Por petición popular traigo la continuación de esa noche de borrachera de Beckett. Sé que esta Beckett esta más relajada y menos a la defensiva, y sé que es poco real, pero me gustaría que por una vez Marlowe nos enseñara a una Kate despreocupada que deja sus traumas y miedos escondidos en un armario. ¡Espero vuestras reviews!


Después de haberse pasado el resto del sábado de la cama al sillón y del sillón a la cama, con un dolor de cabeza impresionante, Beckett se levantó el domingo con fuerzas renovadas. Miró su casa, necesitaba una limpieza pero ella tampoco tenía ánimo como para limpiar en esos momentos. Se pasó una mano por el pelo, alborotándolo, y empezó a establecer prioridades… Lo primero, desayunar, estaba hambrienta. Encendió la radio mientras se preparaba el desayuno y bailó al son de "Disturbia", cantando mientras removía los huevos de la sartén.

Más avanzada la mañana, aún seguía con el pijama puesto y el pelo revuelto, pero miró satisfecha su piso: estaba limpio. En su mayor parte… Ahora en la radio sonaba a todo volumen "It's time" y cuando estaba en el mejor momento, bailando con la fregona, llamaron a la puerta. Paró de cantar, extrañada y miró la hora: 2:30 del mediodía. No esperaba visita. Volvieron a llamar y gritó "¡Ya voy!" mientras se peinaba un poco.

- Hola, Castle. ¿Qué pasa? – preguntó, sorprendida y contenta.

- Nada, venía a ver como se encontraba mi detective favorita y a proponerme para cocinero. – contestó mientras entraba.

- Sigues atascado escribiendo, ¿verdad?

- Mucho… Necesito inspiración y pensé que nada me vendría mejor que pasar el día con mi musa – dijo guiñándole el ojo a la detective. Ya se había adueñado de la cocina…

Beckett se encogió de hombros y entonces reparó en la mirada de Castle, fija en su camiseta de pijama, una ancha y rosa. Tan ancha que se le caía y dejaba medio hombro al descubierto. "¿Demasiado provocadora?" – Pensó – "Bah, que mire". Pusieron las costillas en el horno y siguiendo las indicaciones del chef Castle, esperaron en el sillón, con una copa de vino; a que se hicieran.

Estaban tan despistados, hablando de muchas cosas y discutiendo sobre los libros de Castle que se les pasó la hora del horno. De repente, empezó a pitar algo por toda la casa y los aspersores anti-incendios del techo saltaron, empapándoles.

- ¡Las costillas, Castle! – gritó Beckett mientras salía corriendo intentando recordar donde se apagaban los malditos aspersores que había obligado a instalar después de que su otro apartamento estallara. El pitido y el agua cesaron a la vez en cuanto Beckett pulsó el interruptor, y soltó un suspiro al ver el desastre que volvía ser su casa…

- Kate, lo siento mucho… Se me olvidaron las costillas totalmente… Te ayudare con todo este lío. – Beckett le hizo un gesto dándole a entender que no pasaba nada y juntos, con la música puesta otra vez, empezaron a recoger.

Era muy divertido ver a Castle bailando y oír sus desafinos mientras de fondo sonaba "Smile" de Avril Lavigne, pronto Beckett se dejó llevar por la risa y su lado más infantil y acabaron haciendo más el tonto que recogiendo. Castle encontró el libro de poesía que estaba leyendo Beckett en esos momentos, con suerte, no muy mojado. Lo abrió y con voz grave leyó el primer poema que encontró:

- Si el hombre pudiera decir lo que ama,
si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
como una nube en la luz;
si como muros que se derrumban,
para saludar la verdad erguida en medio,

Mientras leía se fue acercando a Beckett, haciendo reverencias y dando vueltas. Kate estaba hipnotizada por la grave voz del escritor, que la rodeaba y transportaba a un lugar mágico:

- …pudiera derrumbar su cuerpo,
dejando sólo la verdad de su amor,
la verdad de sí mismo,
que no se llama gloria, fortuna o ambición,
sino amor o deseo,
yo sería aquel que imaginaba;
aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
proclama ante los hombres la verdad ignorada,
la verdad de su amor verdadero.

Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina
por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu
como leños perdidos que el mar anega o levanta
libremente, con la libertad del amor,
la única libertad que me exalta,
la única libertad por que muero.

Castle dejó de hacer tonterías y empezó a centrarse en el poema, recitándoselo a Beckett. Estaban muy juntos, podían sentir el calor del cuerpo de otro y oír sus respiraciones agitadas. Cada uno sumergido en todos los recuerdos y sentimientos que se estaban adueñando de su cuerpo gracias a la profunda voz de Castle. Era un gran narrador… El escritor se acercó más a ella, y sin mirar al libro, perdido en los ojos de Beckett, dijo los últimos versos, sintiéndose atraído más y más por los labios de la detective:

- Tú justificas mi existencia:
si no te conozco, no he vivido;
si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.

Estaban a punto de tocarse los labios de ambos, deseándolo, el ambiente cargado de esa tensión sexual tan característica suya… ¡PLIN! El sonido del horno les hizo separarse, sobresaltados. Beckett se sonrojó y se quedó embobada mirando a Castle, el agua había hecho que su camiseta se pegara a su torso, marcándolo. No se paró a pensar que la suya debía de estar enseñando su sujetador, solo podía mirarle. Castle carraspeó y Kate apartó la vista, volviendo a recoger las cosas.

- Venga, detective. Deja eso y cámbiate, nos vamos a comer que las costillas creo que están un poco quemadas – dijo Castle, quitándole la fregona de las manos.

- ¿Un poco? – dijo Beckett con ironía – La próxima vez que alguien se ponga una alarma… - y le dio la espalda para ir a cambiarse. Al salir le tiró a Castle unos vaqueros y una camisa de su padre.

