VI.

Memorias de Tintin parte XII:

Martine.

Iniciando secuencia genética número 11 de T.B… Listo.

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- Así que el buen Tapioca hacía pactos con los Templarios para adquirir estas armas tan sofisticadas – comentó Alcázar mientras sostenía un arma de fuego de tecnología avanzada -. Uhmmm… Son lindas armas las que fabricaron esos cabrones, debo admitirlo.

- Y eso es lo que más me preocupa, Miguel – comentó Tintin -. Con estas armas circulando por tu patria en manos de los soldados fieles al fallecido dictador, es posible que se desate una terrible guerra civil que nuestros enemigos aprovecharán para dar marcha a lo que sea su plan.

- ¿Y qué haremos entonces?

Tintin se quedó pensativo por un momento. Incorporándose de su asiento, el joven tomó el arma y empezó a caminar hacia la salida de la guarida. Alcázar, preocupado, le detuvo preguntándole:

- ¿A dónde vas?

El joven reportero, con una sonrisa, le replicó:

- A buscar respuestas… Con un amigo del viejo continente.

Dicho eso, se marchó del lugar.

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Caminar por los tejados de la ciudad de Santiago nunca había sido tan divertido y aparatoso para Tintin, sobre todo cuando se trataba de buscar a un viejo amigo ruso que residía justamente en aquella ciudad luego de que los Soviets intentaran matarlo por ayudarle a salir del país en cuestión.

Cuando dio con la casa de ese amigo suyo, el joven se bajó del tejado y, como si nada, se dirigió hacia la entrada de la casa. Tocó la puerta y esperó un momento a que le abrieran. No obstante, pasaron diez minutos y nadie le abrió la puerta. Tintin, preocupado, decidió ir al callejón y escalar el edificio para ver qué era lo que pasaba.

Entrando por una ventana abierta, el joven Asesino empezó a buscar por toda la casa. Al llegar a la cocina, se apartó instintivamente cuando alguien intentó asestarle un golpe mortal con un cuchillo de carnicero. Para fortuna del muchacho, el dueño del cuchillo le reconoció al instante que salía de su escondite.

- ¡¿Valentine?! – exclamó el anciano muy sorprendido.

- ¿Feliz de verme, viejo maestro? – le replicó el joven con una sonrisa.

Alexei Andreiévnov, un anciano veterano del ejército revolucionario y ex – Asesino, se echó a reír y, abrazando al muchacho, exclamó:

- ¡Valentine Léroux Ynigov! ¡Hace tres años que no te veía, mi querido muchacho!

- Igualmente, Alexei Andreiévnov – respondió el joven al separarse de uno de sus mentores más queridos -. Veo que los años te han tratado bien.

- ¡Bah! ¡Quisiera decir que sí, pero como véis, estoy solo en esta casa en medio de un montón de gente acostumbrada a tanto golpe de Estado! Si fuera un poco más joven, yo mismo habría ido a por Tapioca y le hubiera matado… Pero me alegro mucho de que hayas sido tú el que le haya puesto la cuchilla en el cuello.

- ¡¿Có…?!

Alexei rió y añadió:

- Olvidáis que yo también era un Asesino también, muchacho. Por más retirado que esté, siempre tengo a alguien que pudiera contarme todo lo que ocurre en la Hermandad. Y hablando de ello, ¿habéis visto a tu tío?

- Sí. En Hungría.

- ¡Ah, la bella Hungría! ¡Sus ciudades me fascinan! Lástima que ahí soy buscado como traidor a la Revolución, aunque en realidad solamente denunciaba la corrupción dentro del lugar. ¿Y cómo está tu tío?

- Está bien. Solo que siempre se la pasa viajando.

- Como tú.

Tintin carcajeó y, al calmarse un poco, sacó un arma y se la entregó a Alexei explicándole:

- Esta es una de las armas que los Templarios han estado fabricando en Europa, justamente en Rusia.

- ¡¿Rusia?! – exclamó Alexei mientras examinaba el arma.

- Eso dijo Tapioca antes de morir.

- Pues el infeliz no te mintió. Esta arma efectivamente fue fabricada en Rusia… En una de las armerías del Soviet.

- ¿Estás seguro?

- Sí.

Dicho eso, el anciano le mostró a Tintin la marca de la hoz y el martillo y el nombre de la armería debajo del símbolo mientras le explicaba:

- No hay duda de que fue fabricada en Rusia. El problema será saber en cuál de las más de 20 armerías pudieron haberla fabricado, aunque… Uhmmm… Es extraño que estuviera marcada con ese símbolo, ¿sabéis? Es decir, siendo un arma de última generación, normalmente se producen estas novedades en dos lugares: En Estados Unidos y en China. Y China, como sabéis, está ahora en un proceso de convulsión política por la tensión entre Chiang Kai Shek y el antiguo emperador Pu Yi… A menos que…

El anciano fue enseguida a buscar sus herramientas y desbarató el arma para estudiar las piezas de cerca. Luego de una minuciosa examinación, se volvió hacia Tintin y le dijo:

- Algunas de estas piezas, si no pocas, son chinas. Las demás son europeas... Justamente de Europa del Este. Siendo más específico: Rumania.

