Capítulo 6

Despertar

"No me tengas en cuenta,

ignórame, no te pares a pensar en mí,

no apuntes mi número en tu agenda,

no dejes que descubra de qué color

son las luces de las salas de tu alma,

no me sonrías nunca,

no vuelvas a contar conmigo.

No dejes nunca que esté cerca de ti,

no agradezcas nunca los favores

que te pueda llegar a hacer,

nunca me ofrezcas tu amistad,

porque quizá yo quiera algo más,

nunca llegues a sufrir por mi culpa,

que yo ya sé lo que es estar siempre solo."

"Musas que no me amaron" – Lucideces. Poema XIII. No me tengas en cuenta.


La tenue luz de la luna se colaba por aquella diminuta apertura, de la puerta corrediza, del enorme palacio feudal, iluminando, sutilmente, la destrozada habitación principal. La noche parecía profunda y escalofriante, sin embargo, el ambiente que se encontraba dentro de aquella habitación, era aún más atemorizante que todos los peligros que podía imaginar de la oscuridad exterior.

Lunares imperfectos de sangre situados en el piso y las paredes, decoraban tétricamente el paisaje de aquella escena. Mientras que el cuerpo de la muchacha de cabello negro azabache, sólo cubierto con una sábana, se mantenía inmóvil en un rincón alejado completamente del toque de la luz lunar.

La circulación del aire hacia sus pulmones y el ligero palpitar de su corazón, eran la única evidencia que tenía de que su cuerpo seguía con vida, no obstante, era consciente de que la luz de su alma se había apagado por completo. De vez en cuando cerraba los ojos y se imaginaba que su corazón dejaba de latir, llevándose por completo todo el sufrimiento que la invadía en ese instante. Sin embargo, aquello no ocurría. Su corazón seguía vivo, atándola a la desgarradora realidad. Obligándola a seguir viviendo una vida que desde ese instante en adelante, jamás volvería a ser la misma.

Abrió, nuevamente, sus ojos envueltos en lágrimas y movió sus dedos para comprobar que todos los hechos vividos no hubiesen sido tan solo una monstruosa alucinación. Lloró en cuanto comprobó que se encontraba despierta y completamente consciente a todo lo que estaba ocurriendo.

Nunca pensó que viviría tal experiencia. Nunca pensó que aquel muchacho, en el cual había confiado tantas veces, dejaría que le hicieran daño. Sin embargo, había depositado demasiada responsabilidad en sus hombros. Después de todo, ella no era su mayor prioridad y nunca lo sería.

Una voz conocida se escuchó en la habitación provocando que el cuerpo de la muchacha se congelara y tensara por completo.

-Kagome.-La llamó la voz una vez más, sin obtener respuesta.

Desconocía por completo todo el tiempo que había estado en un rotundo silencio, por ello, escuchar una voz llenando el cuarto, le parecía bastante irreal y pensó que era producto de su cruel mente, que la hacía imaginar, una vez más, que el dueño de aquella voz venía por ella.

El sueño se volvió realidad cuando el muchacho que ella tanto había estado esperando se acercó a ella, se agachó y le dirigió la mirada a los ojos.

Él estaba frente a ella, y aunque tenía un desenfrenado deseo por saltar a sus brazos y aferrarse a su cuerpo, en el cual muchas veces se había sentido segura, su cuerpo no la dejaba reaccionar, y permaneció recostada en el suelo, sin dejar de mirarlo a los ojos.

En cuanto el chico la miró a los ojos se dio cuenta. Había llegado demasiado tarde. El alma de aquella muchacha, tan apreciada para él, se había esfumado por completo. Aquellas ganas de vivir, que tanto lo habían salvado a él de aquel pozo sin fondo en el cual se encontraba en el momento que se conocieron, ya no existían. Aquel brillo que él tanto amaba, se había convertido en una espesa oscuridad.

La angustia se apoderó de su corazón y sintió deseos de cobijarla entre sus brazos, de regresarle su vitalidad, sin embargo, él ya no merecía estar a su lado. Él ya había fallado en su labor de protegerla. Ya no podía salvarla de la oscuridad que la consumía.

-Inuyasha.-Lo llamó ella liberando las lágrimas comprimidas, aún desconfiada de lo que sus ojos le mostraban.

-Estoy aquí.-Confirmó el muchacho, como si hubiese leído su mente.

