Disclaimer: Kobato no me pertenece, punto. XD
PS: me inspiré con algunas ideas de las q me mandaron =D gracias a todos!
"No es que sea posesivo... ¡Es que ella sólo puede ser mía!"
El sol brillaba con toda su intensidad en lo alto del firmamento, el cielo estaba despejado y sólo una que otra nube navegaba peresoza en el ancho azul que se cernía sobre la quietud del verde prado, el aire mecía la hierba con suavidad y las aves revoloteaban de aquí a allá terminando un cuadro perfecto.
Sí, era un excelente día, lleno de buenas y magníficas esperanzas...
...
¡Y una mierda!
Kiyokasu no había logrado pegar pestaña en toda la maldita noche. ¿Por qué? Eso quería saber justamente, de pronto no se sentía en condiciones de querer entender lo precario de su situación y mucho menos el porqué había terminado así. Estaba irritado, cansado también y con un exceso de sueño en cada uno de sus ojos irritados; pero por lo demás estaba molesto. Qué va. Estaba encabronado. Sí. Eso se ajustaba mejor al cómo se sentía.
-Estúpido día feliz -murmuró por lo bajo
El sol le calaba los ojos, el aire le calaba los huesos y el cantar de los pájaros le sonaba más como un fastidioso chirrido rasgándole el oído que a una melodía en sí. Sí. Estúpido día feliz.
Iorogi no podía coincidir mejor en eso; no daba muestras de estar en mejores condiciones, por el contrario, estaba aún peor que el chico. Y es que en su forma actual tenía prohibido quemar al susodicho en cuestión por miedo a delatarse frente a la castaña y eso arruinaría todas las cosas. De modo que había terminado huyendo, esquivando y lanzando cuanto hallaba en su camino en contra del muchacho. Y eso era lo que más le irritaba. No había sido su intención el que las cosas terminaran así, pero cuando su caracter chocaba con el del otro era inútil intentar detenerse.
¿El motivo de su discusión?
Una chica
¿Qué chica?
Nada más y nada menos que la dueña de la casa en la que se encontraban: la pequeña Kobato.
¿La razón?
Simple. Discutir quién se haría cargo de la misma.
¿Por qué esto representaba un problema?
Bueno, eso era algo que ninguno de los dos estaba dispuesto a confesar todavía, al menos no en voz alta.
Desde luego, Kiyokazu fue el primero en ceder
-Esto es ridículo. -Soltó las palabras como un cansado suspiro y dejó de lado su posición de defensa, ya había tenido suficiente. -Si se trata de cuidar de ella, creo que puedo hacer el trabajo mucho mejor que tú.
-Bah -gruñó Iorogi -un simple humano sería incapaz de protegerla. Sólo un fuerte espíritu como yo tengo ese derecho.
-Olvidas que no puedes usar tus poderes, de modo que no eres tan eficiente pedazo de felpa. -Refutó
-Soy el rey del mundo de los espíritus! -refutó furioso el pequeño azulado liberando sin querer el fuego magistral q lo caracterizaba
Kiyokazu se agachó al instante cubriéndose la cabeza, logrando esquivar el golpe. Iorogi, rió complacido.
-Ya no estás tan seguro cierto? -refutó
-Pedazo de inepto! -fue la respuesta del chico, que rápidamente tomó la sábana de la cama tirándola al suelo y pisándola apresuradamente para apagar las llamas q el pequeño le había proporcionado -¿Es que no te sabes medir? -le reclamó -Ahora entiendo de quién sacó lo atolondrado esa niña!
Iorogi sintió la verguenza recorrerle el cuerpo, pero su orgullo era mucho más grande.
-Hn -musitó cruzándose de brazos -fue sólo una advertencia
-GRRRR -fue la respuesta del joven.
Habían terminado en la misma posición que antes. En defensa. Luego cambio a posición de ataque. Listos para saltar.
3
...
2
...
1
-Aah! / "Buenos días!"
Lo que empezó como un ataque terminó como un saludo. Kiyokazu tomando a Iorogi por sus patitas. La chica que los había interrumpido, nada más y nada menos que Kobato, descansaba en la puerta mirándolos con una sonrisa de oreja a oreja.
