X.
Memorias de Tintin parte XIII:
Armería de la muerte.
Iniciando sincronización de memorias genéticas… Listo.
Iniciando bases de datos…Listo.
Iniciando adormilamiento del sujeto L.M… Listo…
Iniciando secuencia de memoria genética número 12...
Listo.
Bucarest, Rumania, septiembre de 1928.
Tintin acechaba con sigilo las actividades de aquél granero habilitado como armería que se ubicaba a pocos metros del árbol en donde se encontraba trepado.
Tras dos meses de recolectar información sobre el paradero de lo que podría ser una de las numerosas armerías templarias esparcidas por el globo, el joven Asesino se encontraba frente a la Matriz, el lugar donde se controlaba la producción de nuevas armas de destrucción masiva por las que naciones como Alemania y Japón pagarían hasta con las vidas de sus habitantes.
Esperaba instrucciones de Vladimir Onegin, el líder de los Asesinos rumanos, pero para el belgorrumano esas instrucciones valían una mierda en esos momentos de vital importancia. Estando acostumbrado a entrar en acción sin duda alguna, el muchacho decidió una vez más infiltrarse en aquél lugar de seguridad inexpugnable para ver la forma de destruirla y ganar tiempo a sus hermanos de la Orden de localizar y descentralizar a las demás.
No obstante, alguien le sacó de sus pensamientos con estas palabras:
- Si piensas infiltrarte en ese lugar sin esperar mis instrucciones, muchacho, será mejor que lo hagas dos veces.
Volviéndose hacia su interlocutor, replicó:
- Atendería a tus instrucciones si no fuera porque han pasado quince minutos del tiempo señalado en que tu contacto debería emitir una señal para infiltrarnos, Vlad.
El líder rumano, negando con la cabeza, añadió:
- Sigues siendo el mismo chiquillo indomable de siempre, Valentine.
- Y tú el mismo infeliz de siempre.
Vladimir se echó a reír.
Conocía a Valentine desde que éste era un niño, puesto que había sido uno de sus tutores en el orfanatorio y uno de los pocos que conocía muy bien su naturaleza y temperamento. De hecho, consideraba al joven Asesino como alguien indomable, terco, necio, eficiente, inteligente y muy dado a entrar y salir de situaciones de peligro de manera instintiva. Esas cualidades eran lo que más apreciaba en la persona del chico.
El reportero, por su parte, no podía evitar pensar en lo poco que había cambiado Onegin a pesar de que había dejado el orfanato hace cuatro años. Parecía ser que el líder de los Asesinos Rumanos había aligerado un poco su severidad, pero no por eso dejaba de ser un tremendo cabrón para con todo el mundo. Muy a pesar de ese detalle, Tintin apreciaba mucho a Onegin por haber sido el único, aparte de Masha y de Pavlov, que le había dado consejos cuando más lo necesitaba.
Presintiendo que algo andaba mal, el joven decidió bajarse del árbol.
- ¿A dónde vas? – inquirió Vladimir.
Con una sonrisa, le respondió:
- A causar desastres.
- ¡Valentine!
- ¡No hay tiempo qué perder! Algo anda mal, Vlad, lo presiento. Lo mejor sería que ustedes esperaran aquí hasta que yo encienda la fogata.
Sin decir más, el chico se encaminó hacia el lugar con la precaución de evitar ser visto por los guardias muy a pesar de las objeciones de Onegin.
Estando cerca, el joven empezó a hacer toda clase de distracciones lanzando piedras a la nada; uno de los guardias, guiado por su curiosidad y por su sentido de alerta, se dirigió al lugar donde se producía el ruido. Al ser avistado por el Asesino, éste lanzó un dardo de cuerda, un arma creada por el Maestro Asesino Connor Kenway durante la Revolución Americana, al cuello de su enemigo y ahorcarlo.
Los demás guardias, al ver que su compañero no regresaba, fueron uno a uno a buscarle, aunque lo único que encontrarían ahí era a la mismísima muerte.
