¿Cuál es tu peor pesadilla?

Despertó sacudida por violentos temblores. Se sentía enferma, con dolor de cabeza y totalmente desorientada. Miró a su alrededor, intentando ubicarse, mientras los recuerdos de la noche anterior llegaban a su cabeza, haciendo que se volviera a tirar en el sillón y enterrase la cabeza debajo de los cojines. No quería sacarla de allí nunca más… Algo encima de la mesa le llamó la atención. Había una taza de café y al lado una nota que decía "Me tuve que ir pronto a un juicio, vuelvo para la comida. No escapes, me gustaría pasar tiempo contigo. Besos". Sonrió tristemente, lamentaba haberse comportado así con él… Se bebió el café, agradeciendo el calor en su cuerpo. Fue dejando de tiritar poco a poco y luego rebuscó en el armario, en busca de un chándal calentito que pudiera usar. Intentó hacer la comida pero el olor del pollo frito le revolvió el estómago y se tuvo que ir corriendo a vomitar al baño, volviendo a tiritar. Se tocó la frente, estaba muy caliente. "Anoche me debió de coger el frío" pensó mientras intentaba recordar donde estaba el termómetro en esa casa que ahora le parecía tan desconocida.

"Pipi". Miró el termómetro: 39 grados. Suspiró, cansada y mareada. Dejó el pollo a medio freír, pensando que ya lo haría él, y se tiró en el sillón encendiendo la televisión pero sin pararse a mirar lo que echaban, ya que el sueño la venció.

Al despertarse ya se encontraba algo mejor y cuando el termómetro pitó lo confirmó, ya no tenía fiebre. Alguien había apagado la tele por lo que supuso que ya había vuelto del juicio, aparte de que tras una rápida mirada a las ventanas vio que ya era por la tarde. El reloj del microondas marcaba las 19.30 del sábado. Se levantó silenciosamente y se asomó a la puerta de la habitación de su padre, y se quedó mirándole dormir por un rato. Hacía mucho tiempo que no le veía, más concretamente desde que discutieron tras su disparo… Le dolía que tras la muerte de su madre su relación se hubiera enfriado tanto como para que pasaran meses sin hablar, aunque todo fuera por una estúpida discusión y su orgullo. "Maldito orgullo" pensó mientras sacudía la cabeza y cerraba, silenciosamente, la puerta de la habitación, dejando dormir tranquilo a su padre. Tenían mucho que contarse, aparte de que debían hablar sobre todo lo que Beckett le contó la noche anterior en medio de ese ataque de miedo.

Pasó una mano por delante de las estanterías repletas de libros, saltando donde estaba toda la colección de Richard Castle ya que traían recuerdos dolorosos a los que todavía no estaba preparada para hacer frente. Moviendo los dedos con expectación paró ante un libro de poesía, pero pasó de largo cuando el recuerdo de Castle muy cerca de ella leyéndole ese poema de Luis Cernuda llenó su mente. Sacudió la cabeza pensando que como siguiera así no podría hacer nada ya que todo le recordaba a él: su sonrisa; sus risueños ojos, de un azul increíble; sus besos… Dejó caer la mano a un lado de su cadera, y dando media vuelta, volvió al sillón. Se tumbó y, con un antebrazo en su frente, se quedó mirando al techo por mucho tiempo, hasta que los parpados se hicieron demasiado pesados para sujetarlos y se dejó llevar por el sueño. Su mente, antes bulliciosa recordando el caso de su madre y cuando la dispararon, se quedó en blanco mientras rebuscaba y mezclaba cosas que compusieran un sueño…

