VIII.

Enfrentamiento.

- ¡¿Dónde diablos estabas, Butters?! – preguntó Stephen muy alterado - ¡Hace más de dos horas que debiste estar en casa!

- ¡Estábamos preocupados por ti! – añadió Linda.

- Estaba en la casa de mi amigo Trent. De hecho, te envié un mensaje diciéndote que iba a llegar tarde, papá – se defendió Butters con frialdad y tranquilidad.

- ¡No me mientas, caballerito! – replicó su padre.

- No te estoy mintiendo, papá. Aquí está la prueba.

Dicho eso, Butters sacó su celular y, tras buscar el mensaje, se lo mostró a sus padres. Stephen se quedó perplejo al ver que efectivamente el muchacho tenía razón: Ahí estaba el mentado mensaje enviado justamente a la una de la tarde, justamente una hora antes de la salida. El hombre enseguida buscó su celular, el cual estaba en la mesa de la sala conectado a la corriente y, para su sorpresa, descubrió que tenía varias llamadas perdidas de algunos celulares y el mensaje del chico.

Volviéndose hacia su hijo, quien lo miraba con cierto brillo de desafío en los ojos, y le dijo:

- Cielos… Creo que debería de ir a que reparen este celular. Sinceramente no escuché el tono del mensaje…

- Bien – decía el muchacho mientras empezaba a subir hacia su habitación -… Tomaré un baño y me iré al trabajo.

- ¿No vas a almorzar aquí? – inquirió Linda.

- No, madre. Lo siento.

- Está bien, hijo. Te prepararé un sándwich para que lleves.

- Ok.

Cuando Butters subió a su habitación, Linda se volvió hacia Stephen y, con cara de pocos amigos, le espetó:

- Supongo que ahora estarás feliz de que nuestro hijo esté muy molesto con los dos, Stephen.

- Yo no lo vi molesto, Linda.

- ¡Por supuesto que no, imbécil! ¡Estabas ocupado reclamándole!

- Cariño, por favor… No empieces de nuevo.

- ¡Por supuesto que empezaré de nuevo! Nuestro hijo quiere espacio, Stephen. Su espacio. ¿O acaso crees que yo no me doy cuenta de cuándo él no quiere sacar lo que tiene adentro y expresar su molestia sin correr el riesgo de ser castigado? ¡Por Dios, Stephen, él ya no es un niño!

- ¡Sé que Butters ya no es un niño, Linda!

- ¡¿Y entonces?! Stephen, Butters está estudiando y trabajando duro para obtener su título de médico. No me parece justo para él que vengas y le reclames una nimiedad como llegar tarde a casa. Creo que él está ya lo bastante grandecito como para que estemos detrás de él.

- Pero mientras que él viva en esta casa, tendrá que acatar nuestras reglas, Linda. ¡Es por su bien!

- ¿Por su bien o por el tuyo?

Stephen estuvo a punto de decir algo, pero Linda le interrumpió diciéndole:

- Stephen, Butters hablaba en serio eso de mudarse a Denver. Tal vez sea lo mejor para él que se vaya, ya que así no estaría gastando mucho en gasolina en ir y regresar de la escuela a la casa o al trabajo… Tal vez sea la mejor decisión que haya tomado en su vida.

Concluyendo con el asunto, la rubia se retiró a hacer sus quehaceres mientras que Stephen, muy pensativo, se fue al garaje a hacer un poco de limpieza.

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Eran las 8 de la noche en South Park. En el hogar de los Stotch había un ambiente tenso; los tres miembros de la familia estaban cenando chocolate caliente y galletas como siempre solían hacerlo.

Stephen observaba discretamente a su hijo, quien parecía estar reflexionando sobre quién sabe qué asunto. Linda, por su parte, observaba a ambos varones con la expectativa de que no hubiera algún enfrentamiento entre padre e hijo, aunque nunca hubo una pelea entre ellos, no que ella recordara.

- Encontré un departamento en Denver – anunció el joven Stotch mientras bebía su chocolate caliente.

Linda y Stephen se quedaron helados del asombro, especialmente Linda, quien, con una sonrisa nada relajada, exclamó:

- ¡¿En serio?! ¡Oh, Butters! ¡Eso está muy bien! ¿En dónde es?

- En el centro de Denver, justamente cerca de la escuela y del trabajo.

- Me alegro mucho de que hallaras un lugar en dónde quedarte, hijo.

- ¿Lo están rentando o lo están vendiendo? – preguntó Stephen con cierta incomodidad.

- Rentando. 500 dólares al mes.

- ¡¿500 dólares?!

- Stephen…- susurró la mujer.

- ¡Eso es un robo! ¡¿Cómo se te ocurre pensar en rentar un departamento tan caro habiendo otros más económicos?!

- Sucede que ese departamento lo voy a compartir con otros dos chicos, ambos compañeros de la escuela – replicaba el joven al terminar de beber su chocolate -. Entre todos pagaremos la renta, si es eso lo que te preocupa, papá. Cada quién daría 170 dólares y cooperaría para los gastos de la luz, teléfono y agua.

- Lo dices como si ya hubieras llegado a un acuerdo con esos compañeros tuyos.

- De hecho… Lo hice. Llegué a un acuerdo con ellos. Voy a mudarme el sábado.