-Fujimoto san, buenos días! -le saludó
-Ah, buenos días -musitó entre dientes, conteniendo las ganas de estrujar al pequeño en sus manos.
Por su parte Iorogi, intentaba no volver a soltar su fuego.
-Oh! Ioryogi san! -exclamó la chica al ver el peluche en manos de Kiyokazu -¿Cómo fue que llegaste aquí? -se cuestionó en voz alta, incándose frente al muchacho y viendo al peluche detenidamente
-Oh! Ayer lo dejaste aquí -se apresuró a explicar el castaño -cuando me mostraste la habitación lo dejaste sobre el escritorio
-¿De verdad? -exclamó ella abochornada de ser tan atolondrada -Disculpa!
-No te preocupes, es normal que se te olvide considerando lo pequeño que es -dijo con intención de molestar al pequeño y consiguiéndolo con éxito
-Es una pena pero siempre me pasa esto -se quejó la pequeña, tomando en sus manos al pequeño y levantándose en el acto.
-No te disculpes.
Kobato estuvo a punto de salir de la habitación cuando se detuvo de pronto en la puerta y volvió a mirarle con las mejillas sonrojadas.
-Eto... Kohaku san ha preparado el desayuno, por favor baja cuando estés listo.
-Sí -le sonrió
Y las mejillas de ella se colorearon aún más.
-Bueno... te veo en un rato -musitó como pudo.
Y salió de la habitación.
Kiyokazu dejó escapar un pequeño suspiro de cansancio. Volvió a mirar la sábana casi hecha trizas y por un instante su entrecejo se frunció. Debía de ser más listo que el peluche si quería ganar esto. Y, en definitiva, no estaba dispuesto a perder.
Eran las 10 de la mañana a penas y Kiyokazu, con todo el dolor y coraje que sentía en su alma, debía partir de regreso a Tokyo, no podía dejar de lado su trabajo y era precisamente eso lo que más le molestaba. Sentía de algún modo, que perdía una batalla (por muy pequeña que ésta fuera) en contra del pequeño canino.
-No quisiera que tuvieras que irte así -se quejó la pequeña castaña, mirándolo con ojos de súplica.
El chico suspiró resignado mientras desviaba la vista lejos de los conmovedores ojos marrones de la joven.
-No tiene remedio, tengo que trabajar
-¿Y no podrías llamar declarándote enfermo? Sólo por un día más -suplicó ella
Esto, como de costumbre, terminó molestándolo sin querer.
-Tonta. Ya perdí mucho tiempo y todavía tengo que traerte esos papeles, ¿o es que ya se te olvidó? -le llamó la atención
Kobato se sobresaltó por el regaño y se apresuró a refutar
-¡Claro que no! -le dijo haciendo puchero pero cambiando el semblante a uno de tristeza inmediatamente -Mo, a veces eres muy cruel Fujimoto san -se quejó
-No más que otros -murmuró entre dientes desviando la vista algo irritado, desde luego que se refería a Iorogi
-¿Eh? -Kobato por su parte, le miró sin entender a lo que se refería, mientras que Iorogi reía internamente desde su posición en los brazos de la chica.
-Kobato san, yo también me retiro -se apresuró a intervenir Kohakú para evitar más malentendidos. Justo iba saliendo de la casa llevando en sus manos un pequeño maletín.
-¡Eh! ¡También tú! -exclamó algo sorprendida -Me voy a quedar sola -se quejó
Kohakú le sonrió con ternura.
-No es cierto, aún te queda Iorogi san
El rostro de la niña se iluminó al instante.
-Sí -sonrió
-Para eso mejor que se quede sola -volvió a murmurar el castaño con el semblante molesto, atrayendo de nuevo la mirada confundida de Kobato
-Eh?
-Espero que nos visites pronto en Tokyo Kobato san -de nuevo Kohakú salió a salvar la situación
-Hai
Partieron del lugar rumbo a la estación más cercana. Kiyokazu seguía con el semblante molesto. Caminaba en automático mientras reflexionaba sobre todo lo que había pasado, Kohakú siguiéndole a unos escasos pasos atrás. Si bien era cierto que entendía la posición y deber de Iorogi, también lo era el hecho de que aún así no acababa de confiar en él. Después de todo, ¿no había sido Iorogi justamente quien no había podido evitar el destino de Kobato? Por lo que sabía del pasado de la joven, había sido el mismo Iorogi quien había terminado con la vida de la niña; la razón de que terminara haciendo esa misión.
