Disclaimer: Kobato no me pertenece, punto. u.u


"Sobre una nube de azúcar... el recuerdo quedó atrapado como un dulce." =(

-¡Buenos días!

-Ah, buenos días...

Una radiante Kobato había salido de la habitación de huéspedes tan sonriente que la expresión de Kiyokazu casi se petrifica por más de un par de segundos, el pan orneado con mantequilla se quedó a medio camino de su boca. A pesar de que le miraba perplejo, la chica no se inmutó en lo más mínimo y con ese aire tan ligero y brillante se sentó justo enfrente del moreno.

-Pan francés, hace mucho que no lo como -exclamó sonriente.

-Eh, pensé que te gustaría -musitó el chico siguiendo los movimientos de ella con la mirada, la mantequilla caliente goteaba sobre el plato.

-Gracias, me encanta -respondió sentándose a la mesa y tomando uno de dichos panes para darle una mordida.

Iorogi al igual que el moreno, estaba perplejo, si no fuera porque tenía que aparentar ser un muñeco probablemente le atacaría con preguntas en ese momento. Por suerte, Kiyokazu decidió hacer eco a los pensamientos del peluche.

-Te ves... muy contenta.

Ella sonrió sonrojada antes de responder.

-Es que la tormenta ya se terminó.

-¿ah? -él le miró enarcando una ceja.

-Tuve un sueño muy hermoso -le explicó.

-¿Un sueño muy hermoso?

-Hai! -exclamó sonriendo para luego agachar la vista apenada, sus manos sostenían el pan nerviosamente y un tenue rubor coloreó sus mejillas -y tú estabas en él.

Los ojos del chico se abrieron en asombro. Se debatía entre querer cuestionarle si de verdad no recordaba nada de la pesadilla de la noche anterior o del hecho de que ella se quedara dormida plácidamente entre sus brazos. No podía. No quería. Ella estaba tan sonriente que fuera cual fuera el sueño que ella hubiera tenido era un mejor recuerdo que el mal trago de la madrugada. Y acabó por tragarse esas dudas para poder dedicarle una sonrisa honesta.

-Eso me hace muy feliz.

Kobato levantó la mirada sorprendida y su corazón comenzó de nuevo a batir las alas. Cada vez estaba más que convencida de que sin duda Kiyokazu era la persona que había estado buscando. Aún no entendía muy bien cómo se relacionaban las cosas pero sentía en su corazón que aquél lugar al que ella añoraba ir era especial precisamente porque él se encontraba allí.

Y su sonrisa se hizo aún más resplandeciente.

Por un momento se quedaron así, sonriéndose y mirándose fijamente, con ese brillo particular en los ojos que suele tener la gente enamorada. Ese momento quizá podría haber liderado a un beso, sino fuera porque misteriosamente la cuchara del café saltó directo al rostro del muchacho.

-Ah! -soltó un gritito al recibir el golpe cerca del ojo derecho, y se llevó una mano al rostro para sobar la parte golpeada.

-¡Oh Dios mío! -exclamó ella levantándose para atenderlo -¿estás bien?

-Sí, no te preocupes -le respondió alejándola con la mano. "Ese perro de peluche me las pagará más tarde", pensó el moreno.

-No imaginé que tuvieras duendes en tu casa.

-¿Ah?

El enojo se le disipó de improviso. "¿Duendes?" Le miró enarcando una ceja.

-Fue increíble como la cuchara salió volando -exclamó emocionada -en Izumo y en Kyoto esto es algo normal, pero esta es la primera vez que me toca presenciar algo así en Tokyo.

Un ligero sudor resbaló por la frente del muchacho. A veces, era fácil olvidarse de la diferencia de edades, pero ciertamente sólo a veces. Aunque por otro lado, si el mundo de los espíritus existía realmente junto con el Cielo y el Infierno, ¿por qué no el de los duendes? Decidió concederle eso al menos de momento, cualquier cosa que siguiera ocultando el plan que tenía en mente junto con el muñeco de felpa.

-Eh, en Tokyo también sucede a menudo -rió nerviosamente.

El brillo en los ojos de la chica se hizo más grande.


Esa mañana el día estaba nublado. Era bastante adecuado, pensaba Doumoto mientras perdía la vista en el paisaje gris tras la ventana de su consultorio. Aquella noche la había dormido a medias. No porque padeciera de insomnio, no porque hubiese llegado algún paciente de emergencia y ciertamente no porque hubiese sufrido alguna pesadilla. No. El sueño que había tenido se asemejaba más a un recuerdo.

