- … y dime… ¿Te gustaría ver el castillo? – la miraba directamente a los ojos, imprimiendo su propia fuerza de voluntad a su mirada, lo que hizo que ella bajase los párpados para protegerse de ella.
- Me encantaría, mi señor, pero no lo veo correcto…No está bien que me haya alejado sola de casa, y si mi madre o mi padre se enteran de que he estado hablando a solas con un hombre, aunque ese hombre sea rey, me puede caer una buena… - la pobre se retorcía las manos con nerviosismo.
- Será solo un rato. Vamos, te llevaré y te traeré yo mismo en mi caballo. Es el más rápido de todos los que tengo. Confía en mí.
Él le tendió la mano, y para su consternación la aceptó, y agradeció que la ayudase a subirse a la grupa del animal. Nunca, jamás, lo admitiría, pero tanto acaballo como jinete le inspiraban temor.
Jared se sentó detrás de ella, y la sujetaba firmemente entre sus muslos. Pasó las manos por su cintura, entre sus brazos, y de forma casual, agarró las bridas de Lightning dejando descansar sus muñecas sobre los muslos de ella indolentemente.
Rodmilla agradecía en silencio estar de espaldas a ese arrogante, porque de esa forma, él no podía ver los estragos que estaba causando en su feminidad.
Notar el calor de sus pectorales casi desnudos en su espalda, la fuerza y firmeza de sus muslos guiando al animal la hacían imaginarse a ella misma entre esas fibrosas musculaturas. El rubor cubrió sus mejillas con dicho pensamiento y se acentuó aún más cuando las manos de él resbalaron como por casualidad llegando a rozar, si extendía los pulgares, su pubis.
Con toda la delicadeza y fuerza de voluntad que pudo reunir, cogió las muñecas de su acompañante, y las llevó más arriba, alejándolas de su zona más privada y prohibida.
Pensó que era mejor no preguntar si había sido un descuido o no, y con mucho disimulo, se fue alejando de él. Montar a horcajadas como un hombre no había sido buena idea. Peor aún que montar a caballo con ÉSE hombre empezaba a ser peor idea que cuando cambió las hierbas medicinales de su hermana Viviane por hierbas que habían cogido ella y su hermana Maerose en el jardín.
Una secreta sonrisa se dibujó en su rostro ante ese recuerdo, pero se derritió al recordar el castigo que les sobrevino después.
