Aquí llega la continuación. Espero que no hayáis muerto de intriga jajaja que va, tampoco es para tanto ;) A ver que os parece, espero no decepcionar a nadie... Os recuerdo que el asesino sigue libre así que aún queda un poco para el final.
Mea culpa, mea culpa… Mea máxima culpa
"Piii-piii. Piii-piii. Piii-piii…" El lento pitido de una máquina le retumbaba en la cabeza, aumentando el dolor que ya de por sí tenía. Se le escapó un quejido al cegarse cuando abrió los ojos y una deslumbrante luz blanca le dio en ellos.
- No se preocupen, está perfectamente. – Comentó una voz grave. Castle no la reconoció, pero sí reconoció esos delgaditos brazos que se abrazaron a él:
- Hey, calabacita. ¿Qué tal? – preguntó, con voz ronca y la boca pastosa. El escritor se incorporó lentamente, quedando sentado y fijándose por primera vez donde estaba. La blanca habitación del hospital estaba llena, la estrecha camilla se le quedaba pequeña, la aguja intravenosa que le conectaba al desfibrilador le molestaba. Castle se pasó una mano por la cara, desperezándose, y entonces recordó todo vagamente.
- ¿¡Dónde está Beckett?! – inquirió, asustado. Espo se adelantó, calmándole:
- Tranquilo, está todavía durmiendo bajo los efectos del sedante ahí al lado – señaló al otro lado de una cortina. Castle se relajó aunque algo en la cara de Ryan le hizo quedarse un poco inquieto, y entonces vio la cara de molestia de Alexis. Suspiró y miro a Ryan, esperando una explicación. Éste se echó a un lado y Lanie se acercó a su cama:
- ¿Cómo te encuentras?
- Con dolor de cabeza, desorientado y no recuerdo muchas cosas… Pero bien. ¿Qué nos pasó? Lo último que recuerdo es… - se calló cuando a la mente le vinieron todos los besos con Beckett y la escena de la cama. Se mordió la lengua, y sacudió la cabeza con gesto derrotado.
- Os drogaron. Por el contenido de vuestro estómago os lo echaron en la bebida sin que os dierais cuenta. – Lanie aguantó una sonrisa al ver la cara de pánico de Castle mientras buscaba en su lisa barriga una cicatriz. – Castle, un lavado de estómago. – todos rieron al ver la cara de alivio del escritor.
- Beckett consiguió llamar a Esposito antes de perder el conocimiento, y él movió todos los hilos para encontraros – continuó Ryan.
- De nada, hermano. No sé qué habríais hecho sin mí – bromeó Espo. Castle sonrió y le puso una mano en el hombro.
- Señor Castle, necesito que se centre. ¿Recuerda cuando pudieron echarle la droga y porque? – preguntó Gates, haciéndose notar en esa pequeña reunión "familiar". El escritor la miró, frunciendo el ceño y cuando parecía que iba a negar, exclamó:
- ¡El barman! Cuando fui a pagar se me salió un poco la placa de Beckett del bolsillo. Debió de verla… Si no, no tengo ni idea de quien pudo ser. – Gates asintió y dándole las gracias, le hizo una señal a los detectives, que se retiraron sin duda para ir a por el camarero. "En la que te has metido chaval" pensó Castle.
- ¿Dónde…? ¿Dónde nos encontraron? Recuerdo una casa… Pero está demasiado borroso todo.
- Estabais en casa de Beckett, os encontraron en su habitación, tirados ambos en el suelo. – Lanie omitió lo de que estaban ambos escasos de ropa, ya lo hablaría luego con Beckett. Castle simplemente asintió, intentando disimular el rubor. De eso sí que recordaba algunas cosas… Y nada desagradables. Hizo un gesto de cansancio y el médico les aconsejó que le dejaran descansar. Se despidieron dándole besos y con la promesa de volver al día siguiente, Castle asintió y se quedó dormido enseguida.
Despertó más entrada la tarde, y lo primero que hizo fue levantarse despacio e ir a visitar a su vecina. Tenía la sensación de que algo no iba bien… La encontró en una cama igual a la suya, pálida y respirando con ayuda de uno tubito en la nariz. "A mí no me pusieron eso" pensó Castle, alarmado.
- ¿Señor Castle? ¿Señor Castle? ¿Dónde demonios ha ido? – preguntó su médico, sin verle.
- Estoy aquí – respondió el escritor, saludando por el borde de la cortina. El médico se le acercó y mirando a Beckett con tristeza, comprobó algo en un bloc que llevaba:
- Mañana, si todo va bien, podrá irse a casa, Sr. Castle.
