Pues esto es todo, hemos llegado al final. Espero que tanto como a mí o más, les guste. =)
Disclaimer: Kobato es propiedad de CLAMP.
"El lugar al que quiero ir... siempre ha estado junto a tí."
El cielo se iluminó por escasos segundos, cuando la luz de un fuerte rayo atravesó las negras nubes. El tifón había llegado sin previo aviso; lo que se había pensado era el comienzo de una lluvia terminó por convertirse en una tormenta. La gente se refugiaba como podía dentro de sus casas, luchando contra el viento para martillar tablas a través del frágil vidrio.
Salvo por uno que otro gato que corría de aquí a allá, las calles estaban ya desiertas. Y salvo por él, por supuesto. No había nadie más.
El viento le golpeba el rostro y le agitaba la ropa empapada que se le pegaba al cuerpo. Avanzaba con paso lento, con el semblante caído y la mirada perdida, sin enfoque en nada en concreto. Sólo avanzaba.
Ella había muerto.
¡Bang! El cielo volvió a iluminarse tras ese pensamiento y él finalmente se detuvo.
-Haz venido aquí porque tienes un deseo.
Parpadeó sorprendido de escuchar la voz de una mujer y se giró en dirección a ésta. Estaba de pie frente a la fachada de una mansión tradicional japonesa, vestía un kimono negro con un obi color blanco que simulaba las alas de una mariposa por detrás de su espalda, su cabello estaba amarrado en una coleta alta y era largo y negro, tenía la piel tan blanca como la nieve. No sabía exactamente cómo había llegado allí, pero su subconciente parecía entender la escena y cómo debía moverse en ella. No se sobresaltó ni tampoco estaba confundido. Simplemente sabía.
-No estoy seguro de que pueda pagar el precio -fue la respuesta que le dio.
Los ojos de la mujer resplandecieron por un instante, un instante en el que él se percató de que la lluvia no la tocaba y una luz de conciencia le despertó en la cabeza.
-Es cierto que lo más preciado para ti ha perdido la vida. -Habló la mujer y el dolor se instaló en el pecho de él viajando desde sus ojos hasta atorarse en su garganta. -Y nada en este mundo puede revivir a los muertos. -Concluyó cerrando sus orbes oscuras. El joven apretó las manos con fuerza, con la convicción de que debía resignarse. -Sin embargo -continuó ella y la emoción en el cuerpo de él se vio interrumpida, su atención se concentró en el rostro sonriente de aquella a quien tenía enfrente -siempre hay nuevas oportunidades para las buenas almas.
-¿Eso qué significa? -cuestionó sintiéndose por primera vez en el día confundido.
-Volverás a encontrarte con ella y tendrás la vida que has deseado. -Declaró.
El rostro de él se iluminó de inmediato con una esperanza renacida. Estaba dispuesto a dar lo que sea con tal de volver a verla, de modo que el hecho de saber que disfrutaría de compartir además una nueva vida con ella era un regalo incluso aún mejor.
-¿De verdad renaceré con ella?
-Sí. Puedo ofrecerte esa nueva oportunidad de renacer, el encuentro se dará como todo lo demás que es inevitable. Pero no puedo decir cuándo ocurrirá, ni tampoco puedo salvar tus recuerdos, tú deberás reencontrarlos -le explicó -Y cuando hayas reconocido a tu alma perdida, deberás ser capaz de curar su corazón; de otro modo volverán a separarse.
Él digirió aquellas palabras, procesando lo que tendría que hacer si deseaba cumplir su objetivo. Básicamente seguía dependiendo de él el que esa vida compartida no fuera sólo un sueño. La mujer interrumpió sus pensamientos cuando levantó su mano derecha para señalarlo con el dedo índice.
-Por ahora tu pago, será el tiempo que aún te queda.
-¡uh!
Sintió un tenue dolor en el pecho y de pronto tenía problemas para respirar. Cayó al suelo ya sin fuerzas, aquel paisaje se había disuelto a su alrededor. Ya no estaba en aquella mansión, sino en las frías calles de Kyoto. Y sólo entonces fue capaz de sentir el frío de la lluvia resbalándole por el cuerpo, pegándole las ropas y el cabello al rostro. Y el mareo que sintió, a pesar de intentar luchar contra él, lo mandó a la inconciencia. A un mundo lleno de sombras, en donde permanecería dormido hasta su nueva vida, mientras que ésta se le escapaba del cuerpo...
-¡Ah!
Kiyokazu abrió los ojos sobresaltado, con el corazón palpitándole hasta los oídos. Se había quedado dormido en la oficina del Archivo, mientras había estado revisando documentos de viejos casos. Por suerte, se encontraba solo. Suspiró. Consiguiendo que el ritmo sanguineo volviera a su cauce normal.
Y luego reflexionó.
