Buenas noches, gente!
Ok... Estoy subiendo dos capítulos de este fic en un mismo día... Lo cual me sorprende O.o. Bueno, andando toda inspirada luego de er el walktrough de ACIII me avine a escribir este capítulo un poco penoso, al menos para Butters O.o. ¿Qué es lo que sucederá? Léanle... Y verán.
Hasta luego!
Vicka.
VII.
Una confesión dolorosa.
Trent abrió los ojos. Leo, al ver a su primo despertarse, se acercó con un vaso de agua y una pastilla preguntándole:
- ¿Cómo te sientes?
- Un poco mareado – respondió el rubio mayor mientras se tomaba la pastilla -. Como no había usado el Animus en mucho tiempo…
- Descansa, Trent – le dijo Rebecca Crane, la encargada de monitorear todo lo que sucede en el Animus, con una sonrisa -. Mañana será tu turno, Leo, así que te conviene disfrutar de todo el día de mañana mientras puedas.
- Ojalá y así fuera – replicó Leo -. Con la clase de padres que tengo, disfrutar de un día entero es un tantico complicado pero no imposible.
Trent se echó a reír y comentó:
- Si tus viejos supieran en lo que estás metido, se darían un infarto.
- Je… No, no se darían un infarto. Mi padre intentaría asesinarme por llevarle "deshonor" al hogar. Él es un ex Asesino, ¿recuerdas?
- Un idiota fuera de práctica querrás decir, sin ofender – replicó Rebecca -. Es una lástima que él haya desertado de la Hermandad. Pudo haber mejorado sus técnicas de combate sin mucho esfuerzo si no fuera por su petulancia.
- ¿Por qué lo dice, doctora Crane? – inquirió Kyle con curiosidad.
- Porque Stephen era uno de los mejores de su generación, aunque claro, Desmond lo supera en habilidades.
- ¡¿Qué?! – exclamó el judío muy sorprendido.
- Cielos – murmuró Trent -… Esa sí que no me la sabía.
- ¿Mi padre fue uno de los mejores aprendices de su generación? – inquirió Leo muy sorprendido – Pensé que era un pésimo luchador.
- Pues siendo entrenado por tu abuelo – intervino Desmond -, no era nada pésimo, Leo. De hecho, has sacado mucho de él por ese lado.
- ¿Eh?
El Mentor se echó a reír quedamente y, con una sonrisa, explicó:
- Tu padre era de rápido aprendizaje al igual que tú. Era el más avezado de la Granja y después de Masyaf, a donde tus abuelos se mudaron debido a la cooperación de tu abuela con Médicos Sin Fronteras. Él me vencía en demasiadas ocasiones en el arte del parkour y en los combates cuerpo a cuerpo sin esfuerzo. La vida de un Asesino le quedaba como guante en mano en algunos aspectos, excepto en su orgullo y petulancia.
- ¿Y por qué desertó si era uno de los mejores?
Desmond suspiró hondo y respondió:
- Sinceramente desconozco del todo cuáles fueron sus razones. El único que te podría explicar al respecto es… Tu abuelo.
Desmond y Leo se volvieron hacia el cristal polarizado, como si supieran que alguien les estaba observando del otro lado. Leo, comprendiendo que tal vez estaría abriendo una llaga en el pasado de su padre, notó entonces que su abuelo estaba del otro lado del cristal…
Esperando el momento de darle a su único nieto una explicación fundamental.
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- Tu padre era uno de los Aprendices más ágiles de su generación – dijo Anthony Miles mientras que Leo y él observaban el panorama iluminado de Denver -. Él tenía todas las cualidades de un Asesino, de uno de aquellos que muy poco se veían en generaciones enteras, prácticamente como Altaïr, uno de nuestros ancestros. Era mi mayor orgullo...
- Si era el mejor de su generación, ¿por qué huyó de Masyaf, abuelo? – inquirió Leo - ¿Por qué abandonó todo?
- No…
- ¿Fue por su arrogancia, acaso? ¿Su carácter fuerte?
- No, Leo. No fue ni por uno ni por lo otro.
- ¿Entonces?
Anthony se tensó inmediatamente y se mordió el labio.
El pobre anciano sabía que el muchacho tendría qué saber de un momento a otro una triste verdad que hubiera deseado callar y decir alguna mentira, pero conociendo bien lo insistente y perseverante que era Leo a la hora de obtener alguna información, suspiró hondo y confesó:
- ¿Qué sabes de Haytham Kenway?
- ¿Eh? Bueno… Él es uno de nuestros ancestros, según sé.
- ¿Qué más?
- Err… Él fue Asesino y luego Templa-
Leo se detuvo mientras que Anthony, mirándole con tristeza, añadió:
- Ahí tienes tu respuesta, mi querido nieto.
- N-no – murmuró el joven mientras se llevaba una mano a sus labios -… No… ¿E-estás seguro de lo que dices?