- Yo no me voy hasta que mi compañera no esté bien. ¿Qué le pasa? Esta peor que yo… - la desesperación en la cara y la voz del escritor era notable. El médico apoyó una mano en su hombro, compasivo:
- Parece ser que a ella le afectó más la droga, no sabemos aún porque. Quizá estuviera con alguna medicación para superar el trauma de esa cicatriz… - Pero Castle ya estaba negando con la cabeza.
- Si estuviera con medicación no habría bebido… La conozco. – El doctor se encogió de hombros, sin respuesta. Castle se dejó caer en una silla de plástico que estaba al lado de la cama de Beckett, haciendo caso omiso a lo de que tenía que reposar. Le colocó el pelo a Kate, y recordó lo sexy que estaba con ese vestido. La imaginó así porque verla pálida y respirando con ayuda le dolía mucho.
- ¿Por qué tú, Kate? Te pasa todo a ti… Por una vez me podría haber pasado a mí. – susurró el escritor. En la mesilla, al lado de un ramo de flores un poco mustias, había un libro un poco malgastado. Castle lo cogió y vio que era "Romeo y Julieta". Lo abrió por donde estaba la marca y empezó a leerle a Beckett:
- "[…]En semejante tren, galopa ella por las noches al través del cerebro de los amantes, que en el acto se entregan a sueños de amor; sobre las rodillas de los cortesanos, que al instante sueñan con reverencias; sobre los dedos de los abogados, que al punto sueñan con honorarios; sobre los labios de las damas, que con besos sueñan sin demora: esos labios, empero, irritan a Mab con frecuencia, porque exhalan artificiales perfumes y los acribilla a ampollas…"
Y así llegó la noche pero Castle siguió leyéndole. No tocó el plato de comida que una enfermera le dejó a los pies de la cama de Beckett, solo bebió agua porque sentía la garganta seca como un desierto. Sobre las 12 de la noche, dejó un momento el libro para estirarse como un gato en la silla. Se levantó y se inclinó sobre Beckett, colocándole otro pelo rebelde detrás de la oreja. Volvió a tomar asiento y continuó:
- "[…] Que Romeo venga, inadvertido, en silencio, a mis brazos. Los amantes celebran sus amorosos ritos con la sola luz de su belleza, pues siendo ciego busca el amor la noche. Ven, noche oscura, ven matrona sabiamente enlutada, y enséñame a perder un fácil juego, ése que juegan dos virginidades inocentes. Cubre la sangre indómita que arde en mis mejillas con manto de tinieblas, hasta que el tímido amor se decida, y amar no sea sino pura inocencia. Ven, noche; ven, Romeo; ven, tú, día de la noche. Tú que yaces sobre alas nocturnas, y en ellas más blanco apareces que la nieve sobre el cuervo. ¡Ven, dulce noche, amor de negro rostro! Dame a mi Romeo y, cuando muera…"
Justo ese momento eligió Beckett para abrir los ojos lentamente, adaptándolos a la luz. Giró la cabeza para mirar a Castle, quitándose el tubito de la nariz, y siguió ella con ese párrafo, su preferido de toda esa obra maestra de Shakespeare:
- "… tómalo, y haz de sus pedazos estrellas diminutas que iluminen el rostro del Cielo, de tal forma que el mundo entero ame la noche, y nadie rendirá tributo al sol radiante…" - Castle levantó la cabeza, sorprendido. Sonrió ampliamente al verla despierta y recuperando poco a poco el color en el rostro. Se levantó, dejando el libro olvidado y cogió la mano de Kate, sin pensar en lo que hacía. Ella se la apretó suavemente:
- Hey. ¿Qué haces aquí? – preguntó la detective, con voz un poco ronca.
- A mí también me drogaron, ¿recuerdas? – contestó el escritor, divertido.
- La verdad es que está borroso, recuerdo hasta… - ella también se calló de golpe y se ruborizó levemente. Carraspeó, incómoda – Tengo lagunas. Dejémoslo así… ¿Dices que nos drogaron? ¿Por qué?
Castle sonrió, ante la parte preguntona de Beckett, pero al ir a responder la sonrisa desapreció y dejó caer la cabeza:
- Mea culpa, mea culpa… Mea máxima culpa.
Kate se incorporó y levantándole la cabeza al escritor, obligándole a mirarla, esperó su respuesta:
- Al ir a pagar las bebidas se me salió un poco tu placa del bolsillo, pensé que nadie lo había visto pero el camarero debió de hacerlo porque nos echó pastillas en la bebida…
- Venga ya, Castle. ¿Te culpas por eso? ¡Le podría haber pasado a cualquiera!