Inuyasha dirigió su mirada hacia el resto del cuerpo de la chica frente a él, mientras su corazón dejaba de latir un instante. Nunca se imaginó verla de ese modo. Parecía una diminuta muñeca destrozada y vacía. Su cuerpo tenía un sinnúmero de heridas y enormes círculos morados adornaban su blanca piel. Él temió que con tan sólo un roce de su mano, aquella muchacha se hiciera añicos frete a sus ojos.

Las extremidades del cuerpo de Kagome comenzaron a temblar de un momento a otro, llamando la atención de Inuyasha.

-Él puede venir. Debes salir de aquí.-Musitó la chica, casi en un susurro imperceptible.

-Tranquila.- Intentó calmarla Inuyasha, mientras tomaba suavemente su mano. Tocándola por primera vez desde su encuentro.-Ya me encargué de él. No volverá a hacerte daño.

Los ojos de Kagome se cerraron por un instante y un suspiro de angustia se liberó de su apretado pecho.

-Vamos, es hora de que salgamos de aquí.

Y diciendo esto último, el mitad demonio cubrió delicadamente el cuerpo de Kagome con las sábanas y la alzó en sus brazos.

En cuanto su cabeza se posó en el pecho del muchacho, Kagome se rindió al agotamiento y cerró sus ojos, permitiendo que el mundo onírico la invadiera por completo. Sin embargo, antes de dejarse vencer por el sueño, susurró unas últimas palabras.

-¿Pudiste encontrar a Kikyo?

El corazón de Inuyasha de destrozó en un instante y las lágrimas recorrieron su manchado rostro.

Aquella mujer en sus brazos había sido destruida en todos los sentidos, sin embargo, aún tenía el corazón para preguntar si él había encontrado a aquella chica por la cual la había dejado. Aquella chica por la cual él no había podido permanecer a su lado para salvarla.

Mientras abrazaba fuertemente el cuerpo inconsciente de la muchacha en sus brazos, Inuyasha lloró, hasta que la luna abandonó el cielo estrellado, dándole la bienvenida a un nuevo amanecer.

En cuanto vieron a Inuyasha cargando el cuerpo de Kagome fuera del palacio, el monje y la exterminadora corrieron a recibirlo. No obstante, su alegría se vio interrumpida en cuanto vieron el estado en el cual se encontraba la muchacha.

-¡Kagome!-La llamó angustiada Sango, imaginándose lo peor.

-Está dormida.-La calmó Inuyasha en un tono muerto.

-¿Qué fue lo que le sucedió?-Cuestionó el monje entristecido, porque ya conocía la respuesta.

-Eso ahora no es importante. Lo único que me interesa en este momento es llevarla a la aldea para que la anciana Kaede pueda sanar sus heridas.-Dijo el medio demonio en tono sombrío, sin dejar de mirar a Kagome.

Sango y Miroku estuvieron de acuerdo y se encaminaron lo antes posible hacia la aldea.

Cuando Kagome abrió los ojos, ya habían pasado dos días y se encontraba recostada en la pequeña casa de la anciana Kaede, cubierta completamente de vendajes y plantas medicinales.

Intentó reincorporarse, sin embargo, una voz la detuvo.

-Espera Kagome, no tan deprisa.-Dijo la exterminadora, acercándose rápidamente hacia ella, ayudándola a sentarse.

-Sango ¿Dónde está Inuyasha?-Musitó la muchacha en un hilo de voz.

La mirada de Sango se entristeció al instante.

-Él fue quien te trajo aquí. ¿Cómo te sientes?

-Estoy bien.- Dijo Kagome con voz ronca.- ¿Puedo ver a Inuyasha?

-Tranquila. Primero toma un poco de agua. Debes estar sedienta, luego de estar dos días inconsciente.-Le dijo la muchacha de cabello marrón con una sonrisa, mientras le servía una taza de agua.

Kagome bebió desesperadamente. No se había percatado de toda la sed que tenía hasta que Sango se lo mencionó.

-¿Quieres un poco más?

-No te preocupes. Estoy bien.

Sango sonrió tristemente mientras dirigía su mirada hacia el suelo.

-¿Qué ocurre?-Cuestionó Kagome al notar a Sango decaída.

-Lo siento.-Musitó Sango mientras las lágrimas brotaban de sus ojos.-No pudimos salvarte. Perdónanos. Estaba tan asustada. –Y diciendo esto, la mujer se abalanzó contra Kagome, abrazándola fuertemente mientras lloraba de manera desconsolada.