- Me gustaría decir que no, Leo. Me gustaría mentirte diciendo que no es cierto, que es mentira su traición… Pero me duele reconocer que no es así.
- No… ¡No puede ser! ¡¿Mi padre es un Templario?!
El joven adulto empezó a llorar mientras caía de rodillas. Anthony se inclinó a su altura y, con el dolor visible en la voz, le dijo:
- Para mí fue un golpe bajo, Leo. Un golpe bajo del cual jamás me he recuperado.
- ¡¿Mi propio padre es mi enemigo?!
- Mientras que no se ponga en contra tuya, no lo es.
- ¡Pero en algún momento tendré que matar a mi padre, abuelo! ¡Tendré que clavarle mi cuchilla al igual que lo hizo Connor!
- ¡No digas eso! – exclamó Anthony, quien impulsivamente lo abrazó - ¡No digas eso! ¡Olvídate de esa idea! ¡Jamás sucederá eso!
Mientras ambos hombres lloraban, Desmond y Trent, quienes habían observado aquella confesión, decidieron retirarse del lugar para dejarles solos. Caminando por el pasillo, Trent se detuvo y, encarando al Mentor, cuestionó:
- Tú sabías lo de la traición de Stephen, ¿no es verdad?
- Sí - respondió Desmond con pesar.
- ¿Y por qué no le dijiste nada? ¡Tenía todo el derecho de saberlo!
- Porque, en primera instancia, Anthony me había pedido que callara al respecto, Trent. Te juro que, de ser por mí, o le explicaría todo desde el principio o, por su bien, callaba y esperaría a que lo descubriera por sí solo.
- ¿Y quiénes más saben de ese asunto?
- Todos los Mayores así como varios miembros de la Hermandad… Y si te preguntas sobre el porqué decirlo ahora y no antes o después, te responderé esto: Stephen está ayudando a los Templarios como un matón a sueldo… Como el Mamba Blanca.
Trent se sobresaltó exclamando:
- ¡¿El Mamba Blanca?! ¡¿El francotirador más buscado por la Interpol?!
- Sí. Esa información nos llegó hace unos cuatro años gracias a un viejo amigo infiltrado en esa organización. Los Templarios le protegen porque prácticamente la mayoría de sus blancos eran informantes nuestros involucrados en las altas esferas del poder.
- Por eso no lo han capturado.
- Exacto. Recientemente ha aumentado su actividad en ese ámbito, lo que nos obliga a proteger a nuestros informantes en las maneras que podamos.
El ex convicto se quedó pensativo mientras que el Mentor puso una mano en su hombro y concluyó:
- Anthony conoce esa información y pensó que lo mejor sería preparar a su nieto para cuando tenga que enfrentarse a él, cosa que espero que no ocurra jamás. Yo no quisiera tener que enfrentar al padre y al hijo si a Stephen se le ocurre jodernos en directo ni mucho menos obligar a Leo a cometer patricidio.
- En ese caso… Podrías confiar esa misión a mí o a cualquiera de los Asesinos.
- Es tu tío.
- Con todo respeto, Mentor, ese hijo de puta no es mi tío… No lo es cuando se trata de alguien que ha agredido a mi primo pequeño durante años y permite que otros le agredan.
- De todos modos, Trent, es el padre de tu primo. Es un ser humano que ha cometido errores como todos, aunque claro, en su caso son errores atroces. Matarlo no servirá de nada, a menos que él se lo busque y no nos deje sin otra opción… Cosa que espero nunca pase.
Dicho eso, Desmond se marchó del lugar mientras que Trent volvía su mirada hacia la salida de la azotea.
No podía negar que Desmond tenía razón en varios detalles, pero tampoco podía negar el odio que siente hacia Stephen, un odio del cual Leo tenía conocimiento desde hace tiempo, aunque nunca había llegado a mayores en sus anhelos por agredirlo y hacerle pagar por cada lágrima que Leo había derramado en su vida por su culpa.
El enterarse de que Stephen era Templario no cambiaba mucho las cosas para él, pero sí para Leo. Sólo esperaba, al igual que Desmond, que el chico no se viera obligado a matar a su propio padre cuando la situación lo requiera… Ni que Stephen intentara matarle a él.
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Leo miraba el horizonte desde la azotea del Hospital General de Denver.
Con los ojos hinchados por las lágrimas, el joven Asesino reflexionaba sobre su situación actual dentro de la Hermandad. Horas atrás, se enteró de un triste secreto de familia que su abuelo le había confesado por una razón que consideraba apremiante, aunque, como bien le había dicho Anthony, habría preferido toparse con esa piedra por sí solo: Su padre era un Templario converso.