- ¡¿QUÉ?! – alzó la voz el patriarca de la familia muy alterado al momento de levantarse intempestivamente.

- Butters – intervino su madre en un iintento de calmar las cosas -… ¿Y-ya viste el estado actual de ese departamento? Digo, por si l-las moscas, tú sabes…

- Ya lo hice. Y tiene un poco más de espacio que la planta baja de la casa; tiene sala, baño, comedor y cocina.

- ¡¿Por qué carajo lo hiciste sin consultarme?! – interrumpió Stephen.

- ¡Stephen, por favor! – exclamó Linda muy aterrorizada al ver a su esposo en pleno estado de furia.

Leo se incorporó de la mesa con la mirada fija en la de su padre y, con un destello desafiante, le replicó:

- ¿Por qué debo pedirte consulta para conseguir un lugar en donde vivir? Que yo recuerde, tú mismo me dijiste que cuando estuviera en la Universidad, que buscara en dónde irme a vivir en lo que estudio y trabajo.

- Pero no tan pronto.

- Papá, hablemos claro: Estoy trabajando duro para conseguir el dinero necesario para ahorrar y pagar MIS gustos, MIS necesidades y hasta MIS diversiones sin tener que recurrir a ti o a mi mamá. ¿No fuiste tú el primero en decirme que ya era hora de que trabaje para "hacerme hombre"? Pues eso es lo que estoy haciendo: Tengo 20 años recién cumplidos, estoy estudiando el primer año de la carrera de medicina y estoy trabajando duro hasta el desgaste para poder sostenerme… SIN tu jodida ayuda.

Stephen tembló del enojo al ver cómo su hijo lo encaraba de una manera que jamás se hubiera imaginado que lo hiciera. El chico ya no era el Butters sumiso que obedecía sin rechistar cualquier orden suya o de su esposa; el Butters que tenía enfrente era más asertivo y mucho más desafiante de lo que podía esperar. Se había convertido en un muchacho desobediente, indomable, temerario a la hora de entablar una discusión fresca con él o con su madre.

Lo que le pasó a los 10 años, cuando fue su rito de iniciación hawaiiano, no era nada comparado con esa actitud de hombre combatiente y decidido a rajarle la cara si la ocasión lo requiriera que tenía.

Butters, por su parte, sintió por un momento las ganas de romperle la cara a su propio padre, eso si no fuera porque su abuelo le hubiera pedido que controlara esas ansias de hacerle pagar por los 20 años de sufrimiento que tuvo desde siempre. No obstante, tuvo que reconocer que se sentía bien encarar a su padre luego de ser un individuo agachón durante su niñez y buena parte de la adolescencia.

Mientras más pronto se fuera de esa casa, más pronto sería libre de su autoridad para siempre… Aunque eso significara el hecho de decirle a su padre la verdad de que él no estaba estudiando medicina, sino Etnomusicología, una carrera que disfrutaba mucho y que le llenaba la vida de relax.

- Está bien – dijo Stephen finalmente -. Estás en tu derecho de mudarte de casa para ahorrar en gasolina, pero… El auto se queda aquí.

- ¡Stephen! – exclamó Linda.

- Bien – replicó Leopold -. Te devolveré las llaves ahora mismo.

El castaño no supo qué responder ante aquellas palabras inesperadas mientras que Linda, harta de la tensión entre ambos, se interpuso y le reclamó a su marido:

- ¡¿Cómo te atreves a quitarle el auto a nuestro hijo?!

- Linda…

- ¡Esto ya está fuera de control, Stephen! ¡Está fuera de control!

Volviéndose a su hijo, le dijo:

- Te quedarás con el auto. Así no tendrás tanto lío en levantarte e irte a la escuela o al trabajo en la ciudad. Considéralo como… Como un regalo de despedida.

Leo, sorprendido ante aquella actitud por parte de su madre, sonrió y le dijo:

- Gracias, madre.

- De nada, hijo, de nada… Ahora, por favor… Ve a tu habitación y descansa… Tu padre y yo tenemos qué discutir esto.

- Ok…

Dicho eso, el joven rubio se retiró a sus habitaciones, dejando solos a Stephen y a Linda, quienes se encararon frente a frente.

- Linda – dijo Stephen muy consternado -… ¿Qué…?

- Stephen, esto se acabó – le interrumpió la mujer -. Se acabó.

- Cariño…

- Nuestro hijo tomó una decisión sumamente importante en su vida, ¿y tú se lo recriminas como si necesitara de nuestro permiso para hacerlo? Realmente esa maldita cosumbre de castigarle te está afectando.

- ¡Pero él debió habernos dicho algo desde el principio! ¡Somos una familia!

- ¿Una familia? No, Stephen. No somos una familia… Una familia normal, por decirlo así. Nuestro hijo quería que fuéramos eso… Y le fallamos. Al menos tiene el derecho de irse de esta casa sin que nada ni nadie le detenga.

- Linda, ¡por favor! ¡Razona!

- No… Razona tú. Tú, que eres el patriarca de la familia... Y comprenderás que esto... ¡Esto! Es lo mejor para él. Buenas noches... Stephen.

Dicho eso, la mujer se retiró de su presencia y subió por las escaleras. Stephen, por su parte, chirrió los dientes del coraje al ver que su esposa, por primera vez en su vida, se puso del lado de Leopold.