Disclaimer: Kobato no me pertenece, punto. XD
"Sólo cuenta hasta diez... o hasta mil en tu caso."
"Haru ni saku hana..."
Podía oírla cantar, todo el tiempo, podía dibujar su melodiosa voz en cualquier camino que recorriera sin importar el tiempo. La había escuchado más de una vez cantar esa melodía y su mente podía con facilidad repetir cada uno de los acordes. Pero desafortunadamente nunca igual.
La extraña.
La extraña con demasía. Añoraba estar con ella.
-Maldición -murmuró por lo bajo.
Le tomó un segundo después de esa añoranza el decidirse a ir a verla incluso antes de la hora fijada, un par de minutos el alistarse y salir a la calle rumbo al tren bala, una media hora en que saliera el tren de la estación, unas cuantas horas antes de llegar a Kyoto. Pero le tomó todo el tiempo anterior junto para caer en cuenta de lo que había hecho.
Todo el tiempo anterior junto más la hora que le tomó pararse frente a la casa de la castaña y llamar a la puerta.
-Maldita sea -volvió a maldecir una vez más. Aunque en esta ocasión por un motivo distinto.
En primer lugar había maldecido el haber sido tan impulsivo como para lanzarse en busca de su adorada Kobato sin ser consciente de lo desesperado que eso lo haría verse. Mientras que la segunda maldición la profirió al darse cuenta de que no había nadie en casa. Oh bueno, mejor suerte para la próxima, casi podía escucharse a sí mismo diciéndose esas palabras.
-Haaa -suspiró vencido.
Eso se merecía por dejarse llevar por un impulso. Miró la hora en el reloj de mano que descansaba en su muñeca derecha, faltaban 10 min para las 12 del medio día y la cita con la chica no sería sino hasta dentro de tres horas. Tendría que buscar algo que hacer hasta entonces.
-Are! Fujimoto san!
La expresión de sorpresa que se distinguía en la voz pasó a convertirse en la sorpresa del rostro de él. Reconocía a la perfección a la dueña de esa voz. Se giró hacia ella sin preocuparse por ocultar su perplejidad.
-Kohaku, ¿qué haces aquí?
El joven ángel (como se refería él a ella, ya que un ángel es asexual) estaba de pie frente a él con un par de bolsas de mandado en sus manos y sonreía con inquietante curiosidad brillando en sus ojos y quizá algo parecido a la emoción.
-Vine a visitar a Kobato chan -respondió -Usagi chan me informó de que ella estaba aquí
-Ah -asintió él
Aún le costaba trabajo creer la historia de Kohaku sobre que era un ángel y sobre el conejo que era el mensajero del cielo; pero daba de su parte para poder aceptar, si no bien asimilar, la realidad de aquellas cosas tan extrañas.
-¿Acabas de enterarte? -cuestionó con interés, después de todo hacía menos de una semana que él había reencontrado a la chica y se preguntaba si acaso Kohaku llevaba sabiéndolo desde antes.
-No, tengo a penas dos días viniendo -respondió.
Kiyokazu sintió que el corazón le latía aliviado, tal vez no habría soportado el que Kohaku lo supiera y no le hubiese dicho nada.
-Ya veo -asintió sonriendo -supongo que no tuviste problema para volver a hacerte amiga de ella
-Para nada, Kobato chan sigue siendo tan buena persona como antes, supongo que tú también lo sabes.
Él asintió. Recordaba a la perfección su primer relativo encuentro con la chica en cuestión y en la forma en que había seguido hablando con ella en las casuales llamadas por teléfono.
-Pero es una sorpresa verte tan pronto -exclamó sin dejar de sonreír -Kobato chan me había dicho que le entregarías los documentos de la cesión de bienes hasta las 3 de esta tarde
Mierda. Los documentos. ¡Los benditos documentos! Se reprendió de nuevo mentalmente, había salido de su departamento sin llevar consigo lo que se suponía que en principio era la razón por la que estaba allí. La verguenza y la frustración que sentía sumado a una ira desmedida contra sí mismo, era tanta que no pudo ocultar las facciones que adquiría su rostro ante aquéllas sensaciones.