Aquel recuerdo era tan vívido como los anteriores. Recordaba lo que Iorogi le había dicho y ahora comenzaba a entender que no era tan imposible el que cosas extrañas ocurrieran. No sabía de dónde conocía a la Bruja de las dimensiones, ni tampoco cómo la había encontrado. Sólo sabía. Igual que con todo lo demás.
Pero ahora realmente lo entendía. Kobato era a quien él había estado buscando. Y el precio que había pagado entonces por volver a donde ella renacería había sido su "tiempo", o mejor dicho "su vida".
Sonrió de forma lacónica. Aquello le divertía de cierta manera. Como dos aves que sueltan al vuelo, ambos habían estado aleteando perdidos en busca del otro. Y saber que era correspondido, que siempre lo fue, lo hacía inmensamente feliz.
Sacudió la cabeza y siguió trabajando, con el firme pensamiento de que lograría cumplir su deseo.
-Kuu Hououji
La aludida levantó el rostro de inmediato, reconociendo la voz de su jefe que en ese momento entraba en la oficina.
-¿Sí?
-Debo de felicitarte por el trabajo que has hecho hasta ahora, el cliente ha quedado más que satisfecho. -Comenzó el hombre a hablarle con soltura, sin perder el tiempo en saludos y sonriendo de oreja a oreja -Eres una excelente anfitriona.
-Muchas gracias señor Eagle. -Fue la respuesta de la joven mujer de melena dorada.
-Vamos, no seas tan formal; me haces sentir como un anciano. -Bromeó él y momentáneamente el flequillo blanco le cubrió los ojos.
-Lo lamento. -Se disculpó ella, dedicándole una débil sonrisa. Hasta la fecha no estaba acostumbrada a los halagos.
-Bah, no importa. -Bufó él moviendo la mono como si disipara un humo imaginario -Venía a informarte que tu cheque ya está listo, puedes pasar a cobrarlo cuando gustes. Y tomate un buen descanso de una vez. La siguiente subasta no será sino hasta dentro de dos semanas y sé que quieres ver a tu hija.
-Eso es verdad. Se lo agradezco mucho. -Respondió por fin con la misma sonrisa ancha -Llamaré a mi hija de inmediato.
E hizo tal cual dijo, disculpándose mientras sacaba su celular y se dirigía al pasillo. Estaba emocionada, hacía ya un mes que no había visto a su hija; y la verdad es que aquello le remordía la conciencia. Saber que tendría la oportunidad de verla por un lapso de tiempo largo le ensanchaba el corazón.
Marcó el número y espero mientras daba tono la llamada hasta que finalmente contestó.
-¿Mamá?
El rostro se le iluminó por completo, la sonrisa no podía ser más ancha.
-¡Kobato chan!
Kobato había estado recorriendo las calles de Tokyo en compañía del Sr. Okiura, como le gustaba decirle, mientras platicaban amenamente. El hombre había dicho que la llevaría a almorzar a la torre de Tokyo y ella quedó encantada; deteniendo su paseo de vez en cuando para ver alguna que otra tienda de la Av. principal. Hasta ahora no había tenido el tiempo de ir de compras y había estado deseando poder hacerlo.
Justo acababan de llegar al restaurante cuando su celular comenzó a sonar dentro de su bolso de paloma.
-Disculpa, tengo que contestar -le dijo a su acompañante, alejándose un poco para darse algo de privacidad, sin embargo la sonrisa en su rostro había revelado que quien fuera la persona que llamara era muy querida por ella.
Okiura esperó paciente mientras veía a la chica conversar por teléfono y se preguntó momentáneamente cómo iba a decirle lo que debía decirle. Pero no tuvo tiempo de reflexionarlo más allá de ese pequeño pensamiento, pues la llamada no duró mucho.
Ella ya volvía.
-Perdón por la demora, era mi madre -explicó con las mejillas coloradas.
-¿Tienes que irte? -preguntó él educadamente. Y ella negó al instante.
-Oh, no. Mi mamá trabaja fuera de Tokyo. Es organizadora de distintos eventos, principalmente subastas -explicó. -Casi no la veo debido a que tiene que viajar a muchos lugares pero parece ser que por fin tendrá vacaciones, a partir de la próxima semana.
-Eso está muy bien. Sólo dos días más y podrás verla.
-Sí. Le he dicho que estaré en Tokyo un día más y que luego volveré a Kyoto a la antigua casa de mi abuelo.
Okiura parpadeo confuso por un instante.
-Para entonces seguirás en casa de Kiyokazu kun no? -indagó.
-¡Es verdad! -exclamó ella de pronto, pero no porque no hubiera pensado en ello. Okiura la observó mientras volvía a sacar el celular y marcaba un número en concreto. -Tengo que avisarle a Kiyokazu kun de inmediato.
