Bueeeeno, aquí esta el último capítulo. El final. MUCHAS GRACIAS POR LEER & COMENTAR, sinceramente. MUCHAS GRACIAS RAQUELLIONS, por ser mis fans. A vuestros pies chicas :)

Nota - En esta historia Castle nunca recibió la llamada del Sr. Smith, nunca le ocultó a Beckett eso. Solo investigó el disparo, pero eso Kate ya lo sabe desde el principio


New York al otro lado de la ventana

Beckett levantó al cabo de un rato la cabeza, obligada por la gentil pero firme mano del escritor en su barbilla. Le miró a esos azules ojos por un momento, pero no pudo aguantar y terminó desviando la mirada.

- Beckett… - al ver que no respondía, Castle suavizó más aún su voz – Kate, mírame, por favor. Déjame verte los ojos.

La detective le miró, reticente, con las lágrimas mojando sus mejillas enrojecidas todavía por la fiebre. El paño que le había dado el escritor estaba olvidado encima de una rodilla de Beckett, traspasando el agua a su pantalón, pero ella no se daba cuenta. Tenía miedo. Al mirar a Castle esperaba ver enfado. Enfado y traición. Pero se quedó sin respiración al ver que él la miraba con ojos… ¿Divertidos? Sí, divertidos y cariñosos. ¿Por qué…? Beckett sacudió la cabeza, confusa:

- ¿No estás enfadado? ¿No me odias? – preguntó en un susurro.

- ¿Por qué iba a hacerlo? – preguntó a su vez Castle.

- Por haberte mentido, por haberte engañado, por haber estado todo este tiempo reteniendo esa valiosa información… ¡Por muchas cosas, Castle! Lo he hecho todo mal…

- No, no, no… Beckett – el escritor se rio por lo bajo – Ya lo sabía.

- ¿QUÉ? – los ojos de la detective se abrieron de par en par, mirando incrédulos hacia Castle, que asintió sin dejar de sonreír.

- Lo sospeché desde el principio. Aquel día me había quedado dormido encima de tu mesa de la comisaria, investigando. En cuanto recibí la llamada salí corriendo a arreglarme, estaba muy nervioso, pero al abrir la puerta y verte con Josh – masculló el nombre, poniendo cara de desagrado. – Sentí que algo iba mal, y cuando me dijiste que estaba todo negro algo en tu mirada me gritaba lo contrario. Me decía que insistiera, y cuando lo iba a hacer vi también tu miedo y me callé. Lo fui dejando pasar pero en el caso del 3XA mis sospechas volvieron…

Beckett frunció el ceño y lo recordó. Él la había preguntado si empezaba a recordar y al responder le había fallado la voz, teniendo que repetirlo. Asintió, ella misma habría sospechado también.

- ¿Cuándo lo descubriste entonces? – hasta entonces el escritor solo había hablado de sospechas.

- El día que nos quedamos encerrados en el ascensor. Me contaste que tenías malos sueños con el día del disparo, y cuando te pregunté te volvió a fallar la voz y asentiste para ti misma, como convenciéndote de que era lo mejor.

- Pero… - Beckett iba a comentar algo pero Castle puso su dedo índice en los labios de la detective, callándola.

- Espera. No fue tanto descubrirlo como hacer que mis sospechas aumentasen mucho. Me diste razones para dudarlo y tuve mucho tiempo para reflexionar… Llegué a la conclusión de que algo me ocultabas, algo gordo. – se encogió de hombros, como si fuera obvio.

Beckett sonrió levente, mordiéndose el labio inferior, todavía insegura:

- Vaya, Castle… Empiezas a pensar como un policía.

- Hombre, son cuatro años ya. – respondió el escritor con una sonrisita de autosuficiencia.

Entonces la sonrisa desapareció, y Beckett se encogió, esperando el enfado que tenía que venir. Pero no pasó nada, Castle solo se quedó pensativo, mirando al espacio que había entre ellos dos, con el ceño fruncido.