- Ya, pero debería haber tenido más cuidado. Si te hubiera pasado algo por mi culpa nunca me lo habría perdonado. – Beckett puso su mano en la mejilla del escritor y mirándole fijamente, rebosando ternura, sonrió y le dijo:
- Pero no me ha pasado, estoy perfectamente. ¿Ves? Así que cambia esa cara y comete inmediatamente eso – señaló con la cabeza la bandeja.
- Solo si tú me acompañas. – replicó el escritor, poniendo morritos. Kate se río y acabó aceptando, no había quien se resistiera a esa cara. Se hizo a un lado, dejándole a Castle un hueco a su lado en esa estrecha cama, y hombro con hombro, comenzaron a hablar y bromear mientras compartían la bandeja con comida.
Al terminar Castle se puso serio y se giró ligeramente hacia Beckett para poder verle mejor la cara. Kate notó el cambio y se puso también seria, mirando expectante al escritor en espera de que hablara. Castle se aclaró la garganta y empezó:
- Sé que te acabas de despertar, pero noté que lo recuerdas y si espero más nunca te lo voy a decir porque siempre me va a faltar el valor necesario. He aprendido a decir las cosas en el momento y no dejarlo pasar porque luego pasa lo que pasa… Que es demasiado tarde. – Beckett tragó saliva notablemente, intentando que su mente no se colapsara con todas las cosas que no le había dicho, la más importante era que…
- Lo recuerdo todo. – dijo en ese momento el escritor. Kate palideció y se mentalizó de que no hablaban de eso. Abrió y cerró la boca varias veces antes de hablar:
- Yo también, Castle. Y… Estoy de acuerdo, hay que hablarlo todo ahora. Por eso te pido que me dejes empezar. Yo… Anoche me dejé llevar demasiado. – frunció el ceño, intentando recordar lo de la discoteca con claridad. Un "Kate, esta noche estas muy sexy" le vino a la mente, pero no se centró en eso – Antes incluso de que nos drogaran jugué demasiado contigo, no pensé en cómo iba vestida, ni en el ambiente en el que estábamos… No me centré en que era una misión. Ese fue mi error, y lo siento. Siento haberte tentado, haber jugado demasiado fuerte contigo.
- No, no, no. Para nada. Beckett, eso fue… estuvo muy bien. Íbamos de una pareja rica con ganas de fiesta, todo habría ido bien si no hubiera tenido yo ese fallo técnico. A lo que me refería fue lo de después. Nos encontraron en tu casa, Beckett, y aunque nadie lo mencionó por lo que recuerdo debíamos de estar muy ligeros de ropa. Ahí quiero llegar, lo que pasó en tu habitación.
- Castle. – Cortó la detective antes de que siguiera hablando – Estábamos drogados. No pensábamos con claridad. Todo brillaba y sonaba más y mejor…
- Pero… - algo en la mirada de Beckett le hizo parar. Tuvo una gran sensación de deja-vù. Otro momento en el hospital, con Kate en la cama recién despertada y ligeramente despeinada. Las ojeras marcadas y la palidez notable, pero había sonreído nada más verle llegar. Y al preguntarle si no recordaba nada de su declaración, algo en la mirada de la detective le hizo cambiar la pregunta en el último instante. Un rastro de dolor, de tristeza, de miedo, de esperanza… Todo mezclado de una forma que te desconcertaba. Allí estaba otra vez esa mirada, diciéndole que callara pero al mismo tiempo, ahora le pedía que continuara. Dudó y esa fue su perdición…
- Estoy muy cansada… - dijo la detective, desviando rápidamente la mirada y suspirando. Parecía tremendamente exhausta. Castle fue a levantarse pero ella le susurró:
- No. Por favor… Todo me recuerda demasiado a cuando me dispararon. ¿Puedes quedarte conmigo? – la súplica en su voz y la desesperación de sus ojos conmovieron profundamente a Castle, que dándole un suave beso en la frente, se acostó, dejando que Beckett se apoyara en su pecho. Se sentía infinitamente cómodo… Y entonces recordó:
- Somos infinitos… - murmuró. Pensó que Kate no lo había oído pero tras bostezar se oyó su voz somnolienta:
- No me robes las frases, escritorzuelo. – Castle no pudo evitar reírse y colocándose mejor, susurró:
- Buenas noches, Kate.
Pero no hubo respuesta. La detective ya se había dormido con una sonrisa pintada en la cara.
