Capítulo 2

Narradora

"La fantasía, aislada de la razón, sólo produce monstruos imposibles. Unida a ella, en cambio, es la madre del arte y fuente de sus deseos."

Francisco de Goya


Los rumores corrían de manera impredecible por toda la clínica, llegando a los oídos de todos los pacientes y trabajadores del recinto. Lo había escuchado de un par de enfermeras una ajetreada tarde, cuando se había decidido a tomar un momento de descanso y había ingresado a la cafetería.

Ella no parecía una mujer muy interesada en los rumores, sin embargo, éste le pareció bastante atrayente, ya que se trataba de una de las pacientes más controvertidas del centro de rehabilitación.

Sin poder controlar más su curiosidad, la mujer de corta cabellera negra se acercó tímidamente a las dos enfermeras para poder confirmar lo que ella había estado suponiendo.

-¡Es una artista innata!-Exclamó una de las enfermeras.- Al principio, me aterraba entrar a su habitación, por lo extraño que es que una gran cantidad de criaturas te observen desde sus cuadros.

-Sí.-Confirmó la otra enfermera.-Pero, una vez que lees su historia, logras comprender el por qué de sus pinturas.

-Disculpen.-Murmuró tímidamente la mujer, interrumpiendo la agitada conversación.- ¿De quién están hablando?

-La paciente de la habitación 43.-Respondió una de las mujeres.

-Creo que su nombre era Higurashi.

-Sí.-Exclamó la otra enfermera confirmando lo que había dicho su compañera.- Higurashi Kagome.

La mujer se quedó pensativa por un instante, apartando de manera momentánea a las energéticas enfermeras de su mundo de reflexiones.

-Doctora.-La llamó una de las mujeres, intentando traerla de vuelta de sus pensamientos.

-Muchas gracias por la información.-Contestó la aludida, regresando rápidamente a la realidad.-Iré a hacerle una visita.

-Pero, es su hora de descanso.-Dijo una de las enfermeras observando el café recién preparado que sostenía con su mano derecha.

-Sólo será un momento.-Dijo la mujer mientras le entregaba su taza de café a una de las enfermeras y se marchaba antes de que cualquiera de las dos pudiese decir algo para detenerla.

Hace dos meses atrás había escuchado la historia de una paciente, que luego de haber ingresado de manera voluntaria a la clínica, había sido diagnosticada con Esquizofrenia, por los relatos irreales que había estado narrando durante las entrevistas que tenía con el Doctor encargado en su caso. Al parecer la situación de dicha paciente era insostenible y cada noche era necesario administrarle una fuerte dosis de drogas y calmantes, ya que sus gritos despertaban a todos los pacientes del recinto. Ella había escuchado que el nombre de la muchacha era Kagome.

Le parecía realmente enigmático como es que dicha joven, de situación incontrolable, se había transformado, en apenas dos meses, en una de las pacientes más mencionadas por las enfermeras. Y no por situaciones negativas, como muchos de los enfermos del lugar, sino que por sus logros artísticos y literarios.

La curiosidad la invadió una vez más y se encaminó velozmente hacia la habitación 43, para confirmar con sus propios ojos lo que todos habían estado hablando entre pasillos.

Kagome se encontraba, como siempre, encerrada en su gran habitación blanca, rodeada por la gran cantidad de cuadros que había logrado retratar. Ahora se hallaba pintando al muchacho mitad demonio, de larga cabellera plateada y llamativo traje rojo tomando las finas manos de la joven humana de largo cabello negro y de piel nevada. Los ojos de ambos personajes mostraban todo el amor que reflejaban sus almas, sin embargo, la posición de sus cuerpos revelaba que una fuerza sobrenatural los mantenía alejados el uno del otro, a pesar de sus deseos de poder estar juntos.

De repente, el pincel de Kagome se mantuvo suspendido durante un instante, impidiendo que continuara retratando dicha escena. Un nudo se formó en su garganta y sus manos comenzaron a temblar de manera casi incontrolable. Un mareo inoportuno la obligó a cerrar sus ojos, mientras su cabeza comenzaba a palpitar dolorosamente.