Onegin, observando toda la acción desde su escondite en las ramas, sonrió orgulloso.
El chico realmente sabía bien cómo eran las reglas del juego; sabía abrirse paso entre los enemigos sin que éstos supieran qué fue lo que les golpeó. Uno de sus subordinados, quien también observaba la acción de Tintin, comentó:
- Me gustaría ser como él.
Onegin, volviéndose hacia su subordinado, replicó:
- Con uno es suficiente, chico.
Mientras, Tintin empezaba a trepar las paredes del ala norte luego de tomarse la molestia de matar a cuanto pobre infeliz llegara a su trampa. Estando en la cima de la pared, el Asesino observó con atención el panorama.
Era una típica armería cualquiera; hombres, mujeres y hasta niños entraban y salían del lugar con las piezas fabricadas y con sus moldes creados. En ambos lados de la entrada vigilaban dos hombres de mirada severa con metralletas mientras que otros tres más vigilaban desde la azotea el movimiento de los trabajadores.
Analizando las cosas, infiltrarse en la fábrica iba a ser un poco más complicado de lo que pensaba. Aprovechando que estaba cerca un carro de heno, el chico caminó hacia allá y entró de un salto en su improvisado escondite.
Por suerte, uno de los guardias pasaba justamente por su escondite; esperando a que esté más cerca, sacó su hoja oculta y, en fracciones de segundo, salió, le tapó la boca al guardia y le dio muerte de manera instantánea al mismo tiempo que lo metía al carro.
Minutos después, el joven salió como si nada del carro y se encaminó hacia la entrada disfrazado de guardia.
Entró sin problemas.
- Ahora a buscar a Tesla – murmuró el muchacho mientras se dirigía al área de producción en donde se supone se hallaba el tal Tesla.
El área de producción estaba llena de hombres y mujeres revisando que cada pieza esté en su lugar mientras que los niños trasladaban todo a unas cajas de madera que estaban selladas con la insignia de la hoz y el yunque.
Mezclándose entre ellos, el hombre se puso a buscar al mentado sujeto sin éxito.
- Maldición… - murmuró.
Algo estaba mal, definitivamente algo andaba mal.
Pensando con rapidez, decidió ir hacia la azotea para eliminar a los guardias y encender la improvisada fogata para dar la señal a sus compañeros. No obstante, hubo un contratiempo en el momento en que se dirigía hacia allá.
Un guardia estaba abofeteando a una de las trabajadoras, quien se defendía como podía. El tipo intentó rasgar sus ropas diciéndole:
- ¡Más te valga que te dejes, puta! ¡Tu hija sufrirá las consecuencias si no haces lo que te digo!
- ¡No! – exclamaba la mujer.
Tintin, indignado, sacó su hoja oculta y, tras acercarse sigilosamente al asqueroso sujeto, se le abalanzó encima y le atravesó el cuchillo en el cuello, dando como resultado a que el sujeto en cuestión caiga al suelo sin vida.
Volviéndose hacia la mujer, el Asesino le preguntó:
- ¿Está bien?
- S-sí – respondió la chica muy asustada.
- Bien, porque necesitaré su ayuda, señora. Busco a Tesla Cordovedyi. ¿Le ha visto?
La mujer, con lágrimas en los ojos, le señaló con el dedo a algún punto del pasillo, justamente en el rincón. Tintin se volvió hacia donde apuntaba la mujer y murmuró:
- ¡Tesla!
Ahí, en ese mismo rincón, se hallaba el cadáver del pobre individuo en medio de un charco de sangre. Acercándose hacia el muerto, tomó una de sus manos y le dijo en voz baja:
- Odihnește-te în pace, frate (Descansa en paz, hermano).
