Jared sonrió abiertamente, aún con el endurecido pezón de Rodmilla atrapado entre sus labios. Estaba convencido de que ella nunca había sentido nada parecido, y eso le excitaba sobremanera. Saber que él iba a ser el primero…
Una dolorosa punzada en su entrepierna le hizo gemir a él, aunque el sonido quedó ahogado. Su propia excitación también había llegado casi a su punto álgido. Sabía que ella no soportaría que la penetrase con prisas, la destrozaría y no quería hacerle daño, no un daño innecesario, al menos.
Bajó. Bajó por su vientre, sembrando cada célula del adorable vientre de Rodmilla de besos que la hacían gemir cada vez más alto. Mientras su boca mordía, besaba, lamía, y adoraba su ombligo, Jared acariciaba el clítoris de Rodmilla hasta que este respondió. Se irguió, excitado, entre los malvados dedos del rey goblin.
- Rodmilla, abre los ojos… -susurró él, mirándola desde abajo, de rodillas en el suelo, sujetando las caderas de esa bella criatura entre sus grandes manos – Rodmilla, querida… quiero que veas lo hermosa que estás mientras te llevo al paraíso…
Ella le hizo caso. Su voz susurrante tenía algo de hipnótica, algo que hacía que ella no pudiese ni quisiese siquiera desobedecerle.
Cuando abrió los ojos, su mirada se encontró con la de Jared, que aun estando de rodillas, tenía una apostura dominante, y ella se sintió débil y sumisa a su más leve petición.
Se miró en el espejo. De sus labios salió un "¡Oh!" de sorpresa. Sus manos subieron a su cabello, que caía libre y alborotado en cascadeantes y rebeldes ondas por sus hombros y espalda dejando semiocultos sus jóvenes pero firmes pechos. Tenía los pezones duros de la excitación que Jared, de forma experta, les había echo alcanzar. Se fijó en su rostro, antes pálido, para ver como unas manchas rosadas teñían sus mejillas de pudor. Sus ojos brillaban de forma especial y sus labios, que de la lucha que habían librado y perdido contra los de Jared, estaban hinchados de tanto besar.
Ahora podía ver lo que Jared había visto mientras la excitaba con mano experta, y le gustaba lo que veía. Su belleza tenía un matiz salvaje que les excitaba a ambos.
Jared la veía ensimismada en su reflejo y decidió que era el momento de actuar. Rodmilla podía ver cada uno de sus movimientos, y eso era lo que él quería precisamente. El echo de ver reflejadas en el espejo todas las maldades que pretendía hacerle a esa inocente doncella hacían que su corazón palpitase aún más rápido y pronto su miembro estuvo lleno de sangre y firme hasta casi llegarle al ombligo.