Ya estaba comenzando a acostumbrarse. Los recuerdos falsos iban y venían como si intentaran apoderarse de su vida y le provocaban fuertes malestares y angustiosos momentos de descontrol mental. Era en esos momentos en los cuales recordaba el por qué se encontraba en ese lugar. Estaba completamente loca.

Como si su vida dependiera de ello, la muchacha soltó el pincel de su mano, se puso en pie y buscó entre sus pertenencias el cuaderno de notas en el cual escribía acerca de sus alucinaciones. Tomó un lápiz y respirando profundamente, esperando que de esa forma su corazón dejara de bombardear su pecho y que el temblor de sus manos disminuyera, esperó frente a la hoja en blanco.

En el momento en que sus manos dejaron de moverse descontroladamente, puso el lápiz contra la hoja y comenzó a escribir de manera ágil, con la precisión de no dejar ninguno de sus pensamientos fuera de aquella jaula de papel.

Una pequeña gota de frío sudor recorrió su frente, bajó por su mejilla y luego se desprendió de su rostro cayendo al suelo. Había acabado de escribir. Su respiración y corazón volvieron a normalizarse y kagome volvía a recuperar su calma inicial.

Habiendo cumplido con su objetivo, suspiró aliviada y guardó su cuaderno con sumo cuidado junto a sus pertenencias en el cajón.

Sin darse cuenta había acabado escribiendo tumbada en el piso. En su desesperación por plasmar rápidamente aquel recuerdo. Se levantó lentamente tras un profundo suspiro y sacudió sus pantalones de la suciedad que se encontraba en el suelo.

Kagome dirigió su mirada hacia su inacabado cuadro y una vez más posó su atención en el muchacho de sus fantasías.

Un golpe en la puerta la obligó a regresar a la realidad.

Era bastante inusual que el Doctor Kudo fuera a visitarla a esta hora, ya que ya habían tenido una sesión en la mañana y la siguiente no tocaba hasta la tarde, justo antes de la administración de drogas que la ayudaban a mantenerse dormida.

Extrañada por la inoportuna visita, Kagome esquivó sus cuadros y se acercó hasta la puerta para luego abrirla.

Parada en el umbral, se encontraba una joven mujer que no recordaba haber visto nunca, sin embargo, la reconoció por su larga bata blanca. Ella era una de las Doctoras que trabajaban en la clínica.

-Hola.-Saludó amigablemente la mujer frente a ella, al ver que Kagome se había quedado mucho tiempo en silencio.

-Hola.-Respondió confundida la muchacha, esperando la explicación de su visita.

-Soy la Doctora Hikari Aiko.-Dijo la mujer mientras ofrecía su mano en un saludo y Kagome la recibía de manera monótona.- ¿Puedo hablar contigo un momento?

La chica de cabello negro asintió confundida, mientras se hacía a un lado para dejarla entrar y luego cerraba la puerta.

-Lo siento. Esto debe sorprenderte mucho.-Comenzó a decir la Doctora.- La verdad es que vine hasta aquí porque te has vuelto toda una celebridad.

Kagome la observó confundida sin comprender a lo que se refería y se mantuvo en silencio esperando que la mujer frente a ella se explicara mejor.

-He escuchado de las enfermeras que eres una artista.

En ese momento, a Kagome le brillaron los ojos de la felicidad.

-¿Hablan sobre mí?-Musitó para sí misma, emocionada.

-¡Sí!-Asintió feliz la Doctora Hikari, al comprobar que al fin lograba llamar su atención.-No dejan de hablar de tu historia. ¿Dejas que otras personas la lean?

-Al principio sólo la leía el Doctor Kudo. No sé como todos se enteraron y comenzaron a llegar hasta mi habitación pidiéndome que les preste el manuscrito para leerla.

-Es impresionante.-Dijo con una sonrisa la Doctora mientras se paseaba por la habitación observando los cuadros.- ¿Los personajes de los cuadros son los que aparecen en la historias?

-Así es.-Confirmó Kagome.

La Doctora se encaminó hacia uno de los cuadros y lo observó detenidamente, con curiosidad.

-¿De qué trata la historia?