Los ojos del hombre se abrieron en sorpresa, no se le escapó el que la chica se había referido a quien fuera su cuñado político por su nombre de pila. Y luego sonrió complacido. Ya la cuestionaría por eso después.
El pequeño edificio del bufete de abogados estaba concurrido, el dueño de la firma había aceptado a un cliente potencial en un caso que prometía llegar hasta la suprema corte y toda la ayuda en el estudio del caso era requerida. Kiyokazu también había sido llamado para apoyar con la investigación, estaban revisando viejos informes sobre descargas de aguas residuales de una empresa química; cuando de pronto al mover una de las cajas...
-Yo! -apareció Iorogi delante de éste.
Tan de repente que la caja resbaló de las manos del chico y cayó sobre el suelo.
-¡Ah! -exclamó el castaño.
Iorogi le miró parpadeando un tanto perplejo de la reacción del chico. El estruendo llamó la atención de una de las secretarias quien se asomó a ver qué había ocurrido. Y esta vez los reflejos del chico fueron mejores.
-¿Todo está bien?
-¡Gagh!
-Eh sí, todo está perfecto. -Balbuceó Kiyokazu mientras aplastaba al pequeño con dos cajas llenas de documentos -Es sólo que acabo de darme cuenta de que olvidé un folder en el Archivo y tiré la caja sin querer es todo.
La mujer le miró dudosa, sintiendo algo de frío por la sonrisa de maniaco en la cara del chico, mientras las manos le temblaban por la presión que ejercían sobre las cajas, había una oreja azul sobresaliendo de entre éstas y se meneaba frenéticamente.
-¿Qué tienes ahí?
-Ah... -miró de reojo las cajas entre sus manos y sudó frío, a sabiendas de que ahí estaba un peluche que no podría destapar aunque probablemente debería hacerlo, después de todo lo estaba ahogando... y giró los ojos al techo imaginando el cielo pidiendo ayuda... suspiró. -No quería decírtelo pero, encontré una rata.
-¡Una rata? -exclamó la mujer asustada, la orejita dejó de moverse y se quedó rígida, como si hubiese sido capaz de oír eso y en cierta forma lo había hecho.
-Sí, bastante grande
-¿Y qué esperas? ¡Mátala de una vez! -le interrumpió ella y de pronto los otros dos saltaron asustados -¡Apriétala con más fuerza! -Gritó escandalizada, el pobre chico tembló nervioso.
-Eh, sí..
-¡Apriétala!
Y así lo hizo.
Justo después la mujer cayó al suelo con un ligero 'tum'. Tras haber apretado aún más las cajas el cuerpo del pequeño salió disparado con el hocico abierto en dirección a la pobre mujer que se desmayó de tan sólo verlo. Iorogi estaba que echaba humo. Literalmente.
Después de haber dejado a la mujer sobre su escritorio, Kiyokazu se encerró con Iorogi en la oficina del Archivo, no sin antes discutir sobre lo que había pasado, más reclamos por parte del pequeño y retobos por parte del castaño.
-¡Ibas a matarme!
-No tienes tanta suerte
Y así sucesivamente.
-Es tu culpa por aparecerte de repente, cualquiera pudo haberte visto -le recriminó.
-Yo fui precavido, tú fuiste el que hizo un escándalo -reclamó.
-Y a todo esto ¿a qué has venido? -le preguntó con las brazos cruzados.
El semblante del pequeño se enserió al instante, consiguiendo cambiar también la actitud de su compañero.
-Necesitamos hablar.
Iorogi le explicó su travesía al Cierlo junto con Kohaku y lo que Ranshou les había dicho sobre la botella. Obvió algunos detalles que consideró convenientes guardarlos para después, como el hecho de que el recuerdo del chico sería más que suficiente para curar el corazón de Kobato; no quería que él se desesperara como la misma chica lo había hecho hace ya 4 años. Y se limitó a decirle que las personas que ella había sanado tenían los recuerdos que armarían su fragmentada memoria.
-Básicamente quieres que los reuna a todos. -Concluyó el muchacho, con los ojos cerrados mientras consideraba la idea. El pequeño asintió. -¿Sabes que es imposible verdad?, muchos de ellos ni siquiera los conocí. -Le refutó mirándolo directamente.
-Cierto-aceptó el pequeño -pero yo puedo darte sus nombres, Kohakú también ayudará.
Las cejas del castaño se juntaron en un gesto de duda y reticencia.
-Aún así... ¿cuánto tiempo exactamente tenemos?
-Media estación.
El semblante del chico decayó.
-Es muy poco.
-Lo es. Pero es todo lo que tenemos.
Lo consideró de nuevo. Y de inmediato una voz acudió a su mente.
"Haz venido aquí porque tienes un deseo."