Pero...
Por otra parte, si "eso" no hubiera ocurrido... Kobato jamás habría llegado a su vida...
Elevó la vista mientras caminaba y la perdió en algún punto distante del cielo. Una vida sin Kobato. No quería tener que pensar en eso... Segundo a segundo, recuerdos difusos pero irónicamente vívidos recorrieron su mente hasta abrumarlo. Y llegó a la conclusión de que su vida no estaría completa si esa niña nunca hubiese entrado a ella.
Suspiró.
Por mucho que no le gustara, tendría que confiar en ese "rey del mundo de los espíritus". Y su corazón se estrujó en celos de angustia.
-Eso estuvo cerca
Las palabras de Kohaku lo trajeron a la realidad de pronto, y se sorprendió al descubrir que ya estaban dentro del tren bala, que incluso ya había comenzado a andar.
-Otro poco más y destruyen la casa -se rió el ángel
-Vamos, no llegó a tanto -refutó el muchacho desviando la vista a la ventana, no estaba muy orgulloso de lo que había pasado.
-Pero bien pudo haberlo hecho -le regañó el pequeño -Dime, ¿tanto te molesta dejarla en sus manos? -le cuestionó con sincera preocupación en su voz, Kiyokazu no respondió. -Sé que parece alguien muy temperamental, pero él se hizo cargo de Kobato desde que vino a este mundo, jamás se separó de su lado -le explicó intentando defender al pequeño.
-Sí, y mira cómo fueron a terminar las cosas -se quejó él con el semblante molesto
-Bueno, tú tuviste algo que ver también en eso o no? -explicó el ángel sonriendo -Por otro lado tu comportamiento con ella no difiere mucho del de Iorogi san -se rió
-¡No me compares con eso! -se apresuró a gritarle mirándola por fin de frente
Pero eso sólo sirvió para que Kohaku se percatara de los sentimientos del chico.
-Ah!, ¿es por eso entonces? -Él reaccionó volviendo a tomar su lugar y agachando la vista a sus manos -¿No quieres que nadie tome tu lugar con ella...?
-No es eso... -suspiró
-¿Entonces qué es?
-Yo tampoco estoy seguro... -confesó.
Incluso si sabía que quería a esa niña más que a nadie en el mundo. Sentía que no era la única razón bailando frente a sí. Era un temor interior que no estaba aún listo a admitir.
"Fujimoto san es mi persona más importante."
Recordó aquellas palabras haciendo eco en su mente la imagen del rostro de ella sonriente y bañado en lágrimas.
"Siempre lo ha sido, y desde ahora siempre lo será."
Sus ojos palidecieron. Él conocía la razón de sus miedos. El mismo Iorogi se lo había dicho.
"Eso fácilmente puede cambiar." -le había advertido.
Las memoria perdidas no importaban, siempre podían hacer nuevas y esta vez podría dar todo de sí para hacerla feliz. Pero... La verdad era que nunca había sido bueno, expresando sentimientos.
¿Y si acababa por echarlo a perder?
El tiempo pasó en un abrir y cerrar de ojos. Kobato había estado ocupada encargándose de las flores del jardín. Su abuelo siempre había estado orgulloso de lo bello que era y de lo bien cuidado que estaba, se recordó. Así que, como un homenaje a él, se dispuso a mantenerlo siempre "en flor". Había comprado distintas clases de herramientas y semillas, y como pudo la pobre joven, se había encargado de regar, podar, cavar y sembrar nuevos retoños.
Sin darse cuenta, la tarde la sorprendió desprevenida, pero no fue sólo el ocaso en sí el que la inquietó.
-Buenas tardes.
Al oír la voz, dejó al instante lo que estaba haciendo y se levantó de su sitio en busca de la fuente que le llamaba. Cuando la encontró sonrió al instante.