"Estaba en la comisaria, sola. Miró hacia su mesa y vio una nota de Esposito que decía: "Vamos a por el asesino, VEN CUANTO ANTES." No sabía de qué le hablaba su compañero hasta que miró la pizarra y la vio llena de datos de un caso, con anotaciones por todos lados y una línea del tiempo llena de acontecimientos. De repente, todos los detalles aparecieron en su mente, y supo con exactitud a quien debían coger. El escenario cambió y pasó de estar en su coche a estar en un oscuro almacén, con bombillas cada 5 metros que iluminaban lo que se encontraba justo debajo de ellas. El suelo estaba cubierto de polvo, y el ruido de sus tacones resonaba. Echó mano de la pistola pero no la tenía, no tenía ni la placa ni el móvil ni nada. Se sintió desprotegida pero se obligó a centrarse. Giró sobre sí misma y vio en un rincón un trozo de tubería medio oxidada. La cogió, cerrando las manos a su alrededor con fuerza, afinando el oído y la vista, preparada para cualquier ataque momentáneo. Entró en una habitación llena de maniquís desnudos, todos con las cabezas y hombros gachos, con marcas por todo el cuerpo y cosas escritas por la pared. Pasó una mano por encima de la pintura, leyendo lo que ponía, y reconoció el poema: "¿Tiene esta oscuridad un nombre? Esta crueldad… Este odio… ¿Cómo nos encontró? ¿Se coló en nuestras vidas o la buscamos y abrazamos? Que pasó entonces que ahora enviamos a los niños al mundo como enviamos a los jóvenes a la guerra, con la esperanza de que regresen, pero sabiendo que algunos se perderán por el camino… ¿Cuándo perdimos nuestro camino? Consumidos por las sombras, tragados por la oscuridad… ¿Tiene esta oscuridad un nombre? Es tu nombre…" Un estremecimiento recorrió el cuerpo de la detective, haciendo que apretara tanto la tubería que sus dedos se quedaron blancos. El poema se repetía por todas las paredes, el techo, el suelo… Estaba en el refugio de un loco. Y sin embargo se sentía algo identificada con ese poema, con ese asesino. Ambos estaban sumidos en una oscuridad infinita y buscaban a ciegas el interruptor de la luz. Siguió su camino, saliendo de esa habitación para entrar en una especie de cámara. Al exhalar, vio el vaho que salía de su boca, y se estremeció, hacía bastante frío allí. No oyó nada, ni vio nada. El atacante salió de la nada, como si se hubiera tele transportado. La golpeó en la nuca con algo y ella cayó al suelo, aturdida y mareada. Se giró justo a tiempo de ver como alguien se tiraba encima de ella y como resonaba por todo la cámara el sonido de un disparo. Beckett quedó atrapada bajo ese cuerpo, ahora un peso inerte.

- ¿Quién eres? – preguntó a su protector, temiéndose lo peor. ¿Y si era Ryan? ¿O Espo? ¿Y si era Castle? El miedo se apoderó de ella, paralizándola antes de que la hiciera reaccionar y sacudirse el peso de encima, buscando una cara o algún signo de vida. Y cuando encontró ambos, se quedó sin respiración…

- ¡NO! Castle, venga, abre los ojos… - empezó a llorar sin control, olvidándose del asesino, solo pudiendo concentrarse en la cara del escritor, mortalmente pálida en sus brazos. – Por favor… No me puedes dejar, no ahora… Castle, Rick, lo recuerdo todo, y yo también te quiero, pero no me dejes… Por favor…

Castle abrió los ojos lentamente, mostrando en ellos un enorme dolor. Beckett le dejó suavemente en el suelo y buscó desesperada la herida, quitándose el abrigo aunque hacía mucho frío, para taponar la herida, como queriendo evitar que por ahí escapara la vida del escritor.

- ¿Lo…? ¿Lo recuerdas? – preguntó Castle, con voz quebrada, y entre dientes.

- Sí… - las lágrimas de Kate se mezclaban con las del escritor – Siento no habértelo dicho antes, no estaba lista…

- Da… No pasa nada, Kate. – intentó levantar una mano pero no tenía suficiente fuerza y cayó al suelo, inerte. Beckett la cogió entre las suyas, sintiendo un suave apretón. – Hace mucho frío, Kate. Abrázame, por favor.

La detective hizo lo que le pedía, abrazándole mientras enterraba su cara en el cuello de Castle, llorando.