Tintin se quedó sorprendido mientras que Alexei añadía:

- Hay una armería en Rumania, en las afueras de Bucarest, en donde fabrican estas piezas. Lo sé porque he sido empleado de ese lugar antes de fugarme.

- En este caso, tendré que viajar hasta allá y averiguar más antes de reportarme con Nikolai sobre esto al respecto. Le dolerá saber que hay una armería templaria operando en nuestra tierra.

El anciano lo miró muy suspicaz y comentó con curiosidad:

- Veo que Bélgica no te ha sentado del todo bien.

- ¿Y cómo va a sentarme bien si he pasado la mayor parte de mi vida en tierras rumanas? En las tierras de mi madre y de mi tío, para ser exacto. Bélgica es un lindo país y Bruselas es una ciudad tranquila, pero extraño la lozanía y algarabía de Bucarest y los bosques nevados de Rumania.

- Es comprensible – replicó el ex Asesino al ponerle una mano en el hombro a su antiguo pupilo -. Rumania siempre ha estado en tu sangre puesto que siempre ha sido tu hogar desde que vuestra madre, que en paz descanse, te parió. Tal vez el aire belga lo disfrace bien porque tienes un sorprendente parecido con tu padre, pero si de algo estoy seguro es que nadie, absolutamente nadie, se imaginaría que el famoso Tintin haya nacido y crecido en Rumania. Ni siquiera ese idiota templario de Rastapopoulos se lo imaginaría.

- Si todos lo supieran, ¿habría habido alguna diferencia?

- Tal vez… A juzgar por cómo están las cosas… Pero dejemos de hablar de armas rumanas por un momento, muchacho. Hay algo que quiero comentarte aprovechando tu presencia.

- Tú dirás.

- Bien... Ayer conocí a una encantadora jovencita pelirroja.

- ¡Je! ¡Se ve que no pierdes el tiempo!

- ¿Aún cuando esa jovencita sea tu novia?

Tintin se sobresaltó mientras que Alexei, con una sonrisa, añadió:

- Ayer iba de compras por el mercado cuando vi a esa chica, Martine Vandezande. ¿Es tu chica, no?

- S-sí… No entiendo. ¿Cómo supiste que ella y yo…?

- Puedo ver cuándo a una mujer le brillan los ojos cuando alguien habla del ser amado. La conocí cuando un idiota intentó pasarse de listo y yo, como hombre decente, me presté a defenderle. Luego de darle una pequeña lección a ese infeliz, llegaron las presentaciones. Supe que era tu chica porque a ella se le cayó un retrato tuyo.

Tintin se sonrojó enseguida.

Martine Vandezande… Su novia desde hace un año y medio luego de tres meses de estar saliendo juntos. Ambos eran prácticamente de la misma edady se habían conocido luego de resolver el caso del robo de arte más grande del siglo perpetrado por Niklas Rastapopoulos, su archienemigo. La chica trabajaba como asistente de Henri Foucart, dueño de uno de los museos de arte contemporáneo más famoso de la ciudad.

Ella soñaba con ser una artista reconocida, razón por la cual siempre pintaba y esculpía una variedad de obras de arte, algunas de ellas imitaciones de obras famosas y otras más con su firma personal. Afortunadamente esa profesión estaba dando buen fruto, ya que tenía una pequeña clientela a la cual mostraba su mercancía.

El sólo acordarse de ella en sus viajes era para él una forma íntima y dulce de acordarse de aquella mujer cuyos labios color durazno le prodigaban toda clase de caricias cuando regresaba a Bruselas luego de sus tan agotadores viajes por el mundo investigando y escribiendo sus reportajes para luego publicarlos en los periódicos más prestigiosos del mundo.

Andreiévnov, sonriente, le comentó:

- La extrañas. Lo puedo ver en tus ojos, muchacho.

- ¿Sabes en dónde se hospeda?

- Sí. En el hotel "DeCarpio" en la plaza principal… Je, creo que deberías de hacerle una visita, ¿no es así,eh, mi Romeo enamorado?

Tintin sonrió.

- Sí… Voy a verla.

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Eran las 11 de la noche cuando Martine Vandezande, la joven pelirroja de 19 años de edad, regresaba de sus largas caminatas por las calles de la ciudad siempre en busca de inspiración para hacer algún sketch de su próxima pintura o escultura.

Soñaba con ser una artista famosa como Picasso, Monet, Manet, o De Velázquez. Hacer lo que más amaba y vivir de ello siempre había sido una de sus principales metas en la vida, ya que con ello se aseguraría su independencia económica y social dentro de la sociedad. No le gustaba estar siempre dependiendo de alguien en ambos ámbitos, especialmente de él, de Tintin.