Kohaku le miró preocupado.
-¿Te sientes mal?
Él le lanzó una mirada llena de irritación. Por supuesto que se sentía mal, pero siendo honestos mal se quedaba corto con lo terrible que se sentía. Al final suspiró intentando serenarse, recordándose que Kohaku no tenía la culpa de su torpeza.
-Acabo de recordar que olvidé los documentos -confesó.
-Oh no -respondió ella con verdadera preocupación, pero tras un segundo sonrió convencida -descuida, a Kobato chan no le molestará, seguro hasta le dará gusto saber que tendrá otra razón para verte de nuevo.
-Eh?
Él la miró sorprendido. ¿Qué tanto sabía Kohaku de sus sentimientos?, se preguntó. ¿Y sobre los de Kobato?
-Bueno, pero será mejor que entremos -le animó -Kobato chan tardará en regresar -le dijo y se dirigió a la puerta para abrirla
-¿Tienes llave de su casa? -cuestionó asombrado.
-Es que Kobato chan sigue siendo igual que antes -le dijo como si eso bastara como explicación y, en cierto modo, lo hacía.
Kiyokazu sonrió convencido. Un instante después se adentró en los aposentos de aquella enorme y encantadora mansión.
Se había esperado el tener que idear la forma de quedarse a solas con el peluche azul, había esperado tener que fingir interés en el mismo (un interés distinto del de averiguar la razón de su presencia en aquél lugar), había esperado tener que engañar a la ingenua Kobato para que ésta le prestara el muñeco sin mucho problema, incluso se había esperado el tener que robarlo.
Y es por eso que ahora estaba tan desorientado. Nunca habría esperado el que la susodicha saliera de casa sin el muñeco que según ella, llevaba consigo desde que podía recordar. Aunque, si lo analizaba por otro lado, la niña siempre parecía perderlo, pues en repetidas ocasiones la había visto buscarlo desesperadamente. De modo que, tal vez, no era tan desconcertante como sentía que era.
-Sé quién eres -habló en tono serio.
Silencio. El muñeco que tenía en frente, sin embargo, se negaba a responderle. Se mantenía quieto sobre la mesa de madera que estaba en el centro de la sala. Incluso su mirada estaba desorientada.
-Te recuerdo a la perfección. -Volvió a hablarle. Se sentía hasta cierto punto estúpido y agradecía el que Kohaku hubiera desaparecido en la cocina en cuanto entraron, de otro modo su verguenza habría sido aún mayor.
De nuevo silencio. El ceño de Kiyokazu se frunció entonces y sus labios formaron una fina línea en su rostro. El atisbo de esperanza que se había sembrado en su ser se negaba abrirse paso.
-Sólo quiero saber por qué estás todavía con ella -suplicó.
Nada de nuevo.
-Haaa -suspiró con pesadez
Se sentía ridículo hablando con un perro de felpa. Evidentemente no era otra cosa más que eso, no era el mismo ser, era sólo una coincidencia. ¿Verdad?, sí eso debía ser, una terrible y vergonzosa coincidencia. Y rogaba a todos los cielos el poder olvidarse del ridículo que sentía acababa de hacer. Deseó con fuerza el que no hubiera notado el color azul del peluche en cuanto entraron en la casa, deseó no haber seguido a Kohaku a la cocina y haber desviado su rumbo hacia la sala en la que se encontraba el muñeco.
Deseó dejar de comportarse como un estúpido.
Se masajeó la frente y se dejó caer sobre el sillón que tenía a sus espaldas. Lo mejor sería no darle importancia al asunto y concentrarse única y exclusivamente en Kobato, el resto podía esperar, se convenció. Cerró sus ojos con el rostro recargado aún en la mano sobre la que descansaba su sien; y de pronto una voz lo sorprendió.
