Advertencias: Los personajes no me pertenecen, son enteramente de su creador, Kishimoto San, solo los alquilo por horas para quitarme el estrés, nada mas.

Espero que disfrutéis del cap.

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Angéles caídos, demonios levantados.

Capítulo seis: Séptimo Cielo.

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Sus pasos se oían, aunque en realidad no necesitaba caminar para desplazarse, pero le gustaba la sensación. La grava pequeña crujiendo bajo el grueso de la suela de sus botas de corte militar, era una auténtica delicia. Junto al siseo del cuero de sus pantalones negros, perfectamente ceñidos a su cadera y las alas artificiales en las que se transformaban los faldones de la gabardina que llegaba hasta sus talones, le gustaba. Y el frio de la noche acariciando su abdomen libre de prendas, le hace dibujar una sonrisa feliz.

Era un todo. Sus pasos, sonaban como una canción propia e irrepetible. El ambiente, húmedo, frío, lo mas hermoso de la noche, poco después de la una, cuando la luna brilla mas intensamente, hasta casi hacer desaparecer las estrellas.

Iruka se pone de cara al viento, y aspira el oxígeno con placer. Introduce la llave en el contacto de la moto de gran cilindrada y pasa una de sus largas piernas por encima, dispuesto a cabalgarla. Es como una droga, una sucia adicción de la que nadie salvo él es consciente.

Lo necesita. O perderá la razón. Y necesita estar cuerdo para lo que se avecina. La vuelta a casa del traidor.

Su sonrisa se ensancha al notar la vibración del motor recorrerle el cuerpo y aprieta el acelerador en su mano enguantada mientras con la otra cubre sus ojos con unas afiladas gafas de sol. Necesita su visión de demonio para lo que está a punto de hacer.

Mete la marcha y acelera hasta que la moto se queda sin marchas, a toda velocidad. No mira a cuanto va, solo toma la salida de la autopista con el tramo recto mas largo y aprieta los muslos en torno al depósito de combustible. Tiene una erección; sonríe y le gusta.

Levanta la cabeza, todo lo que puede sin soltar los mandos de la moto y deja que el aire le corte la piel del rostro, son saña. Casi se parece a la sensación de volar a gran velocidad, cuando lo hacía en su antiguo hogar... pero solo eso, se parece pero no llega a llenarle del mismo modo, ni a gritar hasta que le dolía la garganta de pura felicidad... pero es lo mas parecido que ha encontrado en el reino intermedio... y en todos los años que llevaba ahí había intentado infinidad de locuras, hasta dar con lo que estaba haciendo.

Sale de la autopista por la última curva y dirige la moto al " Séptimo cielo" un local de pura perversión, lugar de reunión de demonios descarriados, aburridos y de ángeles con ganas de experiencias "inusuales", su cita de esa noche le espera ahí, pero solo por que adora el teatro.

Bien podían verse en el infierno sin tanta pomposidad, pero no podía quejarse. Gracias a él que ahora gozaba de todos los dones con los que su propio Lucifer le había dotado, y nunca mejor dicho.

Bajó la docena de escalones y tiró de la puerta en un gesto.

La música se detuvo y todas las miradas se posaron en su persona.

Era tan inusual ver a Iruka en el reino intermedio, que mas de uno se sorprendió mas de la cuenta. En el infierno Iruka era el rey, un dios que manejaba a todo y a todos con mano dura y severa, pero en el reino intermedio era impredecible. No había consecuencias a sus actos, ni castigos...

Su propio paraíso... y a Iruka le encantaba estar en la tierra.

Barrió el local con la mirada, sin quitarse las gafas y no tardó en dar con su cita, ya que era el único que no le miraba a él, tenía su vista clavada en el angelito que le practicaba una torpe felación. Su sonrisa era un insulto para Iruka.

– Deberías probarlo, es una delicia. – Sin dejar de sonreír posó su enorme mano en la cabeza rubia que subía y bajaba por toda su extensión. Ni siquiera parecía afectado por lo que le estaban haciendo, ya que hablaba con total normalidad.

– No gracias. – Emitió una medio sonrisa y pidió una copa al camarero alzando una mano. – ¿Qué quieres de mí?. – Preguntó hostil, su buen humor se había ido de paseo ante la escena.

– Lo de siempre, que me devuelvas lo que me quitaste. – Alzó la mano derecha para mostrarle el brazalete que brillaba en esa muñeca. – Y que me cuentes como va nuestro plan.

– ¿Nuestro?, Querrás decir mío... Mi plan... tenemos un trato, no lo olvides, o me pondré serio y no va a gustarte. – Madara fijó la mirada en Iruka, gimiendo con la boca abierta, y las dos manos posadas en la cabeza del joven ángel, manteniendo su cabeza quieta contra su vientre, recibiendo la descarga sin poder evitarla. Iruka sonrió de vuelta.

-Si bueno, como sea. – Atrajo al muchacho sobre su regazo, bebiendo de sus labios su propia semilla, hablando con Iruka por encima del hombro del chico. Le alzó con las dos manos y le sentó de un golpe sobre su extensión. El grito del chico quedó mudo, anulado con la música a todo volumen que de repente había empezado a sonar.

Desplegó sus alas blancas, obligando a Iruka a dar dos pasos a la derecha para no tocarlas. Contempló horrorizado como sus plumas se cubrían de una niebla pegajosa, pálida, borrando el fulgor de las alas hasta dejarlas sin luz. El vaivén se intensificó, haciendo que las plumas fueran cambiando de color, a un gris perlado, violeta, y finalmente un negro intenso, acerado y siniestro.

No había mayor placer que mancillar a un ángel puro... Iruka detestaba tener que verlo, aunque si reconocía que tenía un algo de místico que impedía apartar la vista.

– Todo está preparado. Para la siguiente reunión en la zona neutra, tomaremos el cielo y lo reduciremos a escombros. – El destello rojizo se vio claramente a través del cristal de las gafas. – Cuando la barrera haya caído, te devolveré tus dones. Solo cuando me haya asegurado de que mis "protegidos" se encuentran a salvo, lejos de tus garras, los tendrás de vuelta, no antes. – Levantó la mano derecha y le mostró el mismo brazalete, con el que había engañado al rey de los infiernos y le había arrebatado , si no toda, una gran cantidad de maldad.

Después de aquello, Iruka no quería nada mas.

Al fin y al cabo, engañar a Madara, el caído original, había sido su mejor logro.

Compensaba con creces todo el dolor y la angustia por la que había tenido que pasar hasta que le encontró Itachi y le llevó con él al infierno.

Seguiría con su plan hasta el final.

Una vez que el cielo no existiera, ya no tendría nada por lo que seguir...

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Me super encanta Iruka to malote, encuerado. Lo adoro.

Nos leemos en el siguiente.

Besitos y mordiskitos

Shiga san.