No recordaba el sueño en su totalidad, pero las palabras de aquella mujer se habían grabado en su memoria como una advertencia constante. No necesitaba visualizar el sueño para recordarse que lo importante debía decidirlo ahora.
"Volverás a encontrarte con ella..." -Le había dicho.
"Y deberás ser capaz de curar su corazón, de otro modo volverán a separarse."
Y ahí estaba, la advertencia. Sabía lo que pasaría si no hacía caso de las palabras dichas. Sabía que por muy inútil que resultara debía intentarlo sin tregua ni descanso.
-Siempre hay nuevas oportunidades para las buenas almas. -Recitó en voz alta, más para sí mismo que para Iorogi, aferrándose a esas palabras como si fueran una última esperanza.
-¿ah? -El pequeño enarcó una ceja pero el castaño le ignoró.
-De acuerdo, le pediré a Sayaka que nos ayude. -Respondió seguro y con el rostro llenó de optimismo. Inmediatamente su celular comenzó a sonar -¿hmm? Diga... ...oh... ¡¿Nani?!
Kobato cortó la llamada. Una sonrisa adornaba su rostro.
-Ya todo está resuelto.
-Me supongo que aceptó. -Inquirió Kazuto, sentado frente a ella en el café de la Avenida frente a la torre de Tokyo.
-Sí. Aunque se llevó una gran impresión -exclamó riendo.
Y su risa le recordó un pensamiento en la mente del chico.
-Oh!, por cierto Kobato chan -le habló descansando su rostro entre sus manos. -he notado que ahora Kiyokazu kun y tú se hablan por el nombre de pila.
La chica saltó en su asiento completamente sonrojada.
-¿eh! Debió habérseme escapado -Exclamó con las mejillas coloradas.
El hombre rió con soltura.
-Está bien, no hay nada por lo qué avergonzarse. Es normal esa confianza en una pareja.
Kobato le miró perpleja, el sonrojo momentáneamente desvanecido de sus mejillas.
-¿Una, pareja?
"Te habría hecho mi esposa."
¿Dónde había escuchado aquello? Se cuestionó, segura de que la voz pertenecía a no otro que a Kiyokazu, pero no lograba situar el momento en el que le había dicho eso.
-Así es. -La voz de Kazuto la trajo de nuevo a la realidad. -Tú y Kiyokazu kun siempre han sido una pareja. Dime, ¿aún lo recuerdas?
-Recordar...?
Ella le miró confundida, sin saber exactamente qué sentir o decir en su defecto. Él aún le sonreía ampliamente, pero sus ojos sostenían una preocupación y ternura que la dejaban completamente desarmada.
-¿Te puedo contar una historia? -le preguntó. -Tu historia.
Ella no respondió, seguía pendiendo de aquél hechizo que los envolvía al punto de alejarlos del resto del mundo. Se sentía incapaz de desviar la vista del rostro de él.
-Tú y yo somos muy similares, Kobato chan.
Y sin más esa energía se disparó, transportándolos, alejándolos del bullicio de la ciudad en la que estaban. De pronto eran sólo ellos dos, el resto del mundo había perdido su color y su brillo, su ruido y su aroma. Y sólo existía la mesa a la que estaban sentados y el uno y el otro.
Y aquella historia, que los labios de él comenzaron a contar.
-Empezó hace unas cuantas vidas atrás... -Le dijo.
"Hubo una guerra entre el Cielo y el mundo de los Espíritus. Fue tan terrible que incluso alcanzó el mundo de los humanos, en la época en la que tú y Kiyokazu vivían juntos. Puede que ahora no lo recuerdes, pero hubo un tiempo en el que tú y él compartieron una vida juntos. Y si el destino no hubiese sido tan cruel con tu salud entonces, estoy seguro de que habrían terminado aquella vida juntos, al mismo tiempo.
La casa se dibujó frente a ella, la misma casa que había pertenecido a su abuelo, estaba llena de niños.
En aquél entonces eras una pequeña huérfana que había llegado al orfanato en el que él trabajaba. El mismo en el que a su vez, al igual que tú, se crió. Y bastó con verse, una sola mirada, para que ambos eligieran unir sus destinos.
Se vio a sí misma, viéndolo a él. Los vio a ambos sonriéndose con picardía, hasta que ella había soltado la risa primero.
Creciste con él bajo el mismo techo durante casi seis años. Él no estaba dispuesto a perderte y saboteaba todas las oportunidades que tenías de que alguna familia te adoptara. Lo hizo así hasta que cumplió la edad suficiente para llevarte con él. Te hizo su protegida. Y en algún momento tuvo que admitir que no era un cariño familiar lo que te tenía, sino sencillamente que se había enamorado de tí y que había comenzado a amarte con la esperanza de que sintieras lo mismo por él. Ése momento fue, cuando enfermaste...