-Are are... -Una gruesa voz.
Se congeló. Se quedó quieto al escucharla, reconocía esa voz.
Levantó la vista hasta la altura de aquél muñeco, el cual seguía quieto. Genial! Justo lo que le faltaba, comenzar a oír voces. Y aún así, volvió a mirar detenidamente a aquél muñeco.
Nada aún.
Se puso de pie entonces, se arrodilló a los pies de la mesa acercándose aún más hasta que estuvo cara a cara con el peluche. Y aún no había respuesta. Clavó la mirada aún más en él, intentando escudriñar los secretos que escondía el afelpado ser, aún cuando su mente le decía que era inútil lo que estaba haciendo.
Pero igual y con todo, tensó aún más su rostro, su mirada penetró un poco más.
-Fujimoto san
-Auch!
Se sobresaltó tanto al escuchar que le hablaban que cayó de bruses sobre la mesa y se dió un fuerte golpe en la nariz. Maldicio por lo bajo mientras se apretaba la parte dañada.
-¿Te encuentras bien? -Kohaku corrió a su lado, dejando la bandeja con los tes sobre la mesita.
-Estoy bien -respondió aún sin soltarse la nariz -sólo me di pequeño golpe, no es nada
-Perdóname por asustarte -se apresuró a disculparse ella, con evidente preocupación.
Él negó con la cabeza.
-Fue mi culpa -aseguró -no debí quedarme viendo tan fijamente ese muñeco -le dijo
Kohaku se extrañó sobremanera, sorprendida por la declaración del chico. Miró en dirección a la mesa pero ahí sólo había un florero con girasoles dentro de él.
-Disculpa, ¿a qué muñeco te refieres?
-Pues a... -se interrumpió al comprobar que, efectivamente, no había nada allí.
Perfecto, se dijo mentalmente. Oficialmente estaba comenzando a perder la cordura.
-Me parece que el golpe que te diste fue muy fuerte -dijo Kohaku sin afán de burla y él, aunque lo sabía, no pudo evitar molestarse por el comentario -tal vez debas descansar un poco.
Bufando entre dientes, asintió con la cabeza; tal vez después de todo, eso era justamente lo que necesitaba. Refrescarse las ideas de la cabeza.
Volvió a sentarse en el sillón y distraídamente tomó la taza de te, aunque sin beberlo. Por un breve instante dejó que la frustración cediera y diera paso a un sentimiento de dolorosa angustia. Deseaba tanto poder responder las dudas que rondaban por su cabeza, y, aunque sabía que Kohaku podría decirle la verdad sin problemas, no estaba seguro de si ella tenía el permiso de hacerlo, no quería que rompiera más reglas de las que ya había roto por su culpa.
Suspiró resignado y por fin bebió su te.
Kohaku lo miraba sonriendo amablemente. Entendía las preguntas que seguramente él se devanaría por hacerle. Pero también entendía que si bien Iorogi no se había revelado cuando tuvo la oportunidad, era porque no deseaba hacerlo y lo mejor era esperar hasta que él decidiera que fuera el momento correcto. Después de todo Kohaku estaba ahí porque Iorogi (y no Usagi chan) lo había ido a buscar y le había pedido personalmente el que lo ayudara en esta nueva misión. Sobra decir que Kohaku aceptó con gusto.
El ángel soltó una risilla de complicidad.
-¿qué es tan gracioso? -preguntó el castaño sin muchos ánimos de querer recibir una respuesta realmente.
-Lo siento -se disculpó el rubio -pero es algo que descubrirás por tu cuenta.
Él estaba a punto de preguntar a qué demonios se refería con eso, pero de nuevo entendía que no debía presionar. Así que suspiró con resignación.
-Espero que no te equivoques en eso -respondió, una débil sonrisa se dibujó en las comisuras de sus labios -espero que no te equivoques.