- Prométeme que seguirás con tu vida, Kate. Promételo. No te hundas de nuevo… Enamórate de alguien extraordinario, olvídame…

- No… No podré… Castle, te amo. No me pidas que te olvide… No hables como si ya estuvieras muerto…

- Lo… - un ataque de tos interrumpió al escritor, que se manchó la comisura del labio con sangre. – Lo estoy, Kate… Mírame.

Beckett le limpió la sangre, mirándole con ternura, entre las lágrimas y el miedo:

- Te quiero, Richard Alexander Rodgers, desde el principio de toda nuestra historia… - Le dio un suave beso y al separarse del escritor, vio sus, antaño azules y chisposos ojos, ahora vidriosos, sin vida… Lanzó un grito desgarrador, que resonó por toda la cámara. Unas manos se posaron en sus hombros, intentando que se separaran del cuerpo sin vida de Castle pero ella se las sacudió de encima, abrazándole con fuerza, y susurrando a su oído que le quería, aunque él ya estaba lejos, muy lejos…"

Beckett despertó de golpe en el sillón, sudando y respirando agitadamente. Miró el cojín y lo vio mojado con todas las lágrimas que había derramado y que aún seguían cayendo de sus ojos. El corazón le latía tan fuerte que parecía que se saldría de su pecho. Se levantó rápidamente, girando por el salón. El sueño había sido tan real, tan vívido… Aún sentía la angustia apretando su garganta, impidiendo que respirara, el miedo, la tristeza, la impotencia al ver que Castle moría lentamente. Se llevó la mano a los labios, notando aun los fríos labios del escritor, muerto ya… Un sollozo la sacudió y se tapó la boca, intentando ahogarlo para no despertar a su padre. Miró el reloj del microondas: 3.30 de la madrugada. Daba igual la hora, necesitaba comprobar que a Castle no le hubiera pasado nada, daba igual como habían terminado las cosas el viernes… Se puso unas deportivas que su padre aun guardaba de cuando iba a pasar los fines de semana, se recogió el revuelto pelo en una coleta y sin querer perder más tiempo, salió corriendo por la puerta de la casa, solo pensando en Castle, en verle y abrazarle, sentirle vivo y a salvo en sus brazos…

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Unos fuertes golpes en la puerta le despertaron de un inquieto sueño, si no le hubieran interrumpido habría acabado en una pesadilla. Se sintió ligeramente desorientado, hasta que vio que se había quedado dormido en el sillón, con una mala a postura a juzgar por el dolor de su cuello. No recordaba porque se había despertado, así que volvió a buscar postura, dispuesto a seguir durmiendo cuando vio la hora en su iPhone. Pero entonces, volvieron a llamar con fuerza a la puerta, nerviosamente. Se levantó lentamente, mascullando que qué horas eran esas de hacer una visita, se puso las zapatillas y cogió la sudadera que reposaba en un brazo del sillón, no era plan de abrir la puerta sin camiseta, aparte de que tenía un poco de frío. Estiró el cuello, masajeándose y moviéndolo en círculos. Los golpes en la puerta volvieron a repetirse.

- ¡Ya voy, por dios! Un poco de paciencia… - Castle sacudió la cabeza, indignado. Fue sin ninguna prisa a abrir la puerta, el que le molestara ahora que se aguantara. Sabía que no eran ni su madre ni Alexis, ya que ambas le habrían llamado al móvil, así que no estaba preocupado más que por una personita que intentaba mantener alejada de su mente. Puso la mano en el pomo de la puerta, y antes de abrir respiró hondo, para aclararse la mente y no parecer tan dormido.

Abrió y se quedó paralizado cuando solo pudo notar unos brazos y un cuerpo muy familiar lanzarse a sus brazos. Beckett le abrazó, con fuerza, y Castle notó por la humedad de su camisa que estaba llorando. La detective pegó su cuerpo totalmente al del escritor, y al no llevar tacones su cabeza quedó a la altura de su corazón. Castle podía notar el de Beckett latir desbocado contra sus costillas. Tardó en responder al abrazo, extrañado y en shock. Entonces, tan repentinamente como le había abrazado, Beckett se separó de él, confirmando sus sospechas: estaba llorando. Y parecía bastante asustada.

- ¿Te ha pasado algo? ¿Te han hecho algo? ¿Dónde has estado? – Castle la atosigó a preguntas pero ella se limitó a negar con la cabeza a todo. El moño se le había deshecho y seguía respirando agitadamente, tenía las mejillas coloradas y los ojos brillantes. El escritor conocía esos síntomas muy bien, tocó con su mano la frente de Beckett, y asintió.

- Kate, tienes fiebre… Ven aquí – y cogiéndola del codo suavemente, la guio hasta el sillón, donde la hizo sentar ya que no se quería tumbar. Fue a la cocina y cogiendo un paño, lo mojó con agua fría, para refrescarle la cara a Beckett. La hizo quitarse la sudadera, quedando en su camiseta de tirantes, y le dijo que se pasara el paño por el pecho y la frente.

La detective obedeció, haciendo lo que Castle le decía, pero cuando él iba a levantarse a por algo más, ella le cogió de la mano, parándole. El escritor la miró fijamente, confuso, y Beckett soltó su mano lentamente:

- Tuve una pesadilla – explicó en voz baja. Castle se sentó, y aguardó. – Íbamos a pillar a un asesino, y yo estaba sola e indefensa en un almacén, entré en una habitación llena de maniquís con aspecto derrotado y llenos de marcas y cosas. Las paredes, el techo y el suelo estaban escritos con el mismo poema, ese que dice "¿Tiene nombre esta oscuridad?"

Castle asintió, reconocía el poema aunque solo fuera porque lo había escuchado en One Tree Hill. Kate se quedó mirando un rato un punto fijo, con la mente en otro sitio, mientras algunas lágrimas se escapan de sus ojos al recordarlo todo otra vez. El escritor se estuvo callado, esperando a que ella estuviera lista para seguir. Beckett cogió aire y continuó:

- Entonces salí de esa habitación y entré en una cámara donde hacía mucho frío. No le vi venir, simplemente apareció detrás de mí y me golpeó, tirándome al suelo y dejándome mareada… Y… - se le quebró la voz y no pudo más, los sollozos volvieron y Castle se acercó a ella rápidamente, abrazándola.

- Ssshh… Tranquila, fue solo un sueño… No lo cuentes si no estás lista. – Ella negó y se tragó las lágrimas.

- El asesino me disparó pero alguien se me tiró encima, haciendo de escudo humano. Yo no sabía quién era pero sabía que le habían dado. Pregunté "¿Quién eres?" asustada de que fueran Ryan o Espo o… O tu… Y cuando me lo sacudí de encima mi peor pesadilla se hizo realidad… - Beckett sacudió la cabeza, tapándose la boca con una mano. Castle acarició su mejilla, y le levantó la cabeza.

- ¿Cuál es tu peor pesadilla?

- Tú – respondió Beckett. Él se separó de ella bruscamente, dolido. Entonces vio como ella se daba cuenta de lo que había dicho, y una expresión de horror se extendió por su cara mientras se acercaba de nuevo al escritor, cogiéndole de la mano. - ¡No! Quiero decir… Eras tú. Te habían disparado a ti. Eras tú el que se moría en mis brazos mientras yo no podía hacer nada más que abrazarte y decirte que no podría hacer lo que me pedías… Mi peor pesadilla es perderte, Castle. Por eso nunca dije nada… - se calló de repente.

- ¿Nunca dijiste nada de que, Beckett? – él la miraba inquisitivamente, con sospecha en sus ojos.

- De… - suspiró, derrotada. – Nunca te dije que me acuerdo de todo lo que pasó cuando me dispararon. Recuerdo lo que me dijiste como si fuera ayer… "Quédate conmigo… Te quiero, Kate. Te quiero…" – repitió la detective, con los ojos cerrados, sin querer mirar hacia Castle para no ver lo que probablemente sería su cara de odio, de dolor, de traición…