Recordaba la habitación, pues era la misma que había sido suya cuando había vivido con su abuelo. El mismo viejo sillón lucía nuevo entonces y él ocupaba el lugar, sentado a su lado, tomando su mano y acariciándole el rostro con la otra. Ella sudaba y gemía en dolor.
Rezó durante mucho tiempo con fuerza. Y por muchos años sus plegarias fueron escuchadas. Tu vida se prolongó más de lo que se tenía previsto para tí. Incluso cuando tuviste que ingresar al hospital, ocurrió un milagro dos años después. O al menos eso se pensó.
-Iban a darte de alta. -El hechizo se rompió de pronto, con un parpadeo al escuchar esa oración, era como si supiera lo que seguía. Kazuto sonrió con pena. -Pero eso no sucedió.
-¿Por qué? -cuestionó ella. Pero tan pronto lo hubo hecho la conciencia brilló en sus ojos y un nombre se formó en su boca -Io... Iorogi...
Las cejas de Kazuto se juntaron en un gesto de congoja.
-Hai... -asintió. -Aquella guerra alcanzó nuestro mundo justo ese día. -Continuó con su explicación. -Te interpusiste entre el Rey de los espíritus y el Arcángel Ryuuki. Y la herida que sufrió tu cuerpo te mantuvo en coma durante poco menos de un mes hasta que falleciste.
La mirada de ella seguía clavada en el te que tenía frente a sí. Aún estaba caliente y soltaba un ligero vapor casi imperceptible, pero estaba tan concentrada en la imagen que era capaz de mirar el vapor ascender enrolándose en el aire frío.
-Pero esa no fue la razón por la que morí, ¿verdad? -inquirió sabiendo la respuesta.
-No.
Tenía una sonrisa que no alcanzaba sus ojos, cargados de tristeza.
-Cuando la hora le ha llegado a la persona, hay un pequeño lapso de tiempo en el que ésta se recupera. -Explicó, Kazuto le escuchaba atento. -Un momento de lucidez y salud, como una oportunidad para despedirse y arreglar las cosas de modo que no quede nada pendiente... -Dejó las palabras de pronto como si quisiera retener el tiempo un instante, como buscando las palabras correctas para decir lo que seguía. -Incluso aunque Ioryogi san no hubiese aparecido, yo habría muerto al día siguiente. -Concluyó al fin, y aunque la sonrisa se extendió era evidente que sólo era el reflejo de luchar contra las lágrimas que se agolpaban en las cuencas de sus ojos y en pelear contra el nudo que se iba tejiendo en su garganta. -Lo único que él provocó fue prolongar mi muerte.
-Lo has sabido todo este tiempo. -Concluyó el hombre.
-Desde que era una niña lo recuerdo. -Confesó, decidiéndose al fin a mirarlo. -Pensaba que no era real, hasta que volví a ver a Kiyokazu kun. Antes de eso no me había permitido darme cuenta porque era muy doloroso. Ni siquiera cuando entré en aquella tienda y vi a Ioryogi de nuevo... -Suspiró. -Le pedí a mi mamá que me lo comprara sencillamente porque lo extrañaba pero no quería tener que recordar.
-¿Le culpabas? -Cuestionó ligeramente intrigado.
-Hubo un tiempo en el que lo hice, aunque fue muy corto. -Confesó más tranquila, contenta de tener que desviar el tema del punto principal -Se suponía que yo confesaría mis sentimientos abiertamente a Kiyokazu kun, con palabras. En ese día, se suponía que yo sanaría su corazón para que pudiera dejarme ir sin amargura, para que el dolor en su corazón se apaciguara. Para que estuviera tranquilo y pudiese seguir su vida... -Cerró los ojos recordando y luego habló como si estuviese leyendo la frase de un libro. -"Cada humano que está por morir tiene ese derecho de despedirse." -Sus ojos se abrieron de golpe, clavados en el cielo por encima de ella. -Pero yo no tuve esa oportunidad. Por eso fue que Ioryogi san quedó atado a mí. Me lo debía.
El bullicio de la ciudad había vuelto a tomar posesión de aquella burbuja que compartían y la magia que antes los había envuelto se difuminó como si de humo se tratase. Kazuto aguardó paciente a que ella continuara, no muy seguro de qué decir en ese momento.
Después de un instante ella volvió la vista a su compañero, su semblante estaba ya tranquilo.
-Pero también sé lo doloroso que fue para él. Y la verdad es, que le quiero. Le quiero mucho. No puedo culparlo. -Le dijo al fin sonriendo sin rastro de dolor en sus facciones -Fui yo quien se interpuso.
Kazuto respiró profundamente y consideró sus palabras antes de pronunciarlas.
-De esta vida Kobato chan, ¿qué es lo que recuerdas?
-Sólo recuerdo a Kiyokazu kun y a Ioryogi san de mi vida pasada... pero nada más.