-Descuida, cuando él quiera hablar contigo, te buscará -le aseguró.
Él le miró desconcertado. Eso significaba (si Kohaku se refería al mismo ser que él estaba pensando) que el tal Iorogi realmente estaba allí. Justo como lo recordaba de hacía cuatro años.
Él y Kohaku hablaron durante varias horas, mientras el ángel se encargaba de los deberes que le había encargado Kobato. Kiyokazu la acompañó en la travesía y terminó incluso ayudando en dichos deberes. Fue debido a eso, quizá, que terminó en la que supuso era la habitación de la castaña. Era muy diferente del apartamento semi vacío que antes tenía al lado del suyo: con tan solo un futón y una maleta. Ésta habitación era más femenina, mucho más femenina y cargada de un montón de objetos. El armario estaba lleno de hermosos vestidos, la cómoda cama tenía un edredón rosado muy bonito con un bordado curioso de una paloma, tan típico de ella, se dijo. La habitación estaba muy iluminada y había una estantería en donde guardaba varios libros, la mayoría de ellos cuentos infantiles. No pudo evitar sonreír ante eso.
Una parte de su mente le gritaba que estaba mal estar husmeando en la habitación de ella, una pequeña parte digamos un 5%, y el otro 95% gritaba rebosante de alegría, una alegría que provenía desde el fondo de su corazón y que le impedía hacerle caso a aquella vocecita fastidiosa que no le permitía navegar en el mundo de su pequeña palomita: su Kobato chan.
Su mirada recorrió el resto de la habitación hasta tomar con el escritorio que estaba pegado a la pared a un lado de la cama. Había una ventana sobre éste que estaba abierta, permitiendo que el aire jugueteara con las cortinas. Se acercó un poco más y entonces se detuvo completamente petrificado por el objeto con el que sus ojos se habían topado.
Una pequeña botella de cristal.
Por un segundo el corazón dejó de latirle. Por un segundo su mente recordó aquella trágica despedida. La manera en la que la chica se había aferrado a aquella botella de cristal como si fuera su tesoro más preciado, y como, debido a eso, terminó por desaparecer. Quería deshacerse de ese objeto, pero algo aparte no estaba bien. Él recordaba el que la botella se había llenado con el último caramelo que le pertenecía a él, el último corazón roto; sin embargo, ésta botella estaba llena de aquél líquido verde tan sólo hasta la mitad. ¿Qué pasaba aquí? Se preguntaba.
Después de debatirse unos minutos si debía tomarla o no, finalmente caminó el último paso que lo separaba del escritorio. Iba a tomar la botella cuando de pronto algo lo interrumpió.
-¡He vuelto!
O mejor dicho alguien.
-Lo estás haciendo mal -se quejó en un tono de total reproche y algo lleno de irritación.
La chica tembló ante la voz de él y se puso nerviosa a tal grado que parecía un ratón asustado.
-Sumimazen! -se disculpó casi gritando, sin dejar de mover las manos.
Kiyokazu dejó salir un profundo suspiro
-deja que yo lo haga -respondió
Kobato se apartó entonces permitiendo el que fuese él quien se encargara de revolver la pasta que la chica había estado batiendo tan fuerte, que ésta salía disparada a todas partes.
Algunas cosas nunca cambian, había pensado él para sus adentros.
-Wow, lo haces increíble -admiró ella, mirándolo trabajar emocionada.
Él esbozo una pequeña sonrisa. Kohaku los miraba al otro lado de la mesa, justo a la entrada de la cocina, sostenía el peluche de Iorogi en sus manos. ¿Pero de verdad era sólo un peluche?
-Iorogi san -le llamó Kohaku entonces, aprovechando la distracción y la distancia de los otros dos. No habría forma de que se percataran de que hablaban -¿seguirás escondiéndote aún más? -cuestionó sin apartar la vista de los castaños.