Un maldito hijo de perra de aquél bando le había llenado la cabeza de riquezas y poder durante una misión de reconocimiento en Italia, según le había dicho su abuelo. Stephen se había dejado convencer tan fácilmente debido a que tenía el lamentable defecto de ser muy petulante y orgulloso, llevándole a cometer una doble traición: El hecho de delatar y asesinar a varios miembros de la Hermandad y de estar a punto de matar a su propio padre por órdenes de Richard Anderson, el Gran Maestro de los Templarios en ese entonces.
A ello tenía que agregar que él era el famoso francotirador a sueldo "Mamba Blanca", quien fuera buscado por la Interpol alrededor del mundo.
Anthony no quería que Leo se enfrentara a Stephen y hubiera un tremendo patricidio como sucedió con Connor Kenway, su ancestro, aunque en el caso de Connor era de legítima defensa. Incluso Desmond no querría enviarle a él o a alguien más a matarle, no mientras que a Stephen no se le ocurriera fregar a la Hermandad.
- Leo – le llamó una dulce voz femenina.
El rubio se volvió hacia su dueña y, con una sonrisa triste, le saludó:
- Cristina.
La pelirroja se acercó a su novio y, abrazándolo por detrás, murmuró afligida:
- Lo siento…
- ¿Por qué?
- Porque sé lo de tu padre.
Leo cerró los ojos, dejando caer algunas lágrimas. Cristina obligó que le mirara a los ojos y le dijo:
- Sé que te sientes muy mal al respecto. Enterarte de una verdad tan triste como esa en pos de tu propia seguridad y tal vez en favor de generar algún odio hacia él es muy duro.
- Mi padre siempre ha estado en busca de su propio beneficio, Cristina. Lo conozco bien como para que me digan que… Que él se vendió a esos malditos. ¿O acaso no olvidas que él me vendió a esa mujerzuela de Paris Hilton por millones de dólares?
- Leo…
- ¡Soy el hijo de un traidor, Cristina! ¡Soy nieto de un Asesino, hijo de un Templario y un Asesino!
- ¡Pero tú no eres como él, mi amor! – exclamó la joven mientras acariciaba el rostro de su amante – Tú eres Leo, mi Leo. Eres como tus propios ancestros: Eres intenso, inteligente, un líder nato. Tu ambición en realidad es una ambición modesta en comparación con esos sueños desmedidos de riqueza y poder que tiene tu padre.
- Dios…
- Tu padre nunca te ha valorado como yo te valoro… Como todos aquí te valoran. Si tu padre es un traidor idiota que sería capaz de matarte, pues allá él. Tú eres tú… Tú, un digno descendiente de un legendario linaje que comprende a Mentores sumamente míticos, grandes, unos verdaderos Hijos del Credo. Altair, Ezio, Connor, incluso Tintin han enfrentado a esa clase de cosas en algún momento, sobre todo Connor, quien no tuvo opción de matar a su padre en defensa propia. ¿Crees que se sintió mal por eso? Tal vez, pero al fin y al cabo, Haytham buscó su perdición al pensar siempre en el poder… Y a tu padre tal vez le suceda la misma suerte.
Leo la miró a los ojos.
¡Ah, cuánto amaba a Cristina! ¡Cuánto la amaba y cuánto agradecía a Dios que se la haya puesto en su camino! ¿Qué haría él sin su sabio confort y consejo acertado?
Abrazándola con ternura, concluyó quedamente:
- No quiero matar a mi padre. No quiero manchar mis manos con sus sangre.
- Ni lo harás, mi amor… Ni lo harás... Porque sé que nunca pasará... No mientras que Desmond no lo ordene.
Ambos jóvenes, abrazados, contemplaron el amanecer… Un amanecer que marcaría el inicio de una nueva etapa en sus vidas luego de aquella noche de confesiones dolorosas.
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- Odio a Stephen, Chicos – decía Trent mientras que ambos, junto con Kenny, se sentaban en el sofá de la sala del departamento de Cristina -. Lo odio con toda mi alma.
- Pobre Leo – comentó el pelirrojo -. Su padre es un cabrón de primera. Traicionó a la Hermandad y casi mataba a su padre, ¡a su propio padre! Lo peor del todo es que el tipo ahora anda matando a los nuestros como moscas.
- No quiero pensar que ese cabrón podría matar a su propio hijo si se lo pide o si se enterara de que él es un Asesino. De hacerlo, entonces tomaré cartas en el asunto y le mato.
- Es tu tío, Trent – intervino Kenny -. Te guste o no, es el padre de Butters.
- Y eso lo convierte en mi asunto. ¿Acaso piensas que debo quedarme de brazos cruzados viendo cómo ese maldito intenta matar a su propia sangre? No, ni madres. Esto es asunto de familia, ¿saben?
- Es un asunto que compete más a Leo que a ti – dijo Kyle -. Si ambos se enfrentaran, lo que espero que no suceda, lo más seguro es que Stephen saldría malherido. Leo no mataría a su padre así como así, no mientras que él no quiera asesinarle.
- Puede que tengas razón, Ky… Puede que tengas razón.