Lo triste, era que el recuerdo no era verdaderamente suyo; o, mejor dicho, la joven en el recuerdo le pertenecía a alguien más. ¿Por qué la habría olvidado? Ella había sido tan especial hace ya tanto tiempo. ¿Por qué era incapaz de recordarla? ¿Por qué incluso ella misma no le reconocía? ¿Por qué era Kiyokazu el único que nunca la olvidó? Y tal vez, pensaba, ésa era la razón por la que ella le pertenecía sólo a él.

La puerta se abrió de pronto, revelando a la joven maestra con el semblante agitado.

-Hola Doumoto, vine tan pronto como pude -le dijo.

Pero el aludido no se giró a verla. No fue capaz de nada más que agachar la mirada con el semblante afligido. ¿Cómo podía decir lo que tenía pensado decir? Saberse tan alejado de la joven lo había hecho sentir esa misma aflicción de hacía 4 años, cuando ella sin saberlo le rechazó.

La mujer le miró con preocupación.

-¿Qué ocurre?

-Tenías razón Sayaka -le dijo aún sin mirarla.

-¿Eh? -ella le miró confusa pero con un presentimiento de saber a lo que se refería.

-Ya... la recordé -le confesó al fin. -Y de algún modo duele.

-Doumoto...!

Entonces lo entendió. Incluso antes de que fuera capaz de decir algo y se sintió terrible por lo que estaba seguramente sintiendo el chico. Quien, con la voz agitándose en un leve temblor, se giró al fin para poder verla de frente.

-Me hiciste recordar que yo estaba enamorado de ella

-¡Ah! -ella sintió el mismo dolor punzante en el pecho que él estaba transmitiendo a través de su mirada y por un instante deseó estar en alguna otra parte.

-Pero ella... a quien quería era a Kiyokazu -concluyó el joven sonriendo débilmente.

-Lo siento mucho, no debí.

-No. -la interrumpió él. -Debiste. Debías hacerlo. De otro modo aún seguiría atrapado sin saber porqué no puedo seguir adelante -explicó -ahora lo entiendo, es como si al olvidarla hubiera dejado en pausa esa parte de mi vida y no era capaz de buscar a nadie más. Así tenía que ser.

Ella caviló sus palabras durante unos minutos. Y se encontró pensando lo mismo que él pero para consigo misma. Hasta antes de olvidarla, ella había estado intentando unir a Kiyokazu con Kobato; pero cuando ella se esfumó su deseo de que su hermano encontrara a alguien especial se desvaneció con ella. Tal vez, esta vez, dependía de ellos el salvar un corazón.

-Jamás quise olvidar este sentimiento. Estoy feliz de recordarla -murmuró él con una sonrisa honesta -Muchas gracias, Sayaka.

-Entiendo lo que dices -le habló ella al fin -yo también siento lo mismo. Doumoto, la razón por la que te gustaba tanto Kobato chan era porque ella siempre estaba dispuesta a ayudar a los demás sin importar las consecuencias, cierto?

-Así es -asintió él, soltando las palabras en un suspiro.

-Por lo que sé, Kobato chan ha sufrido mucho desde que todos nos olvidamos. Puede que, a lo mejor, ahora nos toque a nosotros hacer algo por ella. Por todo el bien que ella hizo por nosotros.

Él la miró entonces, dejándose envolver por ese sentimiento. No podía negarlo. Pensaba lo mismo que ella. Deseaba el poder hacer algo más que dejarla ir.

-Quiero desaparecer esas heridas de ayer -contestó.

El rostro de Sayaka se iluminó con una hermosa sonrisa.


El parque estaba exactamente igual que como lo recordaba. Por un momento había pensado que quizá habría encontrado un hecho nuevo como que el agua era menos. Pero no había sido así. El lago brillaba por debajo de él y dibujaba pequeñas vibraciones en su superficie. Aún con las nubes cubriendo el Sol, la belleza del parque daba la impresión de que el día era perfecto para salir a pasear incluso si el cielo amenazaba con llover.

Sentado sobre el puente Iorogi suspiró.

-Haa...

Al fin llegaba ese endemoniado ángel, pensó.

-Iorogi san.

Kohakú como siempre sonreía ajeno a los pensamientos del rey de los espíritus. Su semblante sereno le miraba expectante como alguien que le guardara mucho afecto y admiración para ser un ángel. El pequeño peluche no planeaba andarse con rodeos.

-Necesito pedirte un favor, Kohaku.

Y fue directamente al grano.

-Quiero ir al Cielo -declaró, elevando su rostro hacia dicho firmamento.

El ángel le miró con ternura aún apesar de que sus cejas se juntaban en un gesto casi de tristeza. Pero no había otra opción. Desde el momento en que le había citado en aquél lugar ya sabía lo que le iba a pedir. Y estaba preparado para las consecuencias.

-Hai -le sonrió -hoy por la noche, subiremos al Cielo.