En los ojos negros del pequeño se reflejaba la imagen de aquellos castaños que se dedicaban a preparar la cena animádamente. Hubo un largo minuto antes de que por fin, se animara a contestar.
-Tiendo a ser más precavido -respondió -no quiero adelantarme como la última vez -confesó, también sin apartar la mirada de los muchachos.
Kohaku asintió sonriente.
-Entiendo, pero hace unas horas estuviste a punto de descubrirte por tu propia cuenta -le recordó -no creo justo el que juegues con Fujimoto san de esa manera
Iorogi se rió.
-He, ese chiquillo puede soportar aún más -respondió -tenía que aprovechar la ocasión y divertirme un poco, desde que Kobato perdió sus recuerdos no he tenido la oportunidad de molestarla como antes, no puedo revelarle mi presencia
Por primera vez, Kohaku le dirigió la mirada y su gesto era de reprensión
-Iorogi san, no es correcto que molestes a los demás -le recriminó -eso está muy mal
Él volvió a reír por lo bajo.
-Kohaku, te olvidas de que yo no soy un ángel -se defendió, el aludido sólo pudo elevar las cejas, sin saber qué responder ante tal respuesta -de todas maneras, planeo hablarle dentro de poco, así que no te afliges -sonrió
El ángel se serenó después de aquellas palabras. Eso estaba mejor. Volvió a mirar a los castaños y no pudo el volver a sonreír. Hacía una escasa hora que Kobato había regresado a la mansión. El pobre de Kiyokazu había salido a prisa de la habitación de la misma, en primer lugar debido a la emoción y el deseo desbordante de salir a verla (porque era evidente que eso era lo que estaba deseando, poder verla), y en segundo lugar con la cara roja de verguenza porque acaso ella descubriera que había estado dentro de la habitación de la misma (en donde se había demorado bastante), y era obvio que no quería parecer ningún grosero.
El ángel volvió a reír ante aquél recuerdo. Kobato también se había sorprendido mucho de verlo ahí, pero como era tan típico de ella no se molestó en absoluto, sino que por el contrario, incluso se mostró contenta de volver a verlo. Al principio el castaño había tenido problema para explicarse, por lo que Kohaku se apresuró a explicar la situación. Kiyokazu lucía bastante avergonzado y preocupado por lo que pudiera pensar Kobato del hecho de haber olvidado los documentos, pero para su fortuna ella había respondido sonriente: "te entiendo, a mí también se me olvidan las cosas todo el tiempo". Sobra decir que él se sonrojó aún más después de aquél comentario.
Al final Kobato había convencido a un renuente y sonrojado Kiyokazu a que se quedara a cenar con ellos, pasaban de las cinco de la tarde cuando se dispusieron a preparar la cena. La chica había hecho alarde de un platillo italiano que había probado hacía poco y del cual había conseguido la receta, estaba dispuesta hacerla para ellos. Pero tanto él como Kohaku entendían lo atolondrada de la chica y no dudaron en ofrecerse a ayudarla.
El resultado: Kiyokazu había terminado haciendo la cena por ella.
-¿Qué te parece si los dejamos solos un momento? -sugirió el ángel
-Sí, porqué no! -asintió Iorogi
Y ambos salieron sin hacer ruido, de allí. Los castaños estaban tan ensimismados en sus deberes que no se percataron de la ausencia del rubio. La chica miraba con admiración el movimiento de las manos de él mientras manejaba con excelente perfección el arte de la cocina. Sin embargo, un instante más y la sonrisa de ella se desdibujó.
-Perdona -se disculpó apenada
Él la miró confundido
-¿Por qué?
-Yo quería invitarte la cena y en lugar de eso te puse a hacerla -le dijo apenada, él tuvo que contenerse de abrazarla en ese momento y en su lugar desvió la mirada
-Me estás invitando la cena ya que ésta es tu casa -le dijo y ella lo miró con timidez -además, te lo debo por no traer los documentos, ése fue un descuido mío que no debí permitirme -confesó, el tono de su voz demostraba que de verdad le avergonzaba haber cometido tal error
Ella sonrió entonces, tranquila de que él no pensara mal de ella.