-Es una historia de amor. Entre una humana y un medio demonio-Respondió Kagome sonriendo.

-Ya veo.-Dijo la Doctora distraída mientras observaba detenidamente una de las pinturas en la cual retrataba al chico de orejas de perro y a la mujer de cabello negro, identificando así a los personajes principales del relato.

De pronto, comprobó que algo no marchaba bien. De hecho, había algo en aquel cuadro que no encajaba con la escena retratada. Sin embargo, creyó que sólo había visto mal y desvió su mirada hacia otro cuadro en donde se plasmaba a la feliz pareja. Y para su sorpresa, en aquel otro retrato también logró ver la misma figura extraña. Rápidamente, dio una mirada hacia las otras obras intentando comprobar su teoría. Y así fue. En todos los cuadros lograba ver una extraña figura. Una sombra pequeña y oscura, con forma de mujer, con grandes ojos tristes y negros. Aquel ser no parecía ser parte de la escena retratada, ya que se mantenía casi oculta, y completamente excluida de lo que estaba pasando en el cuadro. No obstante, no parecía ser un descuido, ya que aparecía en todas y cada una de las obras.

Completamente extrañada, la Doctora quiso aclarar sus dudas.

-¿Quién es ella?-Preguntó la mujer, mientras señalaba a la extraña e imperceptible silueta en uno de sus tantos retratos.

Kagome dirigió una mirada confundida a la Doctora, ya que, a simple vista, ella no estaba señalando a nadie. Sin embargo, cuando se acercó y agudizó su mirada, pudo ver aquella sombra que ni ella misma se había dado cuenta existía en su retrato. Completamente confundida, y pensando que aquel sólo había sido un descuido, respondió tranquilamente a la pregunta.

-Ella no es importante.

La Doctora no quedó conforme.

-Pero si no es importante, ¿Por qué está en todos los cuadros que pintaste?

La muchacha se sorprendió, como si le hubiesen dicho algo que ella desconocía por completo. Y así era. Kagome nunca se había percatado que cada uno de sus retratos tenía dibujado en ellos una sombra femenina, aparentemente parte de la situación que plasmaba.

Su corazón se aceleró por el asombro, al comprobar que aquella sombra se repetía persistentemente en todas sus obras. Y su mirada se tornó angustiada al intentar encontrar una respuesta coherente a lo que veía por primera vez.

De pronto, lo supo. Aquella muchacha oculta y sombría sí aparecía en su historia.

-Ella es la narradora.-Respondió Kagome, satisfecha por haber encontrado la respuesta correcta. Encajaba perfectamente con el rol que reflejaba aquella sombra en sus cuadros. Sólo era una observadora de los acontecimientos.

-Entonces, también es un personaje de tu historia.-Concluyó la mujer intentando ayudarla a encontrar la respuesta.

- Sí, pero no es importante, ella cuenta la historia de los protagonistas, esa es su única función.-Respondió Kagome tajante y cansada por todas las preguntas.

Percatada del fastidio que sentía la muchacha, la Doctora Hikari se apresuró a cambiar el tema.

-Me parece muy interesante la historia. ¿Te gustaría prestarme el manuscrito para leerlo?

La mirada de Kagome se ablandó al instante y su corazón volvió a tranquilizarse.

-Sí, está bien.-Dijo la chica, mientras sacaba su cuaderno del cajón y se lo pasaba a la Doctora.-Luego dígame si le gustó.

La Doctora recibió el cuaderno y con una sonrisa de gratitud, se marchó de la habitación para no seguir perturbándola.

Aquella noche, Kagome no pudo dejar de pensar en todo lo que la Doctora le había dicho e intentó explicarse a sí misma cómo es que no se había percatado que pintaba aquella chica ensombrecida en cada uno de sus cuadros y el por qué la Doctora le había dado tanta importancia, aún habiéndole explicado de lo que trataba la historia.

Sin poder controlar los impulsos de su subconsciente, aquella noche, Kagome volvió a soñar con aquel fatídico día que la había conducido hasta donde se encontraba hoy y le había provocado tantos desórdenes mentales y noches en vela.