-¡Ah! ¡Buenas tardes! -se expresó con alegría, limpiándose las manos en el mandil que llevaba puesto -"Qué suerte" -se dijo, al parecer sí tendría vecinos y ya no se sentiría tan sola. Sería buena idea invitarla a beber el te, pensó. -¿En qué puedo ayudarle?
La mujer frente a ella era esbelta y de tez blanca como la leche, su cabello negro sujeto en una coleta y sus ojos castaños se ocultaban detrás de unas gafas. Era una mujer bastante atractiva, que poseía además una cálida sonrisa.
-¿Tú eres Hanato Kobato san? -cuestionó ella
-Hai -sonrió la joven, saltando en seguida hasta donde se encontraba la mujer.
-Mi nombre es Sayaka, Okiura Sayaka -se presentó.
-¿Okiura Sayaka? -cuestionó la joven, sintiendose familiarizada con el nombre sin estar segura del por qué
-Hai, soy la hermana mayor de Kiyokazu -le informó y al instante la expresión de Kobato se cambió por una llena de sorpresa
-Aaah! Mucho gusto señorita Sayaka -saludó inclinándose
Sayaka soltó una risilla
-No hay necesidad de ser tan formal, soy yo quien llegó sin invitación -respondió
-No, para nada! -se apresuró a responder -es un honor tenerla aquí, pase por favor
-¿No te interrumpo?
Kobato sacudió la cabeza de un lado a otro
-No, ya estaba por terminar -respondió señalando el jardín, Sayaka la siguió con la vista -sólo tengo que recoger las hojas
Kobato tomó una bolsa negra de plástico, llena hasta el tope de hojas amarillas provenientes del árbol de maple.
-Mi abuelo decía que éste árbol florecía a su propio ritmo, sin respetar al estaciones -explicó al ver el rostro confundido y sorprendido de la mujer al ver que en primavera el árbol lucía más bien como si fuera otoño.
-Increíble -musitó viéndolo -¿vas a tirar las hojas?
-No, las donaré a la primaria del distrito, a los niños les gusta hacer dibujos con ellas -explicó y tomando una se la ofreció -mire, verdad que son bonitas!
Sayaka se acercó a Kobato, tomando con su mano derecha la hoja dorada y la miró detenidamente.
-Tienes razón, es hermosa -sonrió y Kobato rió en respuesta, dando vueltas y vueltas en el jardín hasta pararse en una posición que le resultó familiar, con los ojos cerrados y sus manos juntas comenzó a cantar.
Sayaka la miró sonriente, envuelta en la suave voz de la joven. De pronto, el semblante de la mujer cambió.
Ver a esa niña bailando en el jardín, con hojas doradas bailando alrededor de ella... le causaba nostalgia de algún modo. Su voz, la canción, la imagen... todo embonaba a la perfección en un recuerdo perdido y su corazón se estrujó. Mientras más cantaba, mientras más la veía, más capaz se sentía de poder recordarla.
Hasta que finalmente lo hizo.
-Kobato san -susurró.
Y las lágrimas se resbalaron por sus mejillas. ...Una de sus manos se cubría el rostro sin poder creerlo, mientras seguía llorando con un montón de emociones encontradas.
"¡Sayaka sensei!"
¡La recordaba!
Su mente la fue dibujando poco a poco. La imagen colorida de una niña dispuesta a defenderla, a cuidar de los niños de la guardería Yomogi, a ayudarla a mantenerse firme y contenta, a recuperar al amor de su vida.
"Ella no recuerda nada."
Pero también recordó las palabras de Kiyokazu. La realidad era que no entendía nada. ¿Por qué incluso ella también la había olvidado? No tenía sentido. Pero sabía y le dolía, entender lo que todo eso había significado para su pequeño hermano...
Así que lloró silenciosamente, mientras esa canción se desbordaba por su ser.
-¿Se encuentra bien? -cuestionó preocupada la joven al ver la expresión de la mujer.
-Estoy bien -le dijo limpiándose las lágrimas -es sólo que tu canción es muy hermosa, Kobato san.
Le sonrió.
A/N: Críticas construcctivas son bienvenidas también, pero que realmente ayuden a mejorar el fic ok?. Y una mega disculpa por la tardanza, pero la escuela me trae de kbza! =S