Kagome la abrazó con sus frágiles brazos.

-No fue su culpa. No fue culpa de nadie.

Sango dejó de abrazarla y se alejó un instante de ella para poder mirarla a los ojos.

-Estoy feliz de que estés con vida.-Dijo Sango mientras limpiaba su rostro de las descontroladas lágrimas.

Kagome le sonrió, no porque lo sintiera sino que para intentar calmarla.

-Kagome, tú me importas mucho, por ello no deseaba que te enteraras de esto.

La muchacha de caballo negro la miró confundida, sin siquiera sospechar de lo que estaba hablando.

De pronto, un frío desgarrador recorrió toda su columna vertebral, y en un instante se imaginó a lo que se refería la exterminadora. Así que, aunque tenía miedo de la respuesta, se atrevió a preguntar.

-¿Dónde está Inuyasha?

-Te dejó aquí hace dos días y luego se marchó. Nadie sabe a dónde.

Las palabras que escuchó de la muchacha frente a ella parecían absurdas e irreales.

Era imposible que Inuyasha se marchara sin siquiera avisarle. Era imposible que la abandonara en un momento como ese.

Y de pronto lo supo. Inuyasha no tenía ninguna obligación de permanecer a su lado. Y nunca la tuvo. Sin embargo, le dolía, ya que hasta ahora, nunca se había dado cuenta de que en realidad, aquel chico que ella tanto amaba, no tenía por qué estar a su lado. No tenía por qué protegerla. Y él se lo había dejado en claro. Su corazón jamás le perteneció a ella, así que él era libre de marcharse cuando lo deseara y ella no era nadie para atarlo. De alguna manera siempre lo supo. Ese había sido el trato. Sin embargo, ahora se le hacía tan real su ausencia, que el vacío de su corazón la invadía por completo.

Kagome guardó silencio, pero su mirada reflejaba tanto dolor, que Sango sólo pensó en abrazarla nuevamente para intentar calmar su corazón. Esta vez, Kagome no le devolvió el abrazo.

-Lo siento tanto.

Kagome alejó delicadamente a Sango, apartándola de su abrazo y la miró a los ojos.

-No lo sientas. Está bien.-Dijo Kagome con voz ronca.-Siempre lo supe. Inuyasha siempre fue claro conmigo. Yo sabía que esto ocurriría algún día. Yo era consciente de que él algún día se alejaría de mi lado. No hay por qué sentir tristeza.

Sango la observó en silencio.

-¿Puedo tomar un baño?- Musitó kagome, rompiendo con el silencio.

-Sí, por supuesto.-Contestó Sango.- Te acompaño.

-Gracias Sango.-Dijo la muchacha tras una sonrisa.

En cuanto su piel sintió el contacto del agua fría del lago, su entumecido cuerpo recordó que aún se encontraba con vida, a pesar de todo lo que había sufrido y del daño infringido hace un par de días. Y con la esperanza de limpiar su corrompido cuerpo, frotó el agua cristalina contra su piel con fuerza y agresividad, pero, aún así, sintió que nunca más volvería a borrar aquella experiencia de este.

Cuando Kagome y Sango regresaron a la casa de la anciana Kaede, el monje Miroku y Shippo se encontraban justo parados frente al umbral junto a aquel medio demonio que la muchacha de cabello negro pensó que jamás volvería a ver.

Los ojos de Kagome se llenaron de lágrimas en un arrebato de felicidad al ver al muchacho frente a ella.

-Regresaste.-Confirmó Kagome en un tono de agradecimiento, mientras observaba a Inuyasha.

Inuyasha la observó con semblante serio y sin tomar en cuenta su alegría momentánea, se acercó de manera determinante.

-He venido para llevarte de vuelta a casa.

La sonrisa de Kagome se desvaneció en un instante, mientras intentaba comprender qué significaban aquellas palabras.

-Creo que Inuyasha tiene razón. Me parece que es lo mejor para la señorita Kagome, que regrese a su casa por un tiempo.-Planteó Miroku de manera serena.

-No por un tiempo. Creo que lo mejor es que Kagome no regrese más.-Concluyó Inuyasha tranquilamente en un tono frío.

-¿De qué estás hablando? ¡Kagome no puede irse para siempre!-Exclamó Shippo, molesto.

