El precio del saber.

04/07/2013.

Extra.

John procuró sentarse lo más atrás posible en el autobús que los llevaría de regreso a casa. Con todos esos salvajes sentados y tristes por ya tener que volver a sus casas, bastaba con la firme pero dulce voz de mando de Lestrade para corregir su comportamiento y calmarlos.

Sherlock fingía dormir, tal vez sólo para evitar tener que estar vigilándolos, quizás sólo para permanecer así, acurrucado contra él, con su cabeza cómodamente apoyada en el hombro de su compañero, mientras que su viejo abrigo lo cubría como una manta. Aunque no era esa la única función que cumplía: debajo de este, y fuera de miradas curiosas, sus manos se sostenían una a otra entrelazadas con fuerza.

John sonrió mientras perdía su mirada por la ventanilla del autobús. Tal vez no todo había salido exactamente como él lo había imaginado… Ok, nada había salido como él lo había imaginado. Quizás la razón más grande de ello es que había armado dentro de su cabeza algo demasiado idílico, mágico y otras cosas tan difíciles de llevar a la práctica… Era más que obvio que algo podía salir mal.

Los primeros días de campamento habían estado tan cansados con todo, que lo único que llegaron a hacer sus cuerpos fue buscar la cama y cubrirse con las mantas hasta el día siguiente, sin preocuparse por cambiarse de ropa.

¡Bueno, al menos John lo había estado!. Ya que Sherlock no tardó ni una pizca en enfermarse. Según la enfermera del lugar debido al agua. Y permaneció en cama, con fiebre, por más de tres días. Así que el trabajo de John por esos días fue doble: cuidar de los niños que le habían tocado a ambos, y de regreso cuidar a Sherlock -sí que había resultado ser delicado su novio-, que podía ser peor que todo el contingente de bestias que habían llevado ese verano.

Pero cuando el chico estuvo mejor, tampoco fue sencillo. Sherlock no era fácil, y tenerlo las 24 horas quejándose de todo y por todo, o lo que era peor, descargando su frustración haciendo enfadar a algunos de los profesores. Porque una cosa era que lo molestara a él, John ya lo conocía, sí sabía cómo tratarlo, aunque a veces su paciencia se agotara, rara vez reaccionaba como el resto de la humanidad; pero que lo hiciera con los adultos de allí, no quería que los mandaran a casa antes de tiempo. E incluso tuvo que detener el intento de que volviera a tomar esa agua que le prohibió la enfermera, hecho a la idea que era mejor pasar otros tres o tantos días más con fiebre que aguantar el suplicio de ese sitio.

—Sol, aire fresco, John… extraño Londres. —Murmuró entre dientes Sherlock, una vez que John ganó la puja y pudo sacarlo de su cabaña para que cumpliera sus obligaciones junto con él.

—Lo que tú extrañas es tu estúpido abrigo.

—Sí, y unos pantalones que cubran por completo mis piernas si es posible, por favor.

—Tienes las piernas flacas y muy blancas…

—Y tú las tienes muy peludas.

John no había podido evitar reírse a carcajadas, a pesar de estar los dos cansados y de muy mal humor –y con todo el mundo mirándolos raro-, sin que nada de lo que habían pensado y esperado se hubiera cumplido aún; el rubio no podía negar que se estaba divirtiendo en grande, de seguro guardaría esas vacaciones de verano en su memoria hasta el ultimo día de su vida.

Ahora ya estaban cerca de Londres, y sus días de ensueño habían terminado. John lo sacudió con cuidado, creyendo que esta vez se había dormido de verdad, pero sólo consiguió que Sherlock se acurrucase más contra él, cubriéndose hasta la cabeza para ocultar el beso húmedo que dejó sobre el cuello del rubio. Además de un par de palabras irreproducibles.

Reprimiendo la risa a duras penas, John se concentró en los últimos metros que les faltaban por recorrer; más que nada, porque si seguía dándole vueltas a esas palabras y a la sensación de humedad dejada en su cuello, lo más probable es que tuviera que pedirle su abrigo prestado a Sherlock, si quería bajar del bus sin pasar papelones.

Frunció el ceño cuando reconoció la figura de Mycroft esperando en la terminal. Su hermana también estaba allí, con esa chica Clara, que nunca se separaba de ella… bueno, pero de su hermana era casi esperable que fuera a esperarlo, ¿pero Mycroft?.

—Sherlock… —Llamó lo más serio que le fue posible, obviando los intentos de su novio de seguir excitándolo. —Tu hermano está esperando por ti, ¿eso es normal?.

