Hola y feliz Lunes, gente!

Aquí les caigo con un nuevo capítulo de este multichapter, teniendo en cuenta QUE MAÑANA, 30 DE OCTUBRE DE 2012, SALE ASSASSIN'S CREED III A LA VENTA! *o* Es una lástima que no tenga dinero ni Xbox T.T... Pero paraeso existen YouTube y los Walktrough XD. En fin, sin más que decir, les dejo con ese nuevo capítulo.

¡Disfrútenlo!


Memorias de Tintin parte XI:

Muerte de un dictador.

Iniciando secuencia genética de memoria número 10 de T.B… Listo.

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Era más de medianoche en la capital chilena; las calles estaban desiertas desde las ocho de la noche por orden del dictador en turno, el general Rodrigo Tapioca. Éste había regresado de Budapest, Hungría, en done tuvo una reunión con gente importante del mundo de los negocios… Conectados entre sí con una legendaria hermandad conocida como "Templarios".

El dictador, temeroso de que en cualquier momento hubiera un nuevo golpe de estado por parte del general Miguel Alcázar, su rival por el poder, ordenó toque de queda, patrullaje por las calles hasta el amanecer y disponer de la mitad del ejército para que salvaguardara el Palacio. No obstante, el hombre no sabía que todo eso era insuficiente para salvarle de sufrir otro golpe de estado… O de ser el próximo blanco del famosísimo Ángel de las Sombras, quien en esos momentos estaba en el jardín matando a diez hombres con su arma de fuego, su daga y su filosa cuchilla.

Uno a uno caían los infelices luego de que sus cuellos fueran rajados por el Asesino, quien sabía asestar certeros golpes en cualquier parte del cuerpo como buen combatiente que era. Tintin, para ese entonces, ya había perdido por completo los nervios, el temor y hasta la inocencia de dar muerte a cuanto infeliz intentara matarle.

Armado primero con un arma de fuego y luego con un cuchillo y su hoja oculta, el joven de origen belgorrumano se abría paso entre los supuestamente bien entrenados elementos del ejército, dejando detrás de sí toda una carnicería digna del ejército romano.

Mientras, en las afueras del palacio, un grupo de Asesinos le daban lo suyo a los guardias; Alcázar, quien peleaba con sus subordinados de manera vigorosa, observaba atónito cómo Tintin le rajaba el cuello a un guardia de un solo tajo luego de evadir el disparo, aprisionar la escopeta y golpearle con ella en el estómago.

Después vio cómo el muchacho disparaba a dos más sin pestañear tan siquiera y luego corría hacia otros dos, quienes con el miedo en sus venas trataban de cargar sus armas para abrir fuego. El viejo general tuvo que admitir que Tintin, muy a pesar de su corta edad, era sin duda uno de los Asesinos más mortíferos con los que jamás se había topado y conocido en su vida.

Ni siquiera Michel Léroux y Yelena Ynigov, los padres del joven reportero, a quienes conoció en Brasil tiempo atrás, eran así: Tan precisos, tan eficientes, tan concentrados en causar un buen ajetreo y dar muerte a quien se le atraviese.

No… El chico realmente nació para la faena. Nació para servir a la Luz…

Nació para ser Asesino.

Luego de causar distracción, Alcázar se acercó a Tintin y le comentó:

- Eres bueno, Tintin. Realmente bueno. Parece que lo llevas en la sangre desde siempre.

Tintin, con una sonrisa queda, replicó:

- Mis padres no habrían querido que yo estuviera haciendo esto, pero… No hay de otra una vez que te enteras de nuestra guerra oculta. Ahora… ¿Cómo localizaré a Tapioca?

- ¡Fácil! Tapioca estará encerrado en la oficina presidencial o, en el peor de los casos, en el búnker que se encuentra debajo de este jardín. Para llegar a la oficina, tendrás que subir por las escaleras y luego todo recto a la derecha.

- Gracias, amigo mío… Y deséame suerte.

- Buena suerte... Y envíale un lindo y afectuoso saludo de mi parte.

- Lo haré...

Ambos hombres se dan un apretón de manos y Tintin empezó a subir las escaleras.

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Tapioca bebió su whisky con una inusual inquietud.

Se suponía que estaba fuertemente protegido por sus hombres, lo que debería de hacerle sentir seguro de todo. Empero, su instinto de militar le decía que algo no andaba bien en medio de toda esa pesada calma en la que se encontraba en ese momento.

Al instante en que puso el vaso vacío sobre la mesa, se dio la vuelta para irse a su habitación… Y se topó con una daga filosa apuntándole frente a sus ojos.

- Buenas noches, general – le dijo una voz gutural.

Tapioca, nervioso, observó al indeseado intruso… Y reconoció en él al Ángel de las Sombras, un Asesino que ha estado viajando por el mundo dándole muerte a todos los que estaban involucrados con los Templarios…

Como él.

- ¡¿Q-qué es lo que quieres, Asesino?! – inquirió el hombre muy asustado.

- Dos cosas, mi buen general. Dos cosas… La primera es que me responda una pregunta que, le aconsejo, me las responda, ya que de la respuesta que me dé depende totalmente su vida.

Tapioca tembló de miedo hasta orinarse en los pantalones.

Había escuchado la forma en que ese Asesino ejecutaba a sus víctimas. Desafiarlo a una pelea de cuerpo a cuerpo sería sinónimo de una muerte terrible y darle información sobre cualquier actividad templaria supondría una traición a sus benefactores, quienes le ayudaron a mantenerlo en el poder y a aplastar a Alcázar.

Tintin, conociendo el hecho de que Tapioca posiblemente no hablaría, añadió:

- Supongo que no hablará… Y entiendo perfectamente el porqué, general.

- ¡P-por favor! ¡Por favor! ¡Se lo ruego! ¡N-no me mate! ¡Le diré cualquier cosa!

- Dudo mucho de que me digas la verdad sobre tus tratos con los Templarios, Tapioca.

- S-si por mí fuera, le diría de todo… Pero no puedo. ¡No puedo!

- Yo creo que sí podrá, Tapioca…

Dicho eso, el Asesino tomó a Tapioca y lo sentó bruscamente en la silla. Luego, con sorprendente frialdad, le preguntó:

- ¿De dónde provienen las armas que te proporcionan los Templarios, Tapioca?

- N-no lo puedo decir.

El Asesino rozó suavemente su daga al cuello y susurró:

- Le aconsejo que lo digas si quieres vivir.

- ¡P-por favor!

- Dilo… ¿De dónde provienen esas armas?

- S-son… S-son…

. Más te valga que no me mientas, Tapioca…

- ¡Son de Europa! ¡Europa! ¡De Rusia, para ser exacto!

- ¿Rusia?

- ¡S-sí! ¡Sí!

- ¿De ahí es en donde podría encontrarse la fábrica de armas?

- ¡S-sí!

- Bien… Si me estás mintiendo, es momento de rectificarlo, ¿lo sabes?

- ¡Le juro q-qué es verdad! ¡Puede verlo usted mismo en mi clóset! ¡Ahí tengo guardadas varias armas!

- Uhmmm… Gracias, general… Me ha servido de gran ayuda... Y respecto a la segunda cosa

Dicho eso, Tintin puso una mano en el hombro del asustado militar… Y el que fuera el desalmado dictador de antaño cayó al suelo sin vida.

Tintin se inclinó y, pasando los dedos sobre sus ojos, murmuró:

- Descansa en paz... Bastardo.