Cuando se reunió con ella, una radiante sonrisa la saludó.
- Disculpa querida, pero debía disponer el carruaje, para cuando te acompañe a tu casa…
Ella asintió y miró de nuevo la mesa dispuesta.
- ¿Esperabais a alguien, milord?
- No, siempre tengo algo preparado por si acuden visitas inesperadas, eso es todo… ¿te apetece comer algo, Rodmilla?
- Lo cierto es que hoy no he comido mucho… solo un poco de fruta en el campo… -sonrió ella, algo azorada por sus palabras.
- Entonces permite que te sirva un poco de vino, y coge algo de comer si deseas…
Ambos comieron un poco, mientras hablaban de sus aficiones. A los dos les encantaban los caballos, por ejemplo, y tenían gustos muy parecidos en todo.
Poco a poco, Jared se había ido acercando a ella, y ella no le había rechazado, en parte por que su compañía le agradaba, y por que el vino empezaba a hacerle un poco de efecto. Fue entonces cuando decidió que el vino, aunque le gustaba, dejaría de beberlo esa noche por que no debía dejarse llevar estando a solas con ese hombre.
Jared veía que los polvos que le había echado al vino de ella empezaban a funcionar. No era la primera vez que los usaba, y sabía muy bien lo que le hacía a una muchacha indecisa a dar el paso.
Sin previo aviso, ella se levantó y le dio la espalda, colocándose frente a la chimenea. Él vio su oportunidad y se puso tras ella, con sus manos acariciándole los hombros, se agachó sobre su cuello y lo rozó con sus labios.
Al notar la caricia, ella sintió escalofríos recorriéndole todo el cuerpo, y cuando esos finos labios rozaron su piel se apartó de ellos de forma instintiva. Salió corriendo por las primeras escaleras que vio, sin saber que estas conducían a los aposentos de Jared. Una vez arriba, un gemido lastimero escapó de su garganta al encontrarse de frente con una imponente cama, echa en caoba y con grandes telas de terciopelo blanco que caían en dosel desde las columnas. El cuarto estaba decorado también con el mismo gusto que la habitación de abajo, los mismos muebles, cuadros con escenas parecidas, y una chimenea empotrada en la pared. Delante de esta, una hermosa alfombra de armiño blanco y junto a ella, un diván de madera noble, tapizado en terciopelo rojo.