- Póntelos, no iras a salir a la calle así, ¿no? – Vio que el chico escritor la miraba con la pregunta de "¿de quién será esto?" escrita en los ojos. - ¡Venga! No tenemos todo el día.

Castle despertó de su ensoñación y se cambió. Comieron en un restaurante italiano bastante pequeño pero donde estaba todo muy rico.

Al salir Castle entrelazó su brazo con el de la detective y le susurró al oído:

- Apuesto a que nunca has robado en uno de esos – señaló con la cabeza unos grandes almacenes de esos que venden de todo.

- No, siempre he sido muy buena – contestó, sonriendo traviesamente.

- Sí… Un angelito – comentó el escritor con ironía. Beckett le dio un golpe suave en el brazo. – Te reto a hacerlo. Como un "yo nunca he" pero sin el alcohol que tu estas servida por una buena temporada.

Al decir eso Beckett hizo ademán de darle otra vez pero él escapó de ella y caminando de espaldas, la retaba con la mirada a negarse.

- No, Castle, soy policía. No pienso robar.

- Esta bien, no te atreves…

"Kate, no piques… Está jugando contigo" le decía la mente. Pero no soportaba que la retasen, y Castle lo sabía.

- Me las pagarás. – masculló mientras entraba en los grandes almacenes. Entró con los hombros caídos, arrastrando los pies…

- No vayas así, pareces una mendiga – dijo el escritor, acercándose a ella y colocándola en su postura erguida de siempre – Enséñales esos movimientos de bailarina – le susurró mientras la empujó para dentro. Beckett se estremeció pero entró. Castle la esperó fuera, apoyado en una farola, y la vio salir medio corriendo del local, aguantándose la risa. Caminaron un poco y al cabo de un rato, la detective blandió triunfal una tableta de chocolate.

- ¡Venga ya! Te doy la oportunidad de robar… ¿¡Y coges eso?! – dijo Castle, mirando entre cariñoso e indignado como Beckett abría la tableta.

- Me apetecía chocolate – dijo mientras mordía un trozo. – No cojas si no quieres, más para mí.

Se manchó de chocolate la comisura de un labio y Castle, sin pensar, alargó la mano y se lo limpió, chupándose él luego el chocolate de su dedo. Se miraron a los ojos con el deseo claramente reflejado, y Kate volvió a darle un mordisco a su trozo, sin dejar de mirarle. Se humedeció los labios y dijo:

- ¿Vamos a por un café? – Castle solo pudo asentir, con la vista todavía clavada en sus labios.

Entraron en un Starbucks y pidieron unos cafés que tomaron sentados en el borde de una fuente, volviendo a las bromas y las risas pero con la tensión creciendo entre ambos.

A Kate le cayó una gota de agua en la cara y Castle la intentó convencer de ir a un sitio resguardado pero ella no se movió:

- Tengo que preguntarte algo – dijo, todavía sentada en el borde – Más bien, contarte algo…

El escritor se sentó a su lado y esperó, serio. Empezó a llover con fuerza y Beckett abrió y cerró la boca varias veces. Iba a decirlo. Pero…

- ¿Sabes algo que nunca he hecho? – Castle la miró, sabiendo que no era eso lo que quería decir. Al final, se encogió de hombros, rindiéndose. – Bailar bajo la lluvia…

Se pusieron en pie y Castle, haciendo una reverencia, preguntó:

- ¿Me concede este baile, detective? – Beckett, riendo, le cogió la mano y empezaron a bailar y saltar en los charcos, como dos niños pequeños… Castle resbaló en uno y Kate le sujetó, haciendo que por décima vez en ese extraño día sus cuerpos volvieran a quedar muy cerca. Pero esta vez fue Castle el que rompió el momento empezando a tiritar.

Fueron de vuelta al loft de Beckett y una vez allí, entre bromas, se pusieron ropa seca y tomaron otra copa de vino:

- Bueno, detective, ha sido un placer… Nos vemos mañana en la comisaria.

- De ninguna manera, Castle, pretenderás que te deje salir tal y como estás. Acabas de tomar vino – ambos sabían que era una excusa muy mala – y con lo que llueve no te dejaré conducir. No se verá nada. Y ni loco consigues un taxi ahora, además es la 3ra vez que te cambias de ropa en un día.

- ¿Me prestas tu sillón, pues? – el escritor se sentó pero se levantó enseguida – Esta empapado… ¿Pretendes que duerma en la alfombra como un perro? – dijo, poniendo cara de cachorrito abandonado.

Kate se río y le dijo:

- No seas tonto, duerme conmigo pero te recuerdo que guardo la pistola en la mesilla.

Castle sonrió, burlón y preguntó mientras abrían la cama:

- ¿No la tenías debajo de la almohada?

Beckett se metió en la cama, y bostezando, se giró para responderle, volviendo a quedar muy cerca:

- Esa es otra. – se rieron y Castle se le acercó, haciendo que se tensase un poco pero solo le dio un suave beso en la frente y susurró:

- Dulces sueños, detective.

"¿Contigo a mi lado? Siempre" pensó Kate. Pero no dijo nada… Se acercó un poco más a Castle y se quedó dormida.

A la mañana siguiente se quedó mirando su espalda mientras el escritor se metía en el ascensor y le dedicó a Beckett una última sonrisa antes de que las puestas se cerrasen. La detective cerró la puerta de su loft y se apoyó contra ella, suspirando mientras se pasaba las manos por el pelo.

"Yo nunca te he dicho que me acuerdo de todo." Una simple frase que lo cambiaría todo. Y le había faltado el valor… Sacudió la cabeza y se preparó para ir a la comisaria con el peso de esa frase sobre sus hombros.