¿Qué haces aquí?

La cabeza de Castle emergió desde detrás de la barra americana que componía su cocina, cerró el armario de abajo y se encogió de hombros, depositando en la encimera un limón, sal y tequila:

- Vas a tener que conformarte con margaritas caseros, mi madre se terminó el otro día la botella de ron haciendo cócteles. – Ante la mirada divertida y extrañada de Beckett, Castle repuso – No preguntes. Es mejor vivir en la ignorancia.

La detective soltó una carcajada y se sentó dando un saltito en uno de los taburetes de la cocina, mirando como Castle preparaba todo sobre una bandeja. Sus ojos se encontraban y en esos momentos saltaban chispas, iluminando ese pequeño espacio entre ellos dos. Ambos tenían en la mente dos preguntas: ¿Qué va a pasar esta noche? ¿Hasta dónde vamos a llegar? Beckett sacudió la cabeza, no quería pensar, no ahora. Giró en el taburete y fue a sentarse en un sillón, colocando los vasos boca arriba, cogiendo un trozo de limón del plato y abriendo la botella de tequila. Arrugó la nariz al morder el limón, y se estremeció por la acidez. Castle la miró fijamente, pensando que no podía haber gesto más adorable, y una tonta sonrisa se extendió por su cara.

- ¿Soy la única que encuentra todo esto demasiado parecido a Ola de Calor? – preguntó Beckett cuando el escritor hubo tomado asiento enfrente de ella, apoyando su espalda en el reposabrazos. Castle se encogió de hombros:

- Ya sabes, los escritores sacamos la inspiración de hechos reales.

La detective le miró intensamente, intentando ver que había querido decir exactamente:

- Síí… - Arrastró la sílaba mientras pensaba como había sido esa escena en el libro – Pero no te he pateado la mandíbula, ni estamos de apagón, ni eres periodista.

- Veo que alguien ha hecho los deberes – comentó Castle, bromeando. Kate se río y le dio un suave golpe en el brazo. Como la atracción empezaba a ser demasiado fuerte, se retorció para no perder esa cómoda postura y sirviendo las bebidas, le pasó el salero y un limón al escritor. Éste lo aceptó con una sonrisa, y bebió de un trago, haciendo una mueca al morder el limón. Una gota le resbaló por el labio y Beckett, sin pensarlo, por puro instinto, la cogió con su dedo y luego se lo chupo, limpiándose. Castle se quedó paralizado por un momento, pero se repuso y le dio el salero a Beckett, rozando sus dedos ligeramente y enviando descargas eléctricas.

Unos cuantos vasos de tequila después ambos estaban prácticamente llorando de la risa, rememorando anécdotas de los casos o de salidas del grupo…

- ¿Te acuerdas de esa noche que salimos todos y nos colamos en una piscina para hacer el tonto? – Castle empezó a reírse y no pudo seguir.

- ¡Síí! Que Espo tropezó y fue de cabeza al agua y tuvimos que irnos corriendo porque saltaron las alarmas… - Kate se apoyó en Castle sujetándose la barriga, sin poder parar.

- Y cuando nos fuimos de fin de semana a la cabaña de mi padre, y por la noche Lanie se puso a cantar y dar palmas, dormida… - Se echaron a reír una vez más.

- Y Ryan que se levantó con un vaso de agua para los dientes del perro – Más carcajadas… - Y tú que no te querías quitar los calcetines y los agarraste con los dedos de los pies y no había manera – Castle paró ya de recordar ese matador fin de semana en las montañas.

- Aih – se quejó Beckett tras secarse una lágrima, - ¿Y recuerdas…? ¿Recuerdas cuando te trucamos la máquina de café y la silla con lo de la maldición? – Otra tanda de carcajadas llenaron el salón cuando lo recordaron.

- Pues no me hizo ninguna gracia en su momento – comentó Castle, parando un poco de reírse. Dio un trago a su vaso y continuó – Pensé que moriría por culpa de la maldita maldición inexistente… ¡Y eráis vosotros! Yo mato a los chicos…

- No les eches la culpa a ellos que la idea fue mía.

Castle la miró con los ojos entrecerrados, preparando su venganza. Le quitó a la detective el vaso de la mano, lo dejó en la mesa sintiendo la inquisitiva mirada de ella siguiendo sus movimientos, y sin previo aviso se lanzó a por Beckett, haciéndola cosquillas. Ella gritó y se retorció como loca por el sillón. Cuando el escritor vio que su musa ya no podía más con la risa, paró:

- Esa es mi venganza, detective. Y podría haber sido peor… – sonrió traviesamente. Entonces, se fijó en cómo estaban y la sonrisa fue desapareciendo. Su mirada se deslizó por el cuerpo de Beckett, que había acabado tumbada en el sillón, y paró cuando llegó de nuevo a sus ojos. El deseo estaba claramente reflejado en ellos, igual que en sus húmedos labios ligeramente entreabiertos. Castle apoyó mejor la mano en el sillón, al lado de la cabeza de Beckett, y se acercó a ella un poco más, siguiendo el batir de sus pestañas, su lengua al humedecerse los labios, sus dientes atrapando su labio inferior como siempre hacía, tentándole, provocándole. Castle fijó sus ojos en los de Beckett, oscurecidos, pidiendo a gritos que lo hiciera ya. Y no resistió más esa atracción que había llenado la habitación de repente… Se acercó a ella, primero lentamente pero cuando sus labios se tocaron el beso se volvió apasionado. Sus alientos se entremezclaban, los dedos de Beckett se enredaron en el pelo de Castle, sus largas piernas rodearon la cintura del escritor. Le quitó el jersey, lanzándolo por detrás del respaldo, pasando a recorrer con sus manos todo el torso y la ancha espalda del escritor. Le mordió el labio a Castle, sensualmente, y le volvió loca oír su gemido. La camisa de Beckett también salió volando, junto con su falda. Castle se separó y admiró por segunda vez en poco tiempo el cuerpo de su musa, sus ojos recorriéndolo entero, depositando un suave beso encima de la cicatriz. La detective le necesitaba, y le necesitaba ya. Le acercó y buscó sus labios con ansiedad, sintiendo como se quemaba con ese fuego que se extendía por su piel tras cada caricia de Castle, viendo que solo el contacto con el cuerpo del escritor podía apagar esas llamas, calmarlas. La temperatura del salón aumentó en segundos gracias al calor que desprendían esos cuerpos semi desnudos que se exploraban y conocían en el sillón, sin ganas de separarse lo suficiente como para ir a la cama.

El tequila, los vasos, el limón y el salero eran los testigos de cómo Castle y Beckett, que horas antes había afirmado que no acabarían igual que Nikki y Rook, habían sucumbido a la atracción mutua que tanto les caracterizaba, ese magnetismo, esa tensión sexual que les empujaba y que les hacía tener momentos incómodos pero que ahora hacían que no pudieran separarse el uno del otro, buscando una compensación por esos 4 años de abstinencia, al igual que los protagonistas de la novela de Castle.

Beckett se separó de golpe del escritor, con las pupilas dilatadas, recuperando poco a poco sus ojos su color, dejando la oscuridad del deseo atrás. El horror se abrió paso en su cara, y se levantó de golpe del sillón, empujando a Castle lejos de ella, mientras el escritor la miraba desde el sillón entre confuso y con miedo. ¿Se había pasado? Pero ella parecía dispuesta… ¿Entonces…? Su cabeza era un lío y el alcohol que llevaba encima, no lo suficiente para estar borracho pero sí para estar confuso, no ayudaba a que se aclarara:

- ¿Beckett? ¿Qué…? – preguntó al ver que ella recorría el salón a paso rápido, recogiendo su ropa y poniéndosela mientras las lágrimas y la confusión llenaban su cara.

- Lo siento… No… - Negó con la cabeza, sin voz ni palabras para explicar lo que le pasaba. "¡Es que ni yo misma lo sé!" pensó para sus adentros.

- Siento dejarte así, Castle… Soy una gilipollas… Pero…

- ¿Qué? – aún estaba procesando todo. La sangre no la tenía precisamente en la cabeza y estaba lento - Espera… No te puedes ir así, Beckett. Déjame que te explique, deja que me disculpe…

- ¿Tú? ¿Por qué? – le cortó la detective, llorando. – Nada es culpa tuya, Castle. ¡Soy yo! ¿¡No lo ves?!

Y antes de que el escritor pudiera replicar, antes de que consiguiera articular las palabras su ahora dormida lengua, Beckett dio media vuelta y con los tacones en la mano, salió corriendo del loft, dando un portazo tras de ella. Castle reaccionó entonces, y mascullando, cogió sus pantalones y se puso un calcetín sí y el otro no, zapato en mano, salió por la puerta, llamándola a gritos. Llegó al portal, se acordó de la familia entera del tipo que había puesto un pivotito para sujetar la puerta del portal porque casi se rompe un dedo. Se cogió el dolorido pie con la mano, mientras saltaba y seguía llamando a Beckett, de la que solo llegó a ver su larga y alborotada melena moviéndose mientras corría descalza por la calle.

Contuvo las ganas de darle un puñetazo a la pared solo porque ya tenía una mano fastidiada y no quería fastidiársela más. Se estremeció cuando el frío aire de la calle le dio en el pecho desnudo, y sintiéndose el hombre más estúpido del planeta, cerró la puerta del portal, auto convenciéndose de que ella no iba a volver. Quizá era lo mejor, quizá debía olvidarse de ese amor imposible e irse a por lo fácil. Solo pensarlo le dolió el pecho. Se llevó una mano a él. "Ahora lo que faltaba, un ataque al corazón" pero solo pudo reírse amargamente de la estupidez de su pensamiento, y se encaminó penosamente de vuelta a su loft, cerrando la puerta tras él, apoyándose en ella y dejándose caer hasta el suelo. Allí quedó, en el suelo medio tirado, pensando en todo lo que había pasado, y con el corazón en un puño por la incertidumbre de no saber dónde estaba Beckett.

