Historia de un amor Capítulo 1 - 02

Era ya pasado el mediodía, había estado recogiendo flores en el campo durante casi toda la mañana, y se había alejado sin apenas darse cuenta cuando el jinete se acercó a ella. Él vestía de negro. Una larga capa de brillante terciopelo tan negro como una noche sin luna ondeaba tras su atlética y orgullosa figura. Unos pantalones grises de montar sobresalían por encima de las negras botas de cuero que llevaba puestas y que le llegaban hasta las rodillas. Una fina camisa de lino gris abierta, dejaba ver el musculado torso y la piel levemente bronceada del joven.

Sus rubios cabellos le llegaban por los hombros y cuando detuvo a su caballo junto a ella en el camino, Rodmilla pudo ver bien su rostro.
Él tenía la mandíbula marcada, y algo le decía que tras esa expresión de seriedad, en sus mejillas debían aparecer unos hermosos hoyuelos al sonreír. Tenía unos labios finos, y de un tono rosado-parduzco, pero lo que más llamó su atención fueron sus ojos. Cada uno era de un color diferente, y eso le imbuía de un aura especial.

- Buenas tardes, jovencita. ¿Qué hacéis sola en el campo? – preguntó él, deseoso de conocer el nombre de ella.

- Estaba recogiendo flores para adornar la casa, milord. – Ella bajó los ojos, velando su mirada con sus largas y negras pestañas.

- ¿Y cómo os llamáis, si puedo preguntar? – no podía disimular su curiosidad.

- Rod- Rodmilla de Ghent, hija del Duque William de Ghent, y la Duquesa Lucrecia de Blois… -contestó en un recatado susurro.

- ¿De verdad? – Impresionado, no quiso decirle que la había confundido con una campesina, y se alegraba de haberse contenido – Conozco a vuestros padres, han estado varias veces en el castillo… ¿Cómo es que no os he visto a vos allí antes?

- Es que… acabo de cumplir los 18 años, majestad… - sonrojándose por momentos, la pobre Rodmilla empezaba a ponerse nerviosa.

Jared se lo estaba pasando en grande.

La joven rebosaba inocencia, y a él le encantaban las jóvenes inocentes, no se daban cuenta de lo que estaba pasando hasta que era tarde, y se dejaban las manchas rojas de su inocencia en sus sábanas de seda blanca.