Incorporándose, se volvió hacia la mujer, quien, con mucho miedo, intentó explicar:
- T-trató de defenderme c-cuando ese cerdo i-intentaba v-violarme… P-pero… P-pero…
- Shhh- le interrumpió Tintin mientras abrazaba a la asustada mujer -… No se preocupe. Está a salvo ahora.
- ¡Mi hija! – exclamó la señora muy asustada - ¡Debo ir por mi hija!
- ¿Dónde está? Puedo ir por ella.
- ¡Mamá! – exclamó una vocecita.
- ¡Rita! – exclamó la mujer, quien corrió al encuentro de una niñita rubia de unos 9 ó 10 años de edad y la abrazó- ¡Oh, Rita! ¿Estás bien?
- Sí, mamá. ¿Y el tío Tesla?
La mujer no supo qué responderle mientras que Tintin, quien había tapado con una manta el cuerpo del fallecido, se dirigió a la mujer y le dijo:
- Señora, usted y su hija deben de tratar de sacar a todos los que puedan de esta fábrica.
- ¿P-pero por qué? – inquirió la mujer.
- No hay tiempo para explicaciones, salvo que usted me indique por dónde puedo llegar a la azotea.
- Yo le guiaré – se ofreció la niña.
- ¡Rita! – exclamó la mujer.
- Sólo dime por dónde e iré, pequeña – replicó el chico con una sonrisa.
- Por aquí.
Dicho eso, la niña se separó de su madre y se marchó con Tintin detrás de ella. No tardaron mucho en hallar las escaleras, en donde Rita se detuvo y le dijo:
- Estas son. Le llevarán hacia la azotea, aunque le diré que ahí arriba hay guardias.
- Lo sé. Gracias. Ahora, ve con tu madre y sal de aquí. ¡De prisa!
La niña asintió y se marchó.
Tintin, por su parte, subió por las escaleras con sigilo. A pocos metros de emerger, vio que uno de los guardias estaba a punto de virarse, por lo que decidió sacar una daga y lanzársela. El tipo, al sentir que algo se le enterraba en la espalda, cayó de bruces al vacío ante la mirada de sus dos compañeros, quienes corrieron a ver qué le había pasado.
El Asesino aprovechó esa distracción para acercárseles y, de una sola vez, les clavó las cuchillas en sus espaldas y los empujó hacia adelante.
- Listo – dijo el chico -. Ahora, a encender la fogata.
Dicho eso, el muchacho corrió hacia la improvisada fogata que Tesla había escondido muy bien detrás de la puerta y la armó para encenderla con las piedras.
Onegin, quien poco a poco se acercaba a la fábrica, al ver la fogata, exclamó:
- ¡Ya es el momento, señores! ¡Vamos!
Los Asesinos corrieron hacia la entrada, de la cual salía mucha gente corriendo con niños en brazos sin que algunos de los guardias que aún quedaban vivos pudieran hacer algo.
- ¡Asesinos! – exclamó uno de ellos al ver entrar a Onegin y sus hombres.
El líder rumano, con mano rápida, lanzó varias dagas contra los guardias que se acercaban hacia ellos, iniciando así la carnicería.
Mientras tanto, en el otro lado de la fábrica, Tintin irrumpió en la oficina central en donde, según había dicho Tesla días atrás, podrían estar los planos del nuevo armamento en construcción. La oficina estaba vacía por suerte, aunque tenía poco tiempo para buscar y encontrar aquellos planos antes de que Onegin incendiara el lugar y que llegaran más refuerzos Templarios.
- ¡Oye! – exclamó un hombre, quien intempestivamente acababa de entrar con un arma en sus manos - ¡¿Qué hacéis aquí?!
Tintin se volvió y sacó enseguida su hoja oculta; no obstante, el hombre del arma gimió de dolor al sentir que alguien le había pateado el tobillo. Furioso, el tipo armado se volvió hacia Rita, quien le había seguido hacia la oficina.
- ¡Maldita mocosa!
- ¡Aléjate de esa niña, grandulón! – exclamaba Tintin al abalanzarse encima.