- Debes… - empezó a decir Kate – Debes saber que yo estoy muy dañada, Castle. Mi muralla interior a veces se echa sobre mí, ahogándome y sumiéndome en la más absoluta oscuridad, de manera que no logro saber que está bien o que está mal, ni me deja tener relaciones por culpa de mis miedos. Ya lo sabes… Yo… – suspiró- Te debo una explicación por todo lo que pasó el viernes. Me comporté como una gilipollas, como una adolescente asustada ante una primera vez. No puedo explicar ni excusar mi comportamiento porque no tiene perdón, así que no estaría sorprendida si te negaras a…

No pudo seguir hablando porque el escritor, se acercó de golpe a ella, juntando sus labios en busca de un beso. La empujó con su cuerpo, acabando ambos tumbados en el sillón, pero sin separar sus labios. Kate tardó en reaccionar, tomada por sorpresa ya que no se esperaba eso por parte de Castle. Éste se separó de ella, y cuando vio que pretendía volver a hablar, volvió a juntar sus labios, esta vez abriendo su boca y obligando a la detective a abrir la suya. La besó suavemente al principio, notando como el cuerpo de Beckett se relajaba bajo el suyo, perdiéndose en ese beso y buscando más. Las manos de la detective se enredaron en su pelo, empujando su cabeza en busca de más profundidad en ese beso. La indecisa lengua de Beckett casi parecía pedir permiso para entrar en el juego, cosa que Castle dejó muy claro que quería. Perdió sus manos en los largos cabellos de Kate, quitando esa goma de pelo que le molestaba y enredando los dedos en sus suaves rizos. La detective se estremeció al notar las expertas manos de Castle rozando su cintura y espalda por encima de la camiseta, y ella misma empujó al escritor a explorar por debajo de la camiseta, ansiando sentir ese calor, ese fuego que había protagonizado sus anteriores encuentros. Castle no se hizo de rogar y pronto la camiseta de tirantes de la detective dejó de ser un estorbo ya que salió volando. Beckett sonrió cuando oyó algunos botones de la camisa del escritor rebotar contra el suelo al abrirla de golpe, y Castle se la quitó con una sacudida de hombros. Se separó de los adictivos labios de la detective, y mirando seriamente a esos ojos verde avellana ahora oscurecidos por el deseo, dijo:

- No me importa que estés dañada… Yo elegí quererte con todas las consecuencias, elegí que tu fueses la persona que llenase mis días de sonrisas, elegí que me comieses a besos, elegí también tu voz al otro lado del teléfono. Elegí llorar por ti de vez en cuando, elegí que no quería otros abrazos, ni otras manos jugando con mi pelo. Elegí que tú fueses mi locura y mi cordura. Elegí las idas y venidas, las despedidas, la impotencia y la incertidumbre, pero a tu lado. Elegí el miedo a fallar y los impulsos, elegí darte el poder de sacar lo mejor y lo peor de mí, elegí las miradas, elegí temblar, elegí hacerme adicto a ti, a tus manías y a tu manera de vivir el día junto a mí. Elegí conservar intacto cada momento y dejar huella. Elegí no callarme nada, elegí dártelo todo, elegí hablar de nosotros cuando hablaba de mí, elegí ser fuerte y luchar por un solo motivo, elegí darte todas mis oportunidades, elegí que tú fueses mi vida, para siempre. Elegí no poner límites. Elegí arriesgarme y jugármela por ti. ¿Y sabes lo mejor de todo?

Beckett negó, haciendo que las lágrimas que contenía en los ojos, se derramaran. Castle se las secó con las yemas de los dedos, acariciando la cara de la detective mientras la miraba con infinito amor. Se acercó a su oído, y tras rozar con sus labios el lóbulo de la oreja de Kate, susurró sensualmente:

- Lo mejor es que lo volvería a elegir un millón de veces si hiciera falta…

La detective sonrió, dándole besos mezclados con lágrimas al escritor.

- Siempre… - contestó contra los labios de Castle, hundiendo luego la nariz en su cuello, respirando su aroma mientras mordisqueaba y besaba la piel del escritor. Cuando los dientes de Beckett se cerraron con suavidad alrededor del lóbulo de la oreja de Castle, éste soltó un gemido y volvió a buscar los labios de la detective, buscando fundirse con ellos, pegando sus cuerpos a más no poder. Bajó por el cuello de Kate, haciendo un camino de besos, continuando por el pecho y su vientre, jugando con la lengua en su ombligo mientras los gemidos y suspiros de la detective se convertían en música celestial para sus oídos. Beckett arañaba con cuidado su espalda, excitando al escritor, que se esmeraba más con sus besos y sus caricias.