El hombre sonrió, por fin sabía por dónde continuar.
-Sabes Kobato chan -le llamó, ella le miró atenta -la historia no concluyó ahí.
Y sin más comenzó esta historia por el final de la anterior.
"Su deseo fue volver a nacer contigo y tener la vida que se les negó.
Claro que eso no era algo tan sencillo, algunas cosas no pueden suceder sin que se dé algo a cambio.
Y generalmente el precio...
...es demasiado alto."
El parque estaba comenzando a vaciarse de gente, el sol había comenzado a caer con prisa y el cielo estaba teñido en tonos naranjas y rojos. Iorogi estaba sentado en el puente, como había sido su costumbre siempre que tenía que topaba con pared en una situación justo como ahora; mirando sin mirar el vaivén de las ondas del agua sobre las superficies del río.
Kohakú llegó tras él y se detuvo a la misma altura, mirando también el agua que tenía en frente.
-No pierdas la esperanza, Iorogi san.
Iorogi soltó un bufido. No estaba seguro si era una burla o una queja pero seguro que era algo.
-Ella se va mañana de viaje con su madre -habló de pronto, más para sí que para el ángel -¿Cómo se supone que reunamos a la gente? -cuestionó sonando irritado pero aún sin moverse -¿cómo se supone que lo logremos en tan poco tiempo?
Dejó de hablar porque de pronto el pecho le dolía. Y por primera vez se lamentó de haber provocado ésa guerra.
Kohakú reflexionó un momento antes de responder.
-Creo que todas las cosas pasan por una buena razón Iorogi san -el aludido no respondió -incluso si lloramos ahora y no lo entendemos, siempre después hay una razón. Y a veces debemos llorar para poder recibir esa respuesta.
Sonreía. De eso no tenía duda. Pero igual no quería verla. La verdad es que aunque el ángel se esforzara por tratar de darle ánimos, de transmitirle esperanza; él se sentía frustrado y elegía seguir sintiéndose así. Era incapaz de ver esa razón.
Kohakú lo sabía, quizá mucho mejor que él mismo. Y tras decir aquellas palabras, siguió su camino rumbo a casa de Suichiro, tenía una cena que preparar. Dejando al pequeño solo con sus pensamientos.
Y no era el único que sufría de resignación. Kiyokazu lucía el mismo semblante que Iorogi. Kobato le había llamado al medio día para decirle que partiría al día siguiente de regreso a Kyoto, su madre vendría y tenía muchos deseos de verla. No podía decirle que se quedara más tiempo, no podía pedírselo. Sonaba tan alegre cuando le llamo que no se sintió capaz de quitarle eso.
Suspiró de pie frente a la entrada del departamento. Cuando volvió a abrir los ojos no había rastro de la emoción que lo había embargado anteriormente. Tenía el semblante relajado. Metió la llave y abrió la puerta.
-¡Tadaima! -exclamó -¿uh?
Y se detuvo de pronto mirando el espacio que conformaba su departamento. Había una calma distinta a la de todos los días. Era un ambiente relajado y se sentía el vaivén del aire sobre las cortinas y los muebles del departamento. Sin duda las puertas del balcón estarían abiertas, pensó.
Iba camino hacia allá cuando un destello rosa llamó su atención al dejar las llaves en el mueble de la entrada.
-...hm
El pequeño dulce rosa que le había regresado sus recuerdos de la chica. Se había propuesto devolvérselo pero por una u otra cosa siempre parecía olvidársele. Lo tomó entre sus dedos, desprendiéndolo del pañuelo azul que quedó arrugado sobre el mueble y se dirigió hacia el balcón.
El aire entraba con más fuerza ahí y le curaba el calor que el sol de la tarde le había provocado en la piel.
-¿Kobato?
La chica estaba de pie recargada sobre el barandal, mirando la vista que ofrecía la altura sobre la tediosa y agitada ciudad de Tokyo. Apenas y se movió al escucharle, sumida al parecer en su propia burbuja.
-Está empezando a anochecer -le habló ella aún sin mirarle.
-Aah. -Asintió él con la mirada nublada. -Lo lamento, se me hizo algo tarde.
-Demo... -le interrumpió ella en medio de su disculpa -...aún está cálido.
Sin saber cómo él fue capaz de sentir su sonrisa. Y aunque aquella imagen normalmente le alegraría, en ese momento sólo pudo sentir una congoja en el pecho.
-Nee, Kobato
-Mañana a esta hora ya estaré en Kyoto -volvió a interrumpirle ella y el suave balbuceo anterior de él murió antes de formar una frase coherente.
Aquello no le gustaba en lo absoluto. "Quédate", quería decirle. Pero no lo hizo. Y las manos se le cerraron en puños mientras que la mirada se clavó en el suelo. Esta vez fue ella quien adivinó el gesto de él y sonrió compungida.