-¡Esa no es una decisión que puedas tomar tú solo!-Determinó la exterminadora.

-Está bien.-Musitó en tono monótono Kagome.-Me iré.

Todas las miradas se dirigieron rápidamente hacia ella, mientras el silencio invadía la escena.

-Quiero regresar a casa.

-Pero, Kagome. No puedes irte.-Dijo Shippo mientras saltaba hacia el hombro de la muchacha con lágrimas en los ojos.

Kagome lo acogió entre sus brazos tiernamente.

-Es lo mejor para todos.-Dijo Kagome.

-¿Cuándo deseas irte?-Cuestionó Sango rendida ante la decisión, al comprobar que Kagome deseaba regresar a su hogar.

-Ahora mismo.

Shippo lanzó un sollozo mientras se refugiaba en los brazos de la muchacha. Sango se aproximó hacia ella y la abrazó llorando. En cuanto Sango y Shippo se alejaron de ella, el monje se acercó y la abrazó de manera delicada sin decir ni una sola palabra.

En cuanto todos se alejaron de ella, Inuyasha se acercó a Kagome.

-Vamos.

Y sin decir nada más, Kagome asintió y ambos se alejaron en camino hacia el pozo, dejando al grupo de personas que la había acompañado en infinitas aventuras, para siempre.

Inuyasha y Kagome caminaron todo el camino hacia el pozo en completo silencio.

En cuanto llegaron frente a este, ambos se detuvieron y se miraron a los ojos.

-Antes de irme necesito que me respondas algo.

Inuyasha no contestó nada, sólo se quedó observándola en silencio.

-¿Estás deshaciéndote de mí porque ya no soy pura?

Un semblante de dolor se dibujó en el rostro de Inuyasha y permaneció en silencio, sin dejar de mirarla a los ojos.

Las lágrimas comenzaron a brotar de los ojos de Kagome empapando su rostro. Y una de sus manos se dirigió a su boca con la intención de opacar un sollozo.

Ya no tenía nada más que hacer en aquel mundo. La persona que ella más amaba estaba frente a ella diciéndole que se marchara y que no regresara.

Podía comprender cómo se sentía. Era entendible que él ya no quisiera estar al lado de una muchacha tan rota como lo estaba ella en este momento. Y ella no deseaba ser una carga para él. Lo amaba demasiado como para obligarlo a estar con ella en este momento.

Lo entendía, sin embargo, era tan doloroso que pensó, en ese fugaz instante, que sí era posible morir de pena.

No obstante, no podía permitir que esto fuera más difícil para él. No deseaba seguir metiéndolo en problemas, así que se obligó a sí misma a dejar de llorar y a clamar su corazón, para no alargar más de la cuenta su despedida.

-Gracias por todo.-Sonrió entre lágrimas la muchacha.

Y sin mirar atrás se subió al borde del pozo y saltó dentro de él con la promesa de jamás regresar.

Al llegar a su hogar del otro lado del pozo, Kagome permaneció varios minutos dentro de éste, incapaz de creer que ese sería el último momento en que estaría ahí.

Todo lo vivido parecía ser parte de un hermoso e irreal sueño, sin embargo, una diminuta luz en su mente le recordaba una y otra vez que todo era real, incluso los malos momentos.

La voz de una mujer dentro de la habitación, donde se encontraba el pozo, llamó a su nombre.

Kagome reconoció al instante a la dueña de aquella voz, y por primera vez se sintió tan frágil y vulnerable que sintió la extrema necesidad de dejarse caer en los protectores brazos de aquella mujer que la llamaba.

-Mamá.-La llamó Kagome en un hilo de voz apenas imperceptible y salió del pozo rápidamente encontrándose frente a frete a su madre.

La mirada de la señora Higurashi estaba angustiada y llena de lágrimas, como si supiera todo lo que había sucedido del otro lado del pozo. Y la abrazó fuertemente con el miedo de que aquella muchacha frente a ella se destruyera por completo si no la envolvía rápidamente con el calor de sus brazos.

Y ambas permanecieron en completo silencio, abrazándose por largos minutos.

-Mamá.-Musitó Kagome entre sollozos.-Ya no regresaré jamás.

-Tranquila. Ya todo ha terminado.

Y sin nada más que hacer en aquel lugar, ambas salieron del cuarto dejando para siempre el pozo atrás.