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Tras salir corriendo del edificio de Castle, descalza y en tirantes, había seguido corriendo hasta que se hubo alejado lo suficiente de allí, no fuera a ser que a Castle se le ocurriera seguirla. Se apoyó en una pared, aparentemente sin notar el frío aire de la madrugada sobre su desnuda piel. Cerró los ojos, calmando su respiración, dejando su mente en blanco. No quería pensar, no quería recordar, todo era demasiado doloroso. Doloroso. Sí, lo era, pero solo porque ella era una estúpida, sumamente estúpida. ¿Qué había hecho? Era obvio que la noche iba a acabar así, y ella lo había buscado por una parte, pero si sabía que no estaba preparada ¿porque lo había hecho? Se pasó las manos por la cara, alborotándose aún más el pelo. Le dolía la cabeza y tenía la garganta seca por el alcohol. No estaba borracha pero sí tenía el cerebro aletargado, espeso; sin embargo, para hacerla sentirla mal estaba muy despierto. Movió el cuello, y entonces se estremeció notablemente, sintiendo por primera vez el frío. Se pasó las manos por los brazos y piernas, intentando entrar en calor, pero era misión imposible. Estaba cansada, tenía frío, le dolían los pies y la cabeza, ah, ¿se había olvidado de mencionar que su casa estaba invadida por unos amantes? Soltó un suspiró de frustración, y entonces entre la niebla de su mente apareció un rayo de luz. Ya sabía adónde ir. Un sitio que conocía muy bien. Un sitio al que había ido siempre cuando estaba falta de cariño. Paró delante de la puerta y solo entonces se le ocurrió adecentarse un poco. Se colocó bien la camisa y la falda, que se había subido de ir corriendo como una loca, y se peinó con los dedos. A pesar de su dolor de pies se puso los tacones, no podía dejar que la viera así o la atosigaría a preguntas, preguntas que no quería responder. Miró el móvil, mordiéndose el labio al ver la hora que era: 5.30 de la madrugada. ¿Y si no estaba despierto? ¿Y si tenía algún tipo de visita o acompañante? "¿Qué pregunta es esa Kate? Solo buscas un poco de consuelo y una cama donde dormir ya que en la tuya están Lanie y Esposito…". Se permitió cerrar los ojos unos segundos, preparándose mentalmente. Respiró hondo y llamó con los nudillos. 1, 2, 3 veces.

Al cabo de un rato, cuando ya estaba a punto de irse, oyó su grave y adormilada voz: "¿Quién es a estas horas? Que mañana madrugo, por dios." Se le escapó una sonrisa al imaginárselo en pijama, adormilado, con el culo de gallina de su nuca. Las lágrimas que se le habían congelado con el frío de la calle, volvieron a brotar con fuerza, sacudiendo su cuerpo con los sollozos. Necesitaba verle ya. Necesitaba sentir sus brazos alrededor de su cuerpo, enterrar la cara en su pecho y sentirse segura como solo él y otra persona, en la que ahora no quería pensar, solo podía hacerle sentir. Volvió a llamar, con urgencia. "¡Ya voy!" se oyó, amortiguado. La puerta se abrió de golpe, arrojando un poco de luz al oscuro pasillo:

- ¿Se puede saber que necesita que no pued…? – dejó de hablar de golpe, entornando los ojos para ver mejor. - ¿Kate? ¿Qué haces aquí?

Sin responder, ni hablar, solo llorando más fuerte por verle, se lanzó a sus brazos. Enterró la cara en su cuello, respirando su aroma, haciendo que su mente volara a años atrás en los que ella hacía lo mismo: abrazarle, a veces sin motivo aparente, pero antes sonreía. Él tardó en reaccionar pero la abrazó con fuerza, transmitiéndole esa seguridad que antes Beckett tanto deseaba.

- Kate, cariño… ¿Qué te ha pasado? – Cerró la puerta, haciendo pasar dentro a la detective, todavía abrazada a él. Ella se separó poco a poco, tomando asiento en ese sillón en el que se habían tirado tantas tardes viendo películas ella y él dando cabezadas… Se secó las lágrimas inútilmente porque al recordarlo todo volvieron a caerle más, y cuando pudo controlar los sollozos, relató algunas partes de la historia. Hablaron durante largo rato hasta que ella, después de tanto llorar, se quedó dormida en el sillón, y él dejó un suave beso en su frente, tapándola con una manta:

- ¿Hace cuánto que no hablábamos tanto? Siento que todo hubiera terminado así entre nosotros… - Susurró a una dormida Beckett. Acarició la mejilla de la detective, y tras suspirar, el dueño de la casa se fue a su cama a soñar con todos los momentos que había vivido con Kate.