-Gomen... -susurró. -Sé que dije que me quedaría más tiempo.
El castaño soltó el aire que sin saber había estado reteniendo.
-Esta bien, se trata de tu madre después de todo.
-¿Vendrás a visitarme? -fue la pregunta apresurada de ella, mientras se giraba a prisa hacia él, su intento por levantar el ánimo en el ambiente pero al mismo tiempo con la esperanza reflejada en sus ojos.
Y consiguió que las cejas de él se juntaran en un gesto molesto.
-Claro que sí, ¿por qué preguntas siquiera?
No había pretendido que la voz le saliera tan golpeada y se lamentó inmediatamente de su respuesta al verla a ella contraer el gesto como asustada.
Pero había algo más. No. No era miedo, se dijo. El rostro de ella estaba rojo y en el instante siguiente le había desviado la mirada completamente avergonzada.
-¿Qué pasa? -cuestionó enarcando una ceja, la chica apretó los labios -Kobato' -presionó.
-Me has estado llamando por mi nombre y yo por el tuyo. -Le dijo al fin, las manos fuertemente afianzadas en el barandal detrás de ella -Algunas personas dicen que eso significa que somos una pareja.
-¡!
El corazón le dio un salto y los ojos se le abrieron como platos. Estaba emocionado.
-Y bueno, yo, quería saber si... lo, somos -terminó ella con la voz cada vez más apagada hasta terminar diciendo lo último en un casi imperceptible susurro.
-¿Tú quieres que lo seamos? -cuestionó él obligándola a mirarlo. Cuando lo hizo vio la calidez que irradiaba el chico en su rostro -Porque a mí eso me haría muy feliz
Y el rostro de ella se iluminó igual que el de él con una amplia sonrisa.
-Hai! -exclamó al punto de casi saltarle a los brazos, pero un brillo le había cegado de pronto obligándola a detenerse. -Kiyokazu kun, ¿nani kore? -cuestionó señalando la pequeña bolita que le brillaba en la mano.
-Ah, cierto. -Exclamó reparando al fin en el dulce rosa y tomando la mano de ella para depositárlo en su palma -Había querido regresártelo desde la primera vez que nos volvimos a ver. Toma. -Le sonrió, más para sí que para ella, sentía que había cumplido con la misión de haber entregado un paquete importante, aunque no estaba seguro de porqué.
Kobato miró con curiosidad la bolita rosa.
-Esto es... -empezó pero sus palabras se perdieron, no sabía qué decir.
-Kompeto -le dijo él
-¿kompeto? -cuestionó ella aún más confusa.
"Ikuna!"
Y de pronto allí estaba, esa imagen otra vez de alguien que la llamaba tras una pared de cristal.
-Aunque en realidad no es comestible, no vayas a intentar comerlo eh! -se burló él hasta que se percató de que la chica se había quedado como ausente. -¿Kobato? -le llamó moviendo la mano frente al rostro de ella.
-¿Eh? -Hasta que ésta reaccionó.
-Otra vez estás distraída. -Se quejó él, manos en la cintura y todo. -Maa, da igual, iré a preparar la cena.
Él se estaba yendo y no podía dejar que se fuera. Tenía esa certeza.
-¡Fujimoto san! -le gritó, corriendo hacia él.
Y en ese instante en el que el tiempo se volvió más lento. El kompeto rosa brilló con fuerza.
-¡Aah! -ella gritó asustada.
-¡Kobato! -Él intentó acercarse a ella en vano, desesperado.
La luz fue tan intensa, combinada con una fuerte ventisca que los mantuvo clavados al suelo, incapaces de moverse. Una luz rosa cegadora que tras unos segundos se difuminó por completo al igual que el viento cesó.
Kiyokazu abrió los ojos, cauteloso y preocupado, mientras parpadeaba para recuperar la visión.
-Así que eso era... -le escuchó murmurar a la chica antes de ser capaz de verla. -El lugar al que había querido ir. -Tenía el rostro dirigido hacia el cielo y la mirada se le veía nublosa, como si tuviera la visión empañada por lágrimas -Pensé, que si tenía otra oportunidad podría hacer las cosas bien esta vez.
Él la miró confundido, tratando de asimilar qué significaban aquellas palabras.
-¿Kobato? -le llamó.
Ella bajó la vista hasta él y las lágrimas resbalaron al instante por sus mejillas. Pero la felicidad que la embargaba se reflejaba en su rostro y en el temblor de su cuerpo.
-Tadaima desu!
-hm -suspiró él sonriendo lacónicamente -Llegas cuatro años tarde, siempre me haces esperar.
Y esta vez sí que se lanzó a sus brazos.
-¡Kiyokazu!
Él la abrazó con fuerza, dispuesto a nunca más dejarla ir...
