Bajó la vista de las negras ondas que le caían en desorden por la espalda para centrar su atención en los rizos también negros que decoraban el triángulo que tenía entre las piernas.
Con mano firme, pero sin apretar demasiado, separó los muslos de su compañera para poder introducir la mano entre ellos.
Aprovechando el respaldo de la silla que tenía detrás, Rodmilla se agarró a ella para tener un punto de apoyo.
Con más seguridad, Jared acercó el rostro.
Empezó besando el interior de los muslos de ella. Besos ligeros que dibujaban ardientes senderos allí donde rozaban la piel.
Rodmilla, con los ojos abiertos y sin perder detalle en el espejo, sentía sus pechos como si unos ríos de lava fundida fluyesen de ellos y bajasen hacia su zona más intima, donde se instalaba el volcán, deseoso de entrar en erupción.
Los gemidos daban paso a jadeos a la vez que los besos en los muslos se adentraban en zonas más prohibidas. Como Jared ya había excitado con sus dedos el escondido botón de su feminidad, sus labios lo encontraron enseguida y pronto se apropiaron de él.
Lo apretaban con suavidad y lo lamían de arriba abajo hasta notar en la lengua los latidos acelerados del corazón de ella.
- Dios, Jared… - susurraba roncamente Rodmilla, ya casi perdida la voz.
- Aún no he terminado contigo, cherie, espera y verás – contestó él de forma deliberadamente provocadora.
Al ver que había apoyado la cadera en una de las sillas, y que se agarraba fuertemente al respaldo clavando las uñas incluso, Jared cogió una de las piernas de Rodmilla y se la pasó sobre los hombros. Acercó los labios a su hendidura y sopló suavemente. Sonrió complacido al notar como un estremecimiento la recorría entera.
Lenta, muy lentamente, su lengua le rozó los labios exteriores, como decidiendo si se adentraba o no más allá.
Rodmilla le contemplaba en silencio. Unas veces miraba el espejo y otras miraba abajo, directamente a Jared. Tenía la boca completamente seca. Ella también parecía pensar lo mismo. "¡No! No se atreverá a besarme ahí… no puede hacer eso…"
Justo como su él hubiera leído ese escandalizado pensamiento, la miró deliberadamente a los ojos mientras su lengua barría desde abajo hasta la pequeña aguja erecta de ella.
Rodmilla echó la cabeza hacía atrás, cerró los ojos y lanzó un gemido de intenso placer a la habitación. Como si la habitación estuviese confabulada con su cuerpo, también reaccionó. Los cortinajes de las ventanas se agitaron como si una brisa las atravesara, las velas titilaron y unas pocas se apagaron. Incluso las llamas de la chimenea cambiaron el compás de su danza hipnótica, acompañadas del leve crujido de uno de los troncos que ya ardían.
Notó como sus piernas se aflojaban y amenazaban con dejarla caer. Aún temblaba cuando le miró a los ojos.
"Dios Santo" pensó Jared al mirarla "es tan hermosa…"