No muy lejos de ahí la pareja de castaños caminaban tranquilamente rumbo a la tienda en la que se rentaban los botes. Era el día de descanso de Kiyokazu y el chico había decidido que debía aprovechar el tiempo mientras aún lo tuviera. Especialmente cuando el perro de felpa había decidido desaparecer por el resto del día. Y, sin más, había invitado a Kobato a dar un paseo por el parque.

El mismo parque en el que había ocurrido su despedida.

-Y la señorita dijo que podía convertirla en una guardería, ¿no sería grandioso? -exclamó Kobato, enfrascada en su conversación y con el semblante sonriente.

Muy a su pesar el de Kiyokazu no lucía exactamente igual al de ella.

-Supongo -murmuró sin molestarse a mirarla.

Ella se paró en seco.

-¿No te parece bueno?

Obligándolo a él a detenerse. Y ante la pregunta el chico arrugó el gesto. ¿Qué podía decirle? La verdad es que no podía imaginarse a la joven a cargo de toda una guardería ella sola. Especialmente no con el historial que recordaba tenía.

-En realidad... -empezó, intentando en vano buscar algo agradable que decir. Y la frase concluyó mientras el desviaba la vista algo incómodo.

-En realidad...? -presionó ella, no dispuesta a dejarlo pasar. Después de todo era el proyecto de toda su vida de lo que estaban hablando.

Y ante la intensa mirada de ella él no pudo por más que suspirar resignado.

-Temo por los niños que estén a tu cargo -confesó.

-¡Ah! -Y ella saltó furiosa -¡Fujimoto san eres muy cruel!

-hahaha -aunque por muy enojada que estuviera ella jamás lograría lucir intimidante y por ende, su actitud le resultó tan infantil que el muchacho terminó soltando la risa -eso es porque eres muy atolondrada -le explicó.

Sus cachetes seguían inflados y su cabeza seguía echando nubecitas de humo de vez en cuando mientras que él seguía riendo. Ella giró dispuesta a avanzar cuando de pronto la imagen que la recibió al frente la hizo pararse en seco.

-¿Qué pasa? -cuestionó él al darse cuenta de la mirada perdida de la chica.

-Creo que ya había venido a este lugar... -le dijo y él saltó sorprendido y esperanzado, tal vez hacerla recordar sería más fácil de lo que pensaba -Pero qué extraño yo nunca había estado antes en Tokyo -contestó después con una risa cantarina acompañando sus palabras, desechando aquél pensamiento casi de inmediato.

Si hubiese sido alguien más. Probablemente la desilusión de aquella respuesta habría sido suficiente para deprimirse y seguir el día tratando obviar que aquello había ocurrido. Si hubiese sido alguien más.

Pero no lo era. Se trataba de Kiyokazu, quien no estaba decidido a darse por vencido tan fácilmente. Quien de algún modo tenía el tiempo contado. Y no podía darse el lujo de atrasar las cosas más allá de los cuatro años que llevaban separados.

-Y si te dijera que una vez estuvimos en este lugar... -Su voz, combinada con la determinación que brillaba en su mirada, acabó por hacerla dar un pequeño brinquito, obligándola a mirarle directamente -Juntos, tú y yo... atrapados dentro de un sueño -concluyó.

-Fujimoto san -La mirada de ella había caído presa de la de él.

Kiyokazu caminó hasta ella y le tomó de las manos. Ella no lo rechazó, sino que por el contrario se entregó al sentimiento cálido que hacía latir su corazón a un ritmo lento. La clase de ritmo que antecede al vuelo.

-Tal vez ahora no lo recuerdes, pero prometí ayudarte a recuperarlo -continuó. -Ése deseo... que aún ahora si no puedes verlo, no está perdido.

El aire sopló entonces, convirtiéndose en una suave brisa. La mirada de ella cayó hasta posarse en las manos de ambos entrelazadas y el gesto se volvió acongojado.

-No sé si quiera recuperarlo -respondió, a penas en un susurro.

-No desesperes, te prometo que lo recuperaré para tí -le dijo levantando ligeramente la voz y con esa determinación tan firme.

-No es eso. -Volvió a negar ella sonriendo débilmente.

Él se sobresaltó confundido.

-¿Entonces?

-Es que... -Los labios le temblaron un segundo y luego su rostro se volvió hacia el de él -¿Y si mi deseo cambió...?

Los ojos del chico se abrieron en asombro.

-Tú...

-...Y si ahora quiero quedarme aquí? -le interrumpió -¿Puedo hacerlo?

Fue demasiado. Aquellas palabras le habían acabado inundándolo por completo. ¡No deseaba nada más! Incluso si ella nunca le recordaba, ¡no deseaba nada más! Nada más que no fuera estar con ella. Algo en su pecho se estrujó y no pude contenerse más.

Aprovechando el que sus manos estuviesen enlazadas la atrajo hacia él y la envolvió entre sus brazos.