—¡Maldición! —Fue lo único que escuchó debajo de la prenda que cubría su cabeza rizada. —Claro que no es normal… Mycroft es un hombre 'muy' ocupado. ¿Por qué dejaría su extremadamente importante trabajo por venir a recogerme?.

Volvió a maldecir una y otra vez, pero en ningún momento hizo ademán de querer moverse de la posición en la que estaba. Y cuando al parecer al fin juntó el valor para hacerlo… un leve gruñido escapó de sus labios.

—¿Estás bien, Sherlock?.

—Tan bien como se puede estar luego de que tu trasero fuera utilizado para una actividad tan poco natural…

—Hablas como el profesor de religión de la escuela, y además… —John enrojeció de sólo pensarlo. —Es cuestión de que te acostumbres.

—Acostúmbrate tú. —Se quejó, saliendo por fin de su escondite. No sabía cómo hacer para ocultar la información que estaba seguro, su hermano leería fácilmente en él y en John… ¡Imposible!

Pero, además… el pensar que el único que lo esperaba allí era Mycroft, era sumamente iluso de su parte. No tenía tanta suerte.

—Sherlock… también está tu madre, y varios hombres detrás de ella. ¿No es extraño?.

John enfrentó la mirada de Sherlock y casi se asombró de la sonrisa radiante que éste le estaba dedicando.

—John. Puede que accidentalmente haya acabado peleándome con Donovan el último día de clases; también puede que haya quemado la carpeta que con tanto trabajo, esfuerzo y horas de insomnio me ayudaste a hacer, luego de esa pelea. Así como también puede que le haya mentido a mi madre con respecto a la materia… y también…

—¿Puede que te hayas escapado para venir al campamento conmigo? —John tenía una mezcla de enojo con asombro… y hasta un poquito de orgullo también, para qué mentir.

—Sí… también.

Sherlock besó sus labios de manera brusca, mordiendo y lamiendo la carne húmeda. La mayoría de los niños habían bajado, y ellos estaban en la última fila; ni siquiera Greg, que recorría los asientos asegurándose de que nada se haya quedado en el vehículo, reparó en ellos.

—¿Y ahora?.

—Aún tienes dos semanas antes de la universidad… Al menos me traerás cigarrillos, ¿no es verdad? —Sherlock tomó su bolso y comenzó a salir, dejando escapar un suspiro pesado, pero sin perder la sonrisa… Había valido la pena, ¡oh, sí que la había valido!.

John lo siguió de cerca, aguantando la risa. Muchas veces habían peleado por ese nuevo -y mal- hábito, que Sherlock había adquirido. No le gustaba que su novio fumara, pero por esa vez, y en compensación a los esfuerzos de Sherlock, se los tendría que comprar.

—Espero que hayas disfrutado tu verano, hermanito. John. —El saludo de Mycroft fue escueto y no dudó en mirar raro a Sherlock cuando éste estiró sus manos hacia él.

—Pensé que mínimamente ibas a esposarme… ya que viniste con tantos hombres sólo por mí. —Sherlock escuchó la tosecita nerviosa de John detrás de sí, —¿Vas a leerme mis derechos, también?.

—Tienes derecho a permanecer callado, aunque dudo que lo hagas… por lo demás, ya has perdido todo derecho. —Mycroft tomó del cuello de su abrigo a Sherlock, guiándolo hacia el auto, donde su madre aún estaba esperándolo.

—Sábes que me gustan los rubios, John… Y por favor, no me traigas mentolados. —Fue lo último que John oyó, antes de que se cerrara la puerta, y el auto se pusiera en movimiento.

—¿Ahora qué hizo? —La voz de Harry tomó a John por sorpresa. Había asistido al despliegue habitual de la familia Holmes.

—¿Aparte de ser él mismo, las 24 horas del día? Creo que nada… Hola, Clara.

John se giró, saludando a ambas mujeres. Dejó escapar un leve suspiro antes de volver a tomar su bolso del suelo. Sólo esperaba que no le quitaran su teléfono también como castigo.

—¿Al menos sábes si te van a dejar tener visitas conyugales?. Los cigarrillos solos no calman la ansiedad…

—Hola a tí también, Harry… —John frunció sus labios pero comenzó a caminar detrás de ambas. —Sólo espero que sí…

Fin del Extra.

Notas Finales: Me fui… creo que me fui muy, pero muy-muy, lejos del tema inicial… ¿Lo siento? En verdad, creo que no tengo remedio.