- Tintin… - murmuraba la joven mientras observaba el retrato del reportero más famoso del mundo, quien era su novio desde hace poco.

Amaba a aquél joven de cabellos castaños rojizos con todas sus fuerzas. Amaba todo lo que él representaba para ella: Amor, protección, seguridad y aventura, sobre todo lo último.

El tipo se había arriesgado el pellejo en más de una ocasión, desde secuestros hasta intentos de asesinato, y sin embargo ahí estaba, vivito y coleando, feliz de la vida que tenía y del futuro que ambos tendrían cuando sea el momento de casarse. No obstante, había una pequeña piedra en el zapato que podría impedir que ambos pudieran ser felices del todo, y aquello era lo que más le incomodaba y molestaba que cualquier cosa en el mundo.

El joven reportero era miembro de la legendaria Orden de los Asesinos, un grupo que se creía totalmente extinto al igual que los Templarios, sus más férreos enemigos. Él era el Ángel de las Sombras, el famoso héroe que repentinamente aparecía y desaparecía de la faz de la tierra de un dos por tres sin dejar rastro.

El hecho de imaginarse a Tintin eliminando a cuanto individuo involucrado en las actividades templarias le daba de qué pensar al respecto. Es decir, nunca podía concebirlo como alguien que matara de un solo tajo y con cuchillas ni mucho menos como alguien que dejara detrás de sí una tremenda carnicería como el viejo Alexei Andreiévnov, uno de sus antiguos mentores, le había comentado.

Los lentes que ella había colocado en la mera orilla del tocador se habían caído al suelo; la chica, llena de cansancio, se inclinó para recogerlos, pero al incorporarse y ponerlos en su lugar, la joven se llevó el susto de su vida e iba a pegar de gritos de no ser porque su inesperado visitante le había tapado la boca y le susurraba:

- Tranquila… Soy yo…

La mujer reconoció enseguida la voz y, con un sonrojo, se volvió hacia el hombre de capucha blanca y exclamó:

- ¡Tintin!

La joven lo abrazó con ternura, acto que el Asesino le correspondió de inmediato.

Lo había extrañado tanto y eso se notaba con el beso que ambos compartieron con ternura y pasión para luego separarse y acariciarse sus rostros.

- Te extrañé – susurró el Asesino mientras le daba un segundo beso a su joven compañera.

- Yo también… Valentine.

- Andreiévnov me dijo que estabas aquí.

- Je… Con razón diste conmigo entonces. Supongo que el anciano te dijo los motivos de mi visita a Chile.

- Bueno, en realidad me lo había figurado, mi bella artista.

Martine se echó a reír y, mientras se acercaba a su amado, le preguntó:

- ¿Estás aquí como reportero… O como Asesino?

Valentine sonrió quedamente, dándole a entender que él estaba en el país como Asesino. Martine, quien al parecer captó la idea, se alejó de los labios de Tintin y, preocupada, se dirigió a la ventana susurrando:

- Entonces es cierto que alguien mató a Tapioca.

- Martine…

Tintin se acercó por atrás de la pelirroja y, abrazándola, le explicó:

- No tuve opción. Ese hombre iba a ser un peligro para su gente.

- ¡¿Y cuándo no?! ¡¿Cuándo alguien no va a ser un peligro para todos?!

- Mi amor… Sabes bien que esto es mucho más complicado para mí que para ti.

- ¡Pero es que no quiero que manches tus manos con la sangre de esos infelices! – exclamó la joven mientras encaraba a su amado – Entiendo que tú no tengas opción, ya que al fin y al cabo fuiste criado en un orfanatorio protegido por tu Orden, pero estás arriesgando tu vida y tu reputación al matar a esos hombres. ¡Deja que otro más los mate! ¡¿Por qué debes ser tú el que tenga que hacerlo?!

- Sabes bien que la vida de un Asesino es más que complicada. Está llena de sacrificios y riesgos, sobre todo cuando uno tiene a un ser amado en constante peligro… Como tú.

Tomó a la adolescente de la barbilla y, con dulzura, concluyó:

- Yo no quería ser ascendido al grado de Asesino, Martine, y eso lo sabes desde el momento en que te lo dije. Sin embargo, mi tío tenía razón de hacerlo, ya que de esa forma los Templarios jamás hallarían una conexión entre los Asesinos y yo, y así protegería a la gente que amo de mis peores enemigos.

- Estoy en peligro a pesar de todo, Tintin…

Y acercándose al reportero, añadió:

- De todos modos, soy tu novia.

Enseguida, la joven pintora lo besó dulcemente en los labios… Y lo que sucedió entre ellos, quedo en aquella pequeña habitación.

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Sincronización 100% completada.