-¡Fujimoto san! -saltó ella de asombro, con sus dos manos atrapadas entre el pecho de él y el de ella.

-Sólo un momento. -Murmuró él con el rostro escondido en la curva entre el hombro y el cuello de ella. -Déjame abrazarte así un momento.

-¡! "Este sentimiento", pensó.

Sus ojos brillaban llenos de emoción, abiertos ante el asombro que aquellas palabras habían instalado en su interior. Ligeramente las puntas de sus zapatillas tocaban apenas el suelo. Todo su cuerpo envuelto en sus brazos. Todo su ser protegido por él. Aquella emoción, aquél sentimiento la llenaba en ambas direcciones, de dentro hacia afuera y de afuera hacia adentro.

"¿Por qué crees que no me importas?"

Ella recordaba, una escena exactamente igual a esa.

"No vuelvas a asustarme de esa forma"

Un abrazo que en más de una ocasión le había salvado la vida.

"Eres una tonta, casi pierdes la vida!"

Y sin poder evitarlo, aquél sentimiento salió a modo de un silencioso llanto.

-Fujimoto san -murmuró contra el pecho de éste, dejando caer aquellas lágrimas.

"¿Cuál... cuál de los dos pasteles te gustó más?"

Todo ese tiempo, había tenido tanto miedo de que se tratara de otra persona a la que quería en sus sueños.

"No te vayas...!"

Y todo ese tiempo había sido de él de quien la habían separado.

"Hay un lugar al que debo ir"

Ése último recuerdo la inundó tanto que en su mente había regresado a ese momento, ese momento en el que su cuerpo se disolvía en pétalos de flores.

-Fujimoto san -murmuró asustada, aferrándose a la tela de la camisa de Kiyokazu -¡No me sueltes! -le rogó entre lágrimas

-Kobato!

En respuesta él la atrajo más hacia sí, abrazándola más fuerte.

-Quiero quedarme aquí. -Sollozaba -Quiero quedarme aquí contigo.

-Kobato...

Un instante después ella se había desmayado. Cuando recuperó el conocimiento estaban de vuelta en el apartamento del chico.

"Lo lamento" -había dicho ella, disculpándose por su cita fallida.

"Está bien" -había dicho él, asegurándole que cualquier lugar bastaba mientras estuvieran juntos.

Ella no daba señas de recordar el pasado. Y él había decido ya no presionarla. Ella le había confesado las imágenes que había visto en su mente y él le había asegurado que aquellos recuerdos eran reales, pero que no necesitaba esforzarse. Se habían reencontrado.

Y eso era lo único que importaba.


Una risa de bebé se escuchó resonar por todo el departamento. La misma risa que pertenecía a un tierno conejo. Un conejo que siempre llevaba una flor en la mano, se recordó Kobato. Lo recordó incluso antes de despertar, antes de abrir los ojos.

Se encontraba recostada en un enorme futón, lo suficientemente grande para cubrir a dos personas. A las dos personas que compartían dicha cama. No se exaltó. Después de todo ella había sido la que había sugerido el que durmieran juntos. De todas maneras, pensó, él terminaría despierto hasta que ella se durmiera y de ese modo, al menos, él podría descansar un poco más que estando sentado a unos pasos de ella.

Sonrió levemente al recordar el sonrojo que había coloreado el rostro del chico y se sintió enrojecer al percatarse de los brazos de él envolviéndole el cuerpo por la espalda.

Pero la sonrisa se desvaneció.

Aquella risita de bebé se había vuelto a escuchar. Y, deshaciendo el abrazo del chico, Kobato se levantó de la cama.

Aquella risa cantarina la guió hasta el balcón, en donde la luz de la luna bañaba de matices plateados el borde del mismo. Salió a su encuentro y de pronto ya no era la misma niña.

-Usagi chan -saludó sonriendo.

El conejo dió una vuelta en el aire antes de soltar la flor que llevaba en su mano. Dicha flor bajó danzando hasta la joven que estiró sus manos para sostenerla. La pequeña flor se mantuvo flotando sin llegar a tocar las palmas de la chica, pero siempre había sido así.

Suishou miró atentamente la flor que tenía en sus manos y luego sonrió con pesar.

-Entiendo -respondió al tiempo en que la flor desaparecía en una lluvia de luces fugaces. -Iorogi san -murmuró -hasta dónde has sido capaz de llegar por mí.

Usagi chan ya no estaba ahí, sólo se veía la luna y una que otra estrella parpadear en la cálida noche. Pero el ángel, apesar de tener la vista fija en el cielo, no miraba a ninguno de estos astros. No. Su mirada se perdía en un mundo al que ansiaba regresar.


A/N: ¿Alguien tiene ideas para un gran final? jejeje xD