-Pero, sabes? -le habló atrayendo su atención -yo estoy muy contenta de que los hayas olvidado, así podré verte otra vez -confesó, había un ligero rubor en sus mejillas y él no pudo apartar la vista esta vez.
Kobato se sobresaltó al sentir la mirada de él clavada en ella.
-Ah, perdona -se apresuró a disculparse -seguro que dije algo molesto
Él apretó los labios, intentando contenerse otra vez, volvió la vista hacia la cena que se cocinaba en la estufa que tenía en frente.
-Yo también -balbuceó ella le miró curiosa y sorprendida, el rubor se extendió también por las mejillas de él -a mí también me gusta la idea de poder verte otra vez -concluyó
Kobato le miró detenidamente y no pudo evitar sonreír.
-Eso significa que somos amigos, verdad? -exclamó animada, él la miró expectante y asintió sin molestarse en ocultar su sonrisa, lo que provocó el que ella sonriera aún más -entonces puedo verte aún si no es por un caso legal? -inquierió
Esa pregunta lo tomó desprevenido, pero también, estaba feliz de no haber tenido que ser él el que hiciera la pregunta; le molestaba el sonar desesperado, pero si era ella... bueno, digamos que era diferente.
Se recompuso tras un segundo del permitirse sonreír y desvió la mirada con tono airoso.
-Supongo que no tengo más remedio -respondió
-Eres muy molesto Fujimoto san -se quejó ella con un puchero
Pero por lo demás no pudo evitar el volver a sonreír.
Era feliz cuando estaba cerca de él.
La tarde transcurrió y dió paso a la noche, fue demasiado tarde cuando se percató de que ya no habría ningún viaje que le llevara de regreso a Tokyo. Estuvo a punto de maldecir por lo bajo, cuando Kobato sugirió el que se quedara con ella; después de todo la casa era bastante grande y tenía varios cuartos vacíos. Estuvo a punto de negarse cuando Kohaku aceptó por él. Y él terminó aceptando al final, aunque siendo honestos la verdad era que no tenía ganas de negar algo que deseaba con todas sus fuerzas, incluso si eso conllevaba a dejar de lado su orgullo.
-Después de todo esta vez soy yo quien debe conquistarla -se dijo y suspiró después de eso.
La paciencia le estaba durando poco, tanto, que le estaba costando el conciliar el sueño aquella noche, en la penumbra de una de las tantas habitaciones de huéspedes.
-Pero por lo demás ella no va a recordar -respondió una voz gruesa en la oscuridad.
Kiyokazu volvió a suspirar con cansancio. No necesitaba que se lo dijeran, lo entendía a la perfección. Sin embargo, era duro tener que fingir que él tampoco recordaba aquellas memorias, él no quería deshacerse de ellas por ningún motivo.
-Si hay la más mínima esperanza de que ella pueda corresponderme -se dijo, y su mirada reflejó determinación -Lo intentaré -respondió
-Mmm, no está tan mal para ser un ser humano -volvió a responder la voz y sólo hasta entonces el castaño se percató de la presencia del extraño
-Tú...! -exclamó al ver al pequeño peluche azul sobre la cómoda frente a la cama en la que se encontraba
-Yo! -saludó éste -aunque algo tarde, por fin te encontré.
A penas un segundo y Kiyokazu tuvo que recordarse mantener la calma, estaba por demás furioso y apunto de exigir una explicación.
-Tranquilo -se dijo -sólo cuenta hasta mil. -murmuró entre dientes.
Pero Iorogi no pudo evitar reír.
A/N: Ideas son aceptadas y bienvenidas, te recomiendo leer con el ost de kobato. Read & Review please
