asustada.

-¿Cómo?, ¿acaso no me reconoces, pecosa?-

-Pecosa… ¿Terry?...- De la niebla sale él, vestido de blanco. Me estira una mano y al tomarla veo hacia abajo y descubro que mi mano no tiene arrugas. Toco mi cara y tampoco tiene arrugas, mi cabello está recogido en dos coletas, hace tanto tiempo que no lo peinaba así, los rizos son rubios y no cenicientos…

-Candy, mi mona con pecas- me dice y me abraza. Yo no puedo contener las lágrimas, le devuelvo el abrazo, después de tanto tiempo anhelando su contacto con mi piel, años y años de espera tenían al fin su recompensa.

-Terry, mi amor, al fin volveremos a estar juntos, oh Terry, no sabes cuanto te he extrañado- digo y oculto mi cara en su pecho.

-Siempre estuve ahí junto a ti, como tu angel guardían, te cuidaba día y noche, como te prometí- me dice y limpia mis lágrimas con su pulgar.

-yo te prometí ser feliz… y ahora puedo cumplir mi promesa- Terry se inclina despacio, puedo sentir su aliento en mis labios, me siento como en casa, vienen a mí tantos recuerdos, aquellos tiempos felices que sé que nunca volverán. Me besa con amor… le devuelvo el beso con ansia, como debí haberlo hecho hace tantos años…

-Candy, ven conmigo, es momento de abandonar este lugar, toma mi mano y ven… vamos juntos…- hago lo que me dice y siento que se libera mi alma. No me vuelvo atrás, el resplandor delante de mí es cegador, pero no más que él.

-Juntos…- y así, tomados de la mano, abandonamos este lugar, llenos de felicidad por volvernos a encontrar.


Hola! a petición de Candicita 1998 y los hermosos reviews que dejaron aquí está el epílogo espero que les guste ;D