Él estaba sentado en ese puente y de un momento a otro estaba en medio del lago.
-Pero qué...?
Misteriosamente había comenzado a cambiar, la tela de su piel de peluche se rasgó dejando fuera a la imagen que contenía. El rey de los espíritus se encontraba sentado de bruces sobre el pequeño lago. Y mientras se admiraba confuso en alguna parte de su cabeza pensaba que el lago no era tan hondo después de todo.
Pero eso no importaba. Estaba mojado, pensaba; pero eso tampoco era lo que importaba. Se miró las manos con incredulidad.
-He recuperado... mi forma real. -Exclamó con los ojos abiertos como platos debido a la impresión.
Después de todo había estado sentado sobre el puente cuando se dio la transformación y como consecuencia había terminado sobre el lago. La sensación fría del agua empapándole el cuerpo le hizo caer en cuenta de otra cosa.
-Eso significa...
Una luz brilló un instante, una luz cálida y blanca que se difuminó tan pronto la figura de la misma se reveló por detrás de él.
-Es bueno volver a verte finalmente -le habló la hermosa figura de la dueña de su corazón.
-Suishou...! -susurró entre una mezcla de incredulidad, añoranza, nostalgia y felicidad.
-Iorogi san -le respondió ella con la misma emoción en sus orbes castañas.
Él se levantó enseguida, al verla todo su cuerpo recordó cómo era moverse en su verdadera forma y se elevó a la altura de ella sobre el puente. Sólo entonces pudo notar la ausencia de las alas del ángel que deberían estar saliendo de su espalda, enormes y magníficas.
Se detuvo en seco.
-Qué pasó con... tus alas...!
-No volverán -fue la respuesta de ella. -A donde voy no las necesitaré -le aseguró sonriendo y de verdad no parecía que le importara.
-¿a donde vas? -cuestionó confuso.
Vagamente recordaba las palabras de Ranshou, pero estaba tan anonadado por lo que estaba sucediendo que no podía agarrar el recuerdo y hacerlo coherente. Apenas y podía mantenerse en pie frente a ella sin perder la conciencia. Nunca antes se había sentido tan dichoso.
Suishou parpadeo varias veces relativamente confusa, aunque en su interior entendía lo que probablemente estaba pensando el Rey de los Espíritus. Se acercó a él y se paró de puntitas para poder mirarle a los ojos, apoyándose con las manos en los hombros de éste; le sacaba una cabeza en estatura.
-Pues contigo... -concluyó.
Iorogi la miró cosa de un par de segundos hasta que el rostro se le iluminó casi tanto como la luz que desprendía la luna aquella noche. La abrazó de pronto, envuelto por todas esas emociones, capturando sus labios con los suyos. Ella le devolvió el beso, vertiendo en él todas sus emociones, todos esos sentimientos que habían quedado en pausa desde que se conocieran en el Cielo.
Incluso cuando el beso terminó siguieron abrazados, con los rostros separados por unos cuantos centímetros, y aunque ambos sonreían, lo cierto es que el gesto del hombre era más llamativo debido a la incredulidad que aún estaba en su ser.
-No puedo... creerlo. -Musitó.
Ella le acarició el rostro con las manos.
-¿Eres feliz?
-¿Bromeas?-se rió él y fue el sonido más hermoso que ella hubiera escuchado jamás -Lo que siento es más grande que eso.
Se besaron de nuevo una y otra y otra vez. Y permanecieron abrazados fuertemente, como si esperaran poder fusionarse con tan sólo ese gesto.
Mientras que en el firmamento Usagi chan flotaba dejando caer libres los recuerdos de la joven castaña, la paloma protegida hasta entonces por el Rey de los Espíritus de vuelta a sus respectivos dueños, todas aquellas personas a las que la castaña había ayudado cuatro años atrás, en forma de pequeñas burbujas.
Pensar en ello le daba algo de nostalgia, saber que había llegado el momento de separarse de ella, pero también lo hacía sentir feliz, porque sabía que ella también había encontrado su final feliz.
Iorogi levantó la vista al cielo, aún con el rostro recargado en el cabello del ángel y sólo pudo formular un pensamiento...
"Gracias."
A/N: Espero que no les haya molestado el que lo hiciera tan largo. ¡Pero tenía que ser largo! De otro modo, dudo mucho que hubiera podido satisfacerme. Agradezco sus ideas (las que me enviaron), se bien que aunque no lo parezca, algunos debieron encontrar sus aportaciones a lo largo de mi historia. De momento no creo hacer otro fic de Kobato (de momento). Antes quisiera concentrarme en terminar mis otras historias pendientes para los primeros meses del año (yo quiero ver eso! xD). ¡Ésa será mi misión imposible por ahora! Jejejeje. Hasta entonces me despido.
Ja ne!