Rita se quedó paralizada por el miedo y por ver a ambos pelear y forcejear.
- ¡Rita, huye!- exclamaba el Asesino mientras sacaba su hoja oculta - ¡Vete!
Pero la niña no huyó. Al contrario, ella tomó una vara de madera y empezó a pegarle al hombre como pudo. El grandulón abofeteó a Rita, mandándola a volar hacia un lado de un armario; no obstante, empezó a dejar de moverse cuando sintió que algo se hundía en el cuello, del cual ya estaba saliendo sangre en grandes cantidades.
Tintin se quitó de encima y de una patada mandó al hombre hacia la salida de la oficina. Luego se volvió hacia Rita, quien se había levantado con trabajo y le recriminó:
- ¡¿Acaso estás mal de la cabeza?! ¡Casi mueres por tu imprudencia!
- L-lo siento… M-me separé de mi mamá y-y le v-vi entrar aquí…
- Eso no importa ahora, Rita. Tenemos que salir de aqu-
Se escuchó una explosión proveniente del otro lado de la fábrica, indicándole que ya era hora de retirarse.
Iba a tomar a Rita e irse del lugar, pero ésta le dijo:
- ¡Espere!
Abrió el armario y le dijo:
- Aquí hay algunos planos de armas. Escuché a mi tío decir que esos planos eran peligrosos en las manos de la gente mala.
El Asesino se sorprendió.
- ¿Tesla era tu tío?
La niña asintió.
Tintin, sin dudar, tomó una de las carpetas, justamente la que decía "confidencial" y la abrió para echar una hojeada rápida.
- ¡Bien hecho, Tesla! – exclamó el chico en voz baja al verificar que esos eran los planos que buscaba a juzgar por los diseños.
Tomó la carpeta, la guardó en su saco y, con Rita entre brazos, salió de la oficina en medio del fuego que empezaba a encenderse. Tras sortear varios obstáculos, Tintin vio una ventana.
- Rita, tápate los ojos. Vamos a saltar por la ventana- le dijo a la niña, quien asintió asustada.
Mientras tanto, en las afueras, Onegin empezó a preocuparse al ver que Tintin no había salido del lugar. Estuvo a punto de enviar a sus hombres a por él cuando vio lo impensable: La fábrica explotó… Pero con Tintin saltando justo a tiempo en medio de los cristales de la ventana.
- ¡Léroux! – exclamó el hombre al verle aterrizar a su compañero en el río.
Tintin y Rita emergieron de las aguas y nadaron hacia la orilla. La madre de Rita, quien estaba desesperada por encontrar a su hija, fue la primera en llegar seguida de Onegin.
- ¡Rita! – exclamaba la mujer mientras abrazaba a su hija luego de recibirla en sus brazos.
- ¡Mamá! – replicaba la niña.
- ¡Rita, niña loca! ¡No vuelvas a hacer eso!
- ¿Estás bien? – inquirió el líder Asesino mientras que Tintin se exprimía la ropa.
- Sí – respondió Tintin -… Por suerte, hallé lo que estábamos buscando.
- Me diste un susto de muerte, muchacho.
- Pero al menos estoy vivo… Y todo gracias a Rita.
La aludida se volvió mientras que Tintin, sonriente, se desprende uno de sus brazaletes y, entregándoselo, le dijo:
- Eres muy valiente, Rita.
Y, acariciándole la cabeza, añadió:
- Algún día ayudarás a mucha gente… Pero por ahora, tú y tu mamá deben irse de aquí.
- Y lo haremos – replicó la mujer-. Ven, Rita. Vámonos a casa.
- Sí, mamá… Adiós.
El Asesino la despidió mientras que Onegin, dándole una palmada en la espalda, le dijo:
- Larguémonos de aquí antes de que lleguen algunos curiosos.
- Sí… Vámonos.
Dicho eso, ambos hombres se marcharon del lugar.
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Sincronización 100% completada.