La ropa fue dejando de ser un impedimento para ellos dos, que solo buscaban sentir la piel del otro, fundirse con ella hasta que no se reconociera quien era uno y quien era el otro. Ser un solo ser cada noche que pasaran juntos, recorriéndose y conociéndose, experimentando y grabando en la mente el cuerpo del otro, el roce de sus pieles, su aroma, sus puntos débiles, sus besos, sus gemidos y suspiros. Querían subir tanto la temperatura de la habitación que explotara al mismo tiempo que ellos. Querían consumirse, fundirse de placer en los brazos del otro, dormir plácidamente sabiendo que a la mañana siguiente lo primero que verían sería la cara del otro, su pelo revuelto, sus brillantes y felices ojos, su cuerpo pegado al suyo por una fina película de sudor, testigo de esa noche de pasión, desenfreno, deseo… Pero sobre todo, amor. Infinito amor. Palabra susurradas en el oído, gritos en el momento máximo, caricias especiadas con cariño. Promesas hechas en los labios del otro, sin necesidad de expresarlas, solo con una mirada o un beso ya se entendían… Todas esas muestras de amor, a lo largo de la noche, su primera noche, pero que ya la sentían como si llevaran toda la vida haciendo eso. Sabían exactamente dónde buscar para volver al otro loco, donde tenían ese punto débil, donde besar, donde y como acariciar, que hacer… Una noche infinita para dos jóvenes amantes.

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Sábanas revueltas, una rayo de luz en la cara, cuerpos desnudos, calor en la espalda, pelo enredado. Una ambulancia en la calle, pájaros piando, algún vecino con la música a tope, cláxones, gritos de un vendedor… New York al otro lado de la ventana. Cosquillas en la espalda, causadas por un perezoso dedo que dibujaba en ella; mariposas revoloteando por el estómago, labios hinchados y ligeramente doloridos por los mordiscos, el corazón rebosando felicidad, una sonrisa tonta en la cara. Dedos entrelazados, piernas enredadas, cálidos brazos a su alrededor, un cuerpo con el que encajaba perfectamente. Sentirse cómoda y segura, satisfecha por primera vez en mucho tiempo. Completa como nunca se había sentido… Se giró en la cama, buscando… Azul. Brillante, radiante, chispeante, SU azul:

- La perfección a mi lado – susurró una grave voz, que conocía muy bien, en su oído.

A Kate se le escapó una carcajada, y unos suaves labios recorrieron el contorno de su mandíbula y boca, hasta juntarse en un perezoso y lento beso. Se separaron cuando el oxígeno se hizo necesario, sonriendo ambos:

- ¿Le han dicho alguna vez, Sr. Castle, que está muy sexy recién despertado? – comentó Beckett hundiendo su nariz en el hueco del cuello del escritor. Su pecho vibró al reírse:

- Bueno, sí me han comentado que soy terriblemente atractivo. Y un genio en la cama…

- Wow, baja Modesto que sube Castle – bromeó Beckett, riéndose. Depositó un beso en el cuello del escritor, seguido de varios más. Sus manos acariciaron el torso de Castle.

- Mmmm… Como sigas así, me dormiré de nuevo – murmuró el escritor contra el pelo de Kate.

- Te doy permiso tras la noche de ayer – sonrió al recordarlo todo. Castle no contestó, y ella vio que se había dormido. Apoyó el codo en la cama y descansó la cabeza en la mano, mirándole. Sus largas pestañas, su pelo revuelto, la sombra de una barba incipiente, su tranquila respiración, sus lentos latidos…

¿Y de eso huyó? ¿De esa paz, esa tranquilidad, esa satisfacción, esa sensación de plenitud? ¿Esa ternura que parecía que no le cabía en el pecho? ¿Esa mezcla de aromas? ¿Era eso lo que tanto la asustaba? Porque ahora no lo cambiaría por nada del mundo…

Sonrió, dándose cuenta de cuanto le quería. Le besó suavemente en el hombro, sin despertarle, apoyó la cabeza en el pecho de Castle y se quedó dormida mientras oía como el corazón del escritor latía tranquilamente, sabiendo que cuando se despertara su musa estaría a